urbanismo

Umeå o las consecuencias del capitalismo cultural

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Ya hemos vuelto de Umeå, esa pequeña ciudad sueca cercana al círculo polar donde hemos pasado los últimos días. Fuimos hasta allí para presentar nuestro trabajo y llevar a cabo un taller de urbanismo crítico en la universidad de arquitectura UMA, con futuros arquitectos, urbanistas y artistas llegados de toda Escandinavia. Como recordareis, Umeå fue elegida Capital europea de la cultura allá por el 2014 (justo antes que Donostia) y visitarla hoy es visitar las consecuencias desastrosas del capitalismo cultural. Lo que en otras ciudades cuesta más percibir, aquí se ve con absoluta claridad. Su pequeño tamaño y superficie geográfica muestran a la perfección todas y cada una de las tramas de poder activas hoy en cualquier ciudad. Y a la cultura como pivote sobre el que todas ellas se despliegan, por supuesto. Umeå es como una caja de hilos transparente, los hilos de una red que atrapa lo público en lo privado hasta convertirlo en una misma y única cosa. Ya sabéis a lo que nos referimos: creciente desigualdad, acumulación de capitales y recursos en cada vez menos manos, destrucción del tejido social, dependencia de agentes externos, lejanos, inaccesibles. Y deudas, claro. La Capital europea de la cultura dejó un mar de deudas entre los habitantes de Umeå, un mar que ahora está a punto de congelarse por mucho tiempo, quizá para siempre. Todo aquél que esté interesado en entender cómo funciona en capitalismo cultural y su relación con los planes urbanísticos debería ir a Umeå al menos una vez en su vida. Y volver para contarlo, sobre todo en Donostia.

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Bellas Vallas (o cómo subvertir con nuestros cuerpos el diseño urbano de las ciudades-marca)

Nueva edición del taller ‘Bellas Vallas (o cómo subvertir con nuestros cuerpos el diseño urbano de las ciudades-marca)’. En esta ocasión, se trata de una edición internacional, la mayoría de los asistentes proceden de otros países, por lo que el taller se imparte en inglés. Esta condición internacional –y el impuesto revolucionario que aplicamos sobre ella– nos permite ofrecer el taller gratis a todos los locales que desean apuntarse.

DÍA 1

Para extraer el capital espacial de las ciudades-marca lo primero que se necesita es delimitar el espacio. El funcionamiento de esta delimitación del espacio es precisamente lo que nos hemos propuesto hackear en este taller. Decimos “hackear” porque es la lógica del hacker la que intentamos aplicar aquí, esa que se pregunta qué puedo hacerle hacer a esta cosa. Y de momento nos va bastante bien. Ya en la primera sesión empiezan a salir modos de intervención de lo más sugestivos. Seguimos.

*Gracias a Guillermo Enforma de DeB vaN deE por su valiosa aportación en esta sesión.

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DÍAS 2 y 3

Segunda y espléndida sesión del taller. Si ayer nos dedicamos a entender qué es eso de las bellas vallas en general, cómo funcionan, cómo restringen nuestra movilidad en el espacio urbano, cómo ayudan a crear eso que llamamos ciudades-marca; hoy, lo que hemos hecho es estudiar con detenimiento aquellas que tenemos más cerca, las que ocupan las calles de Barcelona.

Son muchísimas: refinados pinchos que evitan que alguien se tumbe allí donde no debe; pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, obstaculizan el acceso a cualquier área restringida; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado; rejas de forja elaboradas con gran maestría; superficies de cemento inclinadas; bancos, sillas y asientos separados a conciencia –a mala conciencia–… La lista es infinita.

De nuestro estudio, un par de conclusiones podemos destacar. La primera, que la violencia inscrita en la materialidad de todos y cada uno de estos dispositivos pasa desapercibida para la gran mayoría de personas. Eso se debe a lo que en este taller llamamos el factor estético o, dicho de otro modo, la belleza inscrita en estos elementos urbanos que hace que baje su apariencia represiva mientras aumenta la efectividad de sus propósitos. La segunda, que estas bellas vallas no se contentan con delimitar el espacio de la ciudad. Lo que persiguen más bien es transformarlo en un medio por el que llevar a cabo todo tipo de operaciones de captura y exclusión. En este sentido, su propósito final no es más que el de renovar el gesto inmemorial de la imposición de una soberanía sobre un territorio determinado. La soberanía en este caso es la del capitalismo, y el territorio ocupado, nuestras vidas.

Vistas así, las bellas vallas no difieren mucho de esas otras que vemos elevarse alrededor de los inmigrantes y refugiados allí donde quiera que vayan. Es por esto por lo que nos hemos puesto como objetivo para la tercera sesión del taller enlazar, como sea, la hostilidad y amenaza con que se prohibe hoy la libre circulación de las personas en las fronteras de los Estados-nación con esta otra que sufrimos a diario el interior de las ciudades-marca. Dar con un gesto, una imagen, algo que pueda vincular unas vallas con las otras.

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DÍA 4
Final del taller. Acción en la calle.

Las bellas vallas o, dicho de otro modo, los diseños urbanos destinados a controlar la movilidad de las personas en las ciudades, no entran en oposición con esas otras vallas llenas de pinchos y cuchillas que se alzan hoy por toda Europa. Lo que hay aquí es más bien la creación de un continuo que va de la muralla más maciza a la delimitación más etérea. Sus diferencias son de grado y no de naturaleza. En algunas zonas del mundo el capitalismo necesita checkpoints, muros de vigilancia y vallas electrificadas; en otras, sin embargo, requiere de todo lo contrario: síntesis estéticas que restrinjan nuestros movimientos sin que a penas nos demos cuenta de ello. Estetización de las limitaciones del espacio. Bellas vallas.

En la última sesión del taller nos propusimos encontrar un elemento visual que sirviese para mostrar esta relación. Así es como dimos con la manta térmica, esa manta que usan los refugiados cuando ya no tienen donde refugiarse. Pensamos que sus reflejos dorados y plateados nos ayudarían a hacer visible estos dispositivos casi invisibles, y a denunciar sus efectivos modos de controlar la movilidad. Como muchos de los asistentes al taller procedían de entornos relacionados con el teatro y la danza, la intervención cobró una gran apariencia escénica. Podría decirse que lo que hicimos al final fue una especie de coreografía que, a modo de exorcismo, revela la funcionalidad represiva de estos diseños urbanos y enfrenta la lógica perversa oculta bajo sus frías formas.

Dos cosas importantes hemos aprendido en este taller. La primera es que el poder se basa hoy principalmente en controlar los flujos de las personas (dónde y cómo podemos o no circular); la segunda, que la virtualización del cercado, su delimitación estilizada y casi imperceptible, sirve de gran ayuda a la hora de imponer dicho poder. Esta colección de fotografías que aquí os presento no son más que una pequeña muestra de su perniciosa operatividad, así como un humilde intento por hackearla.

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*Fotografías tomadas por Candela Sol (¡eres un sol!)
*Gracias al Equip Antic Teatre Barcelona por acogernos con tanta amabilidad y a la Accademia dell’Arte por su colaboración.

 

 

Bellas vallas (Leónidas Martín)

Autor: Leónidas Martín

Desde el día de su inauguración, las ventanas del gimnasio de mi barrio han servido de punto de encuentro para los vecinos. Están a pie de calle, son grandes y en sus anchas repisas nos hemos sentado muchos de nosotros a lo largo de estos años, sobre todo los paquistaníes que viven en las calles aledañas. Digo «nos hemos sentado», así en pretérito perfecto, porque desde que el ayuntamiento de Barcelona instaló en ellas unas placas metálicas muy grandes, allí ya no se sienta nadie. Se acabaron las reuniones y las charlas improvisadas. «¡Circulen!»

Al decir «placas metálicas» puede que hayas pensado en una de esas vallas de hierro que impiden el acceso a algún sitio, o uno de esos carretes de alambre de espino que se ven a menudo en las fronteras. Nada que ver con eso. Las placas de metal que han instalado en mi gimnasio son bonitas. Las ha diseñado un arquitecto joven, uno de los muchos arquitectos jóvenes que trabajan para el Ayuntamiento, y están perfectamente integradas en la estructura del edificio. El cristal, el saliente y las placas se complementan entre sí como si de una sinfonía de Franz Joseph Haydn se tratase. De hecho, estoy seguro de que si alguien pasa hoy por ahí, alguien que no sepa cómo eran y para qué servían antes esas ventanas, jamás notará nada extraño. Y esto es lo interesante.

Es cierto que la movilidad en el espacio de una ciudad nunca se ha dado con libertad; la arquitectura y el diseño urbanístico la han dirigido siempre. Pero, a diferencia de las vallas, las rejas y los muros que en el pasado acotaban y definían la movilidad de las personas, el mobiliario urbano contemporáneo lo hace sin que se note. Antes, regular los comportamientos de los cuerpos en el espacio, indicarles qué debían hacer y cómo debían hacerlo, requería de elementos muy visibles. Hoy, sin embargo, parece que ese adoctrinamiento requiere de todo lo contrario: que no se vea, que sin destacar lo más mínimo, sin apenas alterar el paisaje cumpla su propósito represivo. O incluso lo mejore.

Desde luego esto no es siempre así, sigue habiendo lugares donde los elementos urbanísticos destinados al control de los cuerpos en el espacio son plenamente manifiestos. No hay más que echar un ojo a la frontera sur de Europa para darse cuenta de ello. En Ceuta, por ejemplo, los muros y los alambres de espino no están ocultos bajo ninguna bella forma; más bien todo lo contrario. En estos lugares los elementos urbanísticos son muy visibles, deben serlo. De su visibilidad depende en gran medida su efectividad. Un inmigrante dispuesto a entrar en Europa sin papeles debe ver con claridad los impedimentos materiales con los que se va a topar, las cosas que obstruirán su entrada. Se supone que verlos hará que se lo piense dos veces.

Pero mi texto no está localizado en esos lugares. De lo que yo hablo aquí es de esos otros sitios adonde van a parar los inmigrantes una vez que han cruzado las fronteras. Me refiero a esas ciudades a las que llegan buscando su futuro prometido; en concreto, esas ciudades que viven de exportar su imagen como si de una marca comercial se tratara. Ciudades como Barcelona, París o Londres. En estos lugares los dispositivos que dictan comportamientos en el entorno sí que deben pasar desapercibidos. Así, integrándose en el entramado visual de la propia ciudad sin que apenas se perciban, es como logran fortalecer los valores estéticos y morales asociados a esa ciudad, mientras ocultan su función principal, la de dirigir la movilidad de la gente.

La placas instaladas en las ventanas de mi gimnasio no son, ni mucho menos, el único ejemplo de este mobiliario urbano diseñado para evitar situaciones y comportamientos sociales indeseados. Las ciudades-marca están repletas de estos elementos: pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, evitan que las personas se acomoden en un emplazamiento público; rejas elaboradas en forja con gran maestría y que evitan el acceso a cualquier área restringida; refinados pinchos que logran evitar que alguien se tumbe allí donde no debe; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado… Un sin fin de diseños urbanísticos que, tal y como sucedía en La carta robada de Poe, están a la vista de cualquiera y, sin embargo, pasan desapercibidos. Nos topamos con ellos mil veces, pero no los vemos o, al menos, no advertimos la verdadera finalidad que esconden.

A simple vista, estos elementos pueden parecer irrelevantes, pequeñas piezas urbanas que no merecen mayor consideración. Sin embargo, a mi modo de ver estos fragmentos representan, aún ocultándolo, el espíritu del modelo económico y político que los ha creado: el espíritu del mercado. Un espíritu que lo pone todo en movimiento (personas, ciudades, países, obras de arte…) bajo el criterio de una única ley: sacar el mayor provecho económico posible de cualquier actividad humana. Este espíritu está en todas partes, nos afecta a todos nosotros y a todo lo que nos rodea. Los propios inmigrantes que citábamos más arriba llegan hasta aquí empujados por ese espíritu. Él es quien los ha puesto en movimiento, la fuerza que les ha empujado a saltar los muros y sortear vallas de espino. «Movimiento» no significa aquí libertad, ni mucho menos. Todo movimiento que provoca el espíritu del mercado debe ser conducido y se ha de dar siempre bajo las reglas que él impone. De lo contrario, esa movilidad podría desviarse y terminar alcanzando otro objetivo distinto al del consumo, y ése es un riesgo que el mercado no puede correr. En este sentido, las placas metálicas de mi gimnasio o cualquier otro de estos elementos urbanísticos son la grasa que ayuda a perfeccionar el condicionamiento impuesto por el espíritu del mercado.

Y es que el comportamiento de los ciudadanos, así como la identidad de una ciudad, no es algo que venga dado. Más bien son sus propios actos y las modificaciones que estos actos ocasionan en el tejido social los que crean los comportamientos. Estas acciones y estos comportamientos podrían, a priori, ser infinitos. Limitarlos, hacer que respondan a un determinado espíritu, requiere de mucha creatividad. Justo aquí es donde entra en juego el rol del artista, ¿o acaso no ha sido ésa siempre su tarea, la de dotar de contenido racional a algo que no tiene lógica ni orden preexistentes? («Enseñarle a la Naturaleza cuál es su sitio», decía Oscar Wilde). No es de extrañar, pues, que sean los artistas, los arquitectos, los diseñadores los encargados de traducir en formas (en mobiliario urbano en este caso) la ley única del comercio y sus objetivos. Lo hacen porque es lo que saben hacer, así es como ganan su dinero. Pero también lo hacen porque están más preocupados por las formas, por aquellos aspectos que atañen al arte mismo, que por los usos derivados de su obra. Y lo hacen también por otra razón más.

En el mundo en el que nos ha tocado vivir, cada uno de nosotros se enfrenta solo a la sociedad. Sin intermediarios. Como un extraño entre extraños. Esto alienta un «yo» lleno de orgullo que a ratos se cree todopoderoso. Pero también alienta un «yo» que se inclina a los pies de cualquier efigie que se cruza por su camino. Un «yo» dispuesto a comerse el mundo, pero vencido por el miedo y la soledad. Por eso el joven arquitecto diseña esas placas metálicas que después instala el Ayuntamiento en las ventanas de mi gimnasio, porque se siente perdido en un jeroglífico que no entiende. Ese joven arquitecto ve la vida como la ven los personajes de las novelas de Kafka. No sabe quién decide las cosas, ni a quién dirigirse en busca de justicia o ayuda. Para él, vivir es dejarse arrastrar por una fuerza misteriosa cuyo poder y tamaño es tan grande que le revela toda su impotencia. Desde ahí es desde donde este joven arquitecto diseña las placas metálicas que sirven para evitar que se reúnan los inmigrantes en la calle.

Cada vez que voy a darme un baño en la piscina del gimnasio me hago la misma pregunta: ¿Cómo sería un arte que rompiese este maldito estatu estético que impide el encuentro? Un arte abierto a una concepción dinámica de la vida, donde nuestro entorno se crease en relación directa con unos comportamientos en constante cambio. ¿Cómo sería un arte que plantase cara a los modos de comportamiento establecidos y fuese capaz de abrir nuevos modos de vida, esos que andamos buscando hace tiempo? ¿Y cómo un diseño urbanístico que, en vez de maquillar la represión, organizase nuestro mundo en común? Porque eso y no otra cosa es una ciudad: la organización de nuestro mundo en común.

Barcelona y el urbanismo del miedo

Texto de Daniele Porretta (arquitecto), publicado en el periódico crítico Diagonal.

La sensación de inseguridad, en gran medida relacionada con la microcriminalidad, está hoy generalizada en las sociedades occidentales y ha acabado produciendo en los EE UU y Latinoamérica la fuga creciente de las clases medias- altas hacia espacios vigilados y seguros situados en el extrarradio de las ciudades tradicionales.

Así, han proliferado urbanizaciones cerradas (gated communities), ciudades “fortaleza” o “privatopías” según el término creado por McKenzie –lugares cerrados, vallados y, sobre todo, homogéneos desde el punto de vista social–.

Este fenómeno ha acabado trasformando el territorio en un archipiélago de islas protegidas y tecnológicamente vigiladas. En este mismo orden, las desigualdades sociales producidas por el neoliberalismo tienen su traducción espacial en un urbanismo de tipo ‘medieval’ donde las ciudades son proyectadas para resistir a un asedio exterior, se edifican rascacielos como si fuesen torres medievales y, más recientemente, se utiliza la tecnología para sustituir murallas, fosos y puentes levadizos.

No parece que España haya quedado al margen de este fenómeno global y en esta última década ha ido edificando sus propias utopías securitarias.

Todos estos fenómenos no son recientes aunque los proyectos se hayan ido multiplicando a lo largo de la última década de manera proporcional al aumento de las desigualdades producidas por el sistema neoliberal. Lo novedoso, sin embargo, es que se ha convertido en el modelo habitual también para impulsar la transformación de la ciudad histórica favoreciendo arquitecturas que hacen hincapié sobre todo en la fortificación y la vigilancia, procesos de privatización de los espacios públicos y un control siempre más invasivo sobre los ciudadanos.

Barcelona es una ciudad significativa de este proceso. Hay ejemplos que se pueden constatar con facilidad como el barrio de lujo Diagonal Mar, una operación inmobiliaria de la compañía Hines (Texas) que se ordena como un conjunto de torres hiperprotegidas, rodeadas de espacios verdes y calles a los que se ha ‘vaciado’ de contenido urbano. A partir de las últimas horas de la tarde el barrio es abandonado por sus únicos habitantes visibles, los empleados de las oficinas, y queda sin vida aparente. A poca distancia se encuentra el Parc de Poblenou de Jean Nouvel, un espacio cerrado y rodeado por un muro, un “parque de concentración” en palabras de Josep Maria Montaner.

También se verifican preocupantes políticas públicas en la inauguración de nuevas plazas ‘cerradas’, como la del barrio de Gracia dedicada a les dones del ‘36. Un espacio rodeado por una alta valla de acero y de acceso restringido. En este caso, la excusa de la construcción de una plaza semi-privada sirvió para justificar el alto precio de las nuevas viviendas de lujo que la rodean.

Urbanismo preventivo

Sin embargo, es el espacio público del centro histórico de la ciudad el que está siendo objeto de la remodelación más profunda y radical. En septiembre se hizo público el cierre nocturno del entorno del mercado de la Boquería, cerca de la Rambla. En su perímetro se instalará una valla con ocho puntos de acceso exclusivo para vecinos y servicios de emergencia a través de una llave o de una tarjeta de seguridad.

La noticia no ha sido una sorpresa para nadie ya que fue precedida por una campaña mediática sobre la degradación del espacio público de Ciutat Vella, imposible de controlar por la presencia de prostitutas, sin techo y los llamados ‘nómadas urbanos’. Como esta ‘intervención’, son previsibles otras similares en otros lugares que ya en el pasado se encontraron bajo el foco de los medios, como la plaza Vila de Madrid, plaza Urquinaona, etc.

El cierre de una plaza o de una calle representa sólo una de las medidas securitarias que se están implementando. El centro histórico en su totalidad está siendo remodelado según las técnicas del llamado ‘urbanismo preventivo’, un conjunto de patrones para diseñar los espacios urbanos que incluyen los bancos anti- indigentes, con apoyabrazos cada 50 cm que impiden que se usen para dormir, las pig ears –grapas para que los skaters no puedan patinar–, pinchos y discos de hierro en los rincones de las calles, plazas ‘duras’ de las cuales han sido eliminadas todas las superficies susceptibles de ser utilizadas para sentarse, criterios panópticos en el diseño de los espacios públicos, etc.

A estas técnicas hay que sumar las medidas policiales, las multas por incumplimiento de la ordenanza cívica de 2006 y la coordinación con otros servicios públicos como el de limpieza. Pareciera que las administraciones hayan encontrado en el diseño urbano y en la tecnología la alternativa a las políticas sociales.

El espacio publico será en breve reducido a un lugar de transición entre espacios privados, donde será imposible practicar cualquier actividad que no consista en un sencillo desplazamiento. Y cuando ya no quede vida en las calles, entonces, por fin, nuestras ciudades se habrán convertido en un lugar peligroso.

CENTRO COMERCIAL A CIELO ABIERTO

La clave para explicar la urgencia de este plan de aniquilación de la vida urbana hay que buscarla en el aumento de la visibilidad en las ciudades como Barcelona de manifestaciones de pobreza extrema, algo incompatible con la imagen de ciudad moderna, segura y acogedora que impone el marketing para turistas e inversores foráneos.

Tampoco es compatible con el proceso de transformación de su centro histórico en centro comercial a cielo abierto, lugar de consumo perfecto y seguro dotado de dispositivos que seleccionen automáticamente a sus usuarios.