teoría

Europa: tumultos en el desierto de lo real

Entre ficción de proceso instituyente en lo político y derrumbe de su constitución económica, el espejismo de la Unión Europea se yergue como ilimitado desierto en el mapa de la actual zozobra planetaria. Si hay un lugar en el que la presente crisis estructural del capitalismo ha desertizado por igual lo real y lo imaginario, ese es Europa. El carácter cada vez más subsidiario de su economía en el tablero mundial y la desatada precarización de la existencia en su territorio, son fenómenos simétricos al desarme de la crítica y a una incapacidad generalizada para imaginar otro presente posible, no digamos para construirlo. La crisis está convirtiendo a los europeos en los protagonistas de una desafección paradójica: cuanto más escépticos y distantes se muestran con sus clases políticas y sus elites económicas, más se extiende la incapacidad colectiva para generar alternativas y resistencias efectivas. Hace algunos años, Michel Serres habló de la burguesía como la clase social que había conseguido desaparecer: sus formas de vida y su ideología se convirtieron en naturales. De la misma manera, el orden económico aparece en el actual desierto europeo como estado de naturaleza. En cierta medida, la cualidad de la crisis que viste el presente ha acentuado el efecto de naturalización, generando la imagen de una inexistencia de exterioridad entre los intereses del capital y los de la población: el punto de partida financiero de la crisis ha desvelado hasta qué punto las condiciones de vida más elementales de la gente dependen inmediatamente de la generalización de las facilidades de crédito y de su capitalización por los bancos. Como decía Christian Marazzi hace unos meses, en el actual desierto europeo el problema no es el capitalismo en sí, sino el capitalismo en mí.

A pesar de ello, los últimos meses han sido escenario de protestas en diferentes países europeos que han aportado materiales interesantes para el análisis del desierto continental y, lo que es más importante, para la articulación posible de una acción política capaz de desbloquear lo real, transformando la desafección generalizada en disenso. Algunas de esas protestas han puesto de manifiesto los límites de las propuestas y los agentes tradicionales de la izquierda, con una huelga general en España como medida extrema de la inoperancia de partidos y sindicatos para la articulación de prácticas y discursos capaces de desarticular a gobiernos y élites económicas. Otras, sin embargo, han visto emerger análisis del presente cargados de potencia y una determinación que ha expresado la radicalidad de un incipiente deseo colectivo de ruptura y de articulación de algo nuevo encarnado por los más jóvenes. Las batallas en las calles de Londres y de Roma con las que despedimos 2010 no sólo han sido un excelente analizador del nivel general de malestar o momentos de oposición colectiva al redoble neoliberal de nuestros días, han funcionado además como canal de comunicación pública de un deseo de reapropiación de la política en cuya composición hay rasgos de rabias y propuestas que apuntan potencialmente más allá de la izquierda y de la representación política al uso.

Atenas-Teherán-California-Puerto Rico-París-Lyon-Londres-Roma

Hay una línea imaginaria que se ha ido trazando en los últimos dos años y que nos ha pasado desapercibida, sin que nadie se haya parado a unir sus coordenadas con la voluntad de construir un mapa. Atenas en diciembre de 2008, Teherán en junio de 2009, California en febrero de 2010, Puerto Rico en mayo de 2010, París-Lyon en octubre de 2010, Londres en noviembre de 2010 y Roma en diciembre de 2010: una línea de revueltas plagada de trazos comunes.

En primer lugar, cada una de esas coordenadas ha compartido una misma composición social de la revuelta, sino única, sí central en todos los casos: jóvenes estudiantes, el software viviente del actual capitalismo cognitivo. En segundo lugar, en todas se ha esgrimido una apuesta común por el conflicto social, así como una llamativa determinación y radicalidad colectiva en la construcción y la vivencia del mismo. En tercer lugar, en todas se ha puesto en juego una potencia que, más allá de su voluntad de oposición a las políticas públicas de socialización de los costes de la crisis del capital, ha desbordado la mera lógica reactiva, incluyendo lenguajes, experiencias y trazos de corte potencialmente instituyente. En cuarto lugar, un deseo colectivo de libertad contra la precarización de la existencia se ha erigido en uno de sus motores fundamentales. En quinto lugar, han señalado la imposibilidad de recoger y representar en los parámetros políticos de lo instituido la cualidad del conflicto que han expresado. La revuelta iraní ha sido quizás la coordenada paradigmática de este último punto común: la supeditación del movimiento a uno de los sectores del poder instituido del país y a la rehabilitación de la dinámica formal y representativa de la política, inmovilizó el deseo colectivo de libertad y la radicalidad democrática implícita en el movimiento. También nos hablan del mismo fenómeno las huelgas en Francia y en España, así como las revueltas en Grecia: el peso de los lenguajes y las lógicas de acción colectiva de los sindicatos y los partidos, viejas instituciones de la izquierda, incidió de manera determinante en la imposibilidad no ya de cambiar el sentido de las políticas gubernamentales que habían motivado la protesta, sino de alterarlas aunque fuera tan sólo un ápice, no digamos de trascender la mera lógica reactiva.

Maquiavelo y el tumulto de Roma

Tras la revuelta en las calles de Roma del 14 de diciembre de 2010, algunos de sus protagonistas han propuesto el concepto de tumulto como herramienta útil para pensar e intervenir el presente. “Creo que los que condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan lo que fue la causa principal de la libertad en Roma, se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron”, dice Maquiavelo en sus Discursos. Ese carácter constructivo y positivo del tumulto, base de la república y de todo buen orden político según Maquiavelo, ha vuelto a salir a la superficie del desierto europeo con la revuelta en Roma. Pese a que desde el stablishment político, mediático y cultural, con el escritor Roberto Saviano a la cabeza, se haya vestido inevitablemente de negatividad la práctica del disturbio, la revuelta romana ha demostrado poseer una enorme productividad. Primero, ha roto la normalidad institucional que acompaña el brutal ataque a los derechos y a la vida social que ha desatado la instrumentalización de la crisis por parte del capital en el viejo continente, rompiendo al mismo tiempo la naturalización de la misma: los disturbios han subrayado que la crisis y sus efectos, como la propia economía, tienen una naturaleza eminentemente política. Segundo, el tumulto de Roma no sólo ha puesto de manifiesto el nivel de malestar social que acumula el viejo continente, especialmente sus habitantes más jóvenes, sino que lo ha arrancado de la vivencia individualizada y victimista para convertirlo en potencia y expresión colectiva. Tercero, el tumulto romano ha sido el punto de encuentro de diferentes y diversos movimientos locales y ciudadanos que han visto en la eficacia expresiva, la responsabilidad colectiva y la determinación esgrimida en las calles de Roma, la potencia de la que son capaces. En este sentido, el tumulto ha tenido una dimensión energética para los movimientos italianos: de la batalla de Génova en 2001 a la revuelta de Roma en 2010 se traza un viaje del cierre a la apertura. Una nueva energía indica un nuevo punto de partida en el que, inevitablemente, el conflicto social emerge como clave de la posibilidad de incidir colectivamente sobre la realidad para transformarla. En el actual contexto continental, el tumulto desborda a la izquierda institucional, desnudando la inoperancia de su lógica y de sus gestos: habla de la necesidad de otra cosa. Charles De Gaulle, paradigma del hombre de Estado, decía que en el tumulto su inclinación permanente había sido siempre la soledad. Nunca hemos estado más necesitados del tumulto en Europa como hoy en día.

Jack Black y Mos Def en Petrogrado

Las incipientes revueltas en el desierto europeo no sólo nos hablan de lo que va a venir, sino que indican el límite de lo existente. La actual crisis y las políticas que la sostienen no sólo han desnudado definitivamente el carácter subsidiario que posee el Estado para el capital o la distancia de la política institucional con la gente común, además están subrayando el límite y la incapacidad manifiesta de la izquierda para conectar con la desafección de la población e incidir de manera real en la transformación del estado de cosas en el viejo continente. Por eso, el tumulto es solamente una pieza del puzzle, quizá únicamente su punto de partida: no sólo es necesario que los ciudadanos “tumultuosos” y los movimientos europeos nos preguntemos sobre lógicas de representación radicalmente nuevas, resulta vital que le demos vueltas prácticas a cómo transformar la potencia expresiva del tumulto en fuerza constituyente.

En Be kind rewind, la última película de Michel Gondry, un Mos Def convertido en Mike y un Jack Black en la piel de Jerry inician un movimiento que termina por revolucionar la vida en su vecindario: tras borrar accidentalmente todas las cintas del videoclub del barrio, pasan de rodar remakes caseros de las películas borradas para contentar el deseo de entretenimiento de sus vecinos, a proponerles el rodaje de una historia propia. La construcción de esa historia común no sólo transforma el vecindario de Be kind rewind en una auténtica comunidad, sino que sirve como espejo para la nueva institucionalidad tumultuosa que necesita el viejo continente. Del remake a la producción de lo nuevo se traza la distancia entre lo que Maquiavelo llamaba una concepción restringida de lo político (vivere sicuro) y una concepción plena (vivere libero). Es la diferencia entre una libertad restringida (leer lo que otros escriben) y una libertad absoluta (escribir nuestra propia historia). El camino del tumulto al soviet. Los zapatistas, en el olvido en el que vivían antes de salir a la luz y en el olvido en que habitan el presente, siempre lo han dicho: nada hay que esperar de los que arriba son poder. Tampoco de los que sólo saben mirar hacia arriba. Nunca como hoy en día el disenso en Europa ha necesitado más de la propuesta de nuevas instituciones que nos llevan más allá de lo instituido. Como decía una joven tumultuosa en las calles de Roma el pasado diciembre, siempre con una mirada a lo inmediato y otra al infinito.

Manifiesto afectivista (Brian Holmes)


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