política

Tenemos que crear una cultura que nos saque de la cultura neoliberal (entrevista Degrowth 2014)

De qué está hecha la cultura del neoliberalismo, qué otra cultura puede llegar a plantarle cara, de qué valores estaría hecha esa nueva cultura. Estas preguntas y otras cuantas más definen el marco de la entrevista que le hicieron los chicos de Challenge Yasuni a Leónidas Martín, miembro de Enmedio, durante el encuentro Degrowth 2014 (Leipzig). La dirección corre a cargo de Stella Veciana y el realizador es Dan Norton.

Posesión neoliberal (Leónidas Martín)

posesion-88Autor: Leónidas Martín

Querido amigo, sé por lo que estás pasando. El neoliberalismo te tiene poseído y no sabes cómo deshacerte de él. Por si te sirve de consuelo, te diré que no eres el único. El neoliberalismo, más que una ideología o una política, es un espíritu que lo ha poseído todo. Ha poseído al Estado y a todas sus instituciones, y los hospitales, las escuelas, los lugares de trabajo. También nos ha poseído a nosotros. Ha tomado nuestros cuerpos, nuestros deseos e ilusiones, nuestras ideas y nuestros sueños. Y, una vez poseídos, el espíritu del neoliberalismo nos gobierna bajo una única ley: la ley de la competencia.

Competir, competir, competir. Este es el principio universal de nuestros días. Está presente en todas partes. Compiten las empresas, compiten los mercados, compiten los gobiernos, “debemos adoptar unas políticas más competitivas”, dicen; y, por supuesto, nosotros competimos también. La ley de la competencia la llevamos tan dentro que ha llegado a ser parte de nosotros. Por más que nos pese, amigo mío, nos hemos convertido en una especie de pequeña empresa individual dedicada a competir sin descanso con las otras pequeñas empresas individuales que nos rodean: nuestros semejantes. Por eso te sientes hoy tan mal.

Para dejar de sentirte así te aconsejo que no prestes mucha atención a lo que dicen por ahí algunos falsos curanderos. Si el neoliberalismo fuese —tal y como afirman— “algo que se encuentra únicamente ahí fuera”, en el Estado, en los mercados o donde sea, tú ahora no sufrirías tanto, te lo aseguro. Créeme, el neoliberalismo no es una institución, es más bien una actividad paranormal (completamente normalizada y normativizada) que opera a la vez tanto dentro como fuera de nosotros. Así es como dirige nuestros comportamientos, los que tenemos hacia nosotros mismos y los que tenemos hacia los demás. Por eso, cuando un día nos sentimos tan mal como te sientes tú hoy y decidimos que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado y que vamos a plantarle cara a este maldito espíritu, nos resulta muy difícil saber por dónde empezar.

Siento decirte que no existen conjuros definitivos, ni antídotos capaces de terminar para siempre con esta posesión. Lo que existen son conductas que, una vez repetidas, crean unos hábitos que debilitan en gran medida a esta fuerza malévola. Siento decirte también que poner en práctica estas conductas no es nada fácil. Si lo intentas, lo más probable es que sientas un miedo atroz, que tus labios zumben como moscas y comiences a oír voces raras en tu cabeza: ecos de un canto fantasmal llegados de la oscuridad más profunda para hacerte reconsiderar tu decisión.

Una de esas voces espectrales que aparece con más frecuencia es aquella que nos induce a pensar que, tomando el Estado y sus instituciones, acabaríamos de golpe y porrazo con la posesión neoliberal. No me gustaría que me malinterpretases; por supuesto que estoy a favor de cualquier incursión institucional de signo contrario a las políticas neoliberales, algo así multiplicaría las posibilidades de enfrentarnos a este espíritu; sin embargo, mucho me temo que no sería suficiente. A un espíritu no se le elimina simplemente con un cambio de política. Eso, sin unas nuevas prácticas de subjetivación, sirve de bien poco. Aunque el espíritu neoliberal se siente mejor cuando los gobiernos fluyen en la dirección del neoliberalismo, es capaz de adaptarse a circunstancias muy adversas. No lo olvides.

Otro hechizo a evitar es el que popularmente se conoce como La gota que colma el vaso. Bajo su influjo uno tiende a pensar que el sujeto no debe hacer nada para desposeerse, que la historia lo hará por él. Más que intentar crear unos nuevos valores que hagan emerger una subjetividad distinta, este embrujo nos sugiere que será el mismo neoliberalismo, mediante sus propias contradicciones internas, quien se encargará de ello. Así, un buen día, de buenas a primeras y sin que nadie sepa muy bien por qué, comenzará una especie de reconquista espiritual que lo cambiará todo. Lo único que necesitamos hacer nosotros, pues, es tomar conciencia de lo que nos sucede y esperar a que se den las condiciones idóneas para nuestra desposesión.

Como te habrás dado cuenta, ambos espejismos desatienden la lección más importante que nos ha enseñado el propio neoliberalismo: poseer es producir una subjetividad. Y eso no se hace únicamente tomando el Estado y aplicando unas políticas económicas distintas. Lo dijo la mismísima Margaret Thatcher: “La economía es sólo un método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma”. Y para cambiar el alma de la gente, amigo mío, para crear un nuevo sujeto, es necesario realizar un trabajo constante en todos y cada uno de los planos de influencia que afectan a ese sujeto. Esa actividad incesante es, precisamente, el espíritu que nos tiene poseídos.

Sí, lo sé, te estoy deprimiendo más de lo que estabas. Tú tan sólo buscabas una manera sencilla de expulsar a ese maldito espíritu de tu cuerpo y yo no hago más que complicarlo todo. Pero no desesperes, traigo buenas noticias también; escucha: si el espíritu que nos posee es capaz de poseerlo todo desde todos los sitios a la vez, la resistencia a este espíritu puede darse también en cualquier parte; en cualquier momento. De hecho, si te fijas con atención, verás que esto sucede ya todos los días. Estamos rodeados de experiencias colectivas que se enfrentan al espíritu del neoliberalismo una y otra vez. El movimiento contra la deuda estudiantil en Estados Unidos (You´re not a Loan) o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) son dos buenos ejemplos de ello; pero no son los únicos, ni los más importantes. Miles de personas con sus pequeñas iniciativas de todo tipo se niegan a diario a convertirse en empresas competitivas, plantándole cara al espíritu del neoliberalismo tanto dentro de ellas (negándose a actuar como una empresa) como para con los otros (negándose a competir). En estas experiencias cotidianas y aisladas se halla la materia prima para la elaboración de un nuevo espíritu, un contra-espíritu capaz de expulsar al espíritu que ahora nos posee. Tan sólo tenemos que trazar líneas de unión entre ellas, y eso pasa inevitablemente por establecer relaciones de cooperación.

Como el neoliberalismo no es algo que se encuentre fijo en un lugar determinado, sino más bien una relación con todo, es imposible librarse de él de modo individual. Cuando lo intentas, el suelo se convierte en cemento mojado y enseguida comprendes que sin la ayuda de los demás no llegarás muy lejos. Salvo, quizá, a sentir desprecio y rencor por aquellos que no lo intentan como tú o, en el peor de los casos, a refugiarte en una identidad compartida (un grupo político, una ideología…) que asegure haberse librado del espíritu neoliberal, cuando en realidad lo único que ha hecho es exportar la competencia al terreno de las “pequeñas comunidades”. Compartir, poner en común, amigo mío, ésa es la clave para desprendernos del espíritu que ahora nos posee. Así es como lograremos ensanchar nuestro contra-espíritu hasta llenarlo todo de unos valores distintos. Desde un partido político hasta lo más profundo de nuestras almas: todo. Occupy Everything, my friend.

Supongo que te estarás preguntando cuáles son esos nuevos valores capaces de ejecutar tal exorcismo. Te diré los que yo pienso que son. Pero recuerda: yo también estoy poseído igual que tú y, como bien sabes, en la posesión no existen certezas absolutas, tan sólo intuiciones. Dicho esto, el primer valor a destacar creo que sería la cooperación. Es urgente que comencemos a ver al otro como un compañero en vez de como un obstáculo en nuestro camino, sólo así podremos empezar a caminar en la dirección correcta sobre un pavimento firme. En segundo lugar, la capacitación. Nuestro espíritu debe capacitarnos para realizar por nosotros mismos todas aquellas tareas que ahora delegamos en los “expertos”. Por último, creo que la posesión de nuestro contra-espíritu debería significar una experiencia de disfrute distinta a la que nos ofrece el consumo. Una experiencia donde la abundancia del tiempo y las relaciones humanas, junto con el cuidado de la vida colectiva, fuesen la nueva buena vida; una manera distinta de medir la “riqueza”. Te lo puedo decir de otro modo: acabaremos con la posesión neoliberal únicamente si intensificamos al máximo la dimensión común de la experiencia. Realizar algo así, querido amigo, sería crear la obra de arte más bella de la historia. En nuestras manos está conseguirlo. En las tuyas y en las de todos nosotros juntos. Sin dejar de ser lo que somos y sin movernos del sitio que ya ocupamos.

Espero que mis palabras te hayan sido de ayuda, y te deseo una pronta recuperación. Cuídate mucho.

Leónidas Martín.
Junio 2014, Barcelona.

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Este escrito está inspirado en un par de libros que he leído esta semana, muchas conversaciones mantenidas con mi amigo Amador Fdez-Savater y mis compañeros de Enmedio y un par de películas clásicas de terror que me han vuelto a quitar el sueño las pasadas noches. Aquí va la lista:

La nueva razón del mundo, de Chirstian Laval y Pierre Dardot (Gedisa Editorial)
Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, de Michel Foucault (Alianza Editorial)
Posesión infernal (Sam Raimi, 1981)
El Exorcista (William Friedkin, 1973)

Bellas vallas (Leónidas Martín)

Autor: Leónidas Martín

Desde el día de su inauguración, las ventanas del gimnasio de mi barrio han servido de punto de encuentro para los vecinos. Están a pie de calle, son grandes y en sus anchas repisas nos hemos sentado muchos de nosotros a lo largo de estos años, sobre todo los paquistaníes que viven en las calles aledañas. Digo «nos hemos sentado», así en pretérito perfecto, porque desde que el ayuntamiento de Barcelona instaló en ellas unas placas metálicas muy grandes, allí ya no se sienta nadie. Se acabaron las reuniones y las charlas improvisadas. «¡Circulen!»

Al decir «placas metálicas» puede que hayas pensado en una de esas vallas de hierro que impiden el acceso a algún sitio, o uno de esos carretes de alambre de espino que se ven a menudo en las fronteras. Nada que ver con eso. Las placas de metal que han instalado en mi gimnasio son bonitas. Las ha diseñado un arquitecto joven, uno de los muchos arquitectos jóvenes que trabajan para el Ayuntamiento, y están perfectamente integradas en la estructura del edificio. El cristal, el saliente y las placas se complementan entre sí como si de una sinfonía de Franz Joseph Haydn se tratase. De hecho, estoy seguro de que si alguien pasa hoy por ahí, alguien que no sepa cómo eran y para qué servían antes esas ventanas, jamás notará nada extraño. Y esto es lo interesante.

Es cierto que la movilidad en el espacio de una ciudad nunca se ha dado con libertad; la arquitectura y el diseño urbanístico la han dirigido siempre. Pero, a diferencia de las vallas, las rejas y los muros que en el pasado acotaban y definían la movilidad de las personas, el mobiliario urbano contemporáneo lo hace sin que se note. Antes, regular los comportamientos de los cuerpos en el espacio, indicarles qué debían hacer y cómo debían hacerlo, requería de elementos muy visibles. Hoy, sin embargo, parece que ese adoctrinamiento requiere de todo lo contrario: que no se vea, que sin destacar lo más mínimo, sin apenas alterar el paisaje cumpla su propósito represivo. O incluso lo mejore.

Desde luego esto no es siempre así, sigue habiendo lugares donde los elementos urbanísticos destinados al control de los cuerpos en el espacio son plenamente manifiestos. No hay más que echar un ojo a la frontera sur de Europa para darse cuenta de ello. En Ceuta, por ejemplo, los muros y los alambres de espino no están ocultos bajo ninguna bella forma; más bien todo lo contrario. En estos lugares los elementos urbanísticos son muy visibles, deben serlo. De su visibilidad depende en gran medida su efectividad. Un inmigrante dispuesto a entrar en Europa sin papeles debe ver con claridad los impedimentos materiales con los que se va a topar, las cosas que obstruirán su entrada. Se supone que verlos hará que se lo piense dos veces.

Pero mi texto no está localizado en esos lugares. De lo que yo hablo aquí es de esos otros sitios adonde van a parar los inmigrantes una vez que han cruzado las fronteras. Me refiero a esas ciudades a las que llegan buscando su futuro prometido; en concreto, esas ciudades que viven de exportar su imagen como si de una marca comercial se tratara. Ciudades como Barcelona, París o Londres. En estos lugares los dispositivos que dictan comportamientos en el entorno sí que deben pasar desapercibidos. Así, integrándose en el entramado visual de la propia ciudad sin que apenas se perciban, es como logran fortalecer los valores estéticos y morales asociados a esa ciudad, mientras ocultan su función principal, la de dirigir la movilidad de la gente.

La placas instaladas en las ventanas de mi gimnasio no son, ni mucho menos, el único ejemplo de este mobiliario urbano diseñado para evitar situaciones y comportamientos sociales indeseados. Las ciudades-marca están repletas de estos elementos: pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, evitan que las personas se acomoden en un emplazamiento público; rejas elaboradas en forja con gran maestría y que evitan el acceso a cualquier área restringida; refinados pinchos que logran evitar que alguien se tumbe allí donde no debe; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado… Un sin fin de diseños urbanísticos que, tal y como sucedía en La carta robada de Poe, están a la vista de cualquiera y, sin embargo, pasan desapercibidos. Nos topamos con ellos mil veces, pero no los vemos o, al menos, no advertimos la verdadera finalidad que esconden.

A simple vista, estos elementos pueden parecer irrelevantes, pequeñas piezas urbanas que no merecen mayor consideración. Sin embargo, a mi modo de ver estos fragmentos representan, aún ocultándolo, el espíritu del modelo económico y político que los ha creado: el espíritu del mercado. Un espíritu que lo pone todo en movimiento (personas, ciudades, países, obras de arte…) bajo el criterio de una única ley: sacar el mayor provecho económico posible de cualquier actividad humana. Este espíritu está en todas partes, nos afecta a todos nosotros y a todo lo que nos rodea. Los propios inmigrantes que citábamos más arriba llegan hasta aquí empujados por ese espíritu. Él es quien los ha puesto en movimiento, la fuerza que les ha empujado a saltar los muros y sortear vallas de espino. «Movimiento» no significa aquí libertad, ni mucho menos. Todo movimiento que provoca el espíritu del mercado debe ser conducido y se ha de dar siempre bajo las reglas que él impone. De lo contrario, esa movilidad podría desviarse y terminar alcanzando otro objetivo distinto al del consumo, y ése es un riesgo que el mercado no puede correr. En este sentido, las placas metálicas de mi gimnasio o cualquier otro de estos elementos urbanísticos son la grasa que ayuda a perfeccionar el condicionamiento impuesto por el espíritu del mercado.

Y es que el comportamiento de los ciudadanos, así como la identidad de una ciudad, no es algo que venga dado. Más bien son sus propios actos y las modificaciones que estos actos ocasionan en el tejido social los que crean los comportamientos. Estas acciones y estos comportamientos podrían, a priori, ser infinitos. Limitarlos, hacer que respondan a un determinado espíritu, requiere de mucha creatividad. Justo aquí es donde entra en juego el rol del artista, ¿o acaso no ha sido ésa siempre su tarea, la de dotar de contenido racional a algo que no tiene lógica ni orden preexistentes? («Enseñarle a la Naturaleza cuál es su sitio», decía Oscar Wilde). No es de extrañar, pues, que sean los artistas, los arquitectos, los diseñadores los encargados de traducir en formas (en mobiliario urbano en este caso) la ley única del comercio y sus objetivos. Lo hacen porque es lo que saben hacer, así es como ganan su dinero. Pero también lo hacen porque están más preocupados por las formas, por aquellos aspectos que atañen al arte mismo, que por los usos derivados de su obra. Y lo hacen también por otra razón más.

En el mundo en el que nos ha tocado vivir, cada uno de nosotros se enfrenta solo a la sociedad. Sin intermediarios. Como un extraño entre extraños. Esto alienta un «yo» lleno de orgullo que a ratos se cree todopoderoso. Pero también alienta un «yo» que se inclina a los pies de cualquier efigie que se cruza por su camino. Un «yo» dispuesto a comerse el mundo, pero vencido por el miedo y la soledad. Por eso el joven arquitecto diseña esas placas metálicas que después instala el Ayuntamiento en las ventanas de mi gimnasio, porque se siente perdido en un jeroglífico que no entiende. Ese joven arquitecto ve la vida como la ven los personajes de las novelas de Kafka. No sabe quién decide las cosas, ni a quién dirigirse en busca de justicia o ayuda. Para él, vivir es dejarse arrastrar por una fuerza misteriosa cuyo poder y tamaño es tan grande que le revela toda su impotencia. Desde ahí es desde donde este joven arquitecto diseña las placas metálicas que sirven para evitar que se reúnan los inmigrantes en la calle.

Cada vez que voy a darme un baño en la piscina del gimnasio me hago la misma pregunta: ¿Cómo sería un arte que rompiese este maldito estatu estético que impide el encuentro? Un arte abierto a una concepción dinámica de la vida, donde nuestro entorno se crease en relación directa con unos comportamientos en constante cambio. ¿Cómo sería un arte que plantase cara a los modos de comportamiento establecidos y fuese capaz de abrir nuevos modos de vida, esos que andamos buscando hace tiempo? ¿Y cómo un diseño urbanístico que, en vez de maquillar la represión, organizase nuestro mundo en común? Porque eso y no otra cosa es una ciudad: la organización de nuestro mundo en común.

Entrevista a Enmedio en Eldiario.es

“Interrumpir el relato dominante y crear nuestro propio relato es la política que nos interesa”

Insatisfechos por la falta de conexiones entre el arte y la acción política, Campa, Leo, Mario y Oriana crearon junto a otras cuatro personas el colectivo Enmedio (Barcelona) que se dedica a explorar la potencialidad transformadora de las imágenes y los relatos. Esta semana hackearon la estatua de Colón en Barcelona y son responsables entre otras muchas iniciativas de la vistosa campaña gráfica de los escraches de la PAH. Hemos conversado con ellos sobre la fuerza que tiene y puede tener eso que llamamos arte para intervenir políticamente en la crisis

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Un espacio en Barcelona, un colectivo de artistas, un grupo de acción, ¿qué es Enmedio?

Leo: El nombre dice mucho. Enmedio nace de un desgarro. Somos todos profesionales de la imagen (diseñadores, cineastas, artistas, etc.) que hemos abandonado nuestro terreno normal de trabajo. No encontrábamos sentido a los lugares que nos estaban asignados: la academia de arte, la agencia de publicidad, la productora. Y nos salimos para inventarnos un sitio nuevo desde donde hacer lo que queremos hacer, un espacio que es un tanto incómodo, difícil y esta en una tierra de nadie.

Campa: En los lugares del arte no hay política (¡en todo caso politiqueo!) y en los lugares de la política no hay demasiadas preocupaciones estéticas, así que la misma realidad nos empujó a inventarnos un tercer espacio, a ponermos en medio del arte y la política.

Mario: Hay una potencia en el trabajo con la imagen que queremos seguir explorando, porque es lo nuestro, lo que sabemos hacer, el modo en el que nos relacionamos con el mundo, pero necesitamos llevarla a otros sitios y mezclarla con otras cosas. Enmedio hace referencia a ese lugar desconocido en el que queremos situarnos, que tiene que ver con la fotografía o el vídeo pero no es sólo eso aunque también sea eso, ¿se entiende?

Oriana: Hace ya diez o doce años que exploramos en ese filo, algunos provenimos de colectivos como Las Agencias, Yomango, V de Vivienda, etc. Hay quien ha pasado por la okupación, por la antiglobalización, por movimientos latinoamericanos como el zapatismo y gente sin ninguna trayectoria política o hija de los movimientos de ahora: 15-M, etc. Esa mezcla de diferentes backgrounds creativos y políticos nos saca de nuestro papel a la hora de trabajar juntos y produce efectos sorprendentes, es quizá la fuerza de lo que hacemos.

¿De qué sirve la intervención política en el ámbito de lo simbólico en un momento de crisis como el actual que toca y afecta a lo más material de nuestras vidas, a lo más real (la casa, el salario, etc.)?

Campa: El capitalismo nos conduce a esta miseria, a estos desahucios y a este sufrimiento a través de imágenes y relatos. Es un gran fabulador, con una capacidad de fascinación impresionante. Mucha gente se hipotecó porque se creyó el relato, hecho de discurso e imágenes, que nos llegaba a diario desde los bancos y la publicidad. La publicidad crea imágenes de mundos deseables y ese imaginario genera paradigmas económicos y situaciones sociales.

Leo: No está por un lado la ficción y por otro la realidad: la ficción es el núcleo duro de la realidad. Desde una manifestación (un acto teatral en la calle) hasta la redacción de un discurso político (que maneja imágenes e imaginario), todo es ficción. Lo importante son los efectos de las ficciones, si nos las podemos reapropiar o no, si nos las creemos o no, si generan confianza en nosotros mismos o impotencia. La base del cambio social es cultural: los relatos que dan sentido a nuestra vida y al mundo en que vivimos.

Mario: Por esa razón, trabajamos en dos sentidos. Por un lado, interferir en el relato dominante, en la explicación oficial del mundo, a través de la guerrilla de la comunicación, con carteles, lemas, mensajes, etc. Y por otro, contribuir a la producción autónoma de imaginarios. Ya no tanto a desarticular un relato, como a crear otro. Esto es lo más importante y lo más difícil: autorrepresentarnos, crear nuestra propia historia, nuestra propia explicación de lo que sucede. Un relato en el que podamos vivir.

Vamos a ver todo esto que decís en detalle, a partir de vuestras propias acciones. Si os parece, empezamos por la fiesta en el INEM que organizasteis en 2009.

Oriana: Quizá lo más interesante fue el momento: estalla la crisis pero no pasa nada en la calle. Hay miedo y parálisis. La idea fue buscar un lugar que condensase y representase ese miedo. Elegimos una oficina del INEM. ¡Y qué mejor que una fiesta para combatir el miedo!

Campa: Enmedio trabaja desde la autorrepresentación. Es decir, no se trataba de una fiesta para los parados. Nosotros también estamos parados, vivimos en la precariedad, etc. No damos lecciones a nadie: partimos de nosotros mismos e invitamos a los demás a participar con nosotros. En el vídeo se ve que hay gente que sonríe, participa, aplaude o nos dice “me habéis alegrado el día”. Buscamos ese acercamiento a partir de nuestras propias preocupaciones, problemas y malestares.

Leo: Fue impresionante la cantidad de visitas que tuvo ese vídeo. Creo que tocamos algo que respondía a un afecto compartido: partiendo de lo que te atraviesa personalmente puedes comunicar con los demás. Lo más íntimo es a la vez lo más común.

Mario: Intentamos que las acciones sean inspiradoras y contagien, pensarlas y diseñarlas como semillas que pueden germinar en otros lados. Después del 15-M, hubo una fiesta en una oficina del INEM en Canarias  y otras acciones parecidas . Dentro de un marco (estético, político, teórico) que definimos nosotros, buscamos la participación y la reapropiación.

¿Qué son los reflectantes?

Leo: Reflectantes es un grupo de acción nacido de unas jornadas de activismo creativo que llamamos “Cómo acabar con el Mal” y en las que se trataba de transmitir prácticas y experiencias del activismo creativo a gente más joven, politizada con el 15-M, etc. Enlaza con una trayectoria larga de creación de personajes que actúan en espacios de protesta, desde Prêt a Revolter hasta los New Kids on the Black Block, proponiendo otras maneras de estar en la calle, repletas de alegría, de color, de creatividad.

Mario: Los reflectantes están muy ligados al momento en el que surgen, en torno al primer aniversario del 15-M. El poder había activado entonces la vía de la represión y la criminalización para acabar con la protesta en calle. Entrar en esas dinámicas vacía la calle de pluralidad, “desdemocratizando” la protesta hasta que sólo quedan grupos pequeños y muy homogéneos, fácilmente identificables y codificables. Ahí surgen entonces los reflectantes diciendo: “no vamos a jugar en ese juego, rompamos los códigos”.

Campa: Los reflectantes juegan con el imaginario de los súper-héroes y la cultura de los fans, son gente normal pero con una serie de herramientas que les permiten hacer frente al Mal: cubos hinchables para parar a la policía en caso de carga, espejos para deslumbrar a los helicópteros de vigilancia, disfraces para romper la codificación, etc. Dramatizan y a la vez desdramatizan la protesta: usando el humor, generando otros afectos, volviendo deseable la presencia en la calle y, al mismo tiempo, poniendo en juego elementos reales para canalizar de otro modo los momentos de tensión y violencia.

Oriana: Muchísima gente se unió al bloque reflectante en la mani del aniversario del 15-M, también apareció gente que no conocíamos y había visto los disfraces en Internet. Hoy los reflectantes son un grupo autónomo, muy cercano a Enmedio pero independiente. Eso es muy interesante también.

¿Qué me contáis de la Fiesta en Bankia?

Mario: La misma semana que el gobierno anuncia recortes de 20.000 millones de euros en sanidad y educación, nos enteramos de que van a rescatar con 23.000 millones de euros de dinero público a Bankia. Como la mayoría de la gente, estábamos indignadísimos y entonces decidimos hacer algo al respecto.

Leo: Nos reunimos una serie de gente afín y empezamos a pensar qué podíamos hacer para dañar la imagen de Bankia. Pensamos que la única manera de afectar a un banco y mostrar nuestro rechazo al rescate era animar a la gente a cerrar sus cuentas. Y que la mejor manera de hacerlo era… era montando una fiesta (ya ves que nos encanta montar fiestas).

Campa: Así que un día un grupo de gente nos desplazamos hasta una oficina de Bankia y esperamos agazapados hasta que una cliente cerró su cuenta. Y entonces entramos y le montamos una fiesta. La clienta no se lo creía. Estuvimos dentro apenas 4 minutos, lo que duró la canción. Y llevándonos a la cliente en volandas, salimos tal y como habíamos entrado. De todo esto editamos un vídeo que en 24 horas tenía más de 100.000 visitas y desde entonces no han hecho más que aumentar. La página de Youtube está llena de comentarios. El vídeo se pasó en varias cadenas de televisión y otras fiestas “Cierra Bankia” fueron celebradas en otras ciudades del estado.

Oriana: La idea era mostrar que algo tan íntimo y privado como tu cuenta en el banco puede ser usado de forma política y que cerrarla puede ser un acto público y, sobre todo, ¡muy divertido!

¿Qué fue el Discongreso?

Mario: Desde Enmedio nos sumamos a la campaña del 25-S: “Ocupa el congreso”. Esa convocatoria coincidía con nuestros debates internos: nos parecía que el 15-M había caído en ciertas inercias repetitivas y que el 25-S podía ser una ocasión para romperlas. El problema es que se trataba de una convocatoria muy cerrada, excluyente y codificada. Nuestro trabajo ahí fue usar la comunicación como apertura. A través de los carteles, una campaña gráfica y una propuesta para ocupar el espacio de modo distinto, se trataba de generar otro relato, reapropiarnos de la convocatoria, hacerla participable, deseable.

Oriana: El diseño de nuestra campaña era muy sencillo. Reemplazamos el “ocupa el congreso” por “rodea el congreso”, porque para nosotros no se trataba de una toma del poder sino de una destitución del poder, y añadimos algo. “El 25-S rodeamos el congreso hasta que dimitan. Punto”. En el cartel, una trama de puntos de distintos colores, que representaba la pluralidad de la sociedad, rodeaba un centro.

Campa: Esos puntos se convirtieron más tarde en fotografías. Montamos un Photocall que invitaba a la gente a fotografiarse con sus propias razones para acudir a un evento como el 25-S. Sacamos el Photocall a la calle y llamamos desde las redes sociales a que la gente se hiciera sus propias fotografías con sus razones. Se trataba de apostar así por la diversidad, abriendo una convocatoria en un principio muy excluyente.

Leo: Y finalmente los puntos se convirtieron en freesbes voladores donde la gente escribió sus demandas y que hicimos llegar al Congreso por encima de la barrera de policías el mismo 25-S. Como por tierra no había manera de entrar en el congreso para que nos escucharan, ¡no nos quedó otra opción que intentarlo por aire!

Photocall 25-S
 Habladme del Taller de Acción Fotográfica “No somos números”

Oriana: Desde la fotografía y en colaboración con la PAH, trabajamos para revertir la representación victimista y deshumanizada que dan los medios de los afectados por la hipoteca. Retratamos a las personas pendientes de desahucio o ya desahuciadas y pegamos esos retratos, ampliados, en los bancos responsables de su situación, mostrando así que los desahuciados tienen cara y ojos, que no sólo son estadísticas. Y a partir de esas fotografías, hemos diseñado también una serie de postales donde se explica la historia de los afectados, dirigidas en primer lugar a los bancos y luego (durante los escraches) a los políticos.

Campa: Estas intervenciones fotográficas funcionan en dos sentidos. Por un lado, fortalecen a los afectados que se acercan a los talleres y posan, ven su fotografía, las pegan en los bancos y así rompen con la barrera de la vergüenza, se hacen presentes en el espacio público. Por otro, la imagen opera como guerrilla en la pelea entre los distintos relatos sobre la crisis, en la lucha que se entabla día a día en los muros de las ciudades, asociando un rostro a la entidad responsable del desahucio (en los medios de comunicación se habla de desahucios pero no se mencionan los nombres de los bancos). Interrumpir el relato dominante y crear nuestro propio relato: en eso consiste la política que nos interesa.

Leo: Para nosotros lo esencial no es la calidad de los retratos o los vídeos, sino su articulación con procesos sociales tan potentes como la PAH. Pero también somos cuidadosos y exigentes con las formas. No compartimos la dejadez de quien piensa que lo importante es sólo “lo que muestra” tal foto o cartel. Nos preocupa lo estético pero no por lo estético en sí mismo, sino precisamente por lo político que hay en lo estético: el cómo se cuentan las cosas, el qué se deja ver, el qué se hace sentir. Sin formas, sólo hay rabia desnuda, no comunicación.

Pegada de carteles en Caixa Catalunya

Habéis diseñado también los populares carteles rojos y verdes de los escraches de la PAH. Un amigo me dijo al respecto, después de un escrache: “qué importante son esos cartelitos tan sencillos, sin ellos apareceríamos un poco como una masa enfurecida”.

Leo: El problema de la vivienda siempre ha sido central para nosotros, algunos ya participamos en la comisión gráfica de V de Vivienda-Barcelona de donde salió el célebre eslógan “No vas a tener casa en la puta vida”. En el desarrollo del taller “No somos números” se generó una relación directa con la PAH y nos pidieron que elaboráramos la parte visual de la campaña de escraches. Una propuesta muy importante para nosotros y al mismo tiempo muy delicada.

Mario: La idea fue explicar el conflicto con un simple golpe visual. Por un lado, el “sí se puede” de la PAH (el millón de firmas, el apoyo social, etc.). Por otro, el “pero no quieren” de la élite política completamente sorda a la sociedad. Verde y rojo: adelante y stop. Muchos carteles verdes y uno solo rojo: 99% y 1%. Los carteles y las pegatinas están diseñados, no tanto para el señalamiento de tal o cual político, como sobre todo para recoger y servir a la expresión del apoyo social a la PAH.

Oriana: En los escraches argentinos originales es muy importante el papel del barrio. La idea en este caso era la misma: que se pudiese rodear de botones verdes al diputado en su propio barrio. Que los comerciantes (el panadero, el ferretero, el kioskero) pegasen el cartel o la pegatina en sus establecimientos. Es decir, que fuese en cierta forma el propio barrio el que escrachase al diputado, el que lo invitase a pulsar verde. Lo importante en los escraches es sumar gente, la gente del barrio, la gente que pasa, que cualquiera pueda formar parte de la “marea verde” de la PAH. Ese es el efecto que intentamos facilitar con los carteles.

Campa: Aquí de nuevo ha sido muy importante la producción: cómo se pone esto en funcionamiento. Los materiales son baratos y sencillos, el diseño está publicado en la página de la PAH, cualquiera con una impresora, unos folios y un poco de celo puede hacerse sus carteles. Para nosotros es tan importante el concepto (el qué) como la producción (el cómo).

Los colores de la PAH

Citadme ya para acabar una referencia o influencia importante en ese trabajo vuestro entre la imagen y lo social, entre el arte y la política.

Oriana: El zapatismo, por haberlo vivido en primera persona y por lo que significa. Venir de la frivolidad y el desencanto de los 90 y de pronto encontrarte con una nueva manera de hacer política y comunicar. La importancia de la palabra y los símbolos, en las condiciones de vida más duras. El trabajo en y desde los imaginarios reales de la gente con la que trabajas y a la que quieres llegar. La centralidad de los procesos y no sólo de los resultados.

Mario: La música pop. Mi trabajo lo veo muy desde ahí, desde lo pop, lo popular. El deseo de comunicación con toda la sociedad, la voluntad de tocar lo emocional y los deseos, el anhelo de generar representaciones gozosas en las que te veas reflejado, donde quieras participar, que te (con)muevan.

Leo: Los Yippies, un grupo que nace y se mueve en medio de la contracultura americana de los años sesenta y que pretende radicalizar políticamente al movimiento hippie. Los yippies entendían el cambio social como una lucha de símbolos y dedicaron la mayor parte de sus esfuerzos activistas a crear mitos, rumores y ficciones que cortocircuitasen los relatos dominantes y pusiesen en circulación imágenes autónomas. En otro contexto muy distinto, yo pienso lo mismo.

Campa: En lo que me atañe, y como el zapatismo ya está dicho, diría que el punk. No tanto a nivel musical o estético, sino más bien por una cuestión de actitud: el morro, la frescura, la inmediatez, el inconformismo, el Do It Yourself, la intensidad de una canción de 3 minutos. Creo que eso conecta muy bien con lo que hacemos en Enmedio.

Toda la información sobre las acciones de Enmedio

Esta entrevista en inglés

 

Entrevista realizada por Amador Fdez.Savater para el Diario.es. Versión original aquí.

La acción simbólica como acción directa (presentación + debate)

Presentación Abbie HoffmanCon la excusa de la reciente publicación del libro Yippie! Una pasada de revolución (Acuarela Libros), Amador Fdez-Savater y Leónidas Martín, responsables de la edición, nos presentarán a los yippies, una vanguardia estética, erótica y sensible que en la América de los 60 iniciaron una revolución basada en la creación de mitos, el uso de la guerrilla de la comunicación, la performance callejera, la invención de nombres colectivos, el humor y lo absurdo. En esta sesión nos preguntaremos por la vigencia actual de estas tácticas políticas y su aplicación en nuestras luchas presentes.

Martes 18 de junio a las 19:30 h
en Enmedio

C. Palaudàries 25-27, bajos
Barcelona
Metro Paral·lel (L2 y L3)

Presentación en la Universidad de Barcelona

El pasado viernes 14 de diciembre, dimos una charla en la Universidad de Barcelona, en la Facultad de Geografía e Historia. Más que una charla fue una conferencia, presentamos un montón de proyectos, desde la fiesta en el Inem, hasta la fiesta CierraBankia, pasando por el Discongreso o las muchas intervenciones del TAF! La gente no pareció cansarse; todo lo contrario. Pasadas dos horas y medía todavía nos pedían más. ¿Cómo podemos nosotros hacer cosas así? ¿Cómo os lo montáis para hacer del activismo social algo tan atractivo, tan divertido? Esas cosas nos preguntaron. Respondimos lo que siempre respondemos: observa qué es aquello que te molesta de verdad, y después invéntate una manera de ponerle fin. Pero hazlo bien: sé creativo, transforma tu rabia en diversión. Es mucho más saludable para ti, y mucho más efectivo. Y además, le jode más a tu enemigo. Fácil, ¿no?

 

Una tassa de cafè amb llet (un minidoc de Núria Campabadal)

UNA TASSA DE CAFÈ AMB LLET, un minidoc realizado por Núria Campabadal, miembro de Enmedio.

Desde su pequeña revista local, con muy pocos medios y utilizando las redes sociales, Marta y Albano logran difundir su investigación de dos años que descubre la mala gestión y el desvío de fondos públicos en la Sanidad catalana. Mientras el gobierno recorta servicios básicos en la sanidad bajo la excusa de que no hay dinero, la investigación de Cafè amb Llet pone de manifiesto que no es la falta de fondos, si no la opacidad y la mala gestión la que permite casos de corrupción y malversación que benefician a una élite de políticos y empresarios en detrimento del resto de ciudadanos.

Spain: the nameless force behind the protests

Creative Reports acaba de publicar “Spain: The Nameless Force Behind the Protests”, un artículo escrito por Leónidas Martín, miembro de Enmedio. En él realiza un recorrido por alguno de los últimos acontecimientos políticos donde, bajo su punto de vista, esta fuerza sin nombre se ha despertado con más virulencia. De paso, aprovecha para hablar de alguno de los proyectosde Enmedio. Échale un vistazo, merece la pena.

“With 25 percent of the population unemployed and hundreds evicted from their homes every day, Spain’s economic crisis continues to deepen. Leonidas Martin contextualizes the country’s recent anti-austerity protests in this history of a new activist spirit”

Leer el artículo “Spain: The Nameless Force Behind the Protests” en la página de Creative Reports (Inglés)

 

Política literal y política literaria (sobre ficciones políticas y 15-M)

Autor: Amador Fdez-Savater
Fuente original: Interferencias (El Diario.es)
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Ficiones políticas

Los que estamos aquí, en Tahrir, Sol, Syntagma o Zuccotti, ¿quiénes somos, cómo nos llamamos? Indignados, 99%, la gente de Tahrir… Son algunos nombres de los diferentes nosotros que han hecho su aparición en las plazas. Esos nombres, ¿tienen alguna importancia? Toda una inercia nos lleva a pensar que no, que “sólo son palabras”. Una especie de sustancia diferente a la realidad, una sustancia sin sustancia. Además son palabras extrañas, casi vacías de significado, sin límites o fronteras precisas, ni referentes muy claros, que cualquiera puede atribuirse… En definitiva, sospechosas. Sospechosas para todas las policías interesadas en saber “quién hay detrás” de cada movimiento. Sospechosas (por “metafísicas” y “poéticas”) para todas las tradiciones políticas y sociológicas serias. Sospechosas para el mismo sentido común: “¿cómo van a ser el 99%? Eso es imposible”.

Y sin embargo, aunque estos nombres -flotantes, sin referentes claros, imprecisos, imposibles- no se inscriben en ninguna tradición política explícita y determinada, tienen una larga historia. Hay quien los asocia a la posmodernidad y sus juegos de lenguaje, pero memorias con más alcance remontan su aparición muchos siglos atrás. Señalan de hecho que son consustanciales a la misma política de emancipación. Es decir, que son tan viejos como la acción política, pero a la vez siempre jóvenes en su aparecer. Cada vez que hay prácticas de emancipación, es decir desacuerdo e interrogación radical sobre los modos de vivir juntos, surge uno de esos nombres. Levantando siempre las mismas sospechas de todas las policías, los pensadores serios y el sentido común.

Las palabras son fuerzas materiales. Nos hacen y deshacen. Indignados, 99%, la gente de Tahrir… han sido ingredientes constitutivos de las plazas, absolutamente determinantes para abrirlas como lugares comunes, desplazando las identidades que nos separan cotidianamente. Para abrir espacios de todos y de nadie necesitamos dejar de ser lo que la realidad nos obliga a ser: la fuerza del anonimato. Pero paradójicamente el anonimato no consiste en el rechazo de los nombres, sino más bien en asumir un nombre compartido. Un nombre de cualquiera contra los nombres separadores.

La obra de Jacques Rancière es una invitación muy bella y apremiante a tomarnos en serio las palabras, la efectividad de los actos de palabra, nuestra propia naturaleza como animales poéticos. Para él, acción política y literatura coinciden en un punto: ambas pasan por el poder las ficciones, las metáforas y las historias. La política de emancipación es una política literaria o política-ficción que inventa un nombre o personaje colectivo que no aparece en las cuentas del poder y las desafía (a partir de una situación, agravio o injusticia concreta). Ese nombre no es de nadie en particular, sino que en él caben todos los que no cuentan, no son escuchados, no tienen voz, no deciden y están excluidos del mundo común.

A continuación voy a mezclar mis palabras con las de Rancière para exponer su teoría de la ficción política y luego pensar las potencias y los problemas de algunos “nombres de cualquiera” que han emergido con el movimiento 15-M.

La ficción política: tres operaciones

Según Rancière, una ficción política hace tres operaciones simultáneas: crea un nombre o personaje colectivo, produce nueva realidad e interrumpe la que hay.

El nombre o personaje colectivo no expresa ni refleja un sujeto previo, sino que es la creación de un espacio de subjetivación -esto es, de transformación de los lenguajes, las percepciones y los comportamientos- que simplemente no existía antes. Es decir, ese personaje colectivo no estaba ya contado entre las partes de la sociedad como grupo real, colección de individuos con tales o cuales características, cuerpo objetivable, ni siquiera latente. Existe cuando se manifiesta y se declara a sí mismo como existente, autodenominándose. Por esa razón nunca aparece como una realidad clara y distinta (una cosa, un sujeto o una sustancia), sino más bien como un fantasma: borroso e intermitente, inasignable e incorpóreo, precario y móvil, perturbador e ilegítimo.

Ese nombre o personaje colectivo interrumpe la realidad en tanto que mapa de lo que se puede ver, sentir, hacer y pensar. El marco que determina lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, el sentido y el ruido, lo real y lo irreal, lo legítimo y lo ilegítimo, lo tolerable y lo intolerable. Interrumpe asimismo la realidad entendida como orden de las clasificaciones, las designaciones y las identidades que hacen a las cosas a ser lo que son. La distribución jerárquica de lugares, poderes y funciones: división del todo social en categorías, grupos y subgrupos; asignación de cada cual a una casilla, con un papel y unas capacidades determinadas, según tales o cuales predicados o propiedades (títulos, origen, estatus, rango o riqueza), etc.

Esta realidad (como distribución jerárquica de los lugares) no es menos “ficticia” que la ficción, pero no se reconoce a sí misma como tal. Se hace pasar por lo único que hay y puede haber. Busca siempre fundamentarse y justificarse en un supuesto ser-así de las cosas. Odia los puntos vacíos o polémicos, los restos que no encajan en su distribución de las partes (los elementos flotantes o inasignables).

El personaje colectivo de la ficción política produce nueva realidad porque redefine el mapa de lo posible: no sólo modifica lo que se puede ver, hacer, sentir y pensar acerca de la realidad, sino también quién puede hacerlo. Impugna la distribución jerárquica de lugares y funciones en nombre de las capacidades de cualquiera y la igualdad de las inteligencias. Muestra paisajes inéditos: hace ver cosas que no se veían, pone en relación lo que estaba disperso, hace surgir otras voces y otros temas, otros lenguajes y otros enunciados, otras escalas y otros razonamientos, otras legitimidades y otros hechos. Y ofrece ese paisaje inédito a todos, a cualquiera. Como un don, un regalo, una nueva posibilidad de existencia.

La ficción política interrumpe y crea, crea e interrumpe. Simultáneamente. Es un poder de desclasificación y un poder de creación. Hace lo común deshaciéndolo, deshace lo común y lo rehace.

Encontramos aquí y allá, dispersos en los libros de Rancière, algunos ejemplos históricos que clarifican mucho la noción de ficción política. Vamos a repasar brevemente cuatro: el hombre-ciudadano de la Revolución Francesa, el proletariado, el eslogan “todos somos judíos alemanes” de Mayo del 68 y la consigna “nosotros somos el pueblo” coreada en las manifestaciones de 1989 en Alemania del Este.

Hombre-ciudadano

Seguramente fue el conde Joseph de Maistre, uno de los enemigos más brillantes de la Revolución Francesa, defensor ultramontano del absolutismo monárquico y el Antiguo Régimen, quien captó mejor la naturaleza ficticia de la subversión ilustrada, al declarar: “en el curso de mi vida he visto franceses, italianos, rusos; y hasta sé, gracias a Montesquieu, que uno puede ser un persa. Pero con el hombre nunca me he encontrado; si existe, es en mi total ignorancia”.

Según De Maistre, el hombre-ciudadano -presupuesto y protagonista de la Revolución Francesa- es una nada, una ilusión, un imposible, una abstracción, una quimera, una fábula, una mentira. No se puede ver con los ojos ni tocar con las manos. Para el conde, existen franceses, italianos y rusos, distribuidos a su vez en lugares y funciones según su posición de nacimiento en el Antiguo Régimen (realeza, nobleza, campesinado), todo ello conforme a leyes naturales “de las cuales no se puede decir otra cosa sino que existen porque existen”. Cada cual debe ocupar su lugar y conformarse a él. Ver, sentir, hacer y pensar lo que el lugar autoriza. Reproducir la identidad.

Si De Maistre no ve nada es porque la ficción revolucionaria inventa un espacio que no existía antes, interrumpiendo el orden de las clasificaciones que define la realidad, cuestionando la necesidad de lo necesario y suspendiendo la orden dada a las subjetividades de ser lo que son. El nuevo espacio mental redefine lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, lo tolerable y lo intolerable. Desencaja a los seres y a las cosas de la naturalidad de los lugares propios (origen o condición). Uno ya no es quien es según el lugar y la posición social de nacimiento, sino en tanto que está dotado de razón. En igualdad con el resto de seres humanos. La ficción dibuja y construye así un nuevo “nosotros”, un espacio de subjetivación donde cualquiera puede contarse.

Los revolucionarios franceses deciden “hacer como si” ya no fuesen súbditos del Antiguo Régimen, lo que la realidad les obliga a ser, sino ciudadanos capaces de pensar, decidir, redactar una Constitución y gobernarse. Se redefinen a sí mismos según otra figura de referencia. La capacidad igual de todos para pensar se convierte en la base de una nueva dignidad. “Individuos abstractos”, protesta De Maistre: los hombres-ciudadanos no se ajustan ni dependen de los criterios de competencia, fortuna o respetabilidad que confieren el derecho a decidir en el Antiguo Régimen. Hombres “sin atributos”, es decir, sin las propiedades, los títulos, los honores o las riquezas necesarias para gobernar. Hombres “sin raíces” que ya no están “plantados en el suelo” del origen o la posición social, sino que han sido arrancados a él por la ficción igualitaria.

“Es una locura encargar una sociedad a una asamblea que delibera, porque ninguna Constitución puede ser resultado de una deliberación”. Las Constituciones según De Maistre sólo pueden recoger y transcribir lo que hay, esas leyes “de las cuales no se puede decir otra cosa sino que existen porque existen”. La nueva Constitución revolucionaria será estéril, augura el conde, porque es artificial y contra natura. Asociar derechos a un fantasma, basar toda una sociedad en una nada, está destinado al peor de los fracasos. Es una rebelión imposible contra lo dado: la revolución como “acto satánico”. Pero la historia de los últimos dos siglos -todo lo que ha implicado como efecto la ficción política del hombre-ciudadano- muestra bien claro que las ficciones políticas producen realidad y generan efectos que transforman el mundo de abajo a arriba, trastornando todos los ordenamientos supuestamente naturales y eternos. Las fábulas son cosas serias.

Proletariado

Ranciére cuenta dos historias para resumir en qué consiste para él la ficción política proletaria. La primera es la reunión en 1792 de nueve trabajadores en una taberna de Londres con una idea común: toda persona adulta en posesión de razón tiene la capacidad (y debe por tanto tener el derecho) de elegir a los miembros del Parlamento. Para luchar por ello, esos nueve trabajadores constituyen una “sociedad de correspondencia” cuya primera regla reza así: “que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. E.P. Thompson, el célebre historiador del movimiento obrero, considera esa misma escena como el acontecimiento inaugural de la formación de la clase obrera inglesa.

La segunda historia cuenta que, siendo juzgado en 1832 por sedición, el juez pregunta al célebre revolucionario francés Auguste Blanqui por su profesión. “Proletario”, contesta Blanqui. El juez objeta: “pero eso no es una profesión”. Y Blanqui, que tampoco era lo que se entiende por un trabajador proletario, replica fulgurante: “es la profesión de treinta millones de franceses que viven de su trabajo y están sin embargo privados de derechos políticos”.

Ranciére, él mismo historiador del movimiento obrero, explica que ‘proletario’ es un término que viene de la Antigua Roma donde servía para designar a la multitud de los que se dedicaban a la pura y simple reproducción. Arrancada a su contexto, esa palabra antigua viaja en el tiempo para nombrar, no una forma de “cultura” o de ethos colectivo que de pronto cobra voz, sino un espacio de subjetivación donde cualquiera (Blanqui incluido) puede ingresar. No un grupo social determinado, un sector específico o una parte del todo, sino más bien “la parte de los sin parte” que perturba el mapa de lo posible. Un espacio que no preexiste, sino que se crea y manifiesta en el conflicto y la interrupción de la realidad. No una sustancia: un acontecimiento.

Proletario es el nombre de la emancipación posible de la humanidad entera. “Una clase que ya no es una clase”, dice Marx, “sino la disolución de todas las clases”. “No una clase social particular”, explica Mao, “sino simplemente los amigos de la Revolución”. Un nombre vacío que representa la igualdad de cualquiera con cualquiera. Una nada en la que caben todos.

La ficción política proletaria interrumpe la desigualdad jerárquica inscrita en el reparto capitalista de lo sensible, resumida perfectamente en esta frase de Taylor, el inventor de la cadena de montaje: “los trabajadores son una mezcla de orangután y robot”. Es decir, los que trabajan con sus manos no pueden pensar, los productores son autómatas y animales que necesitan a la clase dominante para organizarse y hacer su trabajo. Los proletarios del siglo XIX deciden “hacer como si” no fuesen la mezcla de orangután y robot que la realidad les obligaba a ser, sino personas iguales a las demás en inteligencia y facultades, capaces de leer, pensar, escribir y autoorganizar su trabajo.

Así, la ficción proletaria desplaza los cuerpos fuera de los lugares asignados, capacitando para hacer lo que era imposible y al mismo tiempo estaba prohibido. Cambia el destino de los lugares dados: por ejemplo resignifica las fábricas como espacios de organización, debate y acción política, no sólo de trabajo sometido, mudo y alienante. Hace ver lo que se quería ocultar y hace escuchar como razones lo que sólo se percibía como sufrimiento físico. Y altera y modifica para siempre el mapa de la realidad: el trabajo no será más un tema privado entre el patrón y el trabajador, sino un asunto público y colectivo donde se juega la definición que una sociedad se hace de la justicia.

“Todos somos judíos alemanes”

Mediados de mayo del 68. El gobierno francés impide regresar a París desde Alemania a uno de los líderes del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, nacido en Francia pero con pasaporte alemán y de padres judíos. Los políticos y la prensa conservadora se ceban con él: es un elemento peligroso y, para más inri, “un judío alemán”. Enseguida se organizan manifestaciones de solidaridad donde se corea el siguiente eslogan: “todos somos judíos alemanes”. Se trata de lo que Ranciére denomina un “enunciado imposible” o una “identificación imposible”. Está claro que los que lo gritan en las calles no son judíos alemanes, sino que asumen el estereotipo estigmatizante del enemigo resignificándolo como nombre colectivo, sin ninguna confusión posible con un grupo sociológico o una identidad real. ¿Qué realidad interrumpe ese enunciado imposible? Identificándonos con lo que el poder excluye, nos des-identificamos del poder. Identificándonos con quien no debemos, nos des-identificamos de quien somos. En este caso, “un buen francés”. Y nos re-identificamos con nuevos posibles en otro espacio de subjetivación donde cualquiera puede contarse sin tener que pedir permiso a nadie ni pasar ningún filtro de identidad.

“Nosotros somos el pueblo”

Es el grito-consigna de la revuelta de los alemanes del Este contra la dictadura soviética en 1989. Se empieza a corear en las “manifestaciones de los lunes” en Leipzig y pronto se extiende por toda Alemania del Este. ¿Qué se afirma al gritarlo? Al menos dos cosas. Por un lado, “no somos lo que el Estado soviético dice que somos (agentes de la CIA o hooligans), sino gente cualquiera, tú mismo si lo deseas”. Por otro, “el pueblo no es lo que decís que es, ese objeto pasivo y mudo que el Estado representaría, sino algo distinto”. Desde la cúpula del Estado se contesta: “miraos, no sois el pueblo, sólo sois una minoría (sospechosa). ¿Cómo unos cuantos miles de personas en la calle se pueden arrogar el derecho de representar a los millones que no lo hacen?” La operación que hace ese nombre colectivo (el más clásico entre los clásicos: el pueblo) es abrir una distancia con respecto a la representación misma y sus “nombres separadores” (con los que se clasifica, estigmatiza y criminaliza). Y en esa distancia acoge otras posibilidades, otras legitimidades, otras voces y otras razones. Crea el espacio para un pueblo fantástico, que no aparece en ningún censo ni estadística, pero que al mismo tiempo tira abajo los muros y transforma la realidad.

Desdoblamientos

Según Rancière, el efecto de la política-ficción (o de la ficción política) es el desdoblamiento: uno se divide en dos. Mediante la ficción nos des-incorporamos (abandonamos un cuerpo) y nos re-incorporamos (a un campo nuevo de posibilidades). Hacemos “como si” fuésemos algo distinto de lo que somos y de ese modo generamos efectos de realidad. La ficción es una fuerza material desde el momento en que creemos en ella y nos organizamos en consecuencia.

Cada cuerpo que se convierte en actor de uno de estos personajes colectivos experimenta interiormente ese desdoblamiento. El conflicto atraviesa y divide a cada cual. Vivimos dos vidas a un tiempo. Uno es italiano, inglés o ruso, pero también un ser humano capaz de pensar y redactar una Constitución. Un cuerpo sometido a un trabajo alienante y mudo, pero también un proletario capaz de leer y escribir. Un francés, pero también un “judío alemán” solidario con los que no caben en Francia. Seres dobles, que ya no están sólo “a lo suyo”, es decir lo que les toca hacer y pensar según su lugar, sino abiertos a paisajes inéditos, conexiones improbables, otras capacidades. Seres anfibios, dice Rancière, que viven “entre” distintas identidades, emborronando las fronteras entre clases y saberes.

A través de la ficción nos sustraemos de la comunidad como lugar obligatorio de pertenencia y nos inscribimos en comunidades azarosas o aleatorias, porque no se dan entre quienes comparten tales propiedades o cuales predicados, sino entre las singularidades cualquiera, imposibles de anticipar, que se sienten interpeladas. Comunidades sensibles, no definidas por una identidad común sino por una sensibilidad compartida. Comunidades fuera de lugar y, precisamente por ello, capaces de incorporarse en cualquier lugar. No tanto un sujeto político sólido y con sede permanente, como espectros que tienen sus momentos y lugares de aparición.

La ficción es la potencia de humanización por excelencia: si los seres humanos no somos simplemente un “producto necesario” de las determinaciones biológicas y sociales, sino que tenemos la capacidad de hacernos un cuerpo nuevo, la ficción actualiza y verifica esa potencia, interrumpiendo los automatismos, haciéndonos insumisos a nuestro destino escrito en los genes, los apellidos, el lugar de nacimiento o la condición social.

Política literal y política literaria

“Todo eso es imposible”. Siempre hay una voz que lo declara. Los revolucionarios franceses dicen “somos hombres” y De Maistre responde: “no existe tal cosa, es una locura”. Blanqui proclama “mi profesión es proletario” y el juez objeta: “eso no es una profesión”. Los alemanes corean “nosotros somos el pueblo” y el Estado soviético replica: “nada de eso, sólo sois una minoría, ¿es que no lo veis?” Pero una y otra vez no se ve, se ve otra cosa, se ve doble.

Ese desacuerdo no sólo se da entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, como podía pensarse de los ejemplos previos, sino en el interior mismo del pensamiento crítico y las prácticas de emancipación. Porque también la emancipación se ha pensado y se piensa como afirmación de una identidad (de clase, nacional, cultural, étnica, sexual). Es lo que podríamos llamar “política literal”. La política literal dice: “somos lo que somos, tomemos conciencia, reivindiquemos lo nuestro, lo propio”. Política pedagógica, que opone un saber que (nos) falta a la ignorancia organizada de lo que somos. Política de la libre expresión, que opone el desarrollo de una identidad a la represión que la inhibe.

Pero la emancipación puede pensarse de otra manera: somos y no somos lo que somos. La política literaria no “expresa” una situación, una cultura o un modo de vida, sino que disocia las apariencias de la realidad, lo que somos y lo que podemos. A través de las ficciones nos volvemos capaces de acciones prohibidas o imposibles para nuestra identidad, origen o condición. No reivindicamos un trozo más grande del pastel (el que nos toca según tal o cual identidad), sino que planteamos algunas preguntas que cuestionan la naturaleza misma del pastel. No afirmamos lo propio, sino más bien lo impropio: compartido y transversal, de todos y de nadie. La política-ficción es este desdoblamiento que pone un mundo en otro, esta “guerra de los mundos” que recrea incesantemente un mismo y único mundo, un mundo común.

Así puede entenderse la polémica de Rancière contra el marxismo de Althusser o la sociología crítica de Bourdieu: la política para Rancière no pasa por adquirir un saber que nos falta y la ciencia posee, ni tampoco por encontrar una conciencia propia, correcta y adecuada a la propia identidad, sino por desidentificarse de una cultura y una identidad dadas mediante un proceso de subjetivación. Las palabras y las apariencias no son aquí “reflejo” o “máscara” de la realidad (según las usemos bien o mal), sino una fuerza material que puede llevarnos más allá de las determinaciones que nos constituyen, más allá de nuestro destino. El saber que emancipa no es tanto el que describe adecuadamente la realidad, como el que redescribe la experiencia común. Y los nombres políticos no son la expresión del interés de un grupo social concreto, sino el nombre de un cuestionamiento del reparto social de los papeles que nos interpela a todos.

Ficciones 15-M

Lo que quisiera a partir de aquí es repasar algunos enunciados que emergen con el movimiento 15-M como ficciones inclusivas y políticas. Me doy cuenta de que el orden del texto sugiere que lo que viene a continuación es una especie de “aplicación” de la teoría de Ranciére a algunos casos concretos. Pero casi podría decir lo contrario: son estos ejemplos vividos en primera persona los que me han permitido entender interiormente las reflexiones del filósofo. En realidad se trata de un encuentro, como siempre que acontece el pensamiento, entre lo que leemos, lo que vivimos y lo que inventamos por nuestra cuenta, sin saber muy bien qué poliniza qué.

Desde el primer día, las plazas tomadas del 15-M se propusieron como espacios de apertura constante: no un gesto de separación o una trinchera, sino la invitación a cualquiera a encontrarse, pensar y organizarse juntos para hacernos preguntas y buscar respuestas (precisamente porque se admite que nadie las tiene). Invitar no es una operación sencilla: hay que confiar en el desconocido, saber acoger, tener algo que ofrecer, estar dispuesto a dejarse alterar por lo que el otro tiene que traer, permitir al otro reapropiarse el espacio y reconfigurarlo a su gusto, etc. En esa preocupación por el otro que no está ya aquí, entre nosotros, residía una parte importante de la tensión creativa de las acampadas. La consigna de “respeto” que circulaba con tanta fuerza nombraba la exigencia y el desafío de elaborar una convivencia entre diferentes y desconocidos, poniendo siempre en primer plano lo que une y no lo que separa (siglas, violencia, lenguajes y comportamientos excluyentes). Lo más difícil hoy en día cuando el otro se nos aparece repetidamente como un obstáculo o una amenaza.

Para invitar al otro a pensar y desafiar juntos al poder necesitamos dejar de ser quienes somos, porque “en tanto que” lo que la realidad nos obliga a ser sólo puede haber choque, relación instrumental o desigualdad, pero no encuentro o composición horizontal. Las ficciones políticas crean terreno común, nos permiten dejar de ser lo que somos y encontrarnos “en tanto que” otra cosa, un nosotros abierto e incluyente. Indignados, personas, 99%, Sol o 15-M son los nombres o personajes colectivos a través de los cuales se ha desarreglado el orden de las clasificaciones que organiza el escenario político local como un tablero de ajedrez (PSOE/PP, izquierda/derecha, las dos Españas), para poder así autoconvocarnos en tanto que 99% de personas afectadas por la estafa política y económica de la crisis.

Indignados

Al principio funcionó más como una etiqueta mediática que como un nombre propio. No recuerdo que circulara o prendiese demasiado en las plazas. Pero eso cambió más tarde, cuando la gente identificada con el 15-M se reapropió del término (otro episodio más del toma y daca constante de resignificaciones de imágenes y palabras entre el poder y la gente cualquiera).

¿Qué realidad interrumpe esta ficción? Indignados no se define con respecto al trabajo: los indignados no son los trabajadores, ni siquiera los precarios o los parados. Tampoco se define con respecto a un marco nacional: los indignados no son “los ciudadanos” ni siquiera “el pueblo”. La desidentificación opera aquí con respecto a las formas de representación tradicional: sindicatos, para los trabajadores; partidos políticos, para el pueblo y los ciudadanos.

Indignados dispone un nosotros muy abierto, definido por una acción y una actitud. Cualquiera puede sentirse indignado, cualquiera puede percibir como intolerable el estado de cosas, cualquiera puede rechazar ser una mercancía en manos de políticos y banqueros. La indignación no remite a una identidad sociológica o ideológica (“estos” o “aquellos”), sino a una decisión subjetiva, potencialmente accesible a cualquiera.

Se critica el nombre de indignados porque evoca una protesta sin pensamiento ni construcción, cuando el movimiento 15-M no se agota en el rechazo o el grito (como han interpretado, desde muy lejos, algunos ilustres intelectuales y opinadores). Unos pocos días después de tomar la plaza, no se podía decir que estábamos allí sólo gritando nuestra indignación contra nadie, sino también por la belleza y la potencia de estar juntos, desplegando un formidable pensamiento práctico y situado, reinventando las formas de hacernos cargo en común de lo común. La pregunta que se plantea entonces es: ¿están las palabras cargadas irremediablemente de sus significados previos o las podemos hacer decir otras cosas, asociándolas a otras prácticas y otros contextos, incluso desplegando en ellas otros significados (la dignidad que encierra la palabra indignados por ejemplo)?

Personas

Al comienzo de la acampada, se dio un debate en varios grupos y comisiones sobre si debíamos denominarnos personas o ciudadanos. Mucha gente consideraba la palabra “personas” más adecuada y eficaz en la situación abierta. De hecho, el primer texto que se lanzó desde la plaza de Sol decía: “los que estamos aquí no somos colectivos ni organizaciones, sino personas que han venido libremente…”.

Como dicen los amigos de Onda Precaria, la palabra personas “dejaba atrás las siglas, las ideologías, pero también las identidades prefijadas (obreros, ciudadanos…) y permitía interpelar a muchos. Permitía volver a mirarse a los ojos y confiar en el otro, porque allí estaba en Sol, codo a codo conmigo y con el de más allá, contra políticos y banqueros, para que las personas no fueran tratadas como mercancías. Al llamarnos personas, hacíamos tabla rasa y nos identificábamos como iguales: era como decir ‘no me importa de dónde vengas, no te pediré ninguna credencial, sé que eres como yo’”.

Vacía de color y peso político, “personas” podía cargarse por ello mismo de una potencia inédita y circular como una palabra creíble. Indicaba el deseo de otro comienzo, de otro punto de partida por fuera de la política desprestigiada de los políticos.

“Personas” recoge al mismo tiempo la confianza en lo personal, una de las pocas dimensiones de la vida contemporánea que aún merece nuestra estima. Es el atractivo de la intimidad, donde -a pesar de los mil cálculos y estrategias que la atraviesan- aún sentimos que el otro se nos muestra sincera y espontáneamente, de forma sencilla y directa, sin temor al juicio ni agenda oculta. El mismo empuje de las redes sociales le debe algo a esto: la conexión se da uno a uno, persona a persona. En las redes sociales la intimidad sale además del ámbito afectivo inmediato y se hace pública, desdibujándose las fronteras público/privado, amigo/desconocido.

Estas formas de conexión uno a uno ya se habían activado políticamente en el pasado. Si por ejemplo confiamos en la convocatoria anónima que nos llamó a protestar frente a las sedes del PP dos días después del atentado terrorista del 11-M en 2004, fue precisamente porque no la firmaba ninguna organización política y nos llegaba reenviada por numerosos amigos. Como no nos movía una identidad o una ideología, sino una afectación sensible y en primera persona por lo que estaba ocurriendo, sólo una convocatoria al mismo tiempo anónima y personal podía galvanizar la protesta.

En el 15-M la “intimidad” no sólo se hace pública, sino que se encarna en calles y cuerpos. Durante las semanas de acampada, el grado de exposición personal en las intervenciones públicas era asombroso, se compartían las preocupaciones e inclinaciones más profundas como si hubiesen caído por un momento la vergüenza y el pudor que no dejan compartir normalmente lo más íntimo con desconocidos. En las asambleas se aplaudían mucho (en silencio, con las manos) las intervenciones más personales: por ejemplo las que balbuceaban y tanteaban para encontrar sus propias palabras. Las aspas de rechazo se levantaban enseguida contra los discursos más automáticos, más codificados, menos afectados por la situación.

Se ha pensado la acción política con el esquema de lo publico y lo privado, pero hoy quizá podríamos repensarla según lo íntimo y lo común. Lo íntimo no es lo privado, todo lo contrario. Es a la vez lo más propio y lo más impropio -transversal, tuyo y mío, de todos y de nadie. Qué sorpresa escuchar de pronto al otro decir exactamente lo que yo pienso en una asamblea, expresar en público lo que a mi me pasa. El filósofo Santiago López Petit habla a este respecto de la “interioridad común” como motor de las nuevas politizaciones anónimas. Lo que yo me digo a mi mismo en soledad - mi verdad- resuena y circula inesperadamente como una verdad colectiva y compartida con otros muchos (a quienes ni siquiera conozco). Como verdad común que funda un nuevo nosotros.

Por último, el uso de la palabra “personas” me recuerda a la historia de Ulises y el cíclope Polifemo. En determinado momento Polifemo le pregunta a Ulises su nombre y Ulises responde: “mi nombre es Nadie; Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos”. Esa astucia le permitirá escapar junto a sus compañeros después de herir a Polifemo en su único ojo: los demás cíclopes se burlan de su hermano cuando les pide ayuda porque ha sido atacado por “Nadie”.

El poder es siempre una máquina de estereotipar: nombrar, encasillar, separar, estigmatizar, criminalizar. En el caso del 15-M, los estereotipos como “anti-sistema” o “perroflautas” han tratado de distinguir entre “la gente normal” y “los que protestan”: los sospechosos. Romper lo común. Pero el 15-M ha inventado mil formas de pinchar los estereotipos, desde el humor que ridiculiza y vacía las imágenes del miedo hasta la invitación constante a cualquiera a acercarse a ver con sus propios ojos la realidad que se estaba construyendo en las plazas, reproponiéndose a sí mismo una y otra vez como espacio de cualquiera.

Cuando los cíclopes mediáticos y políticos preguntan al 15-M: “¿cuál es tu nombre?”, responder “somos personas” ha sido otra manera de escapar. Personas es un nombre vacío en el que cabe cualquiera, una nada que nos incluye a todos. La palabra personas proviene curiosamente de “máscara”: la máscara que usaban antiguamente los actores de teatro para dar vida a sus personajes. Las ficciones políticas son nombres colectivos y máscaras que nos permiten a la vez hacernos invisibles al poder y accesibles para los demás.

Somos el 99%

En la acampada de Sol una pancarta dice: “somos todos”. Un enunciado muy parecido se convierte luego en el lema central del movimiento estadounidense Occupy: “somos el 99%”. De rebote, en ese campo de resonancias que es el movimiento global de las plazas, el lema del 99% se empieza a usar también en España. “Somos el 99%” es sin duda uno de esos “enunciados imposibles” de que habla Rancière. Una afirmación paradójica e imposible (“mentira” desde un punto de vista objetivo y literal) según la cual una minoría en la calle dice ser la mayoría, todos.

El enunciado recibe las mismas críticas que aquel “nosotros somos el pueblo” y por las mismas razones: “no sois el 99%, sino una minoría muy concreta (y sospechosa)”. Para remachar el argumento se comparan siempre las cifras de asistentes a manifestaciones y las de votantes en las urnas electorales, como diciendo “esto es lo que sois de verdad, tantos, menos que los que aceptan la representación”. Aquí de nuevo chocan las dos políticas: literal y literaria. La política literal piensa aquí la realidad según un esquema de todo y partes, de partes y partidos, de mayorías y minorías, de proporciones aritméticas y geométricas. Todo ello expresado perfectamente en los gráficos de los resultados electorales, una persona un voto, los distintos colores representando a las partes/partidos, etc.

Pero como explica Rancière, algo pasa precisamente cuando no salen las cuentas. La política literaria desdobla la realidad. Desarregla el esquema del todo y las partes añadiendo una parte suplementaria: la parte de los sin parte. No un espacio donde se habla por todos, sino donde se habla para todos. Que no interpela a estos o aquellos, sino que parte de preguntas y problemas transversales que pueden afectar a gente muy distinta, como por ejemplo un desahucio -por citar uno de los puntos de politización del 15M- puede afectar a una persona religiosa o a un laica, de derechas o de izquierdas, monárquica o republicana.

Aunque una lectura enfatiza la oposición que establece entre el 1% que acapara la riqueza y la decisión política frente al 99% de desposeídos, la fuerza del lema no me parece tanto cuantitativa o descriptiva, como literaria y performativa. Somos el 99% significa “nuestro hacer y decir se dirige indistintamente a todos”, implica voluntad de apertura, pregunta y preocupación por los que no están ya entre nosotros, problematización del confort autorreferente de las identidades, confianza en la inteligencia igual de los desconocidos, en la capacidad de cualquiera para hacerse cargo de los asuntos comunes. Y las palabras tiene efectos prácticos.

Durante los primeros días de la ocupación de la plaza de Zuccotti, Occupy Wall Street era un espacio habitado casi exclusivamente por activistas y militantes políticos. Fue en ese momento cuando el lema del 99% se empezó a extender, empujado en un primer instante por algunas personas que deseaban abrir la situación. Mucha gente distinta se sintió interpelada por la consigna y se acercó a Zuccotti. Los lenguajes y comportamientos políticos más autorreferenciales y excluyentes tuvieron que modificarse para acoger a los desconocidos que llegaban. Y así la consigna del 99% transformó materialmente la situación.

Sol

Cuando a principios de agosto de 2011 las autoridades decidieron desmantelar los restos del campamento de Sol y arrancaron la placa que el 15-M había colocado bajo la estatua del caballo de Carlos III (que decía “dormíamos, despertamos”), miles de personas se autoconvocaron inmediatamente en manifestaciones de protesta que pusieron en jaque un despliegue policial inédito. Sol es un espacio muy importante para los madrileños vinculados al 15-M, en el que meses después del campamento se siguen realizando todo tipo de reuniones, asambleas y concentraciones. Pero al mismo tiempo Sol es también un espacio simbólico y metáfora de metáforas: por ejemplo, kilómetro cero, el “nuevo comienzo” que para Hannah Arendt define lo propio de la política; los lemas “ensólate”, “ensolación” y sus mil variantes, que remiten al espíritu, la energía y la emoción que se vivía en el campamento, relacionada con el pasaje de la impotencia a la potencia, de la competencia a la cooperación, del cinismo a la confianza; la imagen del “despertar”, no sólo como un despertar de las conciencias, sino también como despertar de la pesadilla del individualismo, de los cuerpos anestesiados y blindados a lo que tenemos en común, etc.

La ficción política de Sol evoca un posible ya realizado: el pequeño mundo y la pequeña ciudad que se construyeron en la plaza durante tres semanas, un “taller de democracia al aire libre” (como dijo alguien en una asamblea) donde experimentar modos de participación común en los asuntos comunes. Un espacio no sólo de protesta y denuncia, sino de organización de la vida colectiva: espacio habitable, participado y de cualquiera (“cabemos todos, os necesitamos a todos” dice un vídeo sobre el campamento de Sol recogiendo un sentir muy común). Experiencia de protagonismo y poder hacer, de toma colectiva de la palabra, contra las jerarquías instituidas del saber y el monopolio privado de la decisión política. Experiencia de libertad, no tanto como posibilidad de escoger entre opciones dadas, sino de reinventar colectivamente las reglas de juego. Experiencia de hacer mucho con poco, de otra idea del lujo o la riqueza, ya no asociada al consumo o al dinero, sino a las relaciones y a otra experiencia del tiempo. Experiencia de lo común y redescubrimiento del otro como cómplice frente al “sálvese quien pueda” imperante en la vida normal… Un posible ya realizado, pero que la ficción Sol no sólo mantiene en el recuerdo, sino que nos convoca a actualizar, retomar y desarrollar.

15-M

A última hora me doy cuenta de que podríamos pensar el mismo nombre 15-M como personaje colectivo.

La fecha no indica tanto una identidad, como más bien un corte, un umbral, un punto de no retorno que interrumpe el tiempo homogéneo de la repetición. Asumir una fecha como nombre de un movimiento implica el reconocimiento de que el “nosotros” que se abre es más del orden del acontecimiento que de la identidad. Es decir, como explica Santiago López Petit, que “no preexistía, no estaba latente, sino que ha surgido en el mismo momento que hemos tomado las plazas. Por esto es un nosotros abierto, abierto a todo el que quiere entrar y formar parte de él”. 15-M es un nombre que acoge a todo aquel que se sienta interpelado y tocado por lo que arrancó ese día.

Al mismo tiempo hay quien señala que aceptar la fecha como un nombre colectivo implica el riesgo de quedar aferrados a una imagen detenida y cristalizada, anclados a un origen. Como si el acontecimiento fuera el que fue y no admitiera nuevas versiones ni actualizaciones. El movimiento quedaría de ese modo preso en un bucle identitario: sólo es 15-M si repite los haceres y decires que se reconocen como 15-M. Una forma de negarse a sí mismo como movimiento, como proceso, como experimento sin modelo (ni siquiera él mismo).

Un nosotros abierto. Las plazas no establecieron nunca una frontera clara entre dentro y fuera, sino que más bien alentaban una circulación permanente. Pero eso no significa que el 15-M sea un espacio neutral. Un espacio de cualquiera no es un espacio plano. El 15-M hace y dice cosas. Se define por aquello que hace y dice. Una práctica, no una identidad. Pero su hacer y decir no tiene interlocutores predefinidos: “estos” o “aquellos” (la izquierda, los movimientos sociales, etc.), sino (potencialmente) cualquiera. La capacidad de mantener viva la interpelación a cualquiera es una prueba constante, material y concreta. Que pasa tanto por los lenguajes y las estéticas, como por los tiempos o las formas organizativas de la acción política.

Después de abandonar las plazas, el 15-M se convirtió en una especie de súper-héroe colectivo que aparecía inesperadamente allí donde se cometía una injusticia. Esa leyenda tenía que ver con la intervención de muchas personas que habían pasado por las plazas en el bloqueo de desahucios o redadas racistas de la policía en los barrios. ¿Eran intervenciones del 15-M? Imposible de decir. Lo que aparecía y desaparecía así era un nuevo clima social que aprovechaba, atravesaba y enriquecía muchas veces estructuras previas para actuar. ¿Qué significa que el 15-M sea un clima? Que no sólo es un movimiento o una estructura organizada compuesta de asambleas y comisiones, sino también otro estado mental y otra disposición colectiva hacia la realidad, marcada por la experiencia empoderadora de las plazas y diseminada por la sociedad entera.

El nombre 15-M se debate en esa tensión. Como clima, es un nombre de cualquiera. Difuso, reapropiable y abierto. Como organización, es un nombre que se refiere a una realidad delimitada: siglas que conviven o compiten con otras siglas, con un adentro y un afuera.

Ficción e identidad

“Nosotros no es un lugar al que se pertenece, sino un espacio al que se ingresa para construirlo”, dice el filósofo Diego Tatián. Identidad política e identidad sociológica no coinciden. Es más: la identidad política supone una determinada ruptura con la identidad sociológica. Dejar de ser lo que la realidad nos obliga a ser, abandonar los lugares a los que simplemente pertenecemos, desdoblarnos. La identidad política es más bien un espacio que se inventa. Entre cualquiera que comparta, no tales o cuales predicados, sino ciertas preguntas, principios o búsquedas. Más una sensibilidad que un mismo lugar en el casillero sociológico. La identidad política es una identidad no identitaria, sino abierta, inacabada, en construcción permanente. Lo que a lo largo de este texto hemos llamado una ficción. La acción política pasa por estas “fábulas”, estas “palabras mal empleadas”, estos “imposibles” que ponen tan nerviosas a las policías de la sociedad y el pensamiento.

Pero la ficción política vive siempre al borde de su desaparición: la cristalización identitaria. El fantasma queda entonces encerrado en un lugar, una estructura, un bando, un sujeto-autor. Se materializa pesadamente en un cuerpo representable. La parte de los sin parte se convierte en un segmento identificable de la sociedad que ya no interpela a cualquiera. Un lugar de borde duro y hostil con el afuera, homogéneo hacia dentro, que excluye las anomalías y desprecia la idea de una inteligencia igual de todos.

Así, el hombre-ciudadano considera que las mujeres, los negros o los proletarios no caben, porque no son tan hombres-ciudadanos como los demás. El proletariado localiza elementos sospechosos que conviene depurar para preservar la pureza: artesanos, pequeño-burgueses, lumpen. Se alzan voces desde el 99% que hablan de rebajar el “porcentaje” porque “se nos puede meter cualquiera” y es preferible que “sólo estemos los más militantes”. En Sol se grita “esta es nuestra plaza” contra los peregrinos que circulan por ella cuando el Papa visita Madrid en verano de 2011, convirtiendo de nuevo el espacio de cualquiera en un espacio propio, en una propiedad con un propietario.

Identidad y ficción, sustancia y acontecimiento, política literal y política literaria. No hay fórmula para inclinar de un lado la balanza definitivamente. Sólo podemos construir y reconstruir, contra los lugares en los que nos clava el destino y las razones que los justifican, la confianza en las capacidades de cualquiera para darse un cuerpo nuevo. Una y otra vez, una y otra vez.

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*Este texto se terminó de escribir en julio de 2012.


Algunas referencias:

Jacques Rancière, La lección de Althusser (Galerna, 1975)

-Los nombres de la historia (Nueva Visión, 1992)

-El desacuerdo (Nueva Visión, 1996)

-Política, policía, democracia. Santiago de Chile (Arces-Lom, 2006)

-Et tant pis pour las gens fatigués (Editions Amsterdam, 2009)

-Momentos políticos (Clave intelectual, 2011)

Joseph de Maistre, Consideraciones sobre Francia (Tecnos, 1990)

Charlotte Nordmann, Bourdieu/Rancière, la política entre sociología y filosofía (Nueva Visión, 2010)

Amador Fernández-Savater, “Una revolución de personas”, “La República del 99%” y otros textos sobre el 15-M en Público y eldiario.es

Santiago López Petit, “Desbordar las plazas. Una estrategia de objetivos”

Ángel Luis Lara, “Occupy Wall Street o la bendita metamorfosis” y otros textos sobre los movimientos de las plazas

Onda Precaria, “Abecedario sonoro IV. “Somos personas que hemos venido libre y voluntariamente…”

Revista de Espai en Blanc nº 5-6: La fuerza del anonimato (Bellaterra, 2009)

Máscaras, ficciones, nombres colectivos… reportaje sobre activismo y ficción, por Leónidas Martín Saura y Núria Campabadal

La imagen del 99%, mayday en Nueva York (2012), por Leónidas Martín Saura

 

Y, sobre todo, las conversaciones con los amigos del 15-M, especialmente en este caso Patricia, Carolina, Álvaro, Luis, Leo, Guillermo, Juan y Luisa. ¡Mil gracias!

Cientos de personas posan en la primera sesión del Photocall #25S

Hemos sacado el Photocall #25S a la calle por primera vez, y no veas cómo ha triunfado. Cientos de personas ante nuestras cámaras diciendo porqué van a ir a rodear el Congreso el próximo 25 de septiembre. Échale un vistazo a la galería de fotos, te va a gustar.
Atención: Si al mirar estas fotografías sientes que te has perdido algo grande, que tú también deberías aparecer posando ahí, no desesperes, estás de suerte. Hemos decidido seguir sacando el Photocall a la calle hasta que el gobierno dimita en pleno.