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Hamburgo-G20: La vida en estado de emergencia

Por: Leonidas Martín

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No es el primer estado de emergencia que vivo. Tampoco será el último. Un estado de emergencia muestra siempre el mundo tal y como es; sus límites aparecen entonces tan claros que casi los puedes tocar con los dedos. Aterricé en el aeropuerto de Hamburgo en mitad de un aguacero y lo primero que vi fue un grupo de jóvenes vestidos de negro con bengalas amarillas en la mano. Parecía una procesión de luciérnagas tratando de orientarse entre la lluvia. Les pregunté a dónde debía dirigirme: «Arrivati park», me dijeron. Y allí que me fui. Por la ventanilla del autobús me sorprendió ver la cantidad de furgonetas de policía que nos custodiaban. Las había de todos los colores: azules y blancas de la región de Hamburgo, verdes de Baviera, e incluso grises llegadas desde Austria a modo de refuerzo. También había tanques de agua, unos cincuenta tanques de agua, y helicópteros, varios helicópteros sobrevolando nuestras cabezas sin cesar. Lo que casi no había eran coches particulares. Más tarde me enteré de que muchas empresas habían concedido un par de días libres a sus trabajadores y que los medios de comunicación habían estado incentivando a la gente a salir de la ciudad. «Salgan, disfruten de unas mini vacaciones gracias al G20».

Arrivati park no es el verdadero nombre de este pequeño espacio verde situado en mitad del barrio de Sankt Pauli. Lo acaban de bautizar así unos vecinos de la zona en homenaje a los muchos inmigrantes africanos que llegan a esta ciudad desde Italia. Arrivati está a punto de ser el escenario de unos intensos enfrentamientos con la policía, pero eso yo todavía no lo sé. Lo que sé es que la gente aquí parece contenta, encontrarse siempre alegra. La chica alta y rubia que se encuentra sentada a mi lado mete la mano en su mochila impermeable, saca una bengala —otra bengala— y la enciende con un chisquero. Todos, al unísono, empezamos a hacer ruido con lo que tenemos más a mano: una cacerola, una señal de tráfico, cualquier cosa sirve de instrumento en esta disparatada orquesta. La imagen que forma el denso humo de color rosa abriéndose paso entre la lluvia al ritmo de nuestros improvisados tambores no deja lugar a dudas: lo que nos reúne aquí tiene más que ver con la mitología que con la ideología.

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Me levanto pronto por la mañana y salgo a recorrer la ciudad bajo la lluvia montado en la enorme bicicleta verde que me han prestado. El sillín está tan alto que tengo la sensación de estar deslizándome por el aire, como cuando uno sueña que puede volar pero todavía es demasiado novato como para hacerlo adecuadamente. Aparco la bici en la entrada del Gängeviertel, una manzana de edificios ocupados por artistas y activistas desde hace varios años. Aquí es donde Anja y yo impartiremos el taller Activismo ficción durante los próximos días. La idea del taller es sencilla, consiste en estudiar varias técnicas de ficción para aplicarlas después a las acciones y protestas contra el G20 programadas para estos días en Hamburgo. Despeinado y con las gafas de sol puestas a pesar de la lluvia, el chico que viene a abrirnos la puerta también parece deslizarse por el aire. Todo lo que lleva puesto le va grande: el abrigo, las zapatillas, incluso el pantalón corto de baloncesto. «Guten Morgen», le digo en voz alta para ver si logro hacerle aterrizar en la Tierra. Imposible, este chico no parece recibir ninguna señal del exterior. Para él, la realidad todavía no es la realidad.

La sala donde tiene lugar el taller está llena de pintura acrílica y pantallas de serigrafía. Por el aire circulan aromas difíciles de respirar, estamos en un ambiente tóxico pero no tanto como para morir. Empezamos. «Toda acción activista responde a un conflicto, de la misma manera que lo hace un relato», digo para romper el hielo, y acto seguido les suelto las primeras preguntas: «¿A qué conflicto nos enfrentamos estos días aquí? ¿Cómo vamos a tratarlo?» Tras un montón de buenas intervenciones señalando conflictos relacionados con el G20, uno destaca por encima de todos los demás: La Zona azul. Así es como las autoridades denominan al perímetro geográfico donde aplicarán, a partir de mañana, el estado de emergencia. Un área que abarca desde al aeropuerto hasta el último barrio de Hamburgo. En su interior queda prohibido prácticamente todo, desde circular por las calles a según qué horas hasta reunirse más de tres personas sin haber solicitado un permiso previo. «¿Zona azul? ¿Qué quieren decir con eso de “Zona azul”?», pregunta con sorna una chica morena de rasgos asiáticos que no ha dejado de tomar notas en su cuaderno de espiral durante toda la mañana. «¿Acaso nos están llamando pitufos?». Sus palabras son fuego y nosotros productos inflamables, se incendia la habitación: «¡Eso es! ¡Convirtámonos en pitufos!, ¡pitufeemos la Zona azul!» Que empiecen los preparativos, no hay tiempo que perder, tenemos que avisar a todo el mundo.

Al día siguiente, somos un buen número de pitufos. Llevamos una pancarta que dice «Gente azul contra la Zona azul». Todas las personas que nos cruzamos por el camino pillan el chiste a la primera. Todas menos la policía, claro, que, como es sabido, no acostumbra a pillar los chistes a la primera. Además, esta vez no se lo ponemos nada fácil, ya que cada vez que nos cruzamos con ellos por el camino escondemos las pancartas y cambiamos nuestros gritos de guerra por los de cumpleaños feliz. Puede sonar tonto, y quizá lo sea, pero así es como logramos atravesar un buen número de controles policiales y llegar hasta donde ningún otro grupo de manifestantes ha llegado: hasta el mismo Anfiteatro. Una de las enseñanzas de nuestro taller dice: «No vistas como un activista». Es una táctica que suele funcionar muy bien y hoy ha funcionado de maravilla. Los trajes de pitufo nos han abierto las puertas de este oscuro edifico de metal donde dentro de muy pocas horas tendrá lugar el encuentro del G20. En estas escalinatas es donde los mandatarios se harán su foto inaugural, por eso queríamos llegar hasta aquí, para adelantarnos y pitufear su imagen oficial. Y lo hemos conseguido.

Pro-Smurf demonstrators are seen at Saturday's "Grenzenlose Solidaritaet" ("unlimited solidarity") protest march in Hamburg, Germany.

Hay dos maneras de tomarse un estado de emergencia. Una es la de asustarse y salir a denunciarlo exigiendo el retorno de la normalidad. La otra es la de aprovechar su decreto para vivir de otra manera, para hacer todo lo que uno no puede hacer cuando impera la normalidad. La primera opción está cargada de miedo y de angustia, el miedo y la angustia que provoca siempre la esperanza. La segunda está cargada de una forma singular de libertad. Estos días en Hamburgo siento que en lugar de vientre tengo un tambor de guerra y que mi cuerpo es un proyectil moviéndose por el espacio a toda velocidad. Estoy más cerca del sol que de la tierra. Hago amistades que en otras circunstancias no haría y a cada instante encuentro posibilidades de actuación que hace tiempo daba por muertas. Es como si durante un estado de emergencia uno alcanzase a vivir con más intensidad. Como si fuese entonces, y sólo entonces, cuando uno pudiera percibir toda la inteligencia, toda la sensibilidad y toda la determinación de aquellos que le rodean. Lo dicen todos los supervivientes de una catástrofe: la cercanía a la muerte te da ganas de vivir.

Me despierto con pedazos de confeti en la boca y un fuerte dolor de cabeza. En el espejo compruebo que el hechizo continúa, todavía queda algo de pitufo en mí. Los restos de pintura azul diseminados por todo mi cuerpo y los pinchazos que siento en las plantas de los pies hablan de una noche larga y llena de diversión. Una rave improvisada y salvaje, de esas que nadie sabe cómo empiezan ni cómo van a terminar, es algo que no sucede todos los días. Si además es una rave con más de 20.000 personas dando saltos como locos, mejor será que la aproveches hasta que no te tengas en pie, pues algo así no se repite muchas veces en la vida. Apuesto lo que quieras a que esta fiesta no la viste en la tele. Un encuentro así no pasa por la tele, ni por el flujo continuo de imágenes y comentarios que es tu muro de Facebook. Allí no hay encuentros, allí estamos todos apretujados y solos, como en un centro comercial. Para presenciar un encuentro como el de anoche en Hamburgo tienes que desplazarte hasta el lugar donde acontece. No hay otra manera. Únicamente así, estando, es como puedes notar la fuerza que noté yo anoche, una fuerza que puede con todo, incluso con esta resaca.

Me arrastro hasta el campamento de Altona para desayunar. Un niño de pelo corto y camisa azul de cuadros mira con atención el reloj de la iglesia. Sus ojos, absortos en las finas manillas del reloj, recorren la circunferencia numérica al completo. El tiempo se va, y eso le fascina. Un policía se le acerca y le dice que no puede permanecer ahí parado, que se mueva. El niño levanta la cabeza del reloj y clava sus ojos en la cara redonda del policía. De alguna manera existe un vínculo entre esa cara redonda y el reloj de la iglesia, una relación secreta que el chico acaba de descubrir. Mientras me tomo un té con leche y un bretzel, un hombre de unos cincuenta años procedente de Tesaloniki toma la palabra en la asamblea improvisada que se acaba de formar aquí. Tiene el pelo canoso y lleva puesta una camisa azul clara remangada hasta los codos. Dice que llegó a Hamburgo hace un año y medio, sus palabras son las palabras de la frustración. «Grecia está sufriendo una depresión social», dice con un tono de voz firme y, a continuación, nos explica que la depresión social es mucho peor que la personal: «en la personal, al menos, los amigos pueden echarte una mano». El triunfo de Syriza significó para él la culminación de una derrota. «Antes de las elecciones teníamos el resorte de la protesta. En las calles no estábamos tan solos como lo estuvimos después, cuando los nuestros ganaron las elecciones». Al parecer, en Grecia ya nadie tiene fuerza para nada. Lo único que uno puede hacer hoy allí es esperar. «Esperar a las próximas elecciones, esperar a que alcancemos una mayoría más grande, esperar a que hagan efecto las reformas». La depresión social comienza cuando comprendes que la espera no terminará jamás.

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Estos días en Hamburgo es distinto; aquí nadie espera nada. En un estado de emergencia es absurdo esperar. En un estado de emergencia ni se espera ni se tiene esperanza, en un estado de emergencia se ve el mundo tal cual es, eso es todo. ¿Y sabes cómo es? El mundo es un cristal roto en pedazos. Los pedazos somos nosotros, todos nosotros, los que estamos hoy aquí en Hamburgo y los que te cruzarás mañana en la calle camino del trabajo —que somos los mismos en realidad—. La experiencia de cada uno de nosotros aquí es la misma que tenemos habitualmente en cualquier otro lugar. También aquí somos singularidades con un sentido propio e intransferible. La diferencia es que aquí estamos en una situación de excepción, y eso lo cambia todo. Porque la excepción es, precisamente, el momento donde las singularidades se pueden encontrar. Sucedió en el 15M y también en Occupy: la plaza supuso un corte excepcional en el circuito cerrado de consumo y producción que es hoy la vida de cualquiera. Ese corte fue lo que permitió que nos hablásemos y, lo que es más importante: que juntásemos nuestros cuerpos sin más objetivo que el de estar juntos. No es nada fácil que algo así suceda, pero en Hamburgo ha vuelto a suceder.

Me acerco a echar un ojo a la manifestación convocada por el «Bloque negro». Welcome to Hell, se llama, y no es un chiste. De camino, el color azul y rojo de las sirenas reflejado en los cristales de las casas y en los charcos de agua parece presagiar un oscuro desenlace. Cuando llego, la policía ya está cargando con los tanques de agua y los gases lacrimógenos contra las más de 30.000 personas allí reunidas. Los cinco miembros de una familia acurrucados en la acera observan el espectáculo con la boca abierta. No pueden creer que algo así esté sucediendo en su ciudad. De entre los manifestantes, los más jóvenes se defienden lanzando botellas contra los tanques de agua. Las botellas estallan en mil pedazos como si chocasen con los límites del mundo. La gente corre despavorida por el puerto, el sol tiñe de dorado las grúas de acero. Me siento como el hombre menguante, tengo la sensación de estar encerrado en una caja de regalo junto a un gato que me quiere comer. El ruido de los cascotes resuena con más fuerza cada vez, las furgonetas grises y azules de la policía van y vienen de un lado al otro del puerto con las sirenas encendidas. Chicos y chicas jóvenes, enfundados en sus capuchas negras, pasan a mi lado tramando planes a muy corto plazo: «Vamos hasta el puente», «crucemos la vía». Los periodistas también van de un lado a otro con sus cámaras en la mano. Lo quieren grabar todo, pero eso es imposible, muchas cosas aquí pasan por dentro; por dentro de nuestras cabezas, por dentro de nuestros cuerpos, por donde las cámaras todavía no pueden adentrarse.

Los petardos y las bengalas han esparcido por el aire unas micropartículas que encuentran refugio en los agujeros de mi nariz; ahora todo me huele a pólvora. Cientos de personas asomadas a las ventanas, a las barandillas de los puentes, a cualquier sitio desde el que poder ver lo que está sucediendo. Las grúas del puerto se tiñen ahora de rojo, el sol se despide hasta mañana al ritmo de una sinfonía oscura y pesada. Y la noche llama al fuego. «¡Oye, espera un momento, esto no debería estar pasando!». Me imagino que los eventos de Hamburgo estarán dejando boquiabiertos a todos aquellos que ven la vida como un conjunto de acontecimientos que se suceden de manera ordenada sobre una línea de tiempo perfectamente definida. No debe de ser nada fácil encajar lo que aquí sucede cuando tu relato histórico dice que las grandes manifestaciones contra el neoliberalismo son cosa del pasado y que lo que ahora se lleva son los partidos políticos y la pugna por la representación. Una de las muchas cosas que me está enseñando Hamburgo es que nunca debería uno estar seguro de nada, porque en este mundo tan roto la vida no parece ya responder a ciclos que comienzan y después terminan, ni a fases que acaban por completarse un día. La vida ahora irrumpe a golpes. Golpes que se dan y se reciben. En todas partes, en todo momento. Pequeños trozos de la manifestación de esta tarde se juntan de nuevo en el barrio de Sankt Pauli, nadie tiene ganas de irse a casa, a nadie se le pasa algo así por la cabeza. Lo que queremos todos es que esta noche dure para siempre. Plantarle cara a la noche, a todos los riesgos de la noche, e inundar las calles moviéndonos sigilosos, como un animal que reduce sus pulsaciones para que no le oiga su presa. Los tanques de agua aguardan pacientes al final de la Hein-Hoyer Strasse, las gotas que caen de sus mangueras rompen en el suelo al ritmo de un reloj que indica lo que está por venir. Hay que llegar a mañana aunque sea exhaustos; exhaustos pero contentos.

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Es de día. Una chica rondando los cuarenta, con melena morena y camiseta blanca, mira cabizbaja el periódico de la mañana. Busca entre las noticias del mundo una explicación a su tristeza diaria, pero no parece encontrarla. Deja de leer y se mete en la boca una cucharada de cereales con yogurt y, después, inclina la cabeza hacia el periódico de nuevo, como si quisiera meterse en él y ahogarse en ese mar de mentiras políticas. Desde donde estoy sentado puedo oír el ruido que hacen los cereales al romperse entre sus dientes, parece hielo resquebrajándose por el calor. Lo de anoche fue sólo el principio; hoy es el día de los bloqueos y de las acciones diseminadas por toda la ciudad. El suelo sigue lleno de cristales, pero pronto se reemplazan por frases escritas con tiza de color. Las escriben cientos de niños y niñas que han acudido con sus padres al llamamiento para decorar los pavimentos de la ciudad. Una niña con coletas que parece Pipi Calzaslargas se agacha a mi lado y escribe: «Quiero jugar, quiero vivir». Nunca antes me había identificado tanto con un eslogan.

Habitar estos días la ciudad sitiada de Hamburgo, la ciudad cuyo nombre significa para el mundo entero represión y violencia, exalta en mí una fibra viva. Una sensación de felicidad contagiosa que se propaga por todos los rincones de la ciudad creando un ambiente mucho más habitable que de costumbre. Los panaderos turcos de la esquina regalan lahmacun con limón a todo el que pasa por allí. Muchos vecinos asoman sus equipos de música a la ventana y provocan un sinfín de pequeñas verbenas en la calle. El estado de fútbol del Sankt Pauli ha cedido sus instalaciones para que quien quiera se tome un descanso tumbado en el césped por el que normalmente rueda el balón. La ausencia de coches en la ciudad provoca una calma tal que uno tiene la sensación de que el mundo exterior ha dejado de existir. Pensareis que estoy loco, pero vivir estos días en Hamburgo se me antoja mucho más sostenible que en ningún otro sitio. Y eso a pesar de los 20.000 antidisturbios, los 50 tanques de agua y los 15 helicópteros que tratan de acabar conmigo en cuanto me descuide lo más mínimo. Esta constatación me llega a lo más profundo del corazón, me conmuevo por esta ciudad, por su desgarradora atmósfera de valerosa felicidad y una pregunta se cuela entre los cristales y la música hasta alcanzar el interior de mi cabeza. «¿Qué estamos haciendo todos nosotros aquí?». Es evidente que la respuesta no es el G20 —¿acaso se puede decir algo más sobre el G20 que no se sepa ya?—, ni tampoco cambiar la sociedad, porque ya no hay sociedad. Lo que ahora hay son sólo pedazos de un mundo roto. y cuando algo está roto no se puede cambiar. ¿Qué estamos haciendo, pues, todos nosotros aquí? A veces, las respuestas llegan de la manera más inesperada.

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La tarde cae rendida después de un día ajetreado, la última luz del sol golpea suavemente los adoquines de la acera mientras un cordón policial divide la calle en dos mitades: a un lado, gente; y, al otro lado, gente también. Por el centro de la vía un tanque de agua pasa despacio mostrando arrogante todo su poder, las mangueras todavía gotean. Observo absorto cómo estallaban las gotas en el pavimento dorado y de golpe percibo una fuerza que me llama desde el otro lado de la valla. Alzo la mirada y la veo. Siento como si acabara de salir de otro mundo, de un lugar raro y muy lejano. Los años la han cambiado, pero no tanto como para no reconocerla. Su rostro refleja todavía la niña que habita en su interior. La última vez que la vi fue en Génova, durante las manifestaciones contra el G8, en una situación muy parecida a ésta. De eso hace más de quince años. En aquella época, ella y yo solíamos coincidir en casi todas las manifestaciones anti-globalización y siempre sacábamos un rato para charlar. Nuestro tema favorito era la vida cotidiana. Sentíamos curiosidad por cómo era la vida del otro fuera de la excepción que suponían aquellas manifestaciones. Recuerdo que en una ocasión me dijo que estudiaba arte en la universidad de Munich y que no le gustaba nada la lluvia ni el frío. Cuando el tanque de agua termina por fin de cruzar la calle, ella también me ve a mí. Salto sobre mis pies y agito los brazos con excitación de arriba a abajo. Ella me brinda una de esas sonrisas que siempre me hacían pensar en Huckleberry Finn (de niño, cuando leí el libro por primera vez, le puse cara a Huckleberry y la grabé en mi cerebro para siempre. Ella es sin duda la persona del mundo que más se parece a esa cara). Yo también le sonrío, pero ella gira la cara y vuelve a prestar atención a los movimientos de la policía. ¿Qué pasa?, ¿por qué no me reconoce?, ¿acaso he cambiado tanto? Entonces recuerdo que voy vestido de pitufo. Con tanto acontecimiento intenso lo había olvidado por completo, así es imposible que me reconozca.

Tengo que hacer algo, es imprescindible que haga algo para que me reconozca, para que sepa que todavía sigo aquí, que tampoco he muerto. ¿Pero el qué? Y entonces me viene a la cabeza el gesto que inventamos en Génova para anunciar retirada siempre y cuando la situación se tornaba fea. No me había acordado desde entonces; era un gesto sencillo, consistía tan sólo en alzar los brazos y cruzarlos hasta crear con nuestras manos una especie de pájaro con las alas abiertas en el aire. Tengo que intentarlo. Alzo mis brazos y los cruzo. Ella me mira un segundo y vuelve a apartar la mirada. Lo hago otra vez. Salto y lo hago otra vez. Ella me vuelve a mirar y esta vez inclina la cabeza a un lado, pensativa. Yo salto y agito las alas del pájaro, una vez y otra vez más. Y de pronto su rostro cambia de expresión radicalmente. ¡Me entiende! De pronto, el tiempo entre ella y yo se hace enorme y siento que entro en contacto con un campo de fuerza mucho más amplio que la realidad. Un campo de fuerza donde nadie tiene control sobre nada. Aquí, la fuerza es tan poderosa que me empuja y me empuja más allá de los hechos, hacia la verdadera alma de las cosas. Ahora entiendo por qué estamos todos aquí. Y, entonces, el sonido tosco de un cañón me devuelve de golpe a la realidad. Mientras corro, alcanzo a ver cómo una multitud apabullada se traga de nuevo a la pequeña Huck, quién sabe por cuántos años esta vez.

De camino al aeropuerto, los cristales esparcidos por el suelo se clavan en las ruedas de mi maleta dificultando muchísimo su arrastre. Parece como si tratasen de retenerme, como si de algún modo los cristales supiesen que lo que me espera fuera de Hamburgo es peor a todo lo que podría llegar a sucederme aquí. Una gaviota me mira de reojo cuando paso por su lado y sus ojos dan la razón a los cristales: «No te vayas, ¿acaso no ves que ahí afuera no hay mundo?». Ya en el aeropuerto de Barcelona, y con el destello de las sirenas azules todavía reflejándose en mis pupilas, observo el ajetreo de los turistas peleando por tomar un taxi. Es verdad, aquí afuera no hay mundo, sólo hay mundo cuando juntamos los mundos que llevamos dentro. Paso un par de días recuperándome en casa y después el destino me trae de vuelta a este mismo aeropuerto. ¿Son todas estas personas las mismas que vi aquí hace un par de días? Estoy a punto de tomar mi vuelo cuando escucho mi nombre por megafonía: «Señor Leónidas Martín, preséntese en el mostrador de información». Allí, una señorita muy amable me informa de que he sido seleccionado aleatoriamente para un control de seguridad y que debo acompañarla. Caminamos por un pasillo muy largo hasta una habitación estrecha de paredes blindadas. Allí me esperan dos agentes de policía que, ahora ya sin ninguna amabilidad, me hacen vaciar todo el contenido de mi maleta. Mientras uno de ellos inspecciona a fondo mis pertenencias, el otro me dice que abra las piernas y que suba los brazos. «¿Qué ha ido a hacer usted a Hamburgo?», me pregunta mirándome fijamente a los ojos. La pregunta me hace gracia, es la misma que me había hecho yo unos días antes en mitad del humo y los gases. Me dan ganas de decirle la verdad, que he ido a allí para aprender a vivir en un estado de emergencia. Pero no digo nada. Cruzo los brazos y, mientras él me cachea la entrepierna, yo hago el símbolo del pájaro con mis manos. Aprender a seguir vivo en todos los estados de emergencia que están por venir; como viva sigue la pequeña Huck.

El río contra la corriente (Una reflexión sobre la derrota de Grecia)

Por Leónidas Martín

corriente2Soy absoluto. Eso le dijo el capitalismo a Grecia una semana después de que el 61% de los griegos votase en contra de sus medidas de austeridad. Y acto seguido sacó un sucio papel del cajón, lo extendió sobre la mesa y con una sonrisa que dejaba entrever sus dientes de acero le presentó al Gobierno griego unas nuevas medidas mucho peores que las que acababan de rechazar en las urnas. Más recortes, más privatización, una subida mayor de impuestos y, como primicia mundial, la prohibición de convocar ningún otro referéndum más sin su consentimiento. “Eso os pasa por votar”, dijo el capitalismo sin perder la sonrisa, “y, ahora: venga, a firmar, que no tengo todo el día”. Y el Gobierno griego firmó, ya te digo si firmó.

En los últimos años, una imagen se ha instalado con arraigo en la imaginación de miles de personas a lo largo y ancho del sur de Europa. Es la imagen de un barco navegando a contracorriente las revueltas aguas del capitalismo. El barco es el Estado y sus tripulantes la ciudadanía al completo capitaneada por los nuevos partidos, los partidos de la gente. Con esta imagen en la cabeza, la nueva política consiste en tomar el barco, pegar un brusco giro de timón y comenzar a remontar el río en la dirección adecuada, enfrentándose a ese maldito torrente desbocado que nos arrastra a todos hacia una catástrofe más que segura.

La imagen me gusta, es evocadora y tiene fuerza, pero la realidad capitalista tiene más fuerza aún. De hecho, ver a Tsipras firmar la propuesta de la Troika fue como pasar un paño húmedo por el encerado donde estaba impresa esta imagen: el barco desapareció en lo más profundo del río. Un joven griego lo expresó así ante las cámaras de televisión internacionales: “Lo hemos intentado todo pero es imposible, no se puede ir contracorriente”. Escuchar a ese chico diciendo aquello de la manera tan desesperada con que lo dijo, me hizo pensar que tenía razón. Es verdad, no se puede ir contracorriente. Al menos, no como se muestra en esta imagen.

Sin embargo, si apartamos el barco del centro de la imagen, si deja de aparecer como protagonista del cuadro, la cosa cambia. Entonces, lo que nos queda es el río, un río de gente, y su corriente, porque río y corriente no pueden separarse. Un río sin corriente no es más que agua estancada, charco; una corriente sin río no es nada, no existe. La existencia de uno depende de la del otro y al revés. Si señalo esta obviedad es porque creo que en ella reside algo que quizá pueda ayudarnos a la hora de encarar el desafío político al que nos enfrentamos hoy. ¿O es que acaso no es esta fusión, esta interdependencia, la misma que se da entre nosotros y el capitalismo?

Los principios del capitalismo son pocos y muy sencillos: competencia económica, crecimiento de los beneficios y acumulación de valor. A simple vista podría parecernos fácil, pues, deshacernos de ellos, sustituirlos por otros. Sin embargo, no es así. Y no lo es por una sencilla razón: cuatro décadas de neoliberalismo desbocado hicieron que integrásemos estos valores de tal modo que terminamos haciéndolos nuestros; una parte tan inseparable de nosotros que, a día de hoy, son ellos el auténtico motor de nuestras vidas. Cuanto más se mueven, más nos movemos nosotros, y cuanto más nos movemos nosotros, más y más se adentran ellos en nuestro interior. Así es como estos valores se hacen fuertes, desde dentro, como la corriente hace fuerte al río.

Por eso el capitalismo no mentía cuando el otro día le dijo a Grecia aquello de que era absoluto. Efectivamente lo es, y para comprobarlo no tienes más que abrir la ventana y escuchar con atención los sonidos que entran en tu habitación: coches, radios, un edifico en construcción, tiendas, cajeros automáticos, teléfonos móviles, oficinistas fumando cigarrillos y charlando a la entrada del trabajo… Estamos todos metidos en lo mismo. El río y las vidas de la gente coinciden de lleno entre sí, forman una misma y única cosa. Certificar este hecho suele traer consigo frustración, hacer que sientas lo mismo que aquél joven griego: que no se puede. Romper esta frustración, plantar cara a esa resignación con la que parecemos estar destinados a languidecer para siempre, pasa necesariamente por encontrar la manera de enfrentar el río a la corriente, a su propia corriente. O dicho de otro modo: dividir lo que parece indivisible.

En este sentido, pasar a un segundo plano la idea de un barco-Estado todopoderoso que, sin apenas tocar el río, es capaz de enfrentarse por nosotros a las bravas aguas del capitalismo, puede sernos de gran ayuda. De hecho, quizá sea esto lo único bueno que nos ha traído la derrota griega frente a los poderes económicos: comprobar que es imposible delegar ni en el Estado ni en ningún otro sitio la salida del atolladero económico. No es el barco lo que debe ir contra la corriente, es el río mismo. Y nada ni nadie más que nosotros mismos puede cambiar su dirección. El Estado puede a veces servir de herramienta para tal fin en momentos concretos, ante circunstancias concretas, pero poco o nada podremos hacer mientras sigamos concibiendo el mundo como si no ocupásemos una posición activa en él, como si no fuera nuestra pertenencia lo que mantiene la sociedad. Tú, yo, todos nosotros somos agente, objeto y lugar donde acontece la acción, todo eso a la vez, y por mucho que el poder institucional trate de separarlo, no se puede.

Si nuestros actos cotidianos son la corriente que mueve el mundo y nosotros el río, el desafío político de nuestros días consiste en enfrentarse imperativamente a su propia corriente hasta lograr que todo se mueva en otra dirección. Y para eso necesitamos un rompiente. Armar un rompiente en este curso ordenado hacia el desastre exige inventar formas de vida y hacerlas sostenibles. Formas de vida cotidianas que insistan una y otra vez hasta que logren transitar por un circuito distinto a ése en el que ahora se encuentran atrapadas nuestras vidas. Sostenerlas el tiempo suficiente hasta que la antigua corriente deje de tener sentido y pierda su razón de ser.

El shock que supone la derrota griega de la semana pasada, y la crisis que trae consigo, puede provocar dos reacciones distintas. Por un lado, el fortalecimiento de los instrumentos de dominación: más legitimación de las políticas económicas, más desposesión ciudadana, menos posibilidad de actuación… Por otro, el hecho de ratificar los límites de la política representativa puede convertirse en un llamamiento a ir dejándola poco a poco en un segundo plano, algo de lo que nos servimos cuando la ocasión lo requiere y poco más. La primera interpretación de esta derrota reafirma la imagen de un río que nos arrastra a todos sin remedio hacia la catástrofe. La segunda nos dice que el río somos nosotros (todos afluentes de todos); la corriente, nuestros actos; el desvío, nuestra manera de vivir.

La belleza contra el Banco Europeo (Leonidas Martín)

10428083_813014852114943_5569830567344458663_nLa belleza es difícil. El otro día acudí a un evento sobre fotografía contemporánea, uno de esos en los que dos o tres de artistas y críticos muestran imágenes y hablan sobre un mismo tema, la belleza en este caso. No exagero si digo que la artista que encabezaba el cartel, pronunció la palabra «beautiful» más de 200 veces a lo largo de su presentación. Según ella, todo lo que aparecía retratado en sus fotografías era beautiful. Las flores, beautiful; las chicas, beautiful; una rodilla, beautiful a más no poder, y un codo también; y las manos y los pies, todo beautiful beautiful. Salí de allí algo desconcertando, pensé en aquello que dijo Platón hace más de dos mil años: «La belleza es difícil», sin duda lo es y, por lo que parece, lo va a seguir siendo por unos muchos años más. Una vez en casa, me preparé algo de cena y encendí la tele para ver el Telediario. En una rueda de prensa Mario Draghi presentaba las nuevas políticas monetarias del Banco Europeo cuando, de repente, una chica joven salta sobre su mesa y al grito de «¡Fin de la dictadura del Banco Europeo!» le vacía una bolsa entera de confeti por la cabeza. «¡Vaya, esto sí que es Beautiful!», pensé. Belleza de la buena, y voy a intentar explicar por qué.

Para empezar, esta acción es bella es en el sentido en que los viejos formalistas rusos asociaban la belleza con eso que ellos llamaban el extrañamiento. Para estos tipos, la cotidianidad era aquello que nos hacía perder la frescura en nuestra percepción de la vida, así que el arte debía, pues, ingeniárselas para interrumpirla como fuese. Se trataba de una cuestión de todo o nada: o se hacía extraño todo lo que hasta ese momento nos parecía normal, o aquello no era bello. Había que provocar una mirada nueva, una nueva perspectiva que incrementase la dificultad del mundo, así como la percepción que tenemos de él. Y eso sólo podía hacerlo el arte (y la literatura). Bien, pues que venga ahora Vladimir Propp o cualquiera de sus colegas y me diga que no es eso, precisamente, lo que consigue esta chica con respecto a algo tan cotidiano y automático como el Banco Europeo y sus infames políticas monetarias.

Lo de esta Radical Butterfly —como ella misma se autodenomina en su cuenta de Twitter—, es bello también en otro sentido. Un sentido parecido a ése al que se refería Artaud cuando decía aquello de que «la realidad es una convención que se puede alterar». Su intervención tan teatral, tan circense, es una clara muestra de que cada individuo es —o puede llegar a ser— un potente actor social. Y que para ello tan sólo basta con realizar un gesto parecido al suyo, un gesto capaz de romper la programación de lo habitual. Su salto de pájaro, el confeti sobre el cogote de Draghi, la camiseta con el lema End ECB dick-tatorship (Fin de la polla-dictadura del Banco Europeo’), todo eso nos recuerda que cualquiera está capacitado para enunciar propuestas sobre su propia condición y sobre los caminos alternativos que podemos llegar a tomar. Todo un clásico de las vanguardias artísticas del siglo pasado.

Y, hablando de clásicos de la historia del arte, no podemos olvidar lo que esta intervención tiene de desvelamiento de las apariencias. Y es que por mucho que el mundo haya cambiado desde los tiempos de DADA hasta nuestros días, una cosa sigue siendo del todo cierta: el orden de una sociedad nunca está asegurado del todo. Por eso, la actividad de todo artista —de todo buen artista— ha consistido y consistirá siempre en acrecentar el desorden; es decir, acrecentar aquello que demuestra que toda sociedad se encuentra en permanente transformación. Precisamente eso es lo que hace esta chica cuando aparece allí donde nadie se lo espera y desmonta de golpe la unidad ofrecida por Draghi, dejando entrever que se trata, tan sólo, de una imagen. Una imagen creada por aquellos que promulgan el «así son las cosas y así lo serán siempre». Su confetti-attack nos habla de una producción del mundo regida mucho más por el desacuerdo que por el falso consenso escenificado a diario por los dirigentes de las entidades financieras y los políticos que los respaldan. Nuestra heroína sabe bien que aceptar la desavenencia significa aceptar que todo puede ser de otro modo, por eso se ríe.

El valor y la importancia social que hoy le otorgamos al arte proviene en gran medida del Renacimiento. Fue entonces cuando comenzamos a entender la belleza como un medio de afirmación social, algo que sirve para señalar el rango y el prestigio de los poderosos, y también para señalar lo contrario: a los perdedores. A partir de ese momento, cosas como la elegancia, el gusto o la gracia formal pasaron a ser auténticas estrategias políticas. Así nació la teatralización del poder tal y como la conocemos en nuestros días, tal y como la representan a diario Draghi y compañía. Sus trajes, el lenguaje que emplean al hablar, los espacios donde se mueven, sus coches, todo eso compone un mundo de apariencias que, con ayuda de los medios de comunicación, persigue apoderarse de nuestras emociones, llegar a lo más profundo de nuestro ser e influir en todas y cada una de nuestras acciones. Esto se aplica para que, por ejemplo, aceptemos sin rechistar una nueva vuelta de tuerca neoliberal: más flexibilización laboral, más desregularización, más despidos, más competencia descarnada, mientras permanecemos en estado de shock por la crisis. De alguna manera, la acción de Butterfly rompe este hechizo y hace que caigan las apariencias. Y lo hace empleando el mismo truco que emplea el neoliberalismo: apoderarse de la emoción para influir en las acciones del que mira. De este modo nos demuestra que todo puede ser distinto, que no tenemos por qué seguir ahogándonos en los ojos del poder, que el poder también puede ahogarse en los nuestros. Y eso es muy bello.

Cuando salta sobre la mesa de Draghi y le tira el confeti, cuando esos tipos viejos con cara de pocos amigos la sacan de allí en volandas mientras ella se ríe a carcajadas, y cuando todo eso lo vemos miles de personas de todo el mundo a la vez, lo que sucede es que nuestra mariposa particular crea lo que a mí me gusta llamar un cuerpo literario común. Algo así como la confección de unos patrones, unas imágenes y unos ideales colectivos con los que poder actuar de forma creativa ante las desavenencias de nuestro entorno. Así es como se pone de manifiesto la función social y política de la belleza y su empeño por abrir un espacio de libertad en el constreñido mundo de las apariencias. La acción de esta chica compone sin duda una de esas imágenes con las que una sociedad aprende a reconocerse a sí misma, una configuración de la realidad capaz de renovar nuestras vidas y el destino de nuestra comunidad.

Por último, pero no por ello menos importante, esta acción es bella también porque consigue enamorarnos. Leyendo los comentarios expresados por cientos de personas, queda claro que esta intervención ha logrado abrir algo así como un plano emocional compartido, un lugar mental donde muchos y muchas parecen vislumbrar el modo en que la esclavitud del Banco Europeo podría verse sustituida por esas razones del corazón que la razón neoliberal ignora. Me gusta esta chica, me gusta su aspecto de pájaro haciéndose un sitio en el mundo, me gusta su camiseta y sus pantalones caídos, y esos zapatos tan puntiagudos que parece que vayan a sacar chispas en cualquier momento. Pero me gusta, sobre todo, lo que ha hecho, porque representa perfectamente lo que yo creo que es un artista: alguien que más que dedicarse a contar las bajas de una batalla se dedica a tonificar a los heridos. Beautiful.

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Fuente original: Leodecerca.net
Fotografía: Reuters
Gráfica: Comando Suricato

Tenemos que crear una cultura que nos saque de la cultura neoliberal (entrevista Degrowth 2014)

De qué está hecha la cultura del neoliberalismo, qué otra cultura puede llegar a plantarle cara, de qué valores estaría hecha esa nueva cultura. Estas preguntas y otras cuantas más definen el marco de la entrevista que le hicieron los chicos de Challenge Yasuni a Leónidas Martín, miembro de Enmedio, durante el encuentro Degrowth 2014 (Leipzig). La dirección corre a cargo de Stella Veciana y el realizador es Dan Norton.

Los 4×4 de Enmedio: Activismo y humor

Cartel Activismo y humor

Activismo y humor

Técnicas de comedia aplicadas al activismo social.

El activismo social tiene un problema: es aburrido. Muchos y muchas activistas piensan que la risa no tiene cabida en esos asuntos sociales tan serios con los que tratan. Pero se equivocan. La risa, cuando está bien afinada, puede ser la herramienta idónea para enfrentar cualquier conflicto social, por dramático que este sea. Riéndonos hacemos desaparecer la tensión y sentimos alivio de inmediato, justo lo que uno necesita cuando se encuentra en una situación difícil. Por eso te ofrecemos este taller, porque estamos convencidos de que conocer en profundidad algunos recursos cómicos te ayudará a trasformar cualquier acto de protesta en un acto realmente liberador. Y porque queremos pasar un rato divertido contigo, ¡qué carajo!

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Impartido por: Leónidas Martín, miembro de Enmedio.

  • Fechas: Sábado 19 y domingo 20 de julio
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  • Horarios: Sábado de 10 a 14h y de 16 a 20. Domingo de 10.30 a 14h.
  • Inscripciones: Rellena este formulario
  • Fecha límite de inscripción: Miércoles 16 de julio.
    Al día siguiente se informará a los preinscritos de si han sido seleccionados.
    Es imprescindible poder asistir a las dos sesiones.
  • Plazas limitadas.

Posesión neoliberal (Leónidas Martín)

posesion-88Autor: Leónidas Martín

Querido amigo, sé por lo que estás pasando. El neoliberalismo te tiene poseído y no sabes cómo deshacerte de él. Por si te sirve de consuelo, te diré que no eres el único. El neoliberalismo, más que una ideología o una política, es un espíritu que lo ha poseído todo. Ha poseído al Estado y a todas sus instituciones, y los hospitales, las escuelas, los lugares de trabajo. También nos ha poseído a nosotros. Ha tomado nuestros cuerpos, nuestros deseos e ilusiones, nuestras ideas y nuestros sueños. Y, una vez poseídos, el espíritu del neoliberalismo nos gobierna bajo una única ley: la ley de la competencia.

Competir, competir, competir. Este es el principio universal de nuestros días. Está presente en todas partes. Compiten las empresas, compiten los mercados, compiten los gobiernos, “debemos adoptar unas políticas más competitivas”, dicen; y, por supuesto, nosotros competimos también. La ley de la competencia la llevamos tan dentro que ha llegado a ser parte de nosotros. Por más que nos pese, amigo mío, nos hemos convertido en una especie de pequeña empresa individual dedicada a competir sin descanso con las otras pequeñas empresas individuales que nos rodean: nuestros semejantes. Por eso te sientes hoy tan mal.

Para dejar de sentirte así te aconsejo que no prestes mucha atención a lo que dicen por ahí algunos falsos curanderos. Si el neoliberalismo fuese —tal y como afirman— “algo que se encuentra únicamente ahí fuera”, en el Estado, en los mercados o donde sea, tú ahora no sufrirías tanto, te lo aseguro. Créeme, el neoliberalismo no es una institución, es más bien una actividad paranormal (completamente normalizada y normativizada) que opera a la vez tanto dentro como fuera de nosotros. Así es como dirige nuestros comportamientos, los que tenemos hacia nosotros mismos y los que tenemos hacia los demás. Por eso, cuando un día nos sentimos tan mal como te sientes tú hoy y decidimos que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado y que vamos a plantarle cara a este maldito espíritu, nos resulta muy difícil saber por dónde empezar.

Siento decirte que no existen conjuros definitivos, ni antídotos capaces de terminar para siempre con esta posesión. Lo que existen son conductas que, una vez repetidas, crean unos hábitos que debilitan en gran medida a esta fuerza malévola. Siento decirte también que poner en práctica estas conductas no es nada fácil. Si lo intentas, lo más probable es que sientas un miedo atroz, que tus labios zumben como moscas y comiences a oír voces raras en tu cabeza: ecos de un canto fantasmal llegados de la oscuridad más profunda para hacerte reconsiderar tu decisión.

Una de esas voces espectrales que aparece con más frecuencia es aquella que nos induce a pensar que, tomando el Estado y sus instituciones, acabaríamos de golpe y porrazo con la posesión neoliberal. No me gustaría que me malinterpretases; por supuesto que estoy a favor de cualquier incursión institucional de signo contrario a las políticas neoliberales, algo así multiplicaría las posibilidades de enfrentarnos a este espíritu; sin embargo, mucho me temo que no sería suficiente. A un espíritu no se le elimina simplemente con un cambio de política. Eso, sin unas nuevas prácticas de subjetivación, sirve de bien poco. Aunque el espíritu neoliberal se siente mejor cuando los gobiernos fluyen en la dirección del neoliberalismo, es capaz de adaptarse a circunstancias muy adversas. No lo olvides.

Otro hechizo a evitar es el que popularmente se conoce como La gota que colma el vaso. Bajo su influjo uno tiende a pensar que el sujeto no debe hacer nada para desposeerse, que la historia lo hará por él. Más que intentar crear unos nuevos valores que hagan emerger una subjetividad distinta, este embrujo nos sugiere que será el mismo neoliberalismo, mediante sus propias contradicciones internas, quien se encargará de ello. Así, un buen día, de buenas a primeras y sin que nadie sepa muy bien por qué, comenzará una especie de reconquista espiritual que lo cambiará todo. Lo único que necesitamos hacer nosotros, pues, es tomar conciencia de lo que nos sucede y esperar a que se den las condiciones idóneas para nuestra desposesión.

Como te habrás dado cuenta, ambos espejismos desatienden la lección más importante que nos ha enseñado el propio neoliberalismo: poseer es producir una subjetividad. Y eso no se hace únicamente tomando el Estado y aplicando unas políticas económicas distintas. Lo dijo la mismísima Margaret Thatcher: “La economía es sólo un método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma”. Y para cambiar el alma de la gente, amigo mío, para crear un nuevo sujeto, es necesario realizar un trabajo constante en todos y cada uno de los planos de influencia que afectan a ese sujeto. Esa actividad incesante es, precisamente, el espíritu que nos tiene poseídos.

Sí, lo sé, te estoy deprimiendo más de lo que estabas. Tú tan sólo buscabas una manera sencilla de expulsar a ese maldito espíritu de tu cuerpo y yo no hago más que complicarlo todo. Pero no desesperes, traigo buenas noticias también; escucha: si el espíritu que nos posee es capaz de poseerlo todo desde todos los sitios a la vez, la resistencia a este espíritu puede darse también en cualquier parte; en cualquier momento. De hecho, si te fijas con atención, verás que esto sucede ya todos los días. Estamos rodeados de experiencias colectivas que se enfrentan al espíritu del neoliberalismo una y otra vez. El movimiento contra la deuda estudiantil en Estados Unidos (You´re not a Loan) o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) son dos buenos ejemplos de ello; pero no son los únicos, ni los más importantes. Miles de personas con sus pequeñas iniciativas de todo tipo se niegan a diario a convertirse en empresas competitivas, plantándole cara al espíritu del neoliberalismo tanto dentro de ellas (negándose a actuar como una empresa) como para con los otros (negándose a competir). En estas experiencias cotidianas y aisladas se halla la materia prima para la elaboración de un nuevo espíritu, un contra-espíritu capaz de expulsar al espíritu que ahora nos posee. Tan sólo tenemos que trazar líneas de unión entre ellas, y eso pasa inevitablemente por establecer relaciones de cooperación.

Como el neoliberalismo no es algo que se encuentre fijo en un lugar determinado, sino más bien una relación con todo, es imposible librarse de él de modo individual. Cuando lo intentas, el suelo se convierte en cemento mojado y enseguida comprendes que sin la ayuda de los demás no llegarás muy lejos. Salvo, quizá, a sentir desprecio y rencor por aquellos que no lo intentan como tú o, en el peor de los casos, a refugiarte en una identidad compartida (un grupo político, una ideología…) que asegure haberse librado del espíritu neoliberal, cuando en realidad lo único que ha hecho es exportar la competencia al terreno de las “pequeñas comunidades”. Compartir, poner en común, amigo mío, ésa es la clave para desprendernos del espíritu que ahora nos posee. Así es como lograremos ensanchar nuestro contra-espíritu hasta llenarlo todo de unos valores distintos. Desde un partido político hasta lo más profundo de nuestras almas: todo. Occupy Everything, my friend.

Supongo que te estarás preguntando cuáles son esos nuevos valores capaces de ejecutar tal exorcismo. Te diré los que yo pienso que son. Pero recuerda: yo también estoy poseído igual que tú y, como bien sabes, en la posesión no existen certezas absolutas, tan sólo intuiciones. Dicho esto, el primer valor a destacar creo que sería la cooperación. Es urgente que comencemos a ver al otro como un compañero en vez de como un obstáculo en nuestro camino, sólo así podremos empezar a caminar en la dirección correcta sobre un pavimento firme. En segundo lugar, la capacitación. Nuestro espíritu debe capacitarnos para realizar por nosotros mismos todas aquellas tareas que ahora delegamos en los “expertos”. Por último, creo que la posesión de nuestro contra-espíritu debería significar una experiencia de disfrute distinta a la que nos ofrece el consumo. Una experiencia donde la abundancia del tiempo y las relaciones humanas, junto con el cuidado de la vida colectiva, fuesen la nueva buena vida; una manera distinta de medir la “riqueza”. Te lo puedo decir de otro modo: acabaremos con la posesión neoliberal únicamente si intensificamos al máximo la dimensión común de la experiencia. Realizar algo así, querido amigo, sería crear la obra de arte más bella de la historia. En nuestras manos está conseguirlo. En las tuyas y en las de todos nosotros juntos. Sin dejar de ser lo que somos y sin movernos del sitio que ya ocupamos.

Espero que mis palabras te hayan sido de ayuda, y te deseo una pronta recuperación. Cuídate mucho.

Leónidas Martín.
Junio 2014, Barcelona.

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Este escrito está inspirado en un par de libros que he leído esta semana, muchas conversaciones mantenidas con mi amigo Amador Fdez-Savater y mis compañeros de Enmedio y un par de películas clásicas de terror que me han vuelto a quitar el sueño las pasadas noches. Aquí va la lista:

La nueva razón del mundo, de Chirstian Laval y Pierre Dardot (Gedisa Editorial)
Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, de Michel Foucault (Alianza Editorial)
Posesión infernal (Sam Raimi, 1981)
El Exorcista (William Friedkin, 1973)

Bellas vallas (Leónidas Martín)

Autor: Leónidas Martín

Desde el día de su inauguración, las ventanas del gimnasio de mi barrio han servido de punto de encuentro para los vecinos. Están a pie de calle, son grandes y en sus anchas repisas nos hemos sentado muchos de nosotros a lo largo de estos años, sobre todo los paquistaníes que viven en las calles aledañas. Digo «nos hemos sentado», así en pretérito perfecto, porque desde que el ayuntamiento de Barcelona instaló en ellas unas placas metálicas muy grandes, allí ya no se sienta nadie. Se acabaron las reuniones y las charlas improvisadas. «¡Circulen!»

Al decir «placas metálicas» puede que hayas pensado en una de esas vallas de hierro que impiden el acceso a algún sitio, o uno de esos carretes de alambre de espino que se ven a menudo en las fronteras. Nada que ver con eso. Las placas de metal que han instalado en mi gimnasio son bonitas. Las ha diseñado un arquitecto joven, uno de los muchos arquitectos jóvenes que trabajan para el Ayuntamiento, y están perfectamente integradas en la estructura del edificio. El cristal, el saliente y las placas se complementan entre sí como si de una sinfonía de Franz Joseph Haydn se tratase. De hecho, estoy seguro de que si alguien pasa hoy por ahí, alguien que no sepa cómo eran y para qué servían antes esas ventanas, jamás notará nada extraño. Y esto es lo interesante.

Es cierto que la movilidad en el espacio de una ciudad nunca se ha dado con libertad; la arquitectura y el diseño urbanístico la han dirigido siempre. Pero, a diferencia de las vallas, las rejas y los muros que en el pasado acotaban y definían la movilidad de las personas, el mobiliario urbano contemporáneo lo hace sin que se note. Antes, regular los comportamientos de los cuerpos en el espacio, indicarles qué debían hacer y cómo debían hacerlo, requería de elementos muy visibles. Hoy, sin embargo, parece que ese adoctrinamiento requiere de todo lo contrario: que no se vea, que sin destacar lo más mínimo, sin apenas alterar el paisaje cumpla su propósito represivo. O incluso lo mejore.

Desde luego esto no es siempre así, sigue habiendo lugares donde los elementos urbanísticos destinados al control de los cuerpos en el espacio son plenamente manifiestos. No hay más que echar un ojo a la frontera sur de Europa para darse cuenta de ello. En Ceuta, por ejemplo, los muros y los alambres de espino no están ocultos bajo ninguna bella forma; más bien todo lo contrario. En estos lugares los elementos urbanísticos son muy visibles, deben serlo. De su visibilidad depende en gran medida su efectividad. Un inmigrante dispuesto a entrar en Europa sin papeles debe ver con claridad los impedimentos materiales con los que se va a topar, las cosas que obstruirán su entrada. Se supone que verlos hará que se lo piense dos veces.

Pero mi texto no está localizado en esos lugares. De lo que yo hablo aquí es de esos otros sitios adonde van a parar los inmigrantes una vez que han cruzado las fronteras. Me refiero a esas ciudades a las que llegan buscando su futuro prometido; en concreto, esas ciudades que viven de exportar su imagen como si de una marca comercial se tratara. Ciudades como Barcelona, París o Londres. En estos lugares los dispositivos que dictan comportamientos en el entorno sí que deben pasar desapercibidos. Así, integrándose en el entramado visual de la propia ciudad sin que apenas se perciban, es como logran fortalecer los valores estéticos y morales asociados a esa ciudad, mientras ocultan su función principal, la de dirigir la movilidad de la gente.

La placas instaladas en las ventanas de mi gimnasio no son, ni mucho menos, el único ejemplo de este mobiliario urbano diseñado para evitar situaciones y comportamientos sociales indeseados. Las ciudades-marca están repletas de estos elementos: pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, evitan que las personas se acomoden en un emplazamiento público; rejas elaboradas en forja con gran maestría y que evitan el acceso a cualquier área restringida; refinados pinchos que logran evitar que alguien se tumbe allí donde no debe; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado… Un sin fin de diseños urbanísticos que, tal y como sucedía en La carta robada de Poe, están a la vista de cualquiera y, sin embargo, pasan desapercibidos. Nos topamos con ellos mil veces, pero no los vemos o, al menos, no advertimos la verdadera finalidad que esconden.

A simple vista, estos elementos pueden parecer irrelevantes, pequeñas piezas urbanas que no merecen mayor consideración. Sin embargo, a mi modo de ver estos fragmentos representan, aún ocultándolo, el espíritu del modelo económico y político que los ha creado: el espíritu del mercado. Un espíritu que lo pone todo en movimiento (personas, ciudades, países, obras de arte…) bajo el criterio de una única ley: sacar el mayor provecho económico posible de cualquier actividad humana. Este espíritu está en todas partes, nos afecta a todos nosotros y a todo lo que nos rodea. Los propios inmigrantes que citábamos más arriba llegan hasta aquí empujados por ese espíritu. Él es quien los ha puesto en movimiento, la fuerza que les ha empujado a saltar los muros y sortear vallas de espino. «Movimiento» no significa aquí libertad, ni mucho menos. Todo movimiento que provoca el espíritu del mercado debe ser conducido y se ha de dar siempre bajo las reglas que él impone. De lo contrario, esa movilidad podría desviarse y terminar alcanzando otro objetivo distinto al del consumo, y ése es un riesgo que el mercado no puede correr. En este sentido, las placas metálicas de mi gimnasio o cualquier otro de estos elementos urbanísticos son la grasa que ayuda a perfeccionar el condicionamiento impuesto por el espíritu del mercado.

Y es que el comportamiento de los ciudadanos, así como la identidad de una ciudad, no es algo que venga dado. Más bien son sus propios actos y las modificaciones que estos actos ocasionan en el tejido social los que crean los comportamientos. Estas acciones y estos comportamientos podrían, a priori, ser infinitos. Limitarlos, hacer que respondan a un determinado espíritu, requiere de mucha creatividad. Justo aquí es donde entra en juego el rol del artista, ¿o acaso no ha sido ésa siempre su tarea, la de dotar de contenido racional a algo que no tiene lógica ni orden preexistentes? («Enseñarle a la Naturaleza cuál es su sitio», decía Oscar Wilde). No es de extrañar, pues, que sean los artistas, los arquitectos, los diseñadores los encargados de traducir en formas (en mobiliario urbano en este caso) la ley única del comercio y sus objetivos. Lo hacen porque es lo que saben hacer, así es como ganan su dinero. Pero también lo hacen porque están más preocupados por las formas, por aquellos aspectos que atañen al arte mismo, que por los usos derivados de su obra. Y lo hacen también por otra razón más.

En el mundo en el que nos ha tocado vivir, cada uno de nosotros se enfrenta solo a la sociedad. Sin intermediarios. Como un extraño entre extraños. Esto alienta un «yo» lleno de orgullo que a ratos se cree todopoderoso. Pero también alienta un «yo» que se inclina a los pies de cualquier efigie que se cruza por su camino. Un «yo» dispuesto a comerse el mundo, pero vencido por el miedo y la soledad. Por eso el joven arquitecto diseña esas placas metálicas que después instala el Ayuntamiento en las ventanas de mi gimnasio, porque se siente perdido en un jeroglífico que no entiende. Ese joven arquitecto ve la vida como la ven los personajes de las novelas de Kafka. No sabe quién decide las cosas, ni a quién dirigirse en busca de justicia o ayuda. Para él, vivir es dejarse arrastrar por una fuerza misteriosa cuyo poder y tamaño es tan grande que le revela toda su impotencia. Desde ahí es desde donde este joven arquitecto diseña las placas metálicas que sirven para evitar que se reúnan los inmigrantes en la calle.

Cada vez que voy a darme un baño en la piscina del gimnasio me hago la misma pregunta: ¿Cómo sería un arte que rompiese este maldito estatu estético que impide el encuentro? Un arte abierto a una concepción dinámica de la vida, donde nuestro entorno se crease en relación directa con unos comportamientos en constante cambio. ¿Cómo sería un arte que plantase cara a los modos de comportamiento establecidos y fuese capaz de abrir nuevos modos de vida, esos que andamos buscando hace tiempo? ¿Y cómo un diseño urbanístico que, en vez de maquillar la represión, organizase nuestro mundo en común? Porque eso y no otra cosa es una ciudad: la organización de nuestro mundo en común.

Activismo y Ficción (Metrópolis, TVE 2)

 

Realizado por Leónidas Martín y Núria Campabadal.
Música: Filastine
Grafismo: David Morgado
Material de archivo:
Deep Dish TV, Bob Jaroc y Andy Ward, Scott Robinson, Rob Vanalkemade, Glenn Gabel, Núria Vila, Friends of Freedom and Justice BILIN.
Agradecimientos:
Enmedio; Not an Alternative! Jason Jones; Anja Steidinger; Oriana Eliçabe; Vanesa Varela; David Proto; Scott Robinson; Mark Read; Albert Clemente; Democracy Now; Arkham Comics.

El asunto primordial de la ficción ha sido, es y será siempre la emoción, las creencias y los valores de los seres humanos. Los proyectos incluidos en este programa cumplen a raja tabla esta condición. Pero lo hacen a su manera. Si los realistas franceses del siglo XIX proponían pintar lo que se veía, estas experiencias a caballo entre la ficción y el activismo social proponen hacer lo que se ve. Es como si dijesen: estamos cansados de mirar, ahora queremos vivir la imagen.
Superbarrio, por ejemplo, no es más que eso, un hombre cualquiera que tras perder su trabajo y su casa en la ciudad de México, decide convertirse en su propio personaje: un luchador enmascarado capaz de enfrentarse a los responsables políticos de la especulación urbanística. Lo mismo sucede con Unemployed Man, un guión de cómic escrito por un par de chicos que, cansados de sufrir la crisis económica, deciden convertirla en una historieta repleta de superheroes sociales. Personajes ficticios que rápidamente abandonan las páginas del cómic para aparecer en las manifestaciones y campamentos contra la crisis capitalista a lo largo y ancho de los Estados Unidos.
Las experiencias artísticas contenidas en este Activismo y Ficción, más que intentar convencer al espectador para que acepte lo que muestran, lo que hacen es encantarlo, hipnotizarlo incluso, para que suspenda la incredulidad y pase a involucrarse en el conflicto social narrado por ellas. Este es el caso de los Palestina Avatar, ese grupo de jóvenes palestinos que conmocionaron a medio mundo apareciendo en una colonia de Gaza manifestándose contra la ocupación del ejercito israelí disfrazados de Na´vi, los personajes buenos de la película Avatar. Esos chicos se convierten en ficción para ocupar nuestras pantallas y despertar en nosotros el deseo de cambiar este mundo. Lo mismo hace el Reverendo Billy y su Iglesia contra el consumo, que tras apropiarse de la figura de esos reverendos lunáticos que ocupan una gran parte del horario televisivo americano, logran convertir muchos de los relatos y mitologías cristianas en verdaderas flechas contra la sociedad del consumo.
Si las ficciones son proyecciones delirantes nacidas en el espacio que queda entre el autor y el que las recibe, los proyectos incluidos en este programa se centran claramente en el que las recibe: el espectador. Esta figura está entendida aquí de manera mucho más libre de lo que suelen pensar algunas corrientes críticas, para los autores de estos proyectos una imagen nunca podrá representarlo todo, por eso Anonymous realiza esta especie de ejercicio de posesión y se adueña de un rostro y un cuerpo que no le pertenecen, para operar bajo su apariencia y añadir así aquello que siempre le faltará a la imagen: la acción.

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La acción simbólica como acción directa (presentación + debate)

Presentación Abbie HoffmanCon la excusa de la reciente publicación del libro Yippie! Una pasada de revolución (Acuarela Libros), Amador Fdez-Savater y Leónidas Martín, responsables de la edición, nos presentarán a los yippies, una vanguardia estética, erótica y sensible que en la América de los 60 iniciaron una revolución basada en la creación de mitos, el uso de la guerrilla de la comunicación, la performance callejera, la invención de nombres colectivos, el humor y lo absurdo. En esta sesión nos preguntaremos por la vigencia actual de estas tácticas políticas y su aplicación en nuestras luchas presentes.

Martes 18 de junio a las 19:30 h
en Enmedio

C. Palaudàries 25-27, bajos
Barcelona
Metro Paral·lel (L2 y L3)

Invisible Symposium (PEN World Voices Festival)

Leonidas Martin PEN PEN World Voices Festival, uno de los mayores festivales de literatura del mundo, ha encargado a varios artistas y escritores internacionales que escriban sus ideas acerca de la democracia. Cornel West de los EEUU, Íngrid Betancourt de Colombia, Naomi Klein de Canadá, Chantal Mouffe de Bélgica, Julia Kristeva de Bulgaria, Ai Weiwei de China, y así hasta 16. La representación española corre a cargo de Leónidas Martín, miembro de Enmedio (¡menuda representación, eh!). Con los textos obtenidos han creado una obra de teatro titulada Invisible Symposium que se se presenta al público este sábado (4 de mayo) en el The New School de Nueva York. Así que ya sabes, si estás este fin de semana en la Gran Manzana y quieres ver un buen espectáculo, pásate por el World Voices Festival. Seguro que merece la pena.

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