indignados

Discongreso

«Rodea el Congreso», en cuanto lo escuchamos nos apuntamos de cabeza. Provocar la dimisión del Gobierno para iniciar un nuevo proceso constituyente nos pareció una idea genial. Nos pusimos a trabajar de inmediato.

Lo primero que hicimos fue diseñar un cartel lleno de puntos de colores rodeando la frase: «El 25 de septiembre rodeamos el Congreso hasta que dimitan. Punto». Imprimimos miles de ellos y los pegamos por todas partes. Después, cuando ya todo el mundo conocía la convocatoria, sacamos nuestras cámaras a la calle y realizamos el Photocall 25S. Una gran colección de fotografías donde los puntos de colores se convierten en personas mostrando sus motivos personales para rodear el Congreso. Estas fotografías, distribuidas masivamente por internet, acapararon la atención de la presa durante semanas.

Casi todo el trabajo estaba hecho, ahora sólo faltaba rematarlo. Para eso creamos el Discongreso.
Unos días antes del 25S el gobierno anunció que más de 2000 policías custodiarían el Congreso, esto hacía imposible alcanzar nuestro objetivo. Al menos por tierra. Por eso convertimos los puntos de colores en discos voladores. Para intentarlo por aire.

A través de las redes sociales pedimos a la gente que consiguieran un disco y escribiesen en él su propuesta para mejorar la democracia. Cuando el 25 de septiembre vimos aparecer a cientos de personas con sus discos voladores listos para lanzarlos al Congreso, no nos lo podíamos creer. Niños, niñas, personas mayores, jóvenes, había de todo. «Primero la gente», «Prohibir las deudas», «ningún banquero gobernará un país nunca jamás», cosas así decían sus discos.
Lanzarlos fue una experiencia alucinante. Ver volar esos discos por encima de los policías, dirección al Congreso, era la metáfora más acertada de la situación en que se encuentra España, donde, efectivamente, la democracia está en el aire. «Democracy is in the air everywhere i look around…»

El 25S y la oreja del burro

Autor: Leónidas Martín Saura

La primera vez que leí algo sobre el 25S fue una proclama publicada en Facebook titulada Ocupa el Congreso. La firmaba una tal Plataforma ¡En pie!, y recuerdo que no me gustó mucho. Demasiado tendenciosa para mi gusto. Me costó verme reflejado entre tanta consigna ideológica y tanto programa político. En vez de Ocupar el Congreso, yo le hubiese llamado algo así como Desocupar el Congreso, ¿o acaso hay alguien interesado en entrar ahí y tomar el Poder? Yo no. Lo que yo quiero es arrancárselo de las manos a aquellos que lo tienen atrapado y liberarlo, dejarlo suelto por ahí, sin dueño. Para que sea de todos.
Sin embargo, aún siendo esta mi postura, no dudé ni un segundo en darle al botón de Participar.

Provocar la dimisión del Gobierno para iniciar un nuevo proceso constituyente, me pareció un desafío tan atractivo, tan acertado, que vaciaba de sentido cualquier rencilla ideológica o estilística. Qué más da quién haya tenido la idea primero, ni cómo la ha expresado, lo importante es lo que hagamos con ella a partir de ahora. Entre todos.
En la sociedad-red, la chispa que incendia la llanura puede surgir de cualquier parte. Está demostrado. Lo vimos en el año 2004 cuando, tras el atentado de Al Qaeda en Madrid, un sms anónimo nos incitó a protestar contra las mentiras del PP; y también cuando un par de años después un mail nos invitó a sentarnos en las plazas de toda España para exigir la “vivienda digna para todos” que promete nuestra Constitución. El chispazo puede salir de la habitación de un adolescente, del escritorio de un oficinista, de una plataforma social, o de donde sea, eso es lo de menos. Lo que importa no es cómo ni dónde nace una idea, sino cómo crece.

Tras aquél primer manifiesto, lo siguiente que apareció sobre el 25S fue otro evento en Facebook. Éste sí que me gustó. Tan sólo habían transcurrido unas horas desde la publicación del primero y la cosa presentaba ya cambios considerables. En vez de ocupar el Congreso, esta nueva iniciativa llamaba a rodearlo: “El 25S rodeamos el Congreso hasta que dimitan. Punto.”, así de tajantes se mostraban en su comunicado, y respecto a la pregunta sobre la organización, esto es lo que respondían: “Si quieres saber quién organiza este evento no tienes más que mirarte al espejo. Somos gente corriente, gente como tú. Estamos en el paro, nos han quitado la paga, no llegamos a final de mes; los bancos nos han estafado y no podemos hacer frente a la hipoteca, ni al copago, ni al nuevo IVA; somos trabajadoras, estudiantes, autónomos, funcionarias; somos el 99%, los de abajo. Y estamos hartos. Punto.”
Preguntar quién es el que organiza un acontecimiento como el 25S, no tiene sentido. Como no lo tiene tampoco preguntar quién fue el autor del primer sms del 2004, o del mail aquél que originó el Movimiento por una vivienda digna. Alguien lo envió primero, de eso no cabe duda, pero, ¿acaso cambia algo saber quién fue? No. Como tampoco cambia nada saber quién fue el primero que plantó su tienda en la plaza del Sol, ni el que se inventó el hashtag #Spanishrevolution.
Preguntarse por esas cosas es no comprender nuestro presente.

Y sin embargo, lanzarnos a formar parte de algo que no está organizado, nos sigue dando miedo. Y es comprensible. Esta nueva condición política abre ante nosotros un paisaje social completamente desconocido. ¿Sabes qué decía mi abuelo?, “a burro desconocido, mejor no le toques la oreja”, eso decía. Quizá por eso, todo lo relacionado con el 25S se tiñó de miedo durante las primeras semanas. Este sentimiento llegó a impregnarlo todo: las redes sociales, las asambleas populares… “¿Quién está detrás de todo esto?”, se preguntaba la gente. Algunos, los más temerosos, creyeron ver allí el fantasma de la extrema derecha; otros, algunas asambleas, decidieron desvincularse del acontecimiento, precisamente por ser incapaces de dar respuesta a esta cuestión. La cuestión del nombre.

Seguimos negándonos a aceptar que un acontecimiento pueda suceder sin que que nadie lo organice. Y eso a pesar de que los hechos no hacen más que demostrarnos lo contrario. Todavía pensamos que para cambiar las cosas tenemos que ser alguien, por eso nos ponemos nombres. Sin embargo, si uno observa con detenimiento los nombres que hemos ido adquiriendo en los últimos años, nos daremos cuenta de que son muy distintos a los que representaban a las organizaciones políticas del pasado. La Unión General de Trabajadores definía claramente quién entraba ahí y quién no: si no eras trabajador, te quedabas fuera, así de sencillo. Hoy la cosa se complica: Indignados, 15M, 99%, son nombres demasiado genéricos como para representar a alguien en particular (un indignado puede ser todo aquél que se indigna). Es difícil dar con los límites de su propia pertenencia. De hecho, estos apelativos a mi me parecen más bien máscaras, caretas que cualquiera puede usar para irrumpir públicamente. El 25S es el ejemplo más reciente de esta cadena: no responde tanto una organización o a una identidad, sino a una manera de hacernos visibles. ¿Quiénes?, muy fácil: todo el que quiera.

Hace una semana, tras unas cuantas deliberaciones, la asambleas que antes se habían mostrado reacias a participar en este acontecimiento, cambiaron de opinión. Lo hicieron tras resolver las dudas acerca de la organización del 25S, que ahora pasaba a estar en manos de la Coordinadora 25S, una plataforma social creada por esas mismas asambleas.
Bien, ningún problema. Si la creación de otra coordinadora ayuda a mucha gente a acudir al acontecimiento 25S y hacerlo realidad, pues adelante. No seré yo quien ponga palos a esa rueda. Sin embargo, creo conveniente recalcar el hecho de que el 25S es y será un acontecimiento anónimo.
Mal nos iría si ahora nos creyésemos a pie juntillas eso de que lo organiza la Plataforma 25S. ¿De verdad crees que una propuesta como la de rodear el Congreso saldría adelante si no existiese un clima propicio para ello? Además, imagínate que el Poder pudiese identificar a un claro organizador de algo tan fuerte como la dimisión de un Gobierno, eso sería fatal. Un desafío social tan potente sólo puede funcionar si permanecemos en un espacio abierto, inclusivo. Un espacio donde cualquiera pueda sentirse interpelado.

A menos de un mes del 25S, y ya con todas las dudas disipadas, las propuestas para ese día se han multiplicado por mil. Una de las que ha acaparado mayor atención ha sido Marea Destituyente: “Ciudadanos anónimos como tú que estamos hartos de la situación actual”, así se definen en su web. Las grandes diferencias entre las propuestas aparecidas recientemente, evidencia el hecho de que el 25S no es una estructura organizativa; ni tampoco un movimiento social. El 25S, como el 15M, como Occupy, es más bien una especie de viento que atraviesa la sociedad, y a su paso cambia de nombre y sorprende a cada cuál en un lugar distinto. Precisamente eso, su condición anónima y deslocalizada, es lo que le otorga capacidad para hacer cosas inimaginables, como derrocar un Gobierno. También es lo que le ha permitido sobrevivir a la manipulación mediática y a los chantajes políticos hasta ahora.

El objetivo del 25S es grande: forzar la dimisión del Gobierno y escribir después una nueva Constitución. Eso requiere organización. Todo sistema social la requiere. Lo que yo propongo es que no nos apresuremos, que vayamos con calma, no vaya a ser que por culpa de las prisas elijamos un modelo de organización que no responda a nuestro presente, uno de esos basados en la identidad y la pertenencia que tanto daño causaron en el pasado. Quedarse con lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse vivo pero no vivir. Tomémonos, pues, todo el tiempo que sea necesario hasta dar con un modelo de organización capaz de interpelar a cualquiera. Los ingredientes los tenemos, los hemos empleado mil veces en las plazas: respeto, horizontalidad, inteligencia colectiva, creatividad y capacidad de sorprender. Ahora sólo nos falta inventar la receta.
Algo me dice que al final, vamos a tener que tocarle la oreja al burro ese que decía mi abuelo.

Enmedio interviene en la acampada de Hamburgo

Todos los años, en la ciudad de Hamburgo, se celebra un festival que lleva por nombre kampnagel. Es un festival dedicado, principalmente, a mostrar los últimos avances en performance y teatro contemporáneo. Sin embargo, igual que no hay superficie sin grieta, tampoco hay festival sin rareza, sin eso que se sale de lo establecido, sin elemento sorpresa, vamos. Os explico: para la edición de este año habían invitado, entre otros muchos, a nuestros colegas los Schwabinggrad-ballett, un grupo de artistas y activistas locales que realizan, desde hace ya varios años, un sinfín de acciones políticas de lo más creativas. Dicen ellos que cuando recibieron la invitación del Kampnagel no lo dudaron un minuto: “¿Quién quiere hacer una obra de teatro con lo que está cayendo? Esta pasta la tenemos que emplear en algo más provechoso, algo que sirva para meter caña contra la política de la Unión Europea”. Dicho y hecho. Primero se fueron a Grecia y estuvieron un tiempo trabajando mano a mano con los indignados de la Plaza Syntagma, de esa colaboración salieron al parecer grandes cosas, como la intervención “No en nuestro nombre” que realizaron en la embajada alemana, y que fue noticia en todos los periódicos del país.
Después, a su regreso y coincidiendo con la inauguración del festival, decidieron invertir el dinero que quedaba en organizar un campamento en el Park Fiction, en mitad de la ciudad de Hamburgo. Algo así como la plaza del Sol o la de Syntagma pero en pequeño, claro. En este punto es donde entramos nosotros.
Nos llamaron y nos dijeron que fuésemos para allá, que sería muy interesante mostrar en ese espacio las acciones que Enmedio está realizando últimamente, ya sabéis: los retratos fotográficos contra los desahucios, las fiestas sorpresas en oficinas del paro y entidades bancarias, etc. Nos pareció genial: qué mejor que viajar, precisamente ahora, hasta el corazón de la bestia (hasta uno de ellos, la bestia capitalista tiene varios corazones, y todos negros), y enseñar allí nuestras maneras de plantar cara a esta gran estafa neoliberal. Pillamos el ordenador, las gafas de sol y allí nos plantamos. Visto y no visto. Como además habían invitado también a un buen montón de activistas internacionales, como, por ejemplo, los autores de las películas Debtocracy y Catastroika, pues le sacamos mucho jugo a los tres días que estuvimos allí plantados. Os podéis imaginar el ambiente: charlas, debates, asambleas hasta altas horas de la noche. “¿Qué podemos hacer desde aquí?”, preguntaban los compañeros alemanes, “¿Cómo podemos ayudar a los países que ya están cayendo?”. Pues muy fácil: seguid organizando eventos como este, que seguro que dan sus frutos. De hecho, nosotros nos volvemos con un montón de ideas y contactos bajo en brazo. Ideas que vamos a llevar a cabo desde ya mismo, y contactos de compañeros griegos y alemanes con los que vamos a ir tejiendo una auténtica unión europea. ¡Viva la unión europea!, la de verdad.