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El gordo de Megaupload y otras películas

Por Leónidas Martín Saura

Hace unos días empecé a ver una colección buenísima de películas japonesas de ciencia ficción. Estaban todas realizadas en la década de los cincuenta, con muy poco presupuesto; los efectos especiales lo eran no tanto por su ímproba sofisticación como por lo mucho que —obviamente— se notaban. Encontré estas películas un día por casualidad mientras buscaba otra cosa en la Red, colgadas en una página muy rara. De las seis, había visto ya tres de ellas y me habían gustado mucho, con todos esos monstruos de plastilina y los escenarios de cartón piedra. Me encontraba ya completamente enganchado cuando van y, de pronto, cierran Megaupload.
Desde ese momento las he buscado por todos los rincones de internet. Nada. Tampoco las venden en las tiendas, ni las pasan en ninguna sala de cine, ni centro cultural que yo conozca. Muy a mi pesar, he ido poco a poco dándolas por perdidas; parece que ahora me toca probar nuevas experiencias audiovisuales, y en eso estoy. Ayer, por ejemplo, vi la televisión, ya sabéis, Urdangarín, SGAE, los trajes de Camps y todo eso. Durante todo el Telediario no dejé ni un segundo de pensar en el monstruo aquel de los rayos intermitentes: ¿lograrían finalmente acabar con él? El único relato televisivo que atrajo un poco mi atención fue ese que han construido alrededor de la figura de Kim Dotcom, el chico entradito en carnes creador de Megaupload. Digo lo de «entradito en carnes» porque esta característica física de Dotcom es parte del storytelling que acompaña a su noticia. Una noticia emitida por todos los canales de televisión del mundo, una y mil veces, y cuyo relato podría resumirse así: un gordinflón sin escrúpulos que se aprovecha de la gente común, como tú y como yo, para forrarse de pasta, comprarse mansiones, coches caros y alguna que otra pistola también. Menos mal que el F.B.I. pasaba por ahí y nos ha salvado la vida de nuevo.
Esto sí que es ciencia ficción de la buena —pensé.
Según cuentan, lo que ha hecho el gordito de Megaupload es algo intolerable, un acto tiránico y despótico; lo peor que alguien puede llegar a hacer jamás. Quizá tengan razón, quién sabe; sin embargo, ¿no es eso lo que hace cualquier empresario capitalista, incluidos, por supuesto, todos aquellos que ahora condenan a Dotcom? Siempre que aparece una nueva demanda social (acceder a la cultura sin intermediarios, por ejemplo), ¿no aparece también siempre un tío como el director de Megaupload y monta la infraestructura capaz de responder a dicha demanda a cambio de dinero? ¿Qué hay de raro en ello? A mí me parece algo casi natural en el mundo en el que vivimos. Un mundo en el que todo se ha convertido en mercancía, y la cultura más.
Los que se rasgan las vestiduras y apoyan la operación policial contra Megaupload dicen hacerlo en nombre de la cultura, pero eso no es verdad. Lo hacen en nombre de la propiedad intelectual, que no es lo mismo. Para comprobar esto que digo no tienes más que preguntarte si Megaupload ha interrumpido en algún momento la transmisión cultural, o sea, aquello que permite a la cultura reproducirse y seguir viva. ¿A qué no lo ha hecho? Todo lo contrario. Gracias a Megaupload, yo he visto, por ejemplo, algunas películas frikis japonesas que antes no sabía ni que existían. Otra cosa bien distinta es cómo ha afectado esto a los negocios apoyados en la propiedad intelectual, la del Copyright, la que se sostiene sobre el principio de «Todos los derechos reservados». Para estos negocios es verdad que Megaupload significaba un inconveniente, un obstáculo es su camino hacia las mansiones, los coches caros y las armas. Por eso se lo han cargado.
Si hablas con los que defienden esta intervención del F.B.I., que, por cierto, para llevarse a cabo ha necesitado saltarse muchas de las garantías del Estado de derecho como son la privacidad del usuario, o la soberanía jurídica nacional; si hablas —decía— con alguno de ellos, te dirán que el fin justifica los medios, que lo más importante ahora, lo que está por encima de todo, es detener «el asalto pirata que sufren los creadores». Quien así opina lo hace por dos razones. Una, porque es un mentiroso, o dos, porque está muy mal informado y confunde crear con poseer.
El autor es aquél que crea un bien cultural, pero eso no quiere decir que ese bien cultural le pertenezca. Los bienes culturales sólo pertenecen a la humanidad. Para crear un bien cultural, todo autor necesita del conocimiento común acumulado en la cultura. Si es un director de cine necesita ver otras películas; escuchar otras composiciones si es un músico; leer otras libros si es un escritor. Ésa es la fuente de la que mana su nueva creación, sin ella nadie puede llegar a crear nada. En términos culturales, todo lo que se escapa a esta lógica, carece de sentido. ¿Os imagináis a Einstein guardándose para él solo la fórmula de la relatividad, o prohibiendo su uso a según qué personas?
Defender, como yo defiendo, esta definición de cultura, no significa, ni mucho menos, abolir el reconocimiento. Otro error habitual presente en los discursos de aquellos que han cerrado Megaupload. Todo autor debe ser reconocido por su trabajo, «el que no es agradecido, no es bien nacido», decía mi madre. Es deber de la comunidad reconocer siempre a aquél que con su esfuerzo aporta algo beneficioso para ella. Ese reconocimiento puede —y debe— ser de muchos tipos, no únicamente económico, como defiende la actual legislación de la propiedad intelectual, aunque es verdad que éste, el económico, hay que tenerlo muy en cuenta. Por eso es importante ir pensando en nuevos modelos económicos adaptados a las condiciones sociales y tecnológicas de nuestra época. Algo que se torna muy difícil si la ley lo prohíbe en defensa del mantenimiento de un sistema obsoleto.
Yo no apoyo a Megaupload ni a su orondo director, tampoco apruebo su modelo de negocio. Para mí, Megaupload no es más que otro ejemplo de la condición tan miserable en la que se encuentra la cultura de nuestros días. Es evidente que mientras continuemos tratándola como una mercancía, cientos de Kim Dotcom (o gente mucho peor) seguirán apareciendo por todas partes. Es inevitable. Como también lo es el hecho de que los 180 millones de usuarios que estábamos registrados en Megaupload, más todos los otros que usaban a diario sus servidores de manera gratuita, volvamos a utilizar cada nuevo sistema de intercambio de archivos que aparezca. ¿Por qué? Porque no nos queda otro remedio, sencillamente por eso. Porque intercambiar cultura no es un capricho, es una necesidad humana además de la condición única por la que la cultura pervive. Todo el mundo sabe que ahora disponemos de una tecnología ideal para ello y no estamos dispuestos a renunciar a eso. Al menos, no sin protestar.
Ya me gustaría a mí que un día no fuese una empresa privada la que ofreciese la capacidad tecnológica de intercambiar cultura. Claro que molaría que fuese una Institución pública, y que lo hiciese porque hubiera comprendido que la cultura es un bien común, y que para seguir viva necesita moverse sin restricciones, libremente, fuera de la lógica del mercado. Eso no estaría mal, nada mal. Pero creer que algo así pueda suceder hoy es ciencia ficción. El presente es la Ley Sinde, La S.O.P.A, el cierre de Megaupload y todo lo que sea necesario para sostener un sistema de propiedad intelectual que ya no se tiene en pie, que está obsoleto. Así podrán por un tiempo frenar —e incluso detener— la potencia cultural latente en las tecnologías de nuestro presente, pero esa potencia terminará abriéndose paso, se desplegará les guste o no. Eso es algo que sabemos todos: los que han cerrado Megaupload, los que apuestan por la cultura libre y yo, que quiero ver esas tres películas japonesas que me faltan.

Politizaciones en el ciberespacio (Margarita Padilla)

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Qué se juega en el ciberespacio

No es fácil comprender Internet, porque Internet es recursiva. Es al mismo tiempo un producto y su propio medio de producción. Es tan abstracta como el código y tan concreta como una infraestructura de telecomunicaciones (global y de propósito universal). Es tan artefactual, con ordenadores, cables o satélites claramente identificables, como simbólica, pues permite la construcción de nuevas realidades materiales y virtuales que no podrían producirse de otro modo.

Internet es un asunto complejo. Lo fue en sus orígenes y lo sigue siendo ahora. Sus capas no paran de soportar nuevos desarrollos. Por citar algunos de actualidad: en la capa física, la pasarela entre Internet y telefonía; en la capa lógica, el software como servicio, y en la capa de los contenidos, las redes sociales. La complejidad de Internet no es un asunto solo técnico (aunque también). Es una complejidad política, en tanto que su origen es fruto de una alianza monstruosa que desestabiliza a todos los bandos implicados.

Como todo el mundo sabe, a principios de los sesenta la Rand Corporation, una fábrica de ideas vinculada al complejo militar industrial y de la seguridad y la defensa de los Estados Unidos, puso encima de la mesa el problema de cómo mantener las comunicaciones en una hipotética guerra nuclear. Como respuesta a este insólito problema, surgió el delirante concepto de una red que anula el centro y da a los nodos dos cualidades: inteligencia (para tomar buenas decisiones) y autonomía (para llevarlas a cabo).

En los años sesenta ya había redes (telegrafía, telefonía, radio), pero eran centralizadas y jerárquicas. La industria no estaba interesada en poner patas arriba su concepto de red, que tan bien estaba funcionando, y la flipante propuesta de una red sin autoridad central fue dando tumbos hasta que llegó a las universidades. Las universidades no eran solo catedráticos, departamentos y planes de estudio. También estaban los chicos: una tecno-élite que participaba de la contracultura individualista libertaria (en un mundo de fuertes bloques geopolíticos) y que vio ahí la oportunidad de crear desde cero un nuevo mundo libre: el ciberespacio. Los chicos asumieron el encargo de la Rand Corporation y le entregaron una red a prueba de bombas. Pero por la noche habían trabajado fuera del guion. Tenían el conocimiento y tenían la voluntad, así que incrustaron en Internet desarrollos nocturnos, contraculturales, para las personas, que respondían a sus propias imágenes de lo que debía ser un mundo nuevo. Surgieron el correo electrónico, los grupos de noticias…

En resumen, Internet es fruto de la confluencia entre la gran ciencia propia de la posguerra (la ciencia de las bombas atómicas) y la contracultura individualista libertaria de las universidades norteamericanas de los años sesenta y setenta. Una alianza monstruosa entre poder y contrapoder, con la autoexclusión inicial de la industria.

Esta alianza produjo y sigue produciendo cambios (inestables) en la arquitectura de la realidad, cambios que a su vez pueden generar nuevos y mayores cambios. Recursividad. La industria presenciará estupefacta la proliferación de nuevos y abundantes bienes inmateriales, para cuya gestión y acumulación no tiene mecanismos apropiados, y se dividirá entre los que quieren hacer de Internet otra televisión y los que quieren hacer la Web 2.0. El poder político tendrá que lidiar con un nuevo (ciber)espacio abierto y flexible, ingobernable para cualquier autoridad central, y cuyas leyes internas no termina de entender; verá surgir una nueva esfera público-privada y se pondrá a temblar. Y los movimientos sociales se quedarán perplejos por la abstracción del ciberespacio y por la ambigüedad de la voluntad hacker, que lucha, sí, pero a su manera: sin nostalgia por una comunidad política; haciendo del conocimiento compartido el garante de la libertad; haciendo lo común a base de individualismo, lo horizontal a base de meritocracia…

Pero esto no está terminado. Internet es recursiva e impura. Su arquitectura es su política. Y está inacabada. Se construye y reconstruye en tiempo real en una espiral de oleadas, de bucles y contrabucles, unos bajo la hegemonía de industrias y poderes políticos, y otros propulsados por luchas que dibujan distintas (e incluso contradictorias) imágenes de igualdad y de libertad.

El disfrute de los bienes inmateriales

La revolución digital está poniendo en el mundo un nuevo conjunto de recursos: los bienes inmateriales. Aplicando las lógicas del viejo mundo capitalista, esto solo, de por sí, ya va a desencadenar una lucha por su control y su explotación, igual que cuando se descubre un nuevo pozo de petróleo o un nuevo virus.

Sin embargo, ese nuevo conjunto de bienes inmateriales, que son a la vez medios de producción y productos de consumo, no se rige por las leyes del viejo mundo capitalista: son bienes que no se desgastan, pueden ser míos y tuyos al mismo tiempo, los podemos producir tú y yo en cooperación sin mando, se multiplican a coste cero y cuanto más se usan más crecen. Ni más ni menos, la revolución digital ha puesto en el mundo la posibilidad de una nueva abundancia ¡y sin necesidad de repartirla![1]
La posibilidad de una nueva abundancia va a desencadenar una lucha por su control y su explotación. Es lo que está ocurriendo en la actualidad, dentro y fuera de Internet. Pero esa lucha ya no funciona exactamente según las lógicas del viejo mundo capitalista.

En el pacto social acordado por la burguesía y la clase obrera de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, los derechos sociales quedaron vinculados a la figura del obrero y las libertades democráticas a la figura del ciudadano. Los derechos de autor, completamente insignificantes para este pacto, quedaron fuera de la negociación, como derechos pequeñoburgueses prácticamente irrelevantes.

A la vuelta de sesenta años, el pacto social se está hundiendo y, coincidiendo con este hundimiento, nuevas luchas por el acceso y disfrute de esta nueva abundancia van y vuelven desde el ciberespacio a la calle y viceversa, enfrentándose, atacando y resistiendo contra la imposición de una escasez artificial, gestionada por una alianza entre estados y corporaciones de la industria del entretenimiento y de la cultura, que pretenden legitimarla bajo el cínico discurso de los derechos de autor.

En conversaciones con amigos he oído decir que las luchas en Internet son cortinas de humo para distraer de lo verdaderamente importante: la lucha contra la precariedad laboral y en defensa de lo público. No coincido con esta valoración. La lucha por el disfrute de los bienes inmateriales es tan importante como la que más. Incluso iría más lejos. Una juventud que da por perdida toda capacidad de negociación respecto a los derechos laborales, que asume la precariedad como el suelo que le toca pisar, parece decir: «De acuerdo con los trabajos temporales; de acuerdo con olvidar la jubilación…, pero a cambio de una vida libre y conectada. Precariedad, vale, pero ¡libre y conectada!». Esta parece ser una frontera entre lo tolerable y lo intolerable.

La libertad como derecho (económico)

La lucha por el disfrute de una nueva abundancia (economía) y la lucha contra la censura (política) van de la mano. Copyright y censura son lo mismo. Los cambios en la arquitectura de la realidad están uniendo de nuevo lo que el viejo mundo capitalista quiso separar: la economía (la fábrica y el sindicato) y la política (el parlamento y el partido).

Los derechos de autor, tal y como ahora están gestionados, son la coartada de las corporaciones para mantener su enriquecimiento y su poder. Debido a que los derechos de autor son, en parte, derechos económicos, la lucha por la libertad de acceso a la nueva abundancia es a la vez una lucha económica (contra la escasez artificial) y política (por el reconocimiento de la libertad en el ciberespacio). Como en el ciberespacio todavía no hay ningún derecho reconocido, la lucha contra la censura busca refugio en el viejo garantismo y se enroca en el derecho a la libertad de información y de prensa.

Si en la actualidad hay movimientos sociales, sin duda el movimiento por la libre circulación de las personas (papeles para todos) y el movimiento por la cultura libre (socialización de los derechos de autor) son dos de los más importantes, y están más relacionados entre sí de lo que pueda parecer a simple vista.

Una nueva esfera público-privada

El movimiento por la cultura libre no solo está en lucha abierta por el derecho al acceso y disfrute de la nueva abundancia producida colectivamente, sino que además está transformando las maneras de luchar. El kit del luchador (herramientas, conocimientos y prácticas) está cambiando, y el papel de las vanguardias también.

Pero el desarrollo de las nuevas tecnologías comunicativas no solo ha abierto un nuevo frente para la lucha contra la acumulación y las desigualdades. No es tan simple. También ha cambiado la «normalidad», el día a día de las generaciones conectadas.

No todos los cambios en la «normalidad» son conquistas. Muchas veces son procesos recursivos inacabados, mezcla de distintos intereses políticos, industriales y sociales, en alianzas monstruosas entre distintas instancias de poder y distintos agenciamientos de emancipación y construcción subjetiva.

Remedios Zafra, ciberfeminista, se refiere a los cambios en la «normalidad» de la vida conectada de esta manera:[2]

Los cambios de los que estoy hablando tratan sobre nuestros días conectados a Internet. No se caen las torres, no hay rugidos de la banca, no hay guerras de petróleo ni muertes físicas. No hay una imagen épica que simbolice el cambio al que aludo. Es como una gota sobre una piedra. Es como la acción de los universos simbólicos sobre los cuerpos. Lenta, pero crucial.

Para esta autora, los cambios en la «normalidad» consisten en una nueva articulación entre lo público y lo privado, en la conformación de una nueva esfera público-privada online:

Hoy conviven viejos y nuevos modelos de organización espacial y política de nuestros tiempos y lugares propios, donde la implicación personal y crítica resultaría más necesaria que nunca. Pasa además que acontece una transformación determinante en la esfera privada y doméstica: la Red se instala en mi casa. [...] La Red vincula el espacio privado de muchas maneras diferentes con el mundo exterior y la esfera pública, [...] y en este entramado [...] ocurren oportunidades de acción colectiva y social limitadas antes al «afuera del umbral». Lo privado se funde literalmente con lo público, y entonces lo político se incrementa, [...] porque esa combinación entre cuarto propio, soledad, anonimato e intersección público-privada… tiene potencia subversiva.

Según Zafra, al entrar el ordenador en las casas, y más concretamente en los dormitorios (el espacio privado por excelencia), se forma una red de espacios privados conectados que traspasa el umbral y pasa a ser espacio público. Es la potencia del «cuarto propio conectado». Lo que fueron los «garajes» pre-Silicon Valley respecto a la revolución tecnológica lo serían los cuartos propios conectados respecto a la revolución de la esfera público-privada.

Lo privado se funde literalmente con lo público. Economía y política se funden también. Lo político se incrementa. El kit del luchador y el papel de las vanguardias cambian. La implicación personal y crítica es más necesaria que nunca.

El propósito de este artículo es preguntarse cómo se expresa todo esto en una Red ingobernable incluso para aquellos que han escrito su código, y ambigua por naturaleza. Y vamos a hacerlo al hilo de cuatro experiencias: WikiLeaks, Anonymous, Hacktivistas y La cena del miedo.

WikiLeaks

El 28 de noviembre de 2010, WikiLeaks filtra a la prensa internacional (The Guardian, The New York Times, Le Monde, El País y Der Spiegel) una colección de 251.187 cables o comunicaciones entre el Departamento de Estado estadounidense y sus embajadas por todo el mundo. Es la mayor filtración de documentos secretos de la historia, que afectan a un gran número de países, entre ellos España.

Coincidiendo con la filtración de los cables, WikiLeaks empieza a sufrir un ataque distribuido de denegación de servicio (DDoS). El hacker de alias Jester («bufón» en español) dice en su Twitter que es el responsable del ataque. Para eludirlo, el 30 de noviembre WikiLeaks se traslada a los servidores de Amazon EC2, de computación en la nube.

El 1 de diciembre Amazon, ante las presiones del senador estadounidense Joe Lieberman, deja de dar servicio a WikiLeaks, lo cual en la práctica supone eliminar su existencia en Internet, o al menos intentarlo.

El día 2 de diciembre EveryDNS, empresa proveedora de nombres en Internet, rescinde su contrato con WikiLeaks, lo que supone borrarle el nombre. A las pocas horas, WikiLeaks encuentra refugio en un servidor francés que el Partido Pirata suizo tiene contratado con la empresa OVH, y el 3 de diciembre vuelve a estar accesible bajo el dominio wikileaks.ch, su nuevo nombre, también propiedad del Partido Pirata suizo.

El ministro francés de Industria, Energía y Economía Digital, Eric Besson, pide a OVH que corte el servicio a WikiLeaks. OVH se dirige a los tribunales para que aclaren la legalidad o ilegalidad de WikiLeaks, pero los tribunales dicen que no es competencia suya. Todo esto el mismo 3 de diciembre. Ese mismo día se lleva a cabo una reforma de ley en Estados Unidos conocida como el Acta SHIELD (Securing Human Intelligence and Enforcing Lawful Dissemination), una modificación del Acta de espionaje que prohíbe la publicación de información clasificada sobre secretos cifrados o comunicaciones internacionales de inteligencia.

El día 4 de diciembre PayPal cancela la cuenta con la que WikiLeaks obtenía donaciones: aduce que no están permitidas «actividades que defiendan, promuevan, faciliten o induzcan a otros a participar en actividades ilegales». Mientras tanto, simpatizantes no coordinados entre sí han creado más de mil espejos (mirrors, copias en Internet) de WikiLeaks para garantizar su existencia.

El 6 de diciembre, MasterCard retira su sistema como medio de donaciones a WikiLeaks. Ese día, el banco suizo PostFinance también le bloquea la posibilidad de donaciones o pagos. El 7 de diciembre Visa le retira la capacidad de hacer donaciones o pagos.

A todo esto, la opinión pública se echa las manos a la cabeza: los cables filtrados por WikiLeaks muestran que los gobiernos gobiernan a base de secretos, con graves ocultamientos a la ciudadanía. La respuesta de los gobiernos es aliarse con los gigantes económicos y tumbar su web sin ninguna orden judicial. Esto supone un ataque tan grande a la libertad de expresión que hace tambalearse todo el estado de derecho. Lo que está en juego en esta guerra es la libertad de información y, por extensión, la libertad de expresión y la propia democracia. El debate, si es que lo hay, se sitúa en si la libertad de expresión tendría que tener algún límite en aras de la seguridad.

Periodismo postpolítico

Este análisis, siendo muy justo y razonable, no deja de ser curioso. Periodismo de investigación y filtraciones ha habido desde que la prensa es prensa. Escándalos por corrupción, lo mismo. Además, los cables no revelan verdaderos secretos ni ponen en riesgo la seguridad. Solo confirman con pruebas tangibles lo que la opinión pública ya sospechaba de antemano. Y, por otra parte, el fenómeno WikiLeaks no puede atribuirse solo a los efectos de hacer pública una información oculta, ya que por ejemplo respecto a la crisis financiera siempre hemos sabido cómo y por qué se desencadenó, sin que ello haya tenido los mismos efectos. Entonces ¿cuál es la singularidad de WikiLeaks?

Aunque WikiLeaks comparte características con los periódicos, no es exactamente lo mismo que un papel de periódico pegado en Internet. El dispositivo «prensa», tal como lo conocemos hoy, surgió muy ligado a unas formas concretas de democracia.

David de Ugarte habla de ello en El poder de las redes:[3]

Es difícil entender hoy el cambio que supusieron las agencias de noticias para la democracia. Al principio la novedad consistió en que permitieron incorporar noticias nacionales y globales a la prensa local en un momento en que la alfabetización crecía tanto por necesidades productivas (las máquinas requerían cada vez más habilidades de manejo de los obreros) como por la acción educativa del propio movimiento sindical y asociativo. Pero al incorporar a la prensa popular (y no solo a la «burguesa», inaccesible para la mayoría de las personas tanto por sus costes como por su lenguaje) asuntos nacionales e internacionales, hasta entonces reducto de las cancillerías y la élite, la política exterior y «de Estado» pasó a formar parte de aquello sobre lo que cualquier ciudadano medio, independientemente de su clase social, tenía una opinión. Los argumentos del sufragio censitario se hacían obsoletos porque la información y la opinión abarcaban ahora al conjunto de la ciudadanía.

No hay más que mirar las secciones de un periódico (internacional, nacional, local, etcétera), las líneas editoriales (izquierda, derecha, centro) y los contenidos (mezcla de información, opinión y propaganda) para ver que son un calco de la distribución de poder del viejo mundo capitalista y sus democracias. Pero WikiLeaks es transnacional. No se ajusta bien a las casillas de izquierda y derecha. Desafía tanto a los Estados Unidos como a los enemigos de los Estados Unidos. Con sus filtraciones no pretende tumbar a un gobierno para colocar a otro más afín a su línea política. Y filtra información, pero no la analiza. WikiLeaks no es simplemente lo antiguo que se recicla para usar Internet como un amplificador. Es una nueva constelación que vuelve locas a las viejas brújulas.

Felix Stalder, en «Por qué las instituciones sufren para conservar sus secretos»,[4] a propósito de WikiLeaks, expone cómo están cambiando las estructuras mediáticas:

La desregulación de los medios de comunicación y la concentración de los grupos de prensa y de comunicación han participado en el declive del espacio público en tanto arena democrática. Las presiones, tanto económicas como políticas, han llevado a las redacciones a privilegiar las informaciones livianas (soft news), centradas en los modos de vida o dándole importancia a los comentarios, en detrimento de las investigaciones sobres los asuntos públicos. [...] Los blogs y el «periodismo ciudadano» aparecieron durante un tiempo como el relevo de estructuras mediáticas obsoletas. Aunque el cambio anunciado no se ha producido, la esfera pública experimenta, sin embargo, una lenta transformación. Actores diferentes surgen y enriquecen la oferta. Los riesgos jurídicos inherentes a la difusión de contenidos sensibles se subcontratan: uno no revela por sí mismo una información peligrosa, pero analiza la que revela uno y otro sitio. [...] La producción de las investigaciones periodísticas se reorganiza, y encuentra así un nuevo aliento, sobre todo porque, desde hace poco, goza de nuevas fuentes de financiamiento. [...] En este esquema, las diversas tareas que caracterizan al periodista de investigación −la protección de las fuentes, la búsqueda documentaria, la recolección, el recorte y la puesta en perspectiva de informaciones, la ayuda para la comprensión y la difusión− están repartidas entre varios asociados con modelos económicos diferentes (empresa comercial, asociación sin ánimo de lucro, redes) que trabajan juntos para hacer llegar la historia a la esfera pública.

Contrainformación en el siglo xxi

Cuando pregunto sobre si WikiLeaks está ocupando el espacio de la contrainformación, txarlie, hacktivista, hace el siguiente análisis:

A finales de los noventa la comunicación pública estaba controlada por los medios de comunicación, que no eran ni la mitad de los actuales. Un periodismo cerrado e inaccesible que creaba un silencio en torno a los discursos y las prácticas de cualquier altermundismo. En ese caldo de cultivo nacen Nodo50 y posteriormente la red Indymedia, que intentan suplir ese déficit mediante activismo y tecnología: «Don’t hate the media, be the media».

En el 2003 estalla la revolución blogger, especialmente gracias a Blogspot. Cualquiera en Internet puede (en aquel momento parecía más bien debe) tener un blog. Comienza la crisis del periodismo y la saturación de información. Los Indymedia y similares sobreviven de la misma forma que los periódicos, gracias a sus usuarios históricos. En esta era, el problema ya no es llevar tu voz, sino ser capaz de tener el impacto mediático.

Más o menos en 2006 más de la mitad de los blogs han cerrado. Es lógico: los blogs son una herramienta para el que escribe, no una necesidad real de la audiencia. Si no tienes nada que escribir, ¿qué sentido tiene tener un blog? Arranca el concepto de periodismo ciudadano: no esperes a que llegue un periódico, cuéntalo tú. Portales como meneame.net surgen para intentar cribar entre tantos contenidos ciudadanos. Ese año nace WikiLeaks, porque saben que hay secretos que no pueden ponerse en un blog. Necesitan un espacio no tan cerrado como cryptome.org (la red de revelación de secretos más antigua) y donde una vez filtrado un material los «periodistas ciudadanos» puedan analizarlo y comentarlo.

Nos vamos a 2008. Los medios llegan tarde y encuentran en los meneame.net la fuente para rellenar noticias a base de contratar becarios. Además, se hacen muy permeables a las acciones o campañas de los movimientos sociales, aunque con un discurso pobre, infantilizando cualquier contenido. Sin embargo el internauta estaba en otro sitio. Ya tiene cuenta en Facebook y experimenta con Twitter. La información corre de boca en boca, o de muro en muro o de twitt en twitt. Para estar informado solo tienes que mirar tu página, y lo importante es quién es tu «amigo» o a quién «sigues». WikiLeaks comienza a publicar las primeras filtraciones importantes e incluso reciben su primera orden judicial de cierre, que les hace famosos ante la mayoría de los hacktivistas de todo el mundo.

En el año 2010 se abre la era open disclosure, un fenómeno basado en dos potencias: la incapacidad de realizar una censura efectiva en un mundo digital y el efecto Streisand. WikiLeaks las conoce y las potencia. Sabe que Amazon no es un sitio seguro como hosting, aunque no tiene pruebas de ello. Por eso lo usa, para que Amazon elija su bando. Los bancos no son simples intermediarios y Suiza es famosa por defender a sus clientes, aunque sean criminales. Por eso la cuenta de Assange tiene que estar ahí. Quiere verificar si le van a cerrar la cuenta, y lo hacen. Ahora Suiza ya no es famosa por defender a sus clientes, sino por defender criminales.

La resistencia ante esto tiene que ser doble: por un lado hosting con orientación política (o respeto escrupuloso de la ley, que también es política), por el otro cientos de mirrors (espejos) semidomésticos. El problema es que los medios de contrainformación tradicional en estos cuatro años no han demostrado que les interese WikiLeaks. Igual que los medios tradicionales.

La contrainformación hoy es publicar aquello que van a querer ocultar y poder analizarlo para que la ciudadanía lo entienda. Los colectivos no necesitan de un Indymedia para decir lo que hacen. Para eso ya están los blogs. Como estrategia para ganar visibilidad, el modelo portal está en claro retroceso.

La gente no se va a leer los cables enteros, de igual forma que no se van a leer la Ley de Economía Sostenible entera. No es problema. Si no puedes ser WikiLeaks, tienes que ser un intermediario que sea capaz de destacar información y llevarla a la ciudadanía. Esa es la contrainformación del siglo xxi. O revelas secretos o los analizas. WikiLeaks no necesita de los portales de contrainformación. Es al revés. Nodo50, Kaos en la Red, Rebelión, LaHaine, A las Barricadas, Klinamen, Insurgente, etcétera, tienen que leer los cables, darles contexto y generar discurso. Ya no pueden ser un simple hub (concentrador) de todo un movimiento que ni existe ni avanza unido. No necesitamos portales, necesitamos analistas. Y, además, analistas que sean capaces de complejizar y no infantilizar. Mensajes claros pero profundos. Si no tienes información interesante, estás fuera.

Atendiendo a la abundancia del bien inmaterial «información», txarlie saca del kit del luchador los portales de contrainformación clásica y mete la capacidad de hacer análisis complejos no infantilizados.

Confusión deliberada

En el viejo mundo capitalista la libertad de prensa es un derecho garantizado. En la nueva esfera público-privada online todavía no hay ningún derecho reconocido. Esta indefinición permite dislocar el sistema con sus propios mecanismos: enrocarse en el derecho a la libertad de prensa para denunciar la violación de este derecho.

Una estrategia así de ambigua no puede tener éxito si se reivindica como antisistema. En WikiLeaks no hay nada antisistema, aunque sea una bomba para el sistema. Su meta es profundizar la libertad de expresión. Su programa es liberal: no importan las ideas, sino la libertad para expresarlas (aunque en WikiLeaks no se expresan ideas). Su aparataje es mainstream (Amazon, PayPal, Visa, MasterCard, banca suiza, etcétera). Sus alianzas son grandes grupos de comunicación (The Guardian, The New York Times, Le Monde, El País y Der Spiegel)…

La paradoja de desafiar el sistema operativo del viejo capitalismo democrático jugando con sus propias reglas se proyecta en la propia personalidad escurridiza de Julian Assange: un personaje que mola y no mola a la vez, que pagará con un coste personal muy alto su osadía y que condensa en primera persona todo lo que, desde la vieja lógica, solo puede verse como contradicción: ¿Tenemos que defender a un tipo que se enfrenta a una acusación de violación? ¿WikiLeaks puede exigir transparencia operando desde el secreto? ¿Por qué se alía (quizás buscando denuncia, quizás buscando autoprotección) con periódicos que forman parte de las tramas de poder que quiere denunciar y les brinda el negocio de las exclusivas? ¿Tenemos que apoyar un proyecto centralizado y personalista que distorsiona el carácter descentralizado y colaborativo de Internet?

Julian Assange mete en el kit del luchador el anonimato en primera persona.[5] Anonimato en tanto que no sabemos si es héroe o demonio; y en primera persona en tanto que se expone en un primerísimo plano bajo los focos y así protege y oculta lo que hay detrás.

Dispositivos inacabados

¿Tiene sentido jugarse el físico por filtrar información, así en general, y «nada más»?

Recapitulando lo expuesto hasta ahora tendríamos que: la prensa puso la política al alcance del ciudadano. Posteriormente, con su desregulación y su concentración ha participado en el declive del espacio público en tanto que arena democrática. La investigación periodística se está reorganizando hacia un modelo en el que las tareas se reparten entre nodos que cooperan (pero no necesariamente coordinados) para hacer llegar la información a la esfera pública. La gente no se va a leer los cables enteros. No es problema. Si no puedes ser WikiLeaks tienes que ser un intermediario capaz de destacar información y llevarla a la ciudadanía. Esa es la contrainformación del siglo xxi.

Es de suponer que WikiLeaks no es un autómata, que analiza qué cables filtrar, en qué momento… Es de suponer que sus análisis estén impregnados de una política. Pero esta política no es explícita. WikiLeaks apuesta por un dispositivo inacabado cuyo sentido tiene que ser completado por otros nodos de la red. Como dispositivo inacabado, sus promotores renuncian al control (curioso dispositivo: muy personalista y centralizado y a la vez cede parte del control). Ofrece acceso neutral (igual a izquierdas y derechas) a un bien inmaterial abundante: la información. Como información inacabada que es, distintas redes pueden construir distintos (y antagónicos) significados para los cables. WikiLeaks me ofrece algo que puedo añadir a lo mío sin que lo mío deje de ser lo mío. Hace abundante la información. Contribuye al común renunciando al control. Y cuanto más se renuncia al control, más común es lo común.

Insisto: ¿es eso una locura? ¿Qué grupo de acción política haría una cosa semejante, tan política pero tan poco explícita?

A pesar de su centralismo, WikiLeaks es una tremenda apuesta por la Red. Ofrece un modelo que puede proliferar: WikiLeaks locales, WikiLeaks temáticos… Evidencia la importancia de los conocimientos técnicos y de los saberes profesionales, desde periodistas o matemáticos hasta el soldado Bradley Manning. Interpela el papel de las vanguardias y saca del kit del luchador los discursos totalmente plenos y acabados y el miedo a perder el control.

WikiLeaks presupone inteligencia y autonomía en los nodos, y los nodos han apoyado a WikLeaks de dos maneras: con la creación de mirrors y con ataques a los que le han atacado. Cada solidaridad, a su vez, es una acción inacabada que tomará sentido según la red por la que transite.

Anonymous

El 6 de diciembre de 2010, en defensa de WikiLeaks, Anonymous lanza una Operation Payback (un ciberataque Operación Venganza) contra PostFinance y PayPal por su bloqueo a las cuentas de WikiLeaks. Anonymous explica que la #payback es contra las leyes del ACTA (Anti-Counterfeiting Trade Agreement o «Acuerdo Comercial Anti-Falsificación»), la censura en Internet y el copyright. WikiLeaks manifiesta que no está ni a favor ni en contra de los ataques cibernéticos en su defensa, pero que estos son la expresión de una parte de la opinión pública.

El 9 de diciembre Twitter cancela la cuenta de Anonymous y Facebook elimina la página de la Operation Payback. El 10 de diciembre Anonymous modifica su estrategia de ataques a las corporaciones que han bloqueado a WikiLeaks y, en su lucha digital para proteger la libertad de información en Internet, decide centrar sus esfuerzos en divulgar las filtraciones.

Discurso genérico

¿Cuál es el programa que organiza las acciones de Anonymous? Lo exponen en su famosa carta:

Anonymous no es siempre el mismo grupo de personas. […] Anonymous es una idea viva. Anonymous es una idea que puede ser editada, actualizada o cambiada a su antojo. No somos una organización terrorista como quieren hacerle creer los gobiernos, los demagogos y los medios de comunicación. En este momento Anonymous está centrado en una campaña pacífica para la Libertad de Expresión. Le pedimos al mundo que nos apoye, no por nosotros, sino por su propio beneficio. Cuando los gobiernos controlan la libertad, le están controlando a usted. Internet es el último bastión de la libertad en este mundo en constante evolución técnica. Internet es capaz de conectar a todos. Cuando estamos conectados somos fuertes. Cuando somos fuertes, tenemos el poder. Cuando tenemos el poder somos capaces de hacer lo imposible. Es por esto que el gobierno se está movilizando contra WikiLeaks. Esto es lo que temen. Nunca se olvide de esto: temen nuestro poder cuando nos unimos.

El mensaje es simple: libertad de expresión. ¿Demasiado simple?

WikiLeaks define así su misión: The broader principles on which our work is based are the defence of freedom of speech and media publishing, the improvement of our common historical record and the support of the rights of all people to create new history. We derive these principles from the Universal Declaration of Human Rights.

Y Hacktivistas se autodefine como un espacio para coordinar nuestras acciones a nivel global, debatir estrategias, compartir recursos y sincronizar movimientos de creación y resistencia hacia una sociedad libre con unas tecnologías libres.

«Libertad» es la palabra comodín que circula por unos y otros espacios. Una palabra clave genérica, pero quizás está todo tan claro que no se necesita más. En el lenguaje, los distintos grupos no parecen esforzarse mucho en desmarcarse unos de otros, a pesar de lo cual no hay hada de genérico. Cada experiencia es singular. Hay diferencias, pero no hay bloques.

¿Es más importante lo que se hace y cómo se hace que las palabras que se usan para hablar sobre ello? ¿El uso de palabras genéricas, comodín, sin marca (porque tienen todas las marcas) y por tanto anónimas («derechos humanos», «todos», «gobiernos», «libertad de expresión», «protesta pacífica», «sociedad libre», «desobediencia civil»…) es una manera de sortear la crisis de palabras?[6]

Estas experiencias meten en el kit del luchador unas pocas palabras genéricas de uso común y sacan el lenguaje identitario con el que las líneas políticas buscan desmarcarse unas de otras.

Dinámicas de botellón

En su carta, los Anonymous añaden: Nuestro pasado no es nuestro presente. Estamos aquí para luchar por todos. En efecto, su pasado no es su presente. Anonymous surge de 4chan.org, un foro orientado a la publicación de imágenes en vez de texto, un sitio en Internet poblado de frikis adictos a las descargas de películas, los videojuegos, los cómics y las charlas por IRC que ha sido calificado por algún medio como «la máquina del odio de Internet», llena de «hackers con esteroides» y «terroristas caseros» no solo por sus bromas y humor negro sino también por sus ciberataques. En esta subcultura bizarra y oscura, cuya actividad raya lo ilegal y lo socialmente reprobable y para la que no hay nada sagrado o prohibido (salvo la pornografía infantil), se va «enjambrando» gente que para defender la libertad en Internet necesita espacios temporales cambiantes donde ser completamente anónimos. Son los anon.

A finales de 2007, mediante un vídeo los anon convocan un ataque a las webs de la Iglesia de la Cienciología, que estaba arruinando a una familia que se había salido de la secta. ¿Por qué van contra la Iglesia de la Cienciología? Porque, al no tener asambleas, su mejor herramienta para generar consensos es utilizar el consenso social ya establecido. Y, desde entonces, persiguen abusos de poder.

Anonymous no es una organización, no tiene estructura ni dirigentes. Es solo gente que actúa a su aire, desde su cuarto propio conectado, aunque a veces también autoconvocan acciones en la calle, como la protesta en Madrid en la última gala de la entrega de los premios Goya (2011).

Sabemos mucho sobre cómo se organiza la gente cuando hay estabilidad. Pero ¿qué pasa cuando gran parte de la sociedad se convierte en un cúmulo de dispersiones de individuos móviles en espacios anónimos? ¿Cómo podemos comprender ahí la autoorganización?

Una de las respuestas es el swarm (enjambre). El swarming es una forma de autoorganización en tiempo real: personas y grupos que coordinan espontáneamente sus acciones sin darse ni recibir órdenes. Se trata de un patrón de ataque: unidades dispersas de una red de pequeñas fuerzas (y quizás algunas grandes) convergen en un mismo blanco desde direcciones múltiples. El objetivo primordial consiste en mantener presión sostenida. Las redes de swarm deben ser capaces de unirse rápida y ágilmente contra un mismo objetivo (nodos autónomos e inteligentes), y después romperse y dispersarse, pero quedar preparadas para reagruparse y emprender una nueva presión. Es una autoorganización en tiempo real que parece surgir de la nada, pero que es reconocible porque se mueve de una forma más o menos rítmica.

En la Indianopedia de Las Indias Electrónicas se diferencia entre guerra, el paradigma de la lucha militante, y swarming, la forma específica del conflicto en la nueva esfera público-privada: multiagente y multicanal, y asociado a formas de resistencia civil más o menos no violenta.

Para los estudiosos de este patrón y para las interpretaciones mercantiles, los elementos clave del swarm son la comunicación y la información. Los teléfonos móviles e Internet permiten generar redes de contacto casi instantáneas, y tanto las redes sociales como los blogs han facilitado este proceso enormemente. Información y comunicación serían las claves de estas «dinámicas de botellón».

El swarming mete en el kit del luchador la conectividad alta, el entrenamiento para mantener microcomunicaciones asiduas, y la acción ágil en tiempo real.

Autoorganización en tiempo real

Pero para otros pensadores, más filósofos o políticos, información y comunicación por sí solas nunca podrán hacer swarming si no hay otros dos elementos más: un horizonte compartido y el intercambio de acontecimientos y de afecto.

El horizonte compartido (estético, ético, filosófico y/o metafísico) da a los que hacen swarming la capacidad de reconocerse entre sí como pertenecientes al mismo universo referencial, aunque estén dispersos y sean móviles. Es algo así como una «creación de mundos».

Y el intercambio de acontecimientos y de afecto es un flujo que va lanzando todo el tiempo pistas que, aunque cambian constantemente, al ser reinterpretadas permiten orientar la actuación en el mundo compartido.

Así, la diferencia entre autoorganización en tiempo real y la actividad de las grandes empresas que luchan por crear mundos de percepción estética y afecto dirigidos a productores y consumidores, con el objetivo de reunirlos en lo que aparentemente son unas comunidades coordinadas bajo las condiciones dispersas de la vida contemporánea no estribaría tanto en la capacidad de informar y comunicar, sino en la potencia que tiene la autoorganización de crear mundos mejores, más ricos y extensos, mundos con impulso expansivo que caminan al encuentro de amigos que aún no conocen, que buscan nuevas relaciones no instrumentales, que van en busca de la alteridad para anudar el lazo que aún no existe.

Si esto es así, sería crucial pensar de qué está hecho un horizonte compartido. ¿De estéticas? ¿De ideas? ¿De narraciones? ¿De imágenes? ¿De palabras? ¿De anonimato? Habría que fijarse en qué horizontes se están proyectando desde las luchas, y si estos pueden ser verdaderamente compartidos. La libertad, ese comodín genérico, está resultando ser un buen horizonte compartido.

Pero tenemos otra pregunta: ¿cómo se hace un horizonte compartido? Para algunos autores (filósofos o políticos) un horizonte compartido se construye paciente y deliberadamente con el tiempo. Puede ser cierto, pero el tránsito que va desde 4chan hasta Anonymous ¿es una construcción paciente y deliberada? ¿De quién? ¿Qué vanguardia se metería en 4chan (no como mirones sino como verdaderos anon) solo por ver si esta construcción tiene lugar? ¿Alguien estaba construyendo el swarming 11-M paciente y deliberadamente? ¿Todos lo estábamos haciendo? ¿Cómo?

A estas alturas está claro que las acciones de los anon son políticas: denuncia, escrache, ataque a los que niegan las libertades. Constatar esta evidencia no tiene ningún mérito. Pero imaginemos 4chan hace unos años. ¿Quién, desde lo político, habría dado dos duros por ese foro? Para valorar de veras, y no solo instrumentalmente como espacios receptores de propaganda, esas dinámicas de botellón, de enjambre, tan ambiguas, oscuras y en parte reprobables, hay que estar dispuesto a participar de un horizonte común poblado de amigos indeseables o, como dicen otros, de alianzas monstruosas.

Anonymous mete en el kit del luchador las dinámicas de botellón y ¿saca las dinámicas asamblearias?

Alianzas monstruosas

En un blog de rpp.com.pe, alguien que dice haber estado en Anonymous escribe:

Los anonymous dicen que están luchando por la libertad en Internet, hecho que apoyo desde este blog. Sin embargo, yo sé que detrás de toda esta lucha la motivación real es hacer algo «épico», inspirado en películas como El club de la lucha o V de vendetta. Me parece que los anonymous se ven a sí mismos como los antihéroes del mundo cibernético.

Y aunque muchos piensen que los cómics, las series de televisión, las películas de ciencia ficción son cosas de niños, presten más atención, porque detrás de todo esto hay una gran carga política, la cual pregona la lucha por la libertad.

Los anonymous no son los chicos buenos de la película. Como en el Club de la lucha, siguen sus vidas normales pero tienen otra vida oculta, en la que luchan desde la oscuridad. Es gente que muy a pesar de estar batallando a favor de un ideal, en el fondo se están divirtiendo más que nadie con todo esto. Es como la película que siempre quisieron vivir, ahora son más fuertes que hace años y, lo más importante, los medios les estamos prestando atención a sus acciones.

¡La industria del entretenimiento produciendo cómics, series de televisión y películas comerciales cuyas imágenes son reapropiadas para la lucha en contra de la propia industria! ¡Los anon enmascarados con la V de vendetta desgañitándose en la entrega de los Goya contra la industria cinematográfica!

Leónidas Martín Saura se ha interesado por la potencia subversiva de las imágenes que produce la propia industria del entretenimiento: películas, videoclips, anuncios publicitarios…

Según Martín Saura, hay acontecimientos que están a medio camino entre la imagen y el activismo: toman una imagen, la interpretan y actúan en consecuencia. En otras palabras, hacen existir la imagen. En esos acontecimientos, el espectador no es una figura pasiva, sino que toma la imagen como un dispositivo inacabado y la interpreta activamente. No solo la interpreta, sino que la malinterpreta y de esa «malinterpretación» surge una posibilidad de subversión.

Esa subversión pasa por identificarse completamente y sin distancia con algunas de las imágenes cliché que el mercado ofrece, por ejemplo, en películas como Matrix, Avatar o V de vendetta. Esa identificación hace existir la imagen, atraviesa el cliché y sirve para crear efectos de reconocimiento y empatía, y para intercambiar afectos. El uso de esas imágenes aligera la seriedad de la política y trasciende los marcos de referencia clásicos (izquierda y derecha), haciéndolos más abiertos e incluyentes y ampliando el horizonte compartido.

Anonymous tiene amigos indeseables (la industria y sus imágenes épico-masculinas) y eso los convierte a ellos en indeseables (para otros): demasiada turbiedad, demasiadas impurezas, demasiada testosterona. Demasiada confusión entre la gamberrada, la desobediencia civil y el «vandalismo» y los «disturbios» en Internet.

WikiLeaks y Anonymous meten en el kit del luchador la capacidad de alianzas monstruosas (con la prensa sesgada y claudicante, con la industria del cine…), lo cual no significa ofrecer amistad a cualquier indeseable. Cada alianza monstruosa tiene que permitir una «malinterpretación».

Lo político se incrementa

Desde el 23 de diciembre de 2010, en España los ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS) son delito. Pero Anonymous no es España. Y además, más allá de la legalidad está el asunto de la legitimidad. Los que se oponen a este tipo de ataques sostienen argumentos éticos y tácticos: no se debe defender la libertad de expresión atacando la libertad de expresión de otros; los ataques pueden provocar una mayor y peor regulación de Internet, y, sobre todo, criminalizan las causas que pretenden apoyar. La cuestión es dirimir si estos ataques son desobediencia civil o «vandalismo» y «disturbios» en Internet.

A propósito de esta polémica, el 17 de diciembre Richard Stallman publicó en The Guardian un artículo a favor de la legitimidad de estas acciones:

Las protestas de Anonymous en la Red en apoyo a WikiLeaks son el equivalente en Internet de una manifestación multitudinaria. Se trata de gente que busca una forma de protestar en un espacio digital. Internet no puede funcionar si hay multitudes que bloquean las webs, de igual manera que una ciudad no puede funcionar si sus calles están siempre llenas de manifestantes. Pero antes de precipitarse a pedir que castiguen a los que llevan a cabo estas protestas en la Red, hay que plantearse por qué protestan: en Internet, los usuarios no tienen derechos. Como ha demostrado el caso de WikiLeaks, lo que hacemos en la Red, lo hacemos mientras nos lo permiten.

En el mundo físico, tenemos derecho a imprimir y vender libros. Si alguien quiere impedirlo, tiene que acudir a los tribunales. Sin embargo, para montar una web necesitamos adquirir un dominio a una empresa, un proveedor de servicios de Internet y a menudo una compañía de hosting; todas ellas pueden recibir presiones para cerrar nuestra web. En Estados Unidos, ninguna ley regula esta situación precaria. Es más, existen contratos que estipulan que hemos autorizado a estas empresas a funcionar de esta manera como algo habitual. Es como si todos viviéramos en habitaciones alquiladas y los dueños pudieran desahuciarnos en cualquier momento.

El hilo argumental de Stallman es muy claro: en Internet no hay derechos ni garantías. Estamos en precario. Esto es lo que ha demostrado el caso WikiLeaks. Si un día PayPal decide cortar su contrato con Wikipedia, por poner un ejemplo, ya no podremos dar dinero a ese proyecto: lo que hacemos en la Red, lo hacemos mientras nos lo permiten.

Además, Stallman argumenta que es un error denominar [a estas acciones] hacking (un juego de inteligencia y habilidad) o cracking (penetrar sistemas de seguridad). Tampoco se puede denominar a estas protestas como ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS).

Para comprender por qué Stallman niega que estas acciones sean ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS) tendríamos que entrar en detalles técnicos muy relevantes sobre qué hacen exactamente los anon desde sus cuartos propios conectados. Richard Stallman mete en el kit del luchador los conocimientos técnicos precisos y el detalle, ambos imprescindibles para comprender una acción (y argumentar a favor o en contra) cuando esta está mediada por la tecnología.

El plan B

El asunto WikiLeaks es una película sobre cómo funcionan las cosas en Internet cuando hay estado de excepción: como en Internet no hay derechos, lo que hacemos lo hacemos mientras nos lo permiten (Amazon, EveryDNS, Visa, MasterCard, PayPal…, más los respectivos gobiernos).

La apuesta decidida de parte de la industria por la Web 2.0 (Google, Youtube, Facebook, Twitter, etcétera) ha creado la ficción de que lo que hacemos ahora está garantizado. Falso. Está habiendo y habrá más estados de excepción. En los estados de excepción toman valor el software libre y las empresas con orientación política (o con neutralidad política, lo cual ya es una orientación).

Es recurrente el debate sobre si se debería crear una Web 2.0 alternativa. Mi opinión es que no, puesto que la Web 2.0 no opera en la excepción sino en la normalidad (mezcla de distintos intereses políticos, industriales y sociales, muchas veces en alianzas monstruosas entre distintas formas de poder y distintos agenciamientos de emancipación y construcción subjetiva). En la normalidad no tiene sentido un Facebook alternativo sino un Facebook tal y como es: dispositivo inacabado, impuro, anonimato en primera persona, etcétera.

Pero tener ascensor en la vivienda y usarlo con normalidad no significa eliminar la escalera, que está para las excepciones (apagones, incendios…). El software libre y las empresas con orientación política son la escalera: algo que hay que cuidar y mantener en buen estado por si acaso, sabiendo que el «por si acaso» tarde o temprano llegará.

El gobierno de Egipto no apagó WikiLeaks: ¡apagó Internet entera! ¿Y qué hicieron los hackers activistas? Si en Egipto hay teléfono, pensaron, sigue habiendo posibilidad de conectarse por módem (como se hacía antes de la ADSL). Los teléfonos modernos pueden funcionar como módems, pero hay que saber hacerlo. ¿Cómo podemos enseñar a los egipcios a conectarse a Internet por su teléfono móvil si no tenemos Internet para explicárselo? Por fax. Vamos a enviar fax masivos, indiscriminados, a todos los faxes de Egipto posibles. Como tirar una octavilla, solo que llega a los faxes. ¿Y adónde se van a conectar con sus móviles? A unos servidores que hemos montado específicamente para esto, y que hemos convertido en proveedores de Internet. Pero las conexiones por teléfono tienen poco ancho de banda. ¿Van a servir para algo? Sí, si en lugar de utilizar entornos gráficos volvemos a la línea de comandos. Vamos a poner también en los fax las instrucciones para chatear por línea de comandos. Ellos que nos digan por chat qué está pasando. Nosotros difundiremos eso y les explicaremos qué está pasando fuera. ¿Y no habrá represión? Anonimizaremos estas conexiones para que no pueda haberla.

Hackers activistas de todo el mundo pudieron montar en tiempo real este dispositivo de emergencia porque tienen cuatro cosas: conocimientos, recursos, autoorganización en tiempo real y un horizonte compartido.

Los hackers activistas meten en el kit del luchador el software libre, el conocimiento para aplicarlo, los recursos para implantarlo, todas las tecnologías habidas y por haber, por obsoletas que parezcan, la creatividad en tiempo real para combinarlo todo y un horizonte compartido que incluye a todos (en este caso a todos los egipcios), aunque alguno de ese «todos» sea indeseable.

Pero los conocimientos y los recursos no caen del cielo. Cuestan tiempo, dinero y voluntad. Muchos hackers activistas, como opción a su propia precariedad, están montado «empresas» con orientación política. Como ejemplos, guifi.net, lorea.org y oiga.me.

Empresas con orientación política

Guifi.net es una red de telecomunicaciones pública formada mediante la agregación de tramos de red propiedad de sus usuarios. Es una infraestructura pública de titularidad privada y operación compartida que se ha constituido en operadora de telecomunicaciones. Guifi.net es el plan B para tener «Internet privada» si hay un apagón de Internet. Quizás en España no ocurra nunca, pero eso no quita valor a guifi.net, que ensaya un modelo económico distribuido de propiedad sobre la infraestructura de telecomunicaciones y está acumulando una gran cantidad de conocimientos técnicos, organizativos, legales y operativos que se pueden transferir a lugares donde el apagón es más probable. Si vives en un ático, aunque no entiendas bien bien para qué, plantéate contactar con guifi.net y financiar e instalar una antena.

Lorea.org se autodefine como un semillero de redes sociales sobre un campo de experimentación federado. Su objetivo es crear una organización nodal distribuida, federada y segura. Es un proyecto militante, sin ánimo de lucro, que trabaja en la confección de algo tipo Facebook pero con seguridad en las comunicaciones (encriptación para evitar escuchas) y distribuido en semillas federadas (cada grupo gestiona su semilla en su propio servidor, pero todas las semillas se autoconectan en una red más grande). Lorea.org ya es operativa, aunque su desarrollo continúa (no tan rápido como sería de desear debido a la falta de recursos). Como es un software libre y distribuido, en sí mismo es como un Facebook en red. Lorea.org como software y guifi.net como hardware proporcionarían un plan B bastante confortable en caso de apagón de Internet. Si perteneces a un colectivo, plantéate aprender a usar Lorea como medio de comunicación interno-externo y ofrecerle apoyo económico.

Oiga.me es una una plataforma para la comunicación directa de la ciudadanía con sus representantes. Ahora, cuando una entidad organiza una campaña de presión, recoge firmas o adhesiones en un formulario ya cerrado, «acumula» las firmas (la fuerza, la representatividad) y con esa acumulación se presenta ante su oponente. Oiga.me quiere cambiar este modelo: alguien propone una campaña pero el dispositivo no le va a permitir «acumular» la representatividad ni tener la hegemonía del discurso, ya que cada persona enviará su protesta directamente a los oponentes y la escribirá y formulará con sus propias palabras y argumentaciones, es decir, cada persona tendrá que terminar de definir la campaña. Con oiga.me, la asociación aLabs quiere reutilizar la experiencia colectiva del activismo hacker y ofrecerla como servicio para una participación ciudadana directa. En la actualidad, el modelo técnico-social está en fase de definición. Está por ver si las entidades que organizan campañas aceptarán contribuir y financiar este modelo inacabado que les propone renunciar a parte del control. ¿Hasta qué punto oiga.me tiene que ser un dispositivo inacabado? La nueva esfera público-privada que se forma por la conexión de los cuartos propios, ¿en qué cambia el modelo «campaña política»? Si perteneces a una asociación, plantéate debatir con aLabs el modelo social para oiga.me.

¿Cuál es el valor político de estas «empresas»? ¿Cómo son sostenidas afectiva y económicamente por sus redes naturales? ¿Cuánta devastación (política) supondría su muerte por depresión, falta de viabilidad, dificultades de todo tipo?

Las «empresas» con orientación política no son solo planes B: producen, conservan y difunden el conocimiento técnico; disponen y proveen de recursos físicos y simbólicos; permiten abolir la división entre trabajo y militancia; atesoran conocimiento organizativo y operacional. Son la evolución natural para un hacking activista que se hace mayor. Un magnífico plan A.

WikiLeaks mete en el kit del luchador las empresas con orientación política o con neutralidad política. En su caso, el Partido Pirata sueco y OVH Francia. Pero ¡ojo!, esas empresas no tienen por qué ser forzosamente «empresas» militantes. Ya hemos hablado de alianzas monstruosas entre distintas formas de poder y distintos agenciamientos de emancipación. Cada acontecimiento, cada excepción revelará su quién es quién.

Hacktivistas

Hacktivistas es una plataforma tecnopolítica para el activismo en Internet que surge de la comunidad de hacklabs en el hackmeeting de 2008, justo cuando WikiLeaks filtra un documento del ACTA.

El ACTA es una respuesta de la industria mundial al incremento de los bienes falsificados y obras protegidas por copyright pirateadas en el mercado global. Aunque el ámbito del ACTA es amplio, e incluye desde la falsificación de bienes físicos a la distribución en Internet y las tecnologías de la información, es en Internet donde Hacktivistas (y muchos otros) ven venir el enésimo ataque de las corporaciones mundiales de la industria del entretenimiento a las libertades de acceso a los bienes inmateriales. Y se autoorganizan para absorberlo.

Desde 2007, las negociaciones del ACTA se llevan en secreto, pero se sabe que el objetivo de la industria es que los gobiernos aprueben leyes a su favor. ¿Puede un grupo de chavales pensar que se va a enfrentar con éxito a la gran industria global? Bueno, los chavales no son tontos. Analizan la situación, interpretan el plan del adversario, prevén el curso de los acontecimientos, valoran las fuerzas propias y diseñan una estrategia y una táctica.

¿Qué van a hacer? Sitúan el ámbito de su lucha: España. El gobierno de Zapatero está débil y debe favores al mundo de la cultura, que lo ha posicionado donde está (recordemos el «No a la Guerra»). España va a asumir la presidencia de Europa en el primer semestre de 2010. En primer lugar, se trata de impedir que España apruebe leyes a favor de la industria del entretenimiento antes del 1 de enero de 2010. Y, en segundo lugar, se trata de impedir que España utilice la presidencia europea para colarlas en Europa.

Por estas fechas, aunque unas pocas noticias publicadas en prensa no son suficientes para demostrar esta trama, Hacktivistas tiene la seguridad de haber situado bien su estrategia. Ha sido en diciembre de 2010, con la filtración de los más de doscientos cincuenta mil cables en WikiLeaks, cuando se han hecho públicas las evidencias de que el gobierno de los Estados Unidos ha estado presionando al gobierno español para que aprobara leyes a favor de la industria (una de las cuales ha sido la ley Sinde).

Pero ¿qué podían hacer contra todo esto? Iokese y apardo, hacktivistas, hablando de los inicios, me contaron:

Construimos una red para luchar contra los gigantes. Trazamos un plan a tres años. El plan no era vencer; sabíamos que no podíamos vencer. El plan era que cuando todas estas leyes se aprobaran estuvieran ya totalmente deslegitimadas y listas para la desobediencia social civil masiva. Y empezamos a trabajar como si pudiéramos conseguirlo.

A día de hoy podemos decir que el plan ha sido un éxito: la ley Sinde tumbada varias veces y colada a finales de 2010, totalmente deslegitimada antes de tener un reglamento. Por enmedio, el ministro Molina se tiene que pirar, Xmailer contra Telecom, patadón a Redtel, etcétera.

Naturalmente, esto no se debe exclusivamente a la acción de Hacktivistas. Es la lucha de un movimiento social que cruza de la izquierda a la derecha, y viceversa, y que es capaz de alianzas monstruosas. Iokese y apardo cuentan:

Tuvimos que crear una conexión de confianza fuerte con otras redes estratégicas que nos iban a permitir llegar a donde nosotros no podríamos llegar. Somos buenos para la comunicación, la agitación y la organización de acciones rápidas y potentes. Pero hacen falta interlocutores, negociadores y otro tipo de actores sociales que sean capaces de tocar otras teclas. Nosotros no somos gente para ir a negociar a los ministerios. Para eso hay otros actores que lo pueden hacer mucho mejor. Y confiamos en ellos.

Hacktivismo copyleft

Hacktivistas se autodefine como hacktivismo copyleft. Esto significa abrir el código: en Hacktivistas todo es público y accesible. La plataforma se coordina mediante una lista de correo electrónico a la que cualquier persona, literalmente cualquiera, puede suscribirse. De vez en cuando se celebran reuniones por IRC. En un wiki público se anotan las discusiones y los acuerdos. Con estos recursos online, más el trabajo de los grupos de afinidad y algunos encuentros presenciales, se analiza la situación y se organizan las campañas y las acciones.

Su actividad es incesante. Como muestra, mencionaremos el fake «Si eres legal, eres legal» y el Xmailer contra el paquete Telecom.

En julio de 2008 se publicó en el BOE el concurso para la campaña del Ministerio de Cultura contra las redes P2P «Si eres legal, eres legal», con un presupuesto de 1.948.000 €. La respuesta de Hacktivistas fue un google-bombing, método para colocar una página web en los primeros lugares en Google. Se diseñó una réplica, una página web paralela con contenido veraz y a favor de la cultura libre. Hacktivistas consiguió situar su página muy por encima de la del Ministerio de Cultura, de manera que cuanta más propaganda hacía el ministerio de su lema «Si eres legal, eres legal», más visitas obtenía la página de la contracampaña en defensa de la cultura libre.¡Casi dos millones de euros de dinero público tirados a la basura! La visibilidad y legitimidad de «los ilegales» fue tan grande que el Ministerio de Cultura tuvo que plegarse a un cara a cara argumental, en la prensa mainstream, para dar explicaciones del porqué de su ensañamiento contra esos «ilegales».

El 6 de mayo de 2009 el Parlamento Europeo iba a votar el paquete legislativo conocido como paquete Telecom, pero la presión ciudadana evitó de nuevo la aprobación de las leyes que iban a hacer de Internet otra televisión.

El paquete Telecom es un conjunto de directivas europeas para regular los servicios y redes de comunicaciones electrónicas, es decir, las infraestructuras y aplicaciones necesarias para transportar señales. En 2007 la Comisión presentó una propuesta para modificarlas. Lo que se presentaba como una simple y conveniente homogeneización de las distintas normas y leyes de cada país respecto a las telecomunicaciones e Internet, en realidad era una alianza de tres de los lobbies más fuertes del mundo: el político, el de las telecomunicaciones y el de los derechos de autor, que modelaron el paquete según sus intereses con el objeto de acabar con la neutralidad en la red y con Internet tal y como la conocemos.

Una red neutral es aquella que permite una comunicación de punto a punto independientemente de su contenido. La neutralidad en la Red no es directamente un asunto de privacidad o de censura (aunque al final lo termina siendo), sino de igualdad de oportunidades. Mi operadora de banda ancha me tiene que dar el mismo ancho de banda independientemente del uso que yo le dé, incluyendo si lo uso para descargar P2P.

Una explicación técnica sobre la neutralidad de la Red excede el propósito de este artículo (aunque de nuevo los detalles técnicos son muy relevantes), pero, simplificando, si Internet deja de ser una red neutral eso equivaldría a convertirla en una televisión.

La comunidad internauta europea se movilizó contra el paquete Telecom con una estrategia clara: parar a los europarlamentarios, cada uno a los suyos y todos a los de todos, y hacerles considerar el coste político de aprobar este paquete. Hacktivistas diseñó el software Xmailer, un pequeño código informático compatible con cualquier web que permite rellenar un formulario para enviar un correo electrónico a una lista de destinatarios, en este caso los europarlamentarios.

El poco sectarismo de los internautas, así como el hecho de que puedes poner Xmailer en tu web (algo que puedo añadir a lo mío sin que lo mío deje de ser lo mío), permitió que este dispositivo de comunicación persona a persona (ciudadano a eurodiputado) enviara más de 200.000 correos electrónicos de ciudadanos/as europeos/as a sus máximos representantes en las primeras cuarenta y ocho horas de campaña. Iokese y apardo recuerdan: Los parlamentarios europeos nos decían que dejáramos de enviarles mails, y nosotros les decíamos: «Nosotros no os estamos enviando ningún mail. No somos nosotros, es la gente».

Hacktivistas mandó un mensaje contundente a los lobbies de la industria cultural, a las entidades de gestión y a los políticos españoles y europeos que colaboran en el saqueo de los bienes comunes: El P2P vino para quedarse. Ni siquiera comprendéis el problema al que os enfrentáis. La realidad os pondrá en vuestro sitio, y la caché de Internet recordará siempre vuestras vergüenzas.

Así opera Hacktivistas. Todas sus acciones se anuncian con antelación. Incluso se comunican a la policía. Todo lo que hacen es legal, público y abierto. Sacan del kit del luchador el miedo a ser vigilados y el miedo a abrir el código, y meten la transparencia como estrategia de crecimiento y el hacking a la legalidad como estrategia para evitar la represión y sus consecuencias reactivas.

Libre circulación

Hacktivistas es muy distinto de Anonymous. Hacktivistas es diurno, da la cara, no cruza el filo de la legalidad… Anonymous es nocturno, lleva máscara, pisa el filo de la legalidad… Y sin embargo el recorrido de ida y vuelta entre uno y otro es muy corto, de manera que algunos hacktivistas pueden estar entrando y saliendo de Anonymous y viceversa. Sin coste, sin problemas.

Según Juan Urrutia, una de las características de las redes distribuidas es el bajo coste de la disidencia:[7]

Para ser tu propio dueño has tenido que renunciar a las pautas de tu grupo, las propias de la red a la que perteneces, y abandonarte en la malla de otro, puesto que no hay, dada la ontología presentada, un vacío de redes. [...] Las TIC permiten la generación de una amplia red distribuida que funciona autónomamente pero que, a diferencia de otras identidades colectivas, permite la disidencia a bajo coste con consecuencias interesantes. [...] [En las] redes distribuidas, al ser muy tupidas, las distintas identidades sociales de los subgrupos están muy cercanas y cuesta poco pasarse de una a otra, llegando así a entender a los demás.

Es decir, en una red distribuida ser un disidente de poca monta (de rebajas, dice el autor) tiene un coste muy bajo, debido a que el propio grupo tolera de buen grado la «reinserción» después de la disidencia.

Hacktivistas y Anonymous son muy distintos entre sí, pero hay circulación entre uno y otro. Comparemos esta circulación (que permite el intercambio de acontecimientos y afectos) con la organización de los bloques en las contracumbres: en la manifestación no puedes estar a la vez en el bloque azul y en el bloque rosa. Tienes que elegir. Pero sí puedes estar a la vez en Hacktivistas y en Anonymous, en primer lugar porque la virtualidad es el mundo de la abundancia y en segundo lugar porque está cambiando el significado y la manera de «estar», disminuyendo la importancia de «pertenecer» y aumentando la importancia de «comparecer» (soy anon en tanto que comparezco en el foro, en el IRC, en las operaciones…, no en tanto que pertenezco a un supuesto grupo que en realidad no existe).

Hacktivistas y Anonymous meten en el kit del luchador la disidencia de poca monta. La cuestión estriba en si este «entender a los demás» del que habla Juan Urrutia, efecto del bajo coste de la disidencia, es una debilidad o una fortaleza. (¿Quiénes son los demás? ¿Hasta qué punto hay que entenderlos?).

Podríamos citar muchos casos de colaboración entre discrepantes (e incluso entre adversarios). Por repetido no deja de sorprenderme cada vez que veo en el blog de Enrique Dans un link Hacktivistas, u oigo a amigos hacktivistas aceptar sin problemas que hay gente mejor que ellos para ir a negociar a los ministerios. Horizontes comunes que incluyen amigos indeseables, entre los que circulan acontecimientos y afecto.

La ley Sinde

A finales de 2009 se conocieron las intenciones del gobierno de aprobar la ley Sinde. En este artículo no hay espacio para un análisis de esta ley. Brevemente, su objetivo es permitir que una comisión dependiente del Ministerio de Cultura tenga la potestad de cerrar páginas web que de acuerdo a su propio criterio vulneren los derechos de propiedad intelectual, previa autorización de los Juzgados Centrales de lo Contencioso-Administrativo. El juez autoriza, pero no instruye.

Esta ley, que si se aplicara rigurosamente implicaría el cierre de Google, es una chapuza que confunde enlaces, dominios, P2P, páginas de descargas, etcétera. Evidencia que quienes legislan no tienen ni idea de aquello sobre lo que legislan y ha sido criticada desde todas las esquinas de Internet:

Se trata de una ley sin límites claros, ya que para aplicarla no necesariamente se tiene que probar que ha habido daño, sino que basta con que haya una posibilidad de causar daño (la existencia de enlaces a contenido con copyright, por ejemplo). Invierte la carga de la prueba, ya que si cierran tu web tienes que abrir un proceso en la Audiencia Nacional (el sitio donde se juzga a los terroristas y a los piratas somalíes) para que reabran tu web. No son los que te denuncian los que tienen que demostrar el delito, sino que eres tú el que debes demostrar tu inocencia. Está sobredimensionada: si los contenidos «infractores» no se encuentran en España (porque la empresa de hosting está en otro estado o la persona reside fuera), entonces ¡se podrá bloquear todo el dominio o incluso toda la IP en cuestión!

La Ley Sinde se considera un ataque a las garantías para ejercer la libertad de expresión porque abre la puerta al cierre de webs por vía administrativa (es decir, por un organismo del gobierno) y no por la vía judicial, lo cual vulnera un derecho y una libertad fundamental en España, la libertad de expresión, y supone una bofetada al sistema jurídico español. Por si esto no fuera suficiente, en diciembre de 2010 las filtraciones de WikiLeaks revelaron que se gestó y redactó con fuertes presiones de lobbies estadounidenses representantes de las industrias audiovisuales (es decir, los estudios y las discográficas). Los cables demuestran cómo desde el año 2004 el gobierno norteamericano ha presionado al gobierno español y ha dictado una agenda represiva para que el Ministerio de Cultura acabe con la libertad en Internet en favor de la industria del entretenimiento.

Como tantos y tantos otros, Hacktivistas no ha parado de luchar contra esa ley. Y en la actualidad, una vez aprobada, se ha centrado en divulgar recomendaciones para saltársela, algo factible, ya que la arquitectura de Internet está diseñada para evitar el control: Da igual lo que intenten, siempre habrá una vía para saltarlo.

Autogestión por capas

A la política de la emancipación le gusta mucho la autogestión. Sin embargo, la autogestión total, como ideal al que tender, en una complejidad tan alta como la actual termina ocupando todo el tiempo y consumiendo toda la energía, y colapsa.

Si la autogestión termina por ocupar todos nuestros tiempos de emancipación (algo habitual cuando se busca la coherencia política) de poco vale, porque se hace impracticable. Entonces ¿sería necesario modular la autogestión según cada situación y abandonar el ideal asambleario? ¿Sería emancipador combinar capas de autogestión con capas de delegación? ¿Qué tipo de horizontalidad destilan WikiLeaks, Anonymous, Hacktivistas? ¿Qué tipo de delegación?

En los tres casos parece haber un núcleo (core) que asume la iniciativa, diseña dispositivos inacabados y los libera renunciando, en todo o en parte, al control. Sea como sea, estas experiencias no lanzan las machaconas llamadas a la participación y a la implicación. Diseñan dispositivos en los que la participación va de suyo, que no es lo mismo.

Tal vez el papel de una vanguardia en el nuevo espacio público-privado sea el diseño y la implementación de dispositivos para que otros tomen las decisiones y actúen. Una especie de mandar obedeciendo que renuncia al control, soporta amistades indeseables y cree en la inteligencia y en la autonomía de todos los nodos.

La cena del miedo

A principios de enero de 2011 Amador Fernández-Savater, editor copyleft vinculado a la cultura libre, recibe una invitación de la ministra de Cultura para participar el viernes día 7 de enero en una cena con figuras relevantes de la industria cultural española y charlar sobre la ley Sinde, las descargas P2P y todo eso.

Después de la cena, el 12 de enero publica en uno de tantos blogs lo que vivió, lo que escuchó y lo que pensó esos días. Su conclusión es simple: Es el miedo quien gobierna, el miedo conservador a la crisis de los modelos dominantes, el miedo reactivo a la gente (sobre todo a la gente joven), el miedo a la rebelión de los públicos, a la Red y al futuro desconocido.

El post, titulado La cena del miedo (mi reunión con la ministra González Sinde),14 alcanza una visibilidad inaudita: centenares de comentarios, enlaces, reenvíos, twitteos, retwitteos, meneos, shares… y muchas discusiones y conversaciones por mail y de viva voz, e incluso una respuesta de la ministra en El País unos días más tarde.

¿Qué es lo que funcionó en ese post que cruzó fronteras ideológicas y corporativas, tocó en un punto común a gente de todos los colores políticos y apolíticos y de múltiples perfiles sociológicos, y suscitó una enorme confianza y creencia en la veracidad de la palabra personal? Amador Fernández-Savater, preguntado al respecto, expone algunas claves:

Antes de escribir el post tenía mil dudas. En particular, porque creo que hay amigos que me pedían que les fabricara un arma, un arma para la guerra contra la ley Sinde a la que ellos están entregados en cuerpo y alma (dicho sea de paso, una de las pocas guerras en las que veo a gente implicada en cuerpo y alma).

Pero yo tenía que escribir algo de lo que estuviese satisfecho personalmente y de lo que pudiera hacerme cargo. No me satisface el modelo-denuncia porque es todo lo contrario de esa nueva sensibilidad (crítica) que exploro junto a otros desde el 11-M y que entre otras muchas cosas pasa por: hablar como uno más, como uno cualquiera, para así poder hablar a cualquiera y con cualquiera; rehuir todo lo posible la crítica frontal; hablar en nombre propio, no esconderme detrás de un «nosotros», y no buscar una posición de superioridad sino un problema compartido (incluso, si es posible, con el adversario).

Escribí el texto con esas claves y de ellas resulta un efecto de ambigüedad. Al compartir el borrador algunos amigos me dijeron: «No está claro dónde estás, con quién estás, contra quién estás, a favor de qué estás». Estaba de acuerdo, pero para mí la cuestión era valorar si esa ambigüedad era una debilidad o una fuerza. Así que lo que ha podido funcionar en el texto es paradójico: una posición ambigua, pero firme y determinada.

Los amigos más metidos en la guerra me dijeron que al texto le faltaba concreción. Le faltaba punta. Se iba por las nubes. No desenmascaraba a nadie. Olvidaba denunciar qué hacía allí esa gente reunida en la cena. No gritaba. Pero yo creo que el modelo-denuncia roza peligrosamente la propaganda. Y pensé: Confiemos en la inteligencia de cualquiera. No opongamos propaganda a la propaganda, porque la propaganda en sí misma es embrutecedora (sirva a la causa a la que sirva). No pensemos en el público como un rebaño que hay que azuzar. No desestimemos su capacidad para descifrar e interpretar activamente un texto.

Así que el tono «moderado» del texto no fue para salvar mi culo, sino que yo creo que solo un discurso así puede hoy morder verdaderamente la realidad. Pero esto no es fácil de ver. Yo mismo soy el primero que dudaba. No tenía las cosas claras. Solo un «presentimiento».

Y bueno, desde luego me pregunto qué es hoy un discurso crítico. Daniel Blanchard explica maravillosamente que un discurso crítico es aquel «capaz de imantar, captar, amplificar innumerables voces dispersas», y eso ocurre cuando «el movimiento que lo impulsa entra en resonancia con el movimiento que revela en lo real; es decir, cuando surge y se forma como análogo a la crisis de lo real». Después de publicar el post, los amigos (primero decepcionados) advirtieron enseguida con entusiasmo absoluto cómo el texto estallaba en todas direcciones. Poner un espejo fue más demoledor que «dar caña». Lo que parecía «menos» (crítico) al final fue «más». Lo que parecía menos ruidoso, al final fue más efectivo. Tenemos que repensar y reinventar cómo entramos hoy en resonancia con la crisis de lo real.

Esta valoración del autor no es plenamente aceptada entre sus redes de confianza. Fernández-Savater hace hincapié en compartir un problema con el adversario, que en este caso es el miedo: miedo de la industria a perder sus privilegios y miedo de todos (incluidos los autores) a la incertidumbre económica y la precariedad. Pero otros amigos creen que lo que hizo que tanta gente se reconociera en este post no es tanto ese problema compartido como una división clara entre «ellos» y «nosotros» perfilada con la imagen del búnker: ellos asustados dentro del búnker y un afuera difuso en el que estamos «todos».

En todo caso, la cena del miedo saca del kit del luchador el modelo-denuncia que sólo convence a los ya convencidos, y mete la veracidad que se desprende al hablar en nombre propio (en primera persona) y la apertura a un nosotros que cualquiera pueda habitar.

Una complejidad política

La cena del miedo cierra el itinerario de las experiencias elegidas. Muestra cómo Internet no es solo un soporte para nuevos tipos de agregaciones (Anonymous, Hacktivistas), ni es solo un canal de comunicación (WikiLeaks). Internet es ya en sí misma una organización, unitaria (como las organizaciones obreras en los viejos tiempos) ¿y tal vez política?

La complejidad de Internet no es solo un asunto técnico: es una complejidad política. La Red en sí misma es, recursivamente, a la vez el contexto y la coyuntura, a la vez el campo de batalla y a la vez la organización para transformar ese contexto en pro de más libertad (como viejo y nuevo derecho económico).

Internet ha cambiado la arquitectura de la realidad, y toda arquitectura es una política. La Red es ingobernable y está hecha de nodos inteligentes y autónomos. De la interconexión de estos nodos surge una nueva esfera público-privada en la que, solo por estar (publicar un post, comentarlo, enlazarlo, reenviarlo, twittearlo y retwittearlo, menearlo, compartirlo…), ya se hace política. Pero ¿qué política? Es el sueño de la «participación» elevado a la máxima potencia, solo que esta «participación» es irrepresentable e ingobernable. Irrepresentable e ingobernable significa que no funciona exactamente según las reglas de las viejas democracias capitalistas. Significa que el kit del luchador (herramientas, conocimientos y prácticas) está cambiando y el papel de las vanguardias también.

Todo uso instrumental de Internet está condenado de antemano al fracaso. Los nodos no perdonan a los que les niegan la inteligencia, a los que les convierten en espectadores de una nueva televisión, por más que esta televisión sintonice el canal de la denuncia radical. Si antaño se podían redactar muy buenas octavillas sin conocer el funcionamiento de la ciclostil, eso ahora ya no es posible, porque la octavilla y la ciclostil son (recursivamente) la misma cosa. El kit del militante debe reforzarse con nuevos conocimientos tan políticos como en su día lo fueron los cursos de alfabetización que los anarcosindicalistas impartían entre los círculos obreros. Tecno-política. Pero con la diferencia de que Internet no se estudia ni se aprende. Internet se hace, con otros, en red. Y, al hacerse, se piensa.

Internet se hace, deshace y rehace en tiempo real en un torbellino de bucles y contrabucles. Los mercados, la industria, los gobiernos… se pasan el día pensando y haciendo Internet, al igual que WikiLeaks, Anonymous, Hacktivistas y cualquiera (de mil maneras diversas y con distintas e incluso contradictorias imágenes de igualdad y de libertad) la hacen y rehacen luchando desde una nueva esfera público-privada por la socialización de los bienes inmateriales y el acceso a la nueva abundancia.

Hacer y pensar. Así como el apagón en Egipto enseña que ninguna tecnología es desechable, por obsoleta que parezca, y que puede volver a ser útil si se reconecta en un dispositivo inacabado que tome sentido en un horizonte compartido, de igual manera en el fondo del viejo kit del luchador hay herramientas, conocimientos y prácticas en desuso pero no desechables, que están a la espera de más y mejores alianzas que reinventen su utilidad. En otras palabras, no se trata de abandonarse a la fascinación de la novedad tecnológica, sino de abordar la cuestión (crucial) de qué es luchar y de cuál debe ser el papel de una vanguardia cuando ya no rigen (solo) las lógicas del viejo mundo capitalista.

Notas

  1. Naturalmente, la producción, conservación y distribución de bienes inmateriales consume energía y otros recursos materiales. Sin embargo, el asunto energético y material de Internet no está encima de la mesa, quizás porque los asuntos relativos a la inmaterialidad son, por el momento, mucho más interesantes.
  2. Zafra, R. Un cuarto propio conectado. Fórcola Ediciones, Madrid, 2010.
  3. De Ugarte, D. El poder de las redes. El Cobre ediciones, Madrid, 2007.
  4. Le Monde Diplomatique», febrero de 2011.
  5. El anonimato en primera persona es un concepto elaborado al calor de la revista Espai en Blanc, núms. 5-6: La fuerza del anonimato (http://www.espaienblanc.net/-Revista-de-Espai-en-Blanc-no-5-6-.html). Ver también «La Web 2.0 y el anonimato en primera persona» (http://www.barcelonametropolis.cat/es/page.asp?id=23&ui=420).
  6. Lo que se llamó el fin de las ideologías es una crisis de palabras en la que todos utilizamos los mismos términos para problemas antagónicos. Daniel Blanchard, antiguo miembro de Socialisme ou Barbarie, ha hecho de la expresión «crisis de palabras» la clave para entender la relación entre el discurso crítico y lo real. En 2009, Espai en Blanc organizó un seminario para abordar este problema (http://www.espaienblanc.net/Materiales-del-seminario-Crisis-de.html).
  7. Urrutia, J. «Lógicas, ontología y disidencia de y en la blogosfera», prólogo al libro de David de Ugarte El poder de las redes (El Cobre ediciones, Madrid, 2007).

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Texto incluido en el número 9-10-11 de la revista de Espai en Blanc: El impasse de lo político

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Cuando el modelo se derrumba. (Manifiesto de trabajadores de la cultura)

Manifiesto de trabajadores de la cultura y el conocimiento por otro modelo de gestión de los derechos de autor.

Firma aquí tu adhesión al manifiesto

Diversos individuos y colectivos hemos redactado este manifiesto de trabajadores de la cultura y el conocimiento por otro modelo de gestión de los derechos de autor

1. Los abajo firmantes trabajamos en el ámbito de la cultura desarrollando diferentes actividades. Algunos pertenecemos a la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), otros a otras entidades de gestión de derechos de autor, otros a ninguna entidad. Todos compartimos preguntas similares y un medio común de trabajo: la producción de cultura y conocimiento.

2. El pasado viernes, día 1 de julio, asistimos al encarcelamiento para su interrogatorio del presidente de la Sociedad General de Autores y Editores y de otros seis miembros de su junta directiva. El domingo día 3, dicho presidente y otras dos personas de la junta salieron en libertad sin fianza acusados de graves cargos de corrupción.

3. Quienes firmamos este manifiesto creemos que todo el mundo tiene derecho a un juicio justo y a que se respete la presunción de inocencia. Un derecho que, lamentablemente, la propia SGAE no ha respetado en el pasado llevando a cabo campañas de acusaciones públicas contra particulares, medios de comunicación, abogados, empresas, otras entidades de gestión de derechos de autor, asociaciones, colectivos e incluso una parte importante de la sociedad civil. Por ese motivo, los abajo firmantes no vamos a opinar sobre la culpabilidad o inocencia de ninguno de los imputados. Eso lo tienen que decidir los jueces. Sin embargo, la situación que afrontamos no nace de la nada. Al contrario, viene determinada por un modelo de organización de las entidades de gestión de derechos, de concepción de la propiedad intelectual y, en definitiva, de un modelo cultural al completo que hoy está definitivamente en crisis.

4. Los espacios para discutir los mecanismos para abordar esta crisis por parte de quienes trabajamos en las llamadas “industrias culturales” han sido prácticamente inexistentes. Las entidades de gestión que (como la SGAE) han construido un discurso sobre estas cuestiones lo han hecho en nombre de la totalidad de los autores, sin haber establecido mecanismos de participación y consulta de los mismos. Las administraciones públicas han permitido de forma sistemática que espacios que no estaban elegidos democráticamente se erigieran como representantes de un colectivo complejo, difuso y con una multitud de puntos de vista.

5. El discurso que se ha producido desde estos espacios (entidades de gestión, asociaciones profesionales y el propio Ministerio de Cultura) ha sido exclusivamente uno: la criminalización de gran parte de la sociedad, lo cual ha provocado una ruptura profunda entre dicha sociedad y quienes trabajamos en el ámbito de la cultura.

6. Quienes firmamos este manifiesto creemos que ninguna de esas medidas han detenido la transformación radical del modelo cultural que se viene produciendo desde hace tiempo, tan solo han contribuido a hacer más intensa la fractura social en relación a la cultura. No han resuelto ninguno de los problemas que supuestamente debían resolver y han generado problemas nuevos.

7. En estos momentos, todos los supuestos responsables de afrontar este cambio de paradigma están absolutamente deslegitimados ante la ciudadanía. Ni el Ministerio de Cultura, ni la clase política, ni las entidades de gestión, ni las asociaciones profesionales pueden seguir encargándose de la gestión de esta situación.

8. Quienes firmamos este manifiesto creemos que existe una responsabilidad directa por nuestra parte en este estado de cosas. Hemos mantenido un silencio que ha contribuido a legitimar como generales lo que no son sino opiniones particulares. Reconocemos también que no sabemos cuál es la solución. No sabemos dónde está la respuesta, pero queremos abordar la pregunta junto con la ciudadanía: ¿cómo queremos gestionar los derechos de autor?

9. Las prácticas con las que se ha criminalizado a la sociedad en los últimos años son prácticas que nosotros mismos llevamos a cabo (compartimos contenidos a través de redes P2P, copiamos y ayudamos a otros a copiar, accedemos a material descatalogado nunca distribuido en nuestro país, a obras fuera de nuestro alcance, etc.), que consideramos fundamentales no solo desde un punto de vista de acceso a la cultura, sino incluso para el desarrollo de nuestro propio trabajo. Sabemos también que con reconocer esa legitimidad en los usos no es suficiente. No resuelve el problema que afrontamos, que es un problema también de remuneración, de derechos sociales, de participación ciudadana, de apoyo público a la creación, de condiciones laborales y de concepción de todo un modelo económico y social, frente a un modelo de gestión de los derechos de autor, como el que defiende la SGAE, que privilegia a una oligarquía de estrellas mediáticas a costa de la gran masa de los trabajadores de la cultura y el conocimiento.

10. Mientras tanto, dejaremos que los jueces y abogados hagan su trabajo, pero no en silencio. Diciendo claramente que los hechos por los que van a ser juzgadas todas estas personas no son hechos aislados de un contexto, sino que, al contrario, nacen de él. Y que nuestra responsabilidad, más allá del trabajo de la ley, es transformar ese contexto.

Emplazamos a la apertura de un debate público profundo sobre la función y los modelos de gestión de los derechos de autor en nuestra sociedad. Las respuestas no son fáciles, tardarán en llegar. Pero nos comprometemos a explorar los caminos y experimentar las posibles soluciones. Eso es que lo siempre pensamos que era la cultura, el lugar en el que hacernos preguntas.

Estamos cansados de mirar, hoy queremos vivir la imagen. (Entrevista a Leónidas Martín)

Fuente original: Público (descargar PDF)
Publicación Digital original: Fuera de Lugar
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Hablas de que las imágenes políticas se encuentran en un atolladero, ¿podrías explicarlo?

El atolladero al que me refiero es el toma y daca constante de apropiaciones y reapropiaciones entre el mercado y la creatividad social. El mercado lanza una imagen, la gente se reapropia de ella y le da otro sentido; un movimiento social produce un símbolo, el mercado lo captura después para vender un producto, etc. Ninguna imagen tiene un significado absoluto y acabado en sí mismo, la construcción de sentido es un juego y una lucha infinita donde no hay una frontera clara entre productores y receptores.

Todo lo que antes vivíamos directamente se ha convertido en espectáculo, decían los situacionistas.

Desde la Internacional Situacionista hasta la Escuela de Frankfurt, en la historia reciente del pensamiento crítico ha predominado la lectura más pesimista del fenómeno. Bajo este punto de vista, el capitalismo es como un vampiro que nos ha chupado toda la sangre y se ha apoderado de nuestra vida entera. Toda acción humana ha sido convertida en producto y se ha puesto a circular en la cinta transportadora del mercado. Eso nos ha reducido a meros espectadores pasivos con una sola posibilidad de acción: el consumo. Pero yo no comparto esa visión, demasiado derrotista y unilateral. También la gente roba y usa las imágenes que el mercado ha robado previamente a la gente.

¿Podrías darnos ejemplos concretos?

Un movimiento reciente en España se llamaba V de Vivienda en referencia al cómic y la película V de Vendetta, la red internacional Anonymous usa la máscara popularizada por la misma película a modo de símbolo, grupos palestinos acometen acciones de desobediencia civil enfundados en disfraces de Na’vi, los personajes de Avatar, algunos hackers defienden la libertad en la Red imaginándose en Matrix, etc. Si los realistas franceses del siglo XIX proponían “pintar lo que se ve”, estas experiencias a caballo entre la imagen y el activismo proponen “hacer lo que se ve”. Estamos cansados de mirar, hoy queremos vivir la imagen.

Este domingo Anonymous convoca protestas físicas y virtuales en los premios Goya.

El fenómeno Anonymous es fascinante. Cuando Anonymous tumbó las webs del Ministerio de Cultura y de la SGAE, Matías Prats comentó: “hasta ahora, algo así tan sólo lo habíamos visto en películas de ciencia ficción”. De alguna manera tenía razón. Por supuesto que las sentadas virtuales, o sea, que un grupo de personas se organice para visitar un mismo sitio web a la vez con la intención de provocar su colapso, no es nada nuevo, eso lleva practicándose casi desde los orígenes de Internet; sin embargo, que una red social sin nombre y sin rostro, o mejor dicho, con un falso rostro, se apropie del imaginario de un cómic y una película (V de Vendetta) y obligue a éste a actuar bajo sus mandatos, eso no se había visto tanto. Es casi como un ejercicio de posesión: entrar en otro cuerpo y operar bajo su apariencia. Bajo su imagen, en este caso. Por si esto fuera poco, el fenómeno está creciendo exponencialmente y cada vez son más los que están participando en sus acciones. Ejemplo de ello es lo que dices: la próxima convocatoria de Anonymous ya no se limita a la Red, se llevará a cabo este domingo frente a la gala de los Goya. ¿No es increíble? Cuerpos reales sin nombre alguno que, parapetados bajo una ficción, hacen un llamamiento contra la gala de los que dicen ser los autores de esas mismas ficciones, las que empiezan a rebelarse contra ellos. Autores de ficciones contra ficciones sin nombre.

¿Se trata de un uso crítico del cliché?

No, todo lo contrario. Lo que hace un estereotipo es presentarnos las cosas como algo ya visto y ya vivido. Nos distancian de todo, nos impiden conectar con el sentido auténtico de las cosas. Un cliché evita que el mundo nos afecte. Cancelan por tanto la posibilidad de acción, porque cuando todo se vuelve déjà vu resulta imposible identificarnos con nada de lo que hacemos o miramos. Los estereotipos nos vuelven cínicos: gente que ya lo sabe todo, que ya lo ha visto todo y que no se cree nada. Por el contrario, y contra todo pronóstico, estos movimientos realizan la operación inversa: abren posibilidades de subversión identificándose completamente y sin distancia crítica con algunas de las imágenes-cliché que nos ofrece el mercado.

¿Pero cómo es posible usar un cliché contra el poder de los clichés?

Cuando hablamos de vivir la imagen, más que en el artista o productor de imágenes tenemos que fijarnos necesariamente en el espectador. El espectador es alguien más libre de lo que suelen pensar las corrientes críticas. Una imagen nunca puede representarlo todo, es el espectador el que añade o complementa aquello que “falta” en una imagen. Proyectamos sobre una película o una imagen más datos que los que la propia imagen contiene. Lo hacemos a partir de nuestros saberes, de nuestra experiencia y de las imágenes previas que tenemos en la cabeza. Como explica Jacques Rancière, ver, mirar, es un acto de comparar: comparas lo que ves con lo que ya has visto y de ahí sale una interpretación, siempre “desmesurada” o “abusiva”. Y yo añado que en estas interpretaciones desmesuradas, existe un potencial para la acción política.

¿Qué aporta concretamente ese potencial?

Por ejemplo, el recurso a referencias tan populares como Avatar o V de Vendetta hace a los movimientos sociales mucho más abiertos e incluyentes. Al menos en dos sentidos. Por un lado, esa identificación ligera, cómica y desdramatizada con las imágenes-cliché logra descargar de seriedad la acción, incluyendo así a los que aprecian la dimensión placentera de una movilización y huyen de la política como sacrificio de la vida entera por una causa. Por otro lado, la identificación colectiva con un icono cultural abre espacios no codificados en términos ideológicos (izquierda y derecha). Este potencial crea, en definitiva, lo que algunos venimos llamando movimientos “post-políticos”, espacios de anonimato sin contornos identitarios o ideológicos claros, que se cuidan mucho de evitar las etiquetas mediáticas o políticas que definen, dividen, estigmatizan o criminalizan.

¿Estamos ante una nueva estrategia comunicativa o política?

No lo pienso así. A diferencia del arte político, estos movimientos usan el imaginario existente sin ninguna premeditación. Lo hacen muy espontáneamente, sin conciencia, táctica o dirección. Es como ese viejo chiste en el que van dos amigos andando por la calle y leen el letrero de una tienda que dice: “Aceros inoxidables”. Entonces se miran el uno al otro y se dicen: “¿nos hacemos?” Pues algo así sucede con estas experiencias: una interpretación desmesurada origina una identificación colectiva que abre un espacio posible para la acción política. En este sentido, no se trataría tanto de resolver aquello que se preguntaba Lenin: “¿qué hacer?”, sino, ante una mirada compartida, de preguntarnos como en el chiste: “¿nos hacemos?”

Ciberfetichismo y cooperación (Igor Sádaba y César Rendueles)

Fuente original: Rebelión.org

1. Fetichismo cibernético e ideología liberal

Una de las formas más desacreditadas de explicación sociológica es el determinismo tecnológico, la bestia negra de las corrientes antihistoricistas contemporáneas junto con el evolucionismo. En las últimas décadas, la mera insinuación -por otro lado, bastante razonable- de que el nivel de desarrollo de la ciencia útil posee alguna capacidad explicativa sobre las relaciones sociales dominantes se ha considerado síntoma inequívoco de sevicia epistemológica, idiotez moral y sintonía estética con el archipiélago gulag.

Por supuesto, todo cambia tan pronto los oleaginosos engranajes de la maquinaria pesada y las oficinas bartlebinianas que (no) determinaban a obreros manuales sin chispa multicultural y a empleados de cuello blanco afectos a la aurea mediocritas dejan paso a un bruñido horizonte de iphones, monitores de plasma y conexiones de alta velocidad. La conceptualización hegemónica de las sociedades contemporáneas como “del conocimiento” -una definición claramente elaborada por alguien que piensa que la descarga de archivos del P2P requiriere habilidades fáusticas- puede o no ser acertada. Lo extravagante es la combinación de esta comprensión con una crítica del determinismo tecnológico. Exactamente los mismos intelectuales que condenaban sin paliativos los intentos de explicación de las grandes estructuras sociales en virtud de sus distintas relaciones con el aparato productivo moderno, utilizan ahora toda clase de analogías tecnológicas -redes, nodos, interactividad…- mientras pretenden moverse en un horizonte espiritual audazmente posthistórico.

El resultado es un fetichismo cibernético difuso y asombrosamente huero que se ha extendido como un reguero de pólvora. La tecnología no es, desde este punto de vista, un dispositivo contingente de intervención social de consecuencias materiales ambiguas, tal y como los luditas defendieron con gran clarividencia. Tampoco el instrumento y la materialización del avance inexorable de la razón universal, como supuso todo Occidente con resultados tan fascinantes como aterradores. Más bien se trata de un sometimiento cursi a los caprichos del mercado tecnológico que inunda nuestras vidas con una inacabable cacharrería digital sistemáticamente infrautilizada y crecientemente obsolescente: de la cadena de montaje fordista al catálogo de Media Markt.

Uno de los elementos distintivos de este modelo es la aceptación acrítica de la capacidad intrínseca de las tecnologías de la comunicación contemporáneas para facilitar la sociabilidad. Estas tecnologías serían elementos centrales de un repertorio de vínculos sociales de nueva generación capaces de remediar la labilidad social característica del industrialismo y que -bien complementada por psicofármacos, asistentes sociales y un permanente estado de histerismo pedagógico- nos aproximaría por fin a un círculo virtuoso de libertad y creatividad individual, solidez comunitaria y desarrollo económico. Las nuevas tecnologías serían así una encantadora astucia de la razón que, dos siglos después, pondría punto final a la “cuestión social”.

No parece casual, en este sentido, que los prolegómenos del ciberfetichismo coincidan en el tiempo con la respuesta entrópica neoliberal a la gran crisis general del modelo económico de postguerra que se inició en la década de los setenta del siglo pasado y cuyas consecuencias a largo plazo atisbamos ahora. Poco sorprendentemente también, los primeros episodios de la debacle financiera global -el pinchazo de la burbuja asiática en los años noventa- fueron el ruido de fondo del bluf de las puntocom. El turbocapitalismo especulativo “libre de fricción” -de fricción social, se sobreentiende- parecía sentirse a gusto en las cálidas aguas de la Red 2.0. Por fin había encontrado un contexto comunitario capaz de soportar la mercantilización general acelerada, la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales.

Por supuesto, se trata, en primer lugar, de un diagnóstico erróneo, aunque no inocente, de las tecnologías precedentes. El mantra de la interactividad dota de una pátina de automatismo e inevitabilidad a lo que a menudo son decisiones no tomadas o estrategias conscientes. La conversión de talleres y oficinas en mecanismos de sometimiento y alienación y no, más bien, en lugares de encuentro y realización personal no es una consecuencia irrevocable de ciertos desarrollos cognoscitivos, sino una decisión política, si se prefiere, un episodio de la lucha de clases. Simétricamente, no hay nada en los códigos fuente de los programas que gestionan las redes sociales que los haga inmunes a convertirse en instrumentos de aislamiento y control como, por otra parte, saben bien los oficinistas que padecen los programas corporativos de mensajería instantánea.

Sobre todo, el fetichismo cibernético implica como petición de principio una concepción del vínculo social de profundas raíces liberales. La sociabilidad se entiende desde esta perspectiva como un fenómeno secundario, una consecuencia de la interacción intencional individual primaria, para cuyo fomento bastaría, por tanto, con establecer los nexos adecuados. Tal vez, incluso, tecnológicamente adecuados. Puede que estemos asistiendo a un renacimiento de la dimensión política de la utopía liberal cuyas declinaciones económicas, en cambio, cada vez resultan más hostiles e improbables. Está surgiendo un nuevo “individualismo tecnológico” que ha aprendido bien las lecciones del multiculturalismo postmoderno y es capaz de reproducir un simulacro epitelial de los efectos reconfortantes del comunitarismo. El cemento de la sociedad surgiría en este contexto de la mera concurrencia en un espacio telemático límpido -sospechosamente parecido al mercado, claro- de individuos autónomos sin otra relación que sus intereses comunes.

Este punto de vista acerca de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad ha tenido una enorme difusión. La prueba del nueve es su popularidad tanto entre los enfoques sociológicos críticos como entre las posiciones políticas antagonistas: incluso los más apocalípticos parecen haber aceptado con alborozo la retórica de la interactividad y la reticularidad como instrumentos de emancipación. Es muy llamativo, pues uno de los pocos elementos de consenso de esa pesadilla epistemológica llamada izquierda sociológica ha sido tradicionalmente la consideración del vínculo social como un fenómeno primario que no se puede descomponer con pleno sentido en el choque atómico de las acciones significativas individuales. La renuncia a esa clave de bóveda en el contexto de las tecnologías de la comunicación es reveladora. De hecho, la corriente principal de los movimientos en favor del conocimiento libre constituye un ejemplo meridiano de la ideología cibernética contemporánea. El nuevo liberalismo informático entiende Internet como un vergel cognoscitivo a depurar de lastres analógicos (monopolios, censura, límites legales al uso del material digital…) y no más bien como un espacio de conflicto sociológicamente tupido a definir políticamente. Es como si los defensores del copyleft se hubieran tomado demasiado en serio el ideal comunicativo habermassiano, un terreno conceptual que, en el mundo analógico, tiende a considerarse como un ritual retórico adecuado únicamente para la sociedad civil, la comunidad internacional, la alianza de civilizaciones y otros contextos de ficción.

2. Propiedad intelectual y conflicto social

Lo paradójico de esta ideología ciberfestiva es que tiende a ocultar el auténtico alcance de los conflictos relacionados con el conocimiento y la tecnología, es decir, en realidad, difumina la importancia social de la tecnología contemporánea. Hasta hace muy poco, las guerras de la propiedad intelectual e industrial (PI) resultaban infrecuentes y muy especializadas, monopolio de picapleitos empresariales y artistas plagiarios. Hoy ocupan un lugar central en la agenda política y social: las disputas por la propiedad de fórmulas, códigos, cadenas de bits, secuencias genéticas, derechos de autor de cintas, libros o partituras, cánones de soportes y bibliotecas, biotecnologías, semillas e industria agroalimentaria, redes P2P, etc., ya forman parte de nuestra cotidianeidad. Un extracto de un aterrador panfleto orwelliano dirigido a estudiantes y editado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) puede resultar esclarecedor:

    ¿Sabías que la PI está en todas partes? Los estudiantes como tú están siempre rodeados de PI, desde la ropa que usan a los libros que llevan en la mochila pasando por la música que escuchan. Lo que probablemente no sepas es que la PI está siempre presente en la vida… […] Está presente todos los días, de la mañana a la noche, en la escuela y en la universidad, cuando salimos con los amigos y hasta cuando dormimos.

Los conflictos de la PI de ningún modo se circunscriben a la industria del entretenimiento. No se trata sólo de que la vida política esté vertebrada por medios de comunicación a cuyo pluralismo y autonomía afecta de forma crucial la concentración empresarial que fomentan los regímenes monopolistas de la PI. Incluso si agrupamos cínicamente, aunque no sin cierto realismo, los medios informativos más clásicos dentro del negocio del espectáculo, hay una gran cantidad de acontecimientos aparentemente periféricos -desde la reconstrucción de Irak(2), a las reuniones del G-8 en San Petersburgo en 2005, pasando por las últimas tendencias en ingeniería genética extrema- cuya lectura conjunta traza un paisaje en el que la reformulación global del régimen de propiedades inmateriales ocupa un lugar privilegiado. Su centralidad se debe, principalmente, a la creciente dependencia del ciclo económico del valor que estos activos producen. Por ejemplo, los tres sectores que más divisas generan a EE UU -las industrias químicas, del entretenimiento y del software- se basan en algún tipo de protección o propiedad intelectual. No son fenómenos asociados a un número reducido de industrias culturales y laboratorios de investigación de vanguardia, sino que infiltran casi todos los segmentos económicos en alza. Puede que no sea muy aventurado pensar que van a estar entre los conflictos rectores del siglo XXI en tanto que elementos esenciales de la acumulación capitalista contemporánea.

Las transformaciones que se han etiquetado como postfordistas, globalizantes o de nuevo régimen productivo flexible -la aparición, en suma, de eso que Richard Sennett denomina “capital impaciente”- están íntimamente vinculadas con el incremento de los regímenes de propiedad intelectual e industrial, tanto en intensidad como en extensión. Frente a la imagen de saqueo generalizado del patrimonio intelectual y de explotación manchesteriana de los creadores que predican los lobbies de la PI, lo cierto es que en las últimas décadas hemos asistido a un endurecimiento brutal de la protección de la legislación del copyright. De un lado, se ha ampliado la duración y el reconocimiento público de la PI, al tiempo que se fomentaba la persecución penal de las infracciones; de otro, se ha intentado incorporar todos los nuevos ámbitos estrella de la ola tecnológica al campo de la apropiación privada: biotecnologías, industria alimentaria, farmacia, software, arte digital, genómica… Estos procesos de privatización están dando lugar a un enfrentamiento global en torno a la gestión económica y social del conocimiento que afecta a un número de personas cada vez mayor.

¿Por qué, entonces, a pesar de su importancia, los conflictos de la PI tienden a quedar diluidos en el nuevo utopismo cibernético? En realidad, la estructura profunda de estas luchas es antigua, pertenece a un dominio de problemas esencial para el desarrollo y supervivencia del capitalismo histórico. Las guerras de la PI deberían entenderse más como una exacerbación de un proceso continuo que en términos de ruptura. Aunque es habitual mencionar las discusiones ilustradas entre Diderot y Condorcet como su prehistoria, lo cierto es que los conflictos actuales no tienen que ver sólo con cuestiones jurídicas relativas a la legitimidad o conveniencia de determinados regímenes de explotación, sino también -tal vez sobre todo- con las dimensiones no mercantiles y a menudo ocultas de los procesos de creación de valor.

El sistema de producción capitalista entraña numerosos aspectos que van mucho más allá del orden de intercambios comerciales en el mercado o de las relaciones salariales en el trabajo. No se trata tanto de que el capitalismo tenga su propia cultura -un complemento simbólico de aire weberiano a su materialidad-, cuanto de que las transacciones estrictamente mercantiles son parasitarias de sistemas sociales complejos, se componen de cadenas de valor global muy expansivas. Se trata del tipo de intuiciones que han guiado una extensa tradición de estudios que abarca desde la primera hornada de teóricos del imperialismo -Hobson, Luxemburg y Hilferding, entre otros- hasta los teóricos del desarrollo desigual pasando por los sustancialistas antropológicos con Karl Polanyi y su análisis de las “mercancías ficticias” a la cabeza. Un ejemplo cotidiano ampliamente investigado es el trabajo doméstico no remunerado, sin el cuál sería inconcebible el desarrollo histórico y la supervivencia de la economía moderna. Lo mismo ocurre con numerosos conocimientos y habilidades, técnicos o informales, que forman un depósito heteróclito de recursos comunes elaborados a lo largo del tiempo y de titularidad poco definida que la economía capitalista explota mercantilmente pero es incapaz de generar. Nuestra economía vive permanentemente en una tensión procedente de su relación con contextos comunitarios de cuya fecundidad depende su supervivencia pero que se ve impelida a colonizar destructivamente en aras de su propia reproducción ampliada. La vampirización capitalista requiere la movilización de imaginarios, comunidades y relaciones sociales y una constante revolución legitimatoria que justifique su constricción a la lógica mercantil. Por eso, uno de los pocos rasgos permanentes de la ideología capitalista, tan sutilmente dúctil, es la minimización del papel que desempeñan sus condiciones sociales de supervivencia y el encumbramiento de los procedimientos técnicos formales, muy en particular, aquellos vinculados al desarrollo tecnológico. En ese sentido, el fetichismo cibernético puede considerarse la culminación de una amplia tendencia de todo signo teórico y político a pensar las relaciones de producción en términos exclusivamente tecnolaborales, sin tomar en cuenta las ramificaciones de las mercantilizaciones generalizadas que exceden los límites del entorno productivo manufacturero.

3. La cooperación imposible

Si hay una palabra fetiche dentro de los movimientos contemporáneos de defensa del conocimiento libre es “cooperación”. Los grandes hitos del conocimiento libre, como Wikipedia o Linux son, efectivamente, proyectos colaborativos con un alto grado de anonimato y parecen surgir de una masa social indeterminada como genuinas conquistas comunitarias. Es cierto que existen algunas objeciones empíricas a esta visión tan optimista. Los estudios cuantitativos demuestran que, por un lado, aunque en estos proyectos existe una gran cantidad de colaboradores esporádicos, el número de participantes estables es mucho más reducido de lo que parece a primera vista y, por otro lado, tienden a estar más jerarquizados de lo que habitualmente se reconoce. Los liderazgos, las asimetrías cognoscitivas y el papel de los expertos son el “otro” gran secreto de las comunidades de conocimiento abierto -el primero es el sesgo socioeconómico, cultural y de género de sus participantes- del que nunca se habla con claridad pero que afecta radicalmente a su naturaleza. Es posible, en este sentido, que los principales experimentos de cooperación masiva exitosa sean las redes P2P, es decir, tecnologías que facilitan, generalizan y potencian formas de donar y compartir hasta cierto punto extraídas del mundo analógico, antes que la generación de contenidos y comunidades novedosas.

En cualquier caso, la centralidad -ya sea empírica o exclusivamente ideológica- de la cooperación en este contexto es interesante, pues recupera uno de los grandes campos de batalla sociológicos, una línea de fractura fundamental que se encuentra en el origen de las ciencias sociales como dominio epistémico políticamente conflictivo. La noción misma de “ciencia social” surgió en el seno de corrientes decimonónicas que se enfrentaron a la “economía política” liberal y cuya principal seña de identidad era precisamente la cardinalidad teórica y práctica de la cooperación. En contra de Mandeville y Smith, de la concepción del vínculo social como subproducto de la interacción individual y del mercado como modelo privilegiado de relación colectiva, los paleosociólogos comunitaristas propusieron la anterioridad ontológica de los fenómenos colaborativos. Así que la mera elección del término “cooperación” debería situar a los movimientos del conocimiento libre en un terreno en el que la sociabilidad es un fenómeno primario de fuerte potencia explicativa y no un problema a solucionar mediante su reducción a motivaciones individuales.

Sin embargo, el modelo de cooperación dominante normativa y teóricamente en los movimientos del conocimiento libre es básicamente mandevilleano y liberal, proyecta el atomismo mercantil sobre los procesos de colaboración. Aunque es injusto generalizar, en esta esfera la cooperación tiende a entenderse como la concurrencia en un espacio comunicativo extremadamente depurado de individuos unidos tan sólo por intereses similares: la programación de software, las cuestiones legales, la creación artística, la redacción colectiva de artículos para una enciclopedia… Las tecnologías de la comunicación se presentan señeramente como un sofisticado mecano generador de sociabilidad a partir del cruce de estas acciones individuales fragmentarias. Tras el halo de futurismo y postmodernidad del fetichismo tecnológico, late la fantasía burguesa de un contacto comunitario parcelado que, además, deje inalterado el ámbito privado, la vieja aspiración a que la labor pública económica, política o cultural se desarrolle en contenedores estancos que no comprometan a sus participantes más allá de dicha actividad (un director de recursos humanos que colecciona videoarte feminista podría ser su ideal de vida).

En este sentido, la colaboración cibernética no es muy distinta de los patrones de cooperación dominantes en otros terrenos. Frente a las reivindicaciones modernas de justicia social y emancipación política -auténticas matrices comunitarias con importantes claroscuros que proponían la participación en un proyecto colectivo y a menudo exigían una intensa transformación personal-, las organizaciones pertenecientes a lo que se ha dado en llamar el “tercer sector” ofrecen técnicas administrativas para mantener contacto con la colectividad a tiempo parcial, son formas de ejercer un interés personal -loable y seguramente necesario- antes que proyectos de vida común cimentados por normas y compromisos retroalimentados.

Tal vez por eso la colaboración cibernética a menudo se plantea en términos de altruismo. En realidad, el altruismo no tiene que ver necesariamente con la cooperación. Una forma sencilla de mostrarlo es recordar que el altruismo está tan sujeto al dilema del prisionero como el egoísmo(3). Resulta significativo porque el dilema del prisionero es un teorema de imposibilidad que establece nuestra incapacidad para explicar la cooperación a partir de la interacción de conductas optimizadoras individuales. Dado que, de hecho, la cooperación existe, el dilema del prisionero demuestra que se trata de un fenómeno primario no analizable por descomposición en egoísmo o altruismo en los términos que propone la teoría de la elección racional (aunque no necesariamente en otros).

Por supuesto, la teoría de la elección racional no es la única versión posible del individualismo metodológico y aún menos del liberalismo político, pero se trata de una fundamentación clara y rigurosa que permite explorar los límites de esta perspectiva en la teoría y en la práctica, unos límites que tienen que ver precisamente con la comprensión de los fenómenos cooperativos. En efecto, para las versiones estándar de la racionalidad práctica -o, más exactamente, para las extremadamente exóticas versiones de la racionalidad que se han popularizado en las universidades-, la cooperación no individualista es un fenómeno problemático incluso en sus versiones más triviales. Desde la perspectiva de la naturaleza humana dominante en las cátedras de economía, la colaboración con uno mismo -algo que el común de los mortales da por supuesto salvo en caso de grave enfermedad mental- es una formidable fuente de aporías. Un ejemplo bien conocido es la paradoja del fumador. Como cada cigarrillo supone una contribución infinitesimal a una posible enfermedad futura, el fumador nunca tiene motivos racionales en un momento determinado para no fumar un cigarrillo, ya que el daño que le causa cada cigarrillo es menor que el beneficio que le proporciona. Sin embargo, la suma total de todos estos actos causa un perjuicio total -una enfermedad mortal- que excede los beneficios totales, de ahí la paradoja.

4. Cibercolectividades liberales

El punctuns dolens pragmático de la teoría de la elección racional es que, desde sus presupuestos teóricos, la identidad personal empírica cotidiana, nuestro “yo” real sujeto a normas sociales, emociones, recuerdos de infancia o perspectivas de futuro es, literalmente, una colectividad. El yo del fumador actual que saborea con fruición su cigarrillo es distinto del que se esfuerza en dejar su hábito o del enfermo de enfisema que se arrepiente de sus años de tabaquismo, con independencia de que una y la misma persona experimente todos esos estados a lo largo de su vida. En palabras de Bernard Williams, “la perspectiva correcta de la propia vida es la del momento actual”. El yo técnico de la teoría de la elección racional es un mero punto vacío atemporal que se debe reactualizar constantemente so pena de incoherencia formal. El fracaso empírico del individualismo metodológico estricto demuestra refutativamente que, al menos en su estado actual, las ciencias sociales y las prácticas políticas no pueden renunciar a alguna forma moderada de colectivismo metodológico.

Sin embargo, el fetichismo tecnológico parece proporcionar a las ciencias sociales un instrumento para, por fin, disponer de una versión de la identidad personal que aúna densidad sociológica y el rigor formal de la teoría de la elección racional. Es como si Internet ofreciera el material necesario para, teóricamente, reconstruir el vínculo social a partir de un individualismo estricto y, normativamente, generar comunidades sólidas desde presupuestos políticos radicalmente liberales. Los proyectos cooperativos cibernéticos están basados en procedimientos técnicos aparentemente indiferentes a las identidades personales empíricas. El anonimato y la inmediatez permiten colaborar, compartir y formar parte de una comunidad cuando uno quiere, si es que quiere y con la personalidad preferida. La tecnocooperación parece el producto de una serie rapsódica de decisores racionales perfectos sin más pasado o futuro que el de sus preferencias actuales. La teoría de la elección racional se enfrenta a la aporía de dar cuenta formalmente de individuos reales que sólo puede concebir como colectividades porque están articulados por la sociabilidad, son insignificantes al margen de su dimensión cooperativa. Las tecnologías de la comunicación ofrecen un velo ideológico para solucionar este problema descomponiendo la personalidad empírica en una serie de identidades bien compartimentadas y, sobre todo, planteando un mecanismo técnico para recomponer la actividad social por medio de artefactos participativos.

En este sentido, el fetichismo cibernético desempeña una función literalmente análoga a la del mercado de trabajo: es un dispositivo pragmático para liberar la actividad cooperativa -laboral o cognoscitiva- de lastres antropológicos, un procedimiento para convertir en una transacción formal un tipo de vínculo tradicionalmente basado en relaciones de dependencia mutua colectiva. A diferencia de lo que ocurre en el campo de la cooperación “analógica” de las organizaciones caritativas, donde resultan manifiestas las contradicciones implícitas en la colaboración individualista fragmentaria, las tecnologías de la comunicación permiten la ficción de un nuevo tipo de comunidad, un modelo de organización social novedoso compuesto de fragmentos de yo, de infinitésimas de identidad personal, del mismo modo que Wikipedia se elabora a partir de las infinitésimas de erudito que cada participante posee.

Un contraargumento sencillo a esta idea pasa por recordar que, en el fondo, toda comunidad es ficticia. Ocurre, sin embargo, que hay ficciones y ficciones, como hay trabajo intelectual y trabajo intelectual. Ocupar un puesto de teleoperador durante ocho horas al día se parece bastante más a trabajar en una cadena de montaje industrial que a ser profesor universitario, por mucho que ambos sean trabajos inmateriales. Del mismo modo, no hace falta ser un antinaturalista acérrimo para aceptar que las familias extendidas, las agrupaciones laborales o las iglesias tienen dimensiones imaginarias, pero también parece razonable pensar que estas “ficciones” sedimentadas a lo largo de milenios y con un sorprendente rango de universalidad se parecen bastante a realidades antropológicas sólidas.

Por eso, al igual que en el ámbito laboral, más allá de los eslóganes a favor de la cooperación es importante preguntarse cuáles son las condiciones reales necesarias para compartir, trabajar conjuntamente y colectivizar ciertos bienes y servicios cognoscitivos. ¿Redes de comunicación digital universales? ¿Un umbral mínimo de participantes? ¿La lenta sedimentación de una motivación ideológica? ¿El reconocimiento de una capacidad innata? ¿Existe una propensión natural, un incentivo simbólico o una palanca mecánica mágica que nos propulse a la cooperación cognitiva?

5. Utopías cibernéticas y conflictos analógicos

Un descubrimiento entre divertido y espeluznante para cualquiera que se adentre en el mundo del conocimiento libre es la gran agresividad de las discusiones que se producen en este terreno. Los debates más o menos nimios y generalmente muy técnicos acerca de licencias, protocolos o formatos a menudo se convierten en desesperadas batallas dialécticas donde salen a la luz abismos infranqueables entre las distintas posiciones. Por supuesto, Internet es un pésimo entorno para la discusión civilizada. No obstante, esta especie de irritabilidad cibernética permanente podría ser un síntoma de la fragilidad de las comunidades que crean las tecnologías sociales de nueva generación. Muchas de las iniciativas que se emprenden requieren marcos institucionales que desbordan la libre concurrencia fragmentaria cibernética. Así, a menudo los participantes en estos proyectos se desilusionan al observar la inflexibilidad del mundo para plegarse a los desarrollos cognitivos colaborativos. Por ejemplo, la migración a software libre de los recursos ofimáticos de una empresa es una decisión compleja que en absoluto tiene que ver únicamente con cuestiones técnicas, sino que entraña aprendizajes, negociaciones, resistencias… En otros casos, las estructuras comunitarias tradicionales existen ocultas y se ponen de manifiesto cuando se produce algún conflicto y, por ejemplo, salen a la luz las motivaciones personales de los distintos participantes en un proyecto cooperativo. Son esos momentos en los que uno acepta con cierto vértigo que el foro en el que llevaba meses participando como parte de su militancia anarquista es, en realidad, una lista de discusión de informáticos de derechas cuyo principal afán es demostrar sus conocimientos sobre sistemas operativos.

Los referentes exitosos operan como iconos revolucionarios, a menudo se idealizan y se desactiva la reflexión sobre sus límites. Linux se ha convertido en una metáfora vírica, la toma del Palacio de Invierno del capitalismo cognitivo. Sin embargo, cada vez resulta más evidente la dificultad de generalizar o extrapolar el paradigma del software libre más allá de un ámbito de actuación mucho más limitado de lo que parecía hace algunos años. La idealización del programador libre ha dificultado la búsqueda de modelos de trabajo adecuados para ámbitos con condiciones de producción material completamente distintas a las de la programación de software, por ejemplo, procesos difíciles de fragmentar en paquetes de tareas, con barreras de acceso económicas, materiales o temporales (proyectos estacionales, sincronizados o con plazos de entrega breves) o que requieren contacto cara a cara. El paradigma de lo libre no sólo se enfrenta a las barreras externas del modelo propietario, también tiene sus propios límites internos relacionados con sus referencias y sus sistemas de organización. Paradójicamente, los procedimientos de cooperación cibernética carecen de la flexibilidad y la eficacia pragmática de las sedimentaciones cognoscitivas vinculadas a un marco colectivo tradicional. Lo grave de esto es que impide explotar plenamente las grandes potencialidades de los esfuerzos realizados recientemente y cortocircuita la posibilidad de generalizar estos modelos novedosos de colaboración. En el fondo, por mucho que se intente eludir, la gran asignatura pendiente de los movimientos contemporáneos de conocimiento libre es su relación con el mundo analógico, es decir, la relación de la cooperación cibernética con los vínculos sociales convencionales.

Hasta ahora, el problema se ha planteado mayormente en términos de la remuneración del trabajador intelectual. La gratuidad no es lo mismo que la libertad y la ausencia de mecanismos de retribución limita la posibilidad de liberar información y saber a espacios productivos y cognitivos muy concretos (básicamente, aquellos con condiciones sociolaborales privilegiadas que permiten a sus miembros disponer de tiempo y recursos que dedicar a la comunidad: programadores informáticos, profesores universitarios, etc.). No obstante, el problema es más amplio y consiste en la dificultad de compatibilizar una cooperación telemática cuyo principal atractivo es su inmediatez y parsimonia con redes sociales analógicas muy abigarradas. Se trata de un problema urgente y nada académico. Por ejemplo, One Laptop Per Child (OLPC) es una iniciativa privada dirigida a fabricar masivamente ordenadores portátiles de coste muy reducido específicamente diseñados para ser utilizados por niños de países pobres. El plan ha desencadenado intensas discusiones técnicas en cuyo transcurso su principal limitación apenas se ha mencionado: sus posibilidades de éxito están condicionadas a la existencia de estructuras educativas y gubernamentales fiables que difundan y canalicen esta innovación tecnológica, es decir, instituciones eficaces que distribuyan los ordenadores a través de los programas públicos apropiados. La paradoja, por tanto, es que OLPC sólo se podría implementar con facilidad en países ricos con sistemas educativos asentados donde no es necesario o, por supuesto, en los pocos países pobres que cuentan con una firme estructura institucional, como podría ser el caso de Cuba. La iniciativa OLPC parece haber realizado un descubrimiento poco emocionante: no sólo que los países pobres tienen más necesidad de cambios políticos que de una revolución tecnológica sino, sobre todo, que la consideración de algo como avance tecnológico no es independiente del régimen económico y social, de las relaciones de producción en las que se inscribe.

En términos más generales, los movimientos de conocimiento libre podrían y deberían convertirse en la punta de lanza del abandono de la principal y más negativa característica del fetichismo cibernético dominante: la ficción de que las tecnologías de la comunicación y los conocimientos asociados tienen un sentido neutro al margen de su contexto social, institucional o político. En el fondo, esta es la idea que subyace al escaso interés de muchos de los participantes en estos proyectos por explorar las declinaciones económicas, políticas o comunitarias de sus aportaciones cooperativas. Por supuesto, la pretensión de que es posible el desarrollo tecnológico sin un contexto institucional asociado es una opción política perfectamente definida, concretamente la que ha dominado el mundo durante los últimos treinta años. Pero sin duda existen alternativas. Por ejemplo, los defensores de las redes P2P no tienen por qué limitarse a anunciar en tono oracular y con amplias dosis de olimpismo (por no decir clasismo) que los empleados de las discográficas y tiendas de discos trabajan en un sector tecnológicamente obsoleto destinado a su desaparición en el mercado darwiniano. En este contexto apenas se han explorado las inmensas posibilidades laborales que abriría una apuesta estatal por las plataformas de mediación editorial adaptadas a las nuevas tecnologías de la comunicación. La reivindicación de una inversión pública masiva en estudios de grabación, mediatecas y gabinetes de edición públicos que utilicen intensivamente los recursos contemporáneos -crowdsourcing, P2P, licencias víricas- podría hacer cambiar de posición a agentes sociales hasta ahora refractarios o poco sensibles a los movimientos de conocimiento libre. En suma, tal vez deberíamos abogar por un modelo de cooperación menos elegante y automático, al que incluso se podría tachar de reaccionario, que acepte la necesidad de asumir el elenco de dilemas y desafíos que marcaron las comunidades políticas modernas. Un modelo de colaboración en el que las soluciones tecnológicas lo sean a problemas en cuya definición las distintas posibilidades políticas desempeñen a cara descubierta su auténtico papel.

Notas

(1) Capítulo de Igor Sádaba (ed.), Dominio abierto. Conocimiento libre y cooperación, Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2009 (www.circulobellasartes.com). Texto editado bajo una licencia Reconocimiento – No comercial – Sin obras derivadas 2.5 España de Creative Commons.

(2) Antes de la “transferencia de poder” en Irak, Paul Bremer (Director de la Reconstrucción y Asistencia Humanitaria a Irak) promulgó aproximadamente un centenar de órdenes con naturaleza de ley. La número 81 sobre “Patentes, diseño industrial, información confidencial, circuitos integrados y variedades vegetales” establecía que sólo se permitirían plantar variedades “protegidas” que, curiosamente, coincidían con las introducidas en el país por grandes corporaciones del sector como Monsanto, Sygenta, Bayer y DowChemical.

(3) Por ejemplo, una pareja de enamorados atraca un banco, son detenidos e incomunicados. La policía sólo tiene pruebas circunstanciales contra ellos y si no confiesa ninguno de los dos sólo podría condenarlos a un año de cárcel. Si uno confiesa y el otro no, el que confiesa será condenado a diez años y el otro saldrá libre. Si los dos confiesan el fiscal está dispuesto a ser benévolo y pedir sólo cinco años de cárcel cada uno. La pareja se ama apasionadamente y su prioridad es que el otro salga libre sin parar mientes en uno mismo. En esta situación, ambos serán condenados a cinco años. Haga lo que haga cada uno, la mejor opción del otro es confesar. Pero de este modo obtienen un resultado peor para el otro de lo que hubieran conseguido cooperando para salvarse.

¿Quieres actuar contra la Ley Sinde y no sabes cómo? [Viernes 4 febrero / 20h]

VIERNES 4 de febrero / 20h
Después de la intensa charla que mantuvimos con Amador Fdez-Savater, el chico que escribió La cena del miedo, este viernes en Enmedio nos enteraremos de todo lo que se está cociendo contra la Ley Sinde.
Acciones legales, campañas de protesta, sentadas virtuales y… ¡la operación Goya! Una convocatoria masiva organizada por Anonymous para recibir esta ley como se merece.

Si quieres pasar a la acción contra la Ley Sinde, no lo dudes, ven este viernes, ponte Enmedio.

Recopilación de materiales de la charla

A continuación, y tal como os prometimos, ponemos a vuestra disposición algunos de los materiales que se debatieron durante este viernes Enmedio.

En primer lugar, algunos vídeos interesantes para ir entrando en materia:

¿Ya tienes ganas de actuar contra la Ley Sinde? Pues allá van algunas ideas:

– Firmas contra la Ley Sinde

– Otras campañas contra la Ley

– Y, en caso de que nada de esto funcione (ya sabemos lo poco que nos escuchan nuestros dirigentes), algunos trucos para seguir viviendo con Sinde:

Por último, Anonymous también se han/os habeis/nos hemos unido para protestar contra la ley. Si todavía no eres anónimo, toma nota:

Y para terminar, la mejor banda sonora para tu día a día como pirata. ¡Gracias Nino!

Amador Fdez-Savater el chico que escribió "La cena del miedo", este viernes en Enmedio

Hace una semana Amador Fdez-Savater, coeditor de Acuarela Libros, fue invitado (por azar, por error o por alguna razón desconocida) a una cena con la ministra de Cultura y otras figuras relevantes de la industria cultural española para hablar sobre la Ley Sinde, el tema de las descargas, etc. Al día siguiente de la indigesta reunión Amador escribió La cena del miedo, un texto que está provocando un verdadero terremoto en internet.
El próximo viernes 21 de Enero a las 20h Amador estará con nosotros para hablar de esta experiencia y para pensar con él cómo provocar una moratoria de la ley Biden-Sinde, y de qué manera podemos establecer un debate público y directo entre creadores, más allá de la industria cultural y sin la presencia de ningún mediador.

No te lo pierdas. Ponte Enmedio.

Materiales para el encuentro:
Texto íntegro La cena del miedo (mi reunión con la ministra Sinde)
Respuesta de Álex de la Iglesia
Entrevista con Amador Fdez-Savater en el Diario Público

Materiales Extra:
Entrevista con el abogado David Bravo sobre la Ley Sinde [vídeo]
Internautas.tv sobre la Ley Sinde y las herramientas para actuar contra ella [Vídeo]
El Congreso tumba la Ley Sinde y Teddy Bautista reacciona.

"Sería deseable una moratoria de la ley 'Biden-Sinde'" (Entrevista con Amador Fdez-Savater)

Fuente original: Diario Público

Estos son los hechos y son de sobra conocidos: el editor Amador Fernández-Savater, colaborador de Público, participó el pasado 7 de enero en una cena organizada por la ministra de Cultura para hablar de las descargas en Internet. Conocido activista de los movimientos del copyleft y la cultura libre, cinco días después, Fernández-Savater colgó en su blog (acuarelalibros.blogspot.com) un texto en el que contaba lo ocurrido en la cena, a la que también asistieron personajes del mundo de la cultura tan conocidos como Álex de la Iglesia, Antonio Muñoz Molina, Alberto García Álix, Juan Diego Botto y Luis Gordillo, entre otros. La conclusión del artículo, que provocó un brutal tsunami de enlaces y comentarios en internet, era contundente: “Es el miedo quien gobierna, el miedo conservador a la crisis de los modelos dominantes, el miedo reactivo a la gente (sobre todo a la gente joven), el miedo a la rebelión de los públicos, a la Red y al futuro desconocido”.

¿Cómo ha vivido el gran debate suscitado por su texto?

Para mí, es increíble haber escrito algo en lo que tantísimas personas se han sentido reconocidas. Estoy asombrado, emocionado, agradecido, feliz. Creo que mi voz ha podido suscitar confianza y apoyo entre gente tan heterogénea porque no me identifico personalmente con ningún espacio ideológico o de poder (la izquierda o la derecha, la élite intelectual, un gran medio de comunicación, etcétera). Y cada vez más personas nos sentimos así, “fuera de lugar”.

Hubo quién le acusó de falta de ética por haber revelado los detalles de una cena privada.

Era una cena-reunión convocada por la ministra de Cultura y pagada con dinero público, no sé qué tiene de privada.

La ministra le llamó al día siguiente, ¿qué le dijo?

Me dijo que estaba afectada por lo que se estaba moviendo, que entendía que la red es un bien precioso para mucha gente y por tanto un tema muy sensible. Yo traté de explicarle que, efectivamente, la red no sólo es para muchos de nosotros una herramienta útil, sino un espacio de vida e incluso una parte importante de nuestro cerebro. También le insistí en el papel decisivo que pueden tener hoy las políticas públicas para evitar otro escenario desastroso de reconversión industrial, si son valientes y empiezan a pensar más en los creadores y trabajadores culturales, y menos en la industria cultural.

¿Le ha llegado alguna otra reacción de los asistentes?

Me llama la atención que todo lo que ha tenido que responder al texto el director de la Academia de Cine haya cabido en un Long Tweet. Creo que mi texto expresa una preocupación muy generalizada en la sociedad y Álex de la Iglesia se la ha despachado en diez líneas. No me parece muy buena señal.

¿Cómo valora las voces de los creadores presentes en la cena?

No me interesa el ensañamiento personal, la carnaza ni el sensacionalismo, sino describir afectos e ideas presentes en aquella cena-reunión. Para mí, pensar no tiene que ver con cargarse de razón, dar caña al de enfrente o desahogarse insultando, sino más bien con aprender a mirar la realidad por uno mismo, huir de los estereotipos y buscar un lenguaje propio. Creo que he sido respetuoso con los demás invitados a la cena y por eso la gente ha sido muy respetuosa conmigo de vuelta en los centenares de comentarios al texto. Son los estereotipos denigratorios que salpican por todos lados este debate los que nos impiden escucharnos al hablar y escucharnos al pensar.

Usted hablaba de que palpó el miedo. ¿No es hasta cierto punto comprensible que se tenga miedo ante la extraordinaria revolución que vivimos?

Creo que no podemos dejar que la industria cultural interprete y administre el miedo que legítimamente puede suscitar un tiempo de incertidumbre como este. En la cena, me pareció increíble que la gente se arrogara el derecho a hablar en nombre de “los artistas y los creadores”. ¡La industria cultural no es lo mismo que la cultura ni que los autores! Distinguir estas cosas me parece un ejercicio muy liberador. Creo que para los creadores y los trabajadores culturales ha llegado la hora de decir muy claramente: ¡No en nuestro nombre! No a las soluciones represivas. No a las leyes que amenazan la naturaleza profunda de la red, esto es, el libre intercambio. No al miedo como educador.

¿Cuál sería la mejor forma para dialogar con ese miedo, que es además el miedo de los poderes fácticos, tanto políticos como económicos?

Aprendamos a ser agradecidos con quien comparte. También materialmente, económicamente. Un pequeño ejemplo de lo que digo: Wikipedia acaba de recaudar 16 millones de dólares en 50 días. La gente ha agradecido y recompensado su modelo abierto y distribuido. El agradecimiento a quien comparte podría ser también la clave de una política pública. Por ejemplo, España es uno de los países del mundo con más producción copyleft y Creative Commons. ¿Pero qué apoyo institucional hay? Casi nulo. Todas las energías se van en defender a la industria con más leyes represivas.

¿Sorprendido por el eco que ha tenido su texto?

La prensa se ha limitado a hacerse eco del texto y de su repercusión. Pero por lo que sé, a nadie se le ha ocurrido preguntarle a la ministra: “Visto el rechazo masivo que suscita su ley más allá del búnker de la industria cultural, ¿su ministerio piensa en insistir con la ley pase lo que pase y caiga quien caiga?”. Preguntas así son las que yo busco. Hay quien se queja de que la prensa y los periódicos van a desaparecer. Y yo me pregunto de qué sirven si han perdido completamente su función de vigilancia de los poderes y de expresión de la sociedad. Si esa función la tenemos que buscar en los blogs y en Wikileaks, si la prensa va hoy detrás de lo que pasa en la red, ¿para qué la queremos?

¿Qué opina de la ley Sinde’?

Es una chapuza de ley, basada en el miedo, la ignorancia y el solo recurso a la fuerza bruta, que se ha ganado a pulso un rechazo masivo en la sociedad.

¿Qué propone?

Sería deseable un gran movimiento en la sociedad que exija una moratoria de la ley Biden-Sinde. Mi propuesta sería abrir un gran debate público entre los autores y creadores. Sin intermediarios. Sin la industria. Porque con la industria no se puede hablar: sólo es una máquina de hacer dinero, de precarizar el trabajo y de acumular poder.

La prensa debería tener un papel en ese debate.

Podría tener un papel especialmente activo en la exigencia de una moratoria. Así podrían recuperar esa función crítica que debe ser la suya. Las políticas públicas podrían facilitar las condiciones para ese tipo de debate, siempre y cuando dejen de lado su afán recurrente de tutela e instrumentalización. Por supuesto, en el debate tienen que estar los actores implicados desde hace años en el movimiento por una cultura libre, sin los cuales nada de esto sería posible ni tendría sentido.

La página del Ministerio de cultura también ha caído. (Vídeos)

anonymous-mask

Tal y como habían prometido, Anonymous han logrado tumbar las páginas web de la Sgae y del Ministerio de Cultura. Aquí os dejamos dos extracto de la noticia en los medios de comunicación.

El Partido Pirata se presenta a las elecciones catalanas

bandera-wikiUnas setenta personas han constituido el Partido Pirata de Cataluña que, aunque está pendiente de recibir el visto bueno del gobierno español para constituirse oficialmente, ya tiene pensado presentarse a las próximas elecciones al parlamento catalán. ‘Queremos que la gente pueda decidir sobre cualquier cuestión’, dice en VilaWeb Kenneth Peiruza, portavoz del Partido Pirata catalán, que fundamenta su ideario en la llamada democracia directa.

Para saber más acerca de la filosofía del Partido Pirata, haz click en el enlace: Filosofía Partido Pirata