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Hamburgo-G20: La vida en estado de emergencia

Por: Leonidas Martín

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No es el primer estado de emergencia que vivo. Tampoco será el último. Un estado de emergencia muestra siempre el mundo tal y como es; sus límites aparecen entonces tan claros que casi los puedes tocar con los dedos. Aterricé en el aeropuerto de Hamburgo en mitad de un aguacero y lo primero que vi fue un grupo de jóvenes vestidos de negro con bengalas amarillas en la mano. Parecía una procesión de luciérnagas tratando de orientarse entre la lluvia. Les pregunté a dónde debía dirigirme: «Arrivati park», me dijeron. Y allí que me fui. Por la ventanilla del autobús me sorprendió ver la cantidad de furgonetas de policía que nos custodiaban. Las había de todos los colores: azules y blancas de la región de Hamburgo, verdes de Baviera, e incluso grises llegadas desde Austria a modo de refuerzo. También había tanques de agua, unos cincuenta tanques de agua, y helicópteros, varios helicópteros sobrevolando nuestras cabezas sin cesar. Lo que casi no había eran coches particulares. Más tarde me enteré de que muchas empresas habían concedido un par de días libres a sus trabajadores y que los medios de comunicación habían estado incentivando a la gente a salir de la ciudad. «Salgan, disfruten de unas mini vacaciones gracias al G20».

Arrivati park no es el verdadero nombre de este pequeño espacio verde situado en mitad del barrio de Sankt Pauli. Lo acaban de bautizar así unos vecinos de la zona en homenaje a los muchos inmigrantes africanos que llegan a esta ciudad desde Italia. Arrivati está a punto de ser el escenario de unos intensos enfrentamientos con la policía, pero eso yo todavía no lo sé. Lo que sé es que la gente aquí parece contenta, encontrarse siempre alegra. La chica alta y rubia que se encuentra sentada a mi lado mete la mano en su mochila impermeable, saca una bengala —otra bengala— y la enciende con un chisquero. Todos, al unísono, empezamos a hacer ruido con lo que tenemos más a mano: una cacerola, una señal de tráfico, cualquier cosa sirve de instrumento en esta disparatada orquesta. La imagen que forma el denso humo de color rosa abriéndose paso entre la lluvia al ritmo de nuestros improvisados tambores no deja lugar a dudas: lo que nos reúne aquí tiene más que ver con la mitología que con la ideología.

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Me levanto pronto por la mañana y salgo a recorrer la ciudad bajo la lluvia montado en la enorme bicicleta verde que me han prestado. El sillín está tan alto que tengo la sensación de estar deslizándome por el aire, como cuando uno sueña que puede volar pero todavía es demasiado novato como para hacerlo adecuadamente. Aparco la bici en la entrada del Gängeviertel, una manzana de edificios ocupados por artistas y activistas desde hace varios años. Aquí es donde Anja y yo impartiremos el taller Activismo ficción durante los próximos días. La idea del taller es sencilla, consiste en estudiar varias técnicas de ficción para aplicarlas después a las acciones y protestas contra el G20 programadas para estos días en Hamburgo. Despeinado y con las gafas de sol puestas a pesar de la lluvia, el chico que viene a abrirnos la puerta también parece deslizarse por el aire. Todo lo que lleva puesto le va grande: el abrigo, las zapatillas, incluso el pantalón corto de baloncesto. «Guten Morgen», le digo en voz alta para ver si logro hacerle aterrizar en la Tierra. Imposible, este chico no parece recibir ninguna señal del exterior. Para él, la realidad todavía no es la realidad.

La sala donde tiene lugar el taller está llena de pintura acrílica y pantallas de serigrafía. Por el aire circulan aromas difíciles de respirar, estamos en un ambiente tóxico pero no tanto como para morir. Empezamos. «Toda acción activista responde a un conflicto, de la misma manera que lo hace un relato», digo para romper el hielo, y acto seguido les suelto las primeras preguntas: «¿A qué conflicto nos enfrentamos estos días aquí? ¿Cómo vamos a tratarlo?» Tras un montón de buenas intervenciones señalando conflictos relacionados con el G20, uno destaca por encima de todos los demás: La Zona azul. Así es como las autoridades denominan al perímetro geográfico donde aplicarán, a partir de mañana, el estado de emergencia. Un área que abarca desde al aeropuerto hasta el último barrio de Hamburgo. En su interior queda prohibido prácticamente todo, desde circular por las calles a según qué horas hasta reunirse más de tres personas sin haber solicitado un permiso previo. «¿Zona azul? ¿Qué quieren decir con eso de “Zona azul”?», pregunta con sorna una chica morena de rasgos asiáticos que no ha dejado de tomar notas en su cuaderno de espiral durante toda la mañana. «¿Acaso nos están llamando pitufos?». Sus palabras son fuego y nosotros productos inflamables, se incendia la habitación: «¡Eso es! ¡Convirtámonos en pitufos!, ¡pitufeemos la Zona azul!» Que empiecen los preparativos, no hay tiempo que perder, tenemos que avisar a todo el mundo.

Al día siguiente, somos un buen número de pitufos. Llevamos una pancarta que dice «Gente azul contra la Zona azul». Todas las personas que nos cruzamos por el camino pillan el chiste a la primera. Todas menos la policía, claro, que, como es sabido, no acostumbra a pillar los chistes a la primera. Además, esta vez no se lo ponemos nada fácil, ya que cada vez que nos cruzamos con ellos por el camino escondemos las pancartas y cambiamos nuestros gritos de guerra por los de cumpleaños feliz. Puede sonar tonto, y quizá lo sea, pero así es como logramos atravesar un buen número de controles policiales y llegar hasta donde ningún otro grupo de manifestantes ha llegado: hasta el mismo Anfiteatro. Una de las enseñanzas de nuestro taller dice: «No vistas como un activista». Es una táctica que suele funcionar muy bien y hoy ha funcionado de maravilla. Los trajes de pitufo nos han abierto las puertas de este oscuro edifico de metal donde dentro de muy pocas horas tendrá lugar el encuentro del G20. En estas escalinatas es donde los mandatarios se harán su foto inaugural, por eso queríamos llegar hasta aquí, para adelantarnos y pitufear su imagen oficial. Y lo hemos conseguido.

Pro-Smurf demonstrators are seen at Saturday's "Grenzenlose Solidaritaet" ("unlimited solidarity") protest march in Hamburg, Germany.

Hay dos maneras de tomarse un estado de emergencia. Una es la de asustarse y salir a denunciarlo exigiendo el retorno de la normalidad. La otra es la de aprovechar su decreto para vivir de otra manera, para hacer todo lo que uno no puede hacer cuando impera la normalidad. La primera opción está cargada de miedo y de angustia, el miedo y la angustia que provoca siempre la esperanza. La segunda está cargada de una forma singular de libertad. Estos días en Hamburgo siento que en lugar de vientre tengo un tambor de guerra y que mi cuerpo es un proyectil moviéndose por el espacio a toda velocidad. Estoy más cerca del sol que de la tierra. Hago amistades que en otras circunstancias no haría y a cada instante encuentro posibilidades de actuación que hace tiempo daba por muertas. Es como si durante un estado de emergencia uno alcanzase a vivir con más intensidad. Como si fuese entonces, y sólo entonces, cuando uno pudiera percibir toda la inteligencia, toda la sensibilidad y toda la determinación de aquellos que le rodean. Lo dicen todos los supervivientes de una catástrofe: la cercanía a la muerte te da ganas de vivir.

Me despierto con pedazos de confeti en la boca y un fuerte dolor de cabeza. En el espejo compruebo que el hechizo continúa, todavía queda algo de pitufo en mí. Los restos de pintura azul diseminados por todo mi cuerpo y los pinchazos que siento en las plantas de los pies hablan de una noche larga y llena de diversión. Una rave improvisada y salvaje, de esas que nadie sabe cómo empiezan ni cómo van a terminar, es algo que no sucede todos los días. Si además es una rave con más de 20.000 personas dando saltos como locos, mejor será que la aproveches hasta que no te tengas en pie, pues algo así no se repite muchas veces en la vida. Apuesto lo que quieras a que esta fiesta no la viste en la tele. Un encuentro así no pasa por la tele, ni por el flujo continuo de imágenes y comentarios que es tu muro de Facebook. Allí no hay encuentros, allí estamos todos apretujados y solos, como en un centro comercial. Para presenciar un encuentro como el de anoche en Hamburgo tienes que desplazarte hasta el lugar donde acontece. No hay otra manera. Únicamente así, estando, es como puedes notar la fuerza que noté yo anoche, una fuerza que puede con todo, incluso con esta resaca.

Me arrastro hasta el campamento de Altona para desayunar. Un niño de pelo corto y camisa azul de cuadros mira con atención el reloj de la iglesia. Sus ojos, absortos en las finas manillas del reloj, recorren la circunferencia numérica al completo. El tiempo se va, y eso le fascina. Un policía se le acerca y le dice que no puede permanecer ahí parado, que se mueva. El niño levanta la cabeza del reloj y clava sus ojos en la cara redonda del policía. De alguna manera existe un vínculo entre esa cara redonda y el reloj de la iglesia, una relación secreta que el chico acaba de descubrir. Mientras me tomo un té con leche y un bretzel, un hombre de unos cincuenta años procedente de Tesaloniki toma la palabra en la asamblea improvisada que se acaba de formar aquí. Tiene el pelo canoso y lleva puesta una camisa azul clara remangada hasta los codos. Dice que llegó a Hamburgo hace un año y medio, sus palabras son las palabras de la frustración. «Grecia está sufriendo una depresión social», dice con un tono de voz firme y, a continuación, nos explica que la depresión social es mucho peor que la personal: «en la personal, al menos, los amigos pueden echarte una mano». El triunfo de Syriza significó para él la culminación de una derrota. «Antes de las elecciones teníamos el resorte de la protesta. En las calles no estábamos tan solos como lo estuvimos después, cuando los nuestros ganaron las elecciones». Al parecer, en Grecia ya nadie tiene fuerza para nada. Lo único que uno puede hacer hoy allí es esperar. «Esperar a las próximas elecciones, esperar a que alcancemos una mayoría más grande, esperar a que hagan efecto las reformas». La depresión social comienza cuando comprendes que la espera no terminará jamás.

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Estos días en Hamburgo es distinto; aquí nadie espera nada. En un estado de emergencia es absurdo esperar. En un estado de emergencia ni se espera ni se tiene esperanza, en un estado de emergencia se ve el mundo tal cual es, eso es todo. ¿Y sabes cómo es? El mundo es un cristal roto en pedazos. Los pedazos somos nosotros, todos nosotros, los que estamos hoy aquí en Hamburgo y los que te cruzarás mañana en la calle camino del trabajo —que somos los mismos en realidad—. La experiencia de cada uno de nosotros aquí es la misma que tenemos habitualmente en cualquier otro lugar. También aquí somos singularidades con un sentido propio e intransferible. La diferencia es que aquí estamos en una situación de excepción, y eso lo cambia todo. Porque la excepción es, precisamente, el momento donde las singularidades se pueden encontrar. Sucedió en el 15M y también en Occupy: la plaza supuso un corte excepcional en el circuito cerrado de consumo y producción que es hoy la vida de cualquiera. Ese corte fue lo que permitió que nos hablásemos y, lo que es más importante: que juntásemos nuestros cuerpos sin más objetivo que el de estar juntos. No es nada fácil que algo así suceda, pero en Hamburgo ha vuelto a suceder.

Me acerco a echar un ojo a la manifestación convocada por el «Bloque negro». Welcome to Hell, se llama, y no es un chiste. De camino, el color azul y rojo de las sirenas reflejado en los cristales de las casas y en los charcos de agua parece presagiar un oscuro desenlace. Cuando llego, la policía ya está cargando con los tanques de agua y los gases lacrimógenos contra las más de 30.000 personas allí reunidas. Los cinco miembros de una familia acurrucados en la acera observan el espectáculo con la boca abierta. No pueden creer que algo así esté sucediendo en su ciudad. De entre los manifestantes, los más jóvenes se defienden lanzando botellas contra los tanques de agua. Las botellas estallan en mil pedazos como si chocasen con los límites del mundo. La gente corre despavorida por el puerto, el sol tiñe de dorado las grúas de acero. Me siento como el hombre menguante, tengo la sensación de estar encerrado en una caja de regalo junto a un gato que me quiere comer. El ruido de los cascotes resuena con más fuerza cada vez, las furgonetas grises y azules de la policía van y vienen de un lado al otro del puerto con las sirenas encendidas. Chicos y chicas jóvenes, enfundados en sus capuchas negras, pasan a mi lado tramando planes a muy corto plazo: «Vamos hasta el puente», «crucemos la vía». Los periodistas también van de un lado a otro con sus cámaras en la mano. Lo quieren grabar todo, pero eso es imposible, muchas cosas aquí pasan por dentro; por dentro de nuestras cabezas, por dentro de nuestros cuerpos, por donde las cámaras todavía no pueden adentrarse.

Los petardos y las bengalas han esparcido por el aire unas micropartículas que encuentran refugio en los agujeros de mi nariz; ahora todo me huele a pólvora. Cientos de personas asomadas a las ventanas, a las barandillas de los puentes, a cualquier sitio desde el que poder ver lo que está sucediendo. Las grúas del puerto se tiñen ahora de rojo, el sol se despide hasta mañana al ritmo de una sinfonía oscura y pesada. Y la noche llama al fuego. «¡Oye, espera un momento, esto no debería estar pasando!». Me imagino que los eventos de Hamburgo estarán dejando boquiabiertos a todos aquellos que ven la vida como un conjunto de acontecimientos que se suceden de manera ordenada sobre una línea de tiempo perfectamente definida. No debe de ser nada fácil encajar lo que aquí sucede cuando tu relato histórico dice que las grandes manifestaciones contra el neoliberalismo son cosa del pasado y que lo que ahora se lleva son los partidos políticos y la pugna por la representación. Una de las muchas cosas que me está enseñando Hamburgo es que nunca debería uno estar seguro de nada, porque en este mundo tan roto la vida no parece ya responder a ciclos que comienzan y después terminan, ni a fases que acaban por completarse un día. La vida ahora irrumpe a golpes. Golpes que se dan y se reciben. En todas partes, en todo momento. Pequeños trozos de la manifestación de esta tarde se juntan de nuevo en el barrio de Sankt Pauli, nadie tiene ganas de irse a casa, a nadie se le pasa algo así por la cabeza. Lo que queremos todos es que esta noche dure para siempre. Plantarle cara a la noche, a todos los riesgos de la noche, e inundar las calles moviéndonos sigilosos, como un animal que reduce sus pulsaciones para que no le oiga su presa. Los tanques de agua aguardan pacientes al final de la Hein-Hoyer Strasse, las gotas que caen de sus mangueras rompen en el suelo al ritmo de un reloj que indica lo que está por venir. Hay que llegar a mañana aunque sea exhaustos; exhaustos pero contentos.

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Es de día. Una chica rondando los cuarenta, con melena morena y camiseta blanca, mira cabizbaja el periódico de la mañana. Busca entre las noticias del mundo una explicación a su tristeza diaria, pero no parece encontrarla. Deja de leer y se mete en la boca una cucharada de cereales con yogurt y, después, inclina la cabeza hacia el periódico de nuevo, como si quisiera meterse en él y ahogarse en ese mar de mentiras políticas. Desde donde estoy sentado puedo oír el ruido que hacen los cereales al romperse entre sus dientes, parece hielo resquebrajándose por el calor. Lo de anoche fue sólo el principio; hoy es el día de los bloqueos y de las acciones diseminadas por toda la ciudad. El suelo sigue lleno de cristales, pero pronto se reemplazan por frases escritas con tiza de color. Las escriben cientos de niños y niñas que han acudido con sus padres al llamamiento para decorar los pavimentos de la ciudad. Una niña con coletas que parece Pipi Calzaslargas se agacha a mi lado y escribe: «Quiero jugar, quiero vivir». Nunca antes me había identificado tanto con un eslogan.

Habitar estos días la ciudad sitiada de Hamburgo, la ciudad cuyo nombre significa para el mundo entero represión y violencia, exalta en mí una fibra viva. Una sensación de felicidad contagiosa que se propaga por todos los rincones de la ciudad creando un ambiente mucho más habitable que de costumbre. Los panaderos turcos de la esquina regalan lahmacun con limón a todo el que pasa por allí. Muchos vecinos asoman sus equipos de música a la ventana y provocan un sinfín de pequeñas verbenas en la calle. El estado de fútbol del Sankt Pauli ha cedido sus instalaciones para que quien quiera se tome un descanso tumbado en el césped por el que normalmente rueda el balón. La ausencia de coches en la ciudad provoca una calma tal que uno tiene la sensación de que el mundo exterior ha dejado de existir. Pensareis que estoy loco, pero vivir estos días en Hamburgo se me antoja mucho más sostenible que en ningún otro sitio. Y eso a pesar de los 20.000 antidisturbios, los 50 tanques de agua y los 15 helicópteros que tratan de acabar conmigo en cuanto me descuide lo más mínimo. Esta constatación me llega a lo más profundo del corazón, me conmuevo por esta ciudad, por su desgarradora atmósfera de valerosa felicidad y una pregunta se cuela entre los cristales y la música hasta alcanzar el interior de mi cabeza. «¿Qué estamos haciendo todos nosotros aquí?». Es evidente que la respuesta no es el G20 —¿acaso se puede decir algo más sobre el G20 que no se sepa ya?—, ni tampoco cambiar la sociedad, porque ya no hay sociedad. Lo que ahora hay son sólo pedazos de un mundo roto. y cuando algo está roto no se puede cambiar. ¿Qué estamos haciendo, pues, todos nosotros aquí? A veces, las respuestas llegan de la manera más inesperada.

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La tarde cae rendida después de un día ajetreado, la última luz del sol golpea suavemente los adoquines de la acera mientras un cordón policial divide la calle en dos mitades: a un lado, gente; y, al otro lado, gente también. Por el centro de la vía un tanque de agua pasa despacio mostrando arrogante todo su poder, las mangueras todavía gotean. Observo absorto cómo estallaban las gotas en el pavimento dorado y de golpe percibo una fuerza que me llama desde el otro lado de la valla. Alzo la mirada y la veo. Siento como si acabara de salir de otro mundo, de un lugar raro y muy lejano. Los años la han cambiado, pero no tanto como para no reconocerla. Su rostro refleja todavía la niña que habita en su interior. La última vez que la vi fue en Génova, durante las manifestaciones contra el G8, en una situación muy parecida a ésta. De eso hace más de quince años. En aquella época, ella y yo solíamos coincidir en casi todas las manifestaciones anti-globalización y siempre sacábamos un rato para charlar. Nuestro tema favorito era la vida cotidiana. Sentíamos curiosidad por cómo era la vida del otro fuera de la excepción que suponían aquellas manifestaciones. Recuerdo que en una ocasión me dijo que estudiaba arte en la universidad de Munich y que no le gustaba nada la lluvia ni el frío. Cuando el tanque de agua termina por fin de cruzar la calle, ella también me ve a mí. Salto sobre mis pies y agito los brazos con excitación de arriba a abajo. Ella me brinda una de esas sonrisas que siempre me hacían pensar en Huckleberry Finn (de niño, cuando leí el libro por primera vez, le puse cara a Huckleberry y la grabé en mi cerebro para siempre. Ella es sin duda la persona del mundo que más se parece a esa cara). Yo también le sonrío, pero ella gira la cara y vuelve a prestar atención a los movimientos de la policía. ¿Qué pasa?, ¿por qué no me reconoce?, ¿acaso he cambiado tanto? Entonces recuerdo que voy vestido de pitufo. Con tanto acontecimiento intenso lo había olvidado por completo, así es imposible que me reconozca.

Tengo que hacer algo, es imprescindible que haga algo para que me reconozca, para que sepa que todavía sigo aquí, que tampoco he muerto. ¿Pero el qué? Y entonces me viene a la cabeza el gesto que inventamos en Génova para anunciar retirada siempre y cuando la situación se tornaba fea. No me había acordado desde entonces; era un gesto sencillo, consistía tan sólo en alzar los brazos y cruzarlos hasta crear con nuestras manos una especie de pájaro con las alas abiertas en el aire. Tengo que intentarlo. Alzo mis brazos y los cruzo. Ella me mira un segundo y vuelve a apartar la mirada. Lo hago otra vez. Salto y lo hago otra vez. Ella me vuelve a mirar y esta vez inclina la cabeza a un lado, pensativa. Yo salto y agito las alas del pájaro, una vez y otra vez más. Y de pronto su rostro cambia de expresión radicalmente. ¡Me entiende! De pronto, el tiempo entre ella y yo se hace enorme y siento que entro en contacto con un campo de fuerza mucho más amplio que la realidad. Un campo de fuerza donde nadie tiene control sobre nada. Aquí, la fuerza es tan poderosa que me empuja y me empuja más allá de los hechos, hacia la verdadera alma de las cosas. Ahora entiendo por qué estamos todos aquí. Y, entonces, el sonido tosco de un cañón me devuelve de golpe a la realidad. Mientras corro, alcanzo a ver cómo una multitud apabullada se traga de nuevo a la pequeña Huck, quién sabe por cuántos años esta vez.

De camino al aeropuerto, los cristales esparcidos por el suelo se clavan en las ruedas de mi maleta dificultando muchísimo su arrastre. Parece como si tratasen de retenerme, como si de algún modo los cristales supiesen que lo que me espera fuera de Hamburgo es peor a todo lo que podría llegar a sucederme aquí. Una gaviota me mira de reojo cuando paso por su lado y sus ojos dan la razón a los cristales: «No te vayas, ¿acaso no ves que ahí afuera no hay mundo?». Ya en el aeropuerto de Barcelona, y con el destello de las sirenas azules todavía reflejándose en mis pupilas, observo el ajetreo de los turistas peleando por tomar un taxi. Es verdad, aquí afuera no hay mundo, sólo hay mundo cuando juntamos los mundos que llevamos dentro. Paso un par de días recuperándome en casa y después el destino me trae de vuelta a este mismo aeropuerto. ¿Son todas estas personas las mismas que vi aquí hace un par de días? Estoy a punto de tomar mi vuelo cuando escucho mi nombre por megafonía: «Señor Leónidas Martín, preséntese en el mostrador de información». Allí, una señorita muy amable me informa de que he sido seleccionado aleatoriamente para un control de seguridad y que debo acompañarla. Caminamos por un pasillo muy largo hasta una habitación estrecha de paredes blindadas. Allí me esperan dos agentes de policía que, ahora ya sin ninguna amabilidad, me hacen vaciar todo el contenido de mi maleta. Mientras uno de ellos inspecciona a fondo mis pertenencias, el otro me dice que abra las piernas y que suba los brazos. «¿Qué ha ido a hacer usted a Hamburgo?», me pregunta mirándome fijamente a los ojos. La pregunta me hace gracia, es la misma que me había hecho yo unos días antes en mitad del humo y los gases. Me dan ganas de decirle la verdad, que he ido a allí para aprender a vivir en un estado de emergencia. Pero no digo nada. Cruzo los brazos y, mientras él me cachea la entrepierna, yo hago el símbolo del pájaro con mis manos. Aprender a seguir vivo en todos los estados de emergencia que están por venir; como viva sigue la pequeña Huck.

Bellas Vallas (o cómo subvertir con nuestros cuerpos el diseño urbano de las ciudades-marca)

Nueva edición del taller ‘Bellas Vallas (o cómo subvertir con nuestros cuerpos el diseño urbano de las ciudades-marca)’. En esta ocasión, se trata de una edición internacional, la mayoría de los asistentes proceden de otros países, por lo que el taller se imparte en inglés. Esta condición internacional –y el impuesto revolucionario que aplicamos sobre ella– nos permite ofrecer el taller gratis a todos los locales que desean apuntarse.

DÍA 1

Para extraer el capital espacial de las ciudades-marca lo primero que se necesita es delimitar el espacio. El funcionamiento de esta delimitación del espacio es precisamente lo que nos hemos propuesto hackear en este taller. Decimos “hackear” porque es la lógica del hacker la que intentamos aplicar aquí, esa que se pregunta qué puedo hacerle hacer a esta cosa. Y de momento nos va bastante bien. Ya en la primera sesión empiezan a salir modos de intervención de lo más sugestivos. Seguimos.

*Gracias a Guillermo Enforma de DeB vaN deE por su valiosa aportación en esta sesión.

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DÍAS 2 y 3

Segunda y espléndida sesión del taller. Si ayer nos dedicamos a entender qué es eso de las bellas vallas en general, cómo funcionan, cómo restringen nuestra movilidad en el espacio urbano, cómo ayudan a crear eso que llamamos ciudades-marca; hoy, lo que hemos hecho es estudiar con detenimiento aquellas que tenemos más cerca, las que ocupan las calles de Barcelona.

Son muchísimas: refinados pinchos que evitan que alguien se tumbe allí donde no debe; pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, obstaculizan el acceso a cualquier área restringida; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado; rejas de forja elaboradas con gran maestría; superficies de cemento inclinadas; bancos, sillas y asientos separados a conciencia –a mala conciencia–… La lista es infinita.

De nuestro estudio, un par de conclusiones podemos destacar. La primera, que la violencia inscrita en la materialidad de todos y cada uno de estos dispositivos pasa desapercibida para la gran mayoría de personas. Eso se debe a lo que en este taller llamamos el factor estético o, dicho de otro modo, la belleza inscrita en estos elementos urbanos que hace que baje su apariencia represiva mientras aumenta la efectividad de sus propósitos. La segunda, que estas bellas vallas no se contentan con delimitar el espacio de la ciudad. Lo que persiguen más bien es transformarlo en un medio por el que llevar a cabo todo tipo de operaciones de captura y exclusión. En este sentido, su propósito final no es más que el de renovar el gesto inmemorial de la imposición de una soberanía sobre un territorio determinado. La soberanía en este caso es la del capitalismo, y el territorio ocupado, nuestras vidas.

Vistas así, las bellas vallas no difieren mucho de esas otras que vemos elevarse alrededor de los inmigrantes y refugiados allí donde quiera que vayan. Es por esto por lo que nos hemos puesto como objetivo para la tercera sesión del taller enlazar, como sea, la hostilidad y amenaza con que se prohibe hoy la libre circulación de las personas en las fronteras de los Estados-nación con esta otra que sufrimos a diario el interior de las ciudades-marca. Dar con un gesto, una imagen, algo que pueda vincular unas vallas con las otras.

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DÍA 4
Final del taller. Acción en la calle.

Las bellas vallas o, dicho de otro modo, los diseños urbanos destinados a controlar la movilidad de las personas en las ciudades, no entran en oposición con esas otras vallas llenas de pinchos y cuchillas que se alzan hoy por toda Europa. Lo que hay aquí es más bien la creación de un continuo que va de la muralla más maciza a la delimitación más etérea. Sus diferencias son de grado y no de naturaleza. En algunas zonas del mundo el capitalismo necesita checkpoints, muros de vigilancia y vallas electrificadas; en otras, sin embargo, requiere de todo lo contrario: síntesis estéticas que restrinjan nuestros movimientos sin que a penas nos demos cuenta de ello. Estetización de las limitaciones del espacio. Bellas vallas.

En la última sesión del taller nos propusimos encontrar un elemento visual que sirviese para mostrar esta relación. Así es como dimos con la manta térmica, esa manta que usan los refugiados cuando ya no tienen donde refugiarse. Pensamos que sus reflejos dorados y plateados nos ayudarían a hacer visible estos dispositivos casi invisibles, y a denunciar sus efectivos modos de controlar la movilidad. Como muchos de los asistentes al taller procedían de entornos relacionados con el teatro y la danza, la intervención cobró una gran apariencia escénica. Podría decirse que lo que hicimos al final fue una especie de coreografía que, a modo de exorcismo, revela la funcionalidad represiva de estos diseños urbanos y enfrenta la lógica perversa oculta bajo sus frías formas.

Dos cosas importantes hemos aprendido en este taller. La primera es que el poder se basa hoy principalmente en controlar los flujos de las personas (dónde y cómo podemos o no circular); la segunda, que la virtualización del cercado, su delimitación estilizada y casi imperceptible, sirve de gran ayuda a la hora de imponer dicho poder. Esta colección de fotografías que aquí os presento no son más que una pequeña muestra de su perniciosa operatividad, así como un humilde intento por hackearla.

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*Fotografías tomadas por Candela Sol (¡eres un sol!)
*Gracias al Equip Antic Teatre Barcelona por acogernos con tanta amabilidad y a la Accademia dell’Arte por su colaboración.

 

 

#Cologne4every1 (Otra intervención contra el racismo en Alemania)

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Desde los sucesos de Nochevieja, Colonia es una ciudad distinta. Del Refugees Welcome a los sprays de defensa agotados en todas las tiendas de la región. La noche más oscura comienza a desplegar su manto sobre Alemania. El lobo fascista, agazapado durante décadas bajo la colcha neoliberal, asoma de nuevo las orejas. “¡Fuera extranjeros!, ¡Cerremos las fronteras!”, sus primeros aullidos asustan a cualquiera.

Llegamos invitados por el departamento de Intermedia de la Universidad de Colonia. Un amplio grupo de estudiantes nos espera en el aula llenos de curiosidad, son jóvenes y no parecen muy interesados en la política. No importa, al fin y al cabo la política poco puede hacer frente a los problemas sociales a los que hoy nos enfrentamos. Más que política lo que hoy necesitamos es estilo, actitud, y eso es algo que a estos chicos no les falta. Estilo para cortocircuitar el inconsciente colectivo que nos hace odiar al otro, y actitud para desactivar la maldita red neuronal que no nos permite vivir juntos. Hacer algo así será siempre más parecido al trabajo de un artista que al de un politólogo.

Por mucho hartazgo que dicen sentir respecto a los acontecimientos de la pasada nochevieja –y el zafio tratamiento de los medios de comunicación–, todos los asistentes a nuestro taller parecen compartir un mismo sentimiento: que el miedo no se apodere de nosotras. Tenemos que demostrar que Colonia es una ciudad de acogida, dicen, y no una que reacciona con violencia porque tiene miedo. Las palabras más repetidas a lo largo del día son “bienvenida”, “respeto” y “tolerancia”. De ellas y de la marca que dejan en nuestras cabezas cuando se pronuncian es de donde sacamos la idea para la intervención que realizamos en la plaza de la catedral (la misma plaza donde sucedieron las agresiones de nochevieja).

Podría decirse que lo que hicimos fue una imagen de bienvenida colectiva. Una postal humana llena de respeto y tolerancia. Una colección de estampas que buscan acallar el aullido del lobo y el sentido común que lo hace fuerte. De producción sencilla y capaz de adaptarse a muchas situaciones distintas, nuestro dispositivo fotográfico logró ocupar el espacio mediático y las redes sociales con un mensaje claro y muy distinto al de estos días atrás. En vez de “Fuera inmigrantes”, una sonrisa amable; en vez odio y terror, un saludo fraterno desde Colonia, una ciudad de y para todos. #Cologne4every1

Más imágenes de la intervención

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#efectoGEZI (vídeo)

Nuestra compañera Oriana Eliçabe, fue la única miembro de Enmedio que estuvo en Estambul durante la ocupación del Parque Gezi en 2013. Flipó tanto con la creatividad de las protestas que decidió volver más tarde para hacer este vídeo y una serie fotográfica llamada #efectoGEZI.

Este vídeo muestra la reapropiación de fotografías por parte de las personas que se manifestaban en el Parque Gezi, su circulación y simbolización hasta convertirse en memes.
Las redes sociales jugaron un papel fundamental para la difusión y la construcción de una simbología cargada de humor y creatividad. En este marco de producción simbólica nacieron los memes, como mecanismo de difusión cultural y social en forma de dibujos, fotos o multimedia, que se transmitieron de un individuo a otro a través de las redes sociales e incluso en las paredes de la ciudad con los graffitis.
De la creación colectiva y el imaginario popular nacieron una serie de superhéroes, como Talcid Man o la Woman in Red, que mas que representar personas en específico pretendían simbolizar experiencias que mucha gente había tenido en Gezi y que ayudaron a vencer el miedo con humor ante una represión brutal que costó la vida a ocho jóvenes.

Duración aproximada: 23 minutos
V.O Inglés y turco. Subtítulos en en castellano.

 

Dicen que no caben pero las vamos a meter (una nueva acción con la PAH)

Nos lo hemos pasado en grande; muy grande. Andábamos con ganas de calle y lo de esta mañana nos ha sentado de maravilla. Primero la sede de Ciudadanos, después la del PP y la del PSC, la de todos los partidos que dicen que las propuestas de la PAH, ‪#‎Las5delaPAH‬, no caben en sus programas. Dicen que no caben pero las vamos a meter. Mirad.

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Hemos diseñado un manual de instrucciones para que tú también puedas construir un cinco gigante y llevar #las5delaPAH allá donde quieras. Descárgatelas aquí

Cómo acabar con el Mal (25-28 marzo, Donostia)

Cómo acabar con el Mal otra vez

Volvemos a la carga. Aquí llega la segunda edición de Cómo acabar con el Mal, nuestro encuentro internacional de activismo creativo. ¿O es que pensabas que para acabar con el Mal bastaba con dar un solo golpe? De eso nada, monada. Para acabar con el Mal hay que ser impertinente, insistir una y otra vez. Las veces que haga falta.

Si asististe a la primera edición recordarás lo bien que lo pasamos y las cosas tan grandes que hicimos. Cosas como los Reflectantes contra el Mal o la Fiesta en Bankia, acciones consideradas hoy ya auténticos clásicos del artivismo internacional. Sin embargo, mucho ha llovido desde entonces hasta hoy: las plazas vuelven a estar sin gente, y las protestas en la calle parecen haber dado paso a una intensa carrera de fondo hacia la conquista de las instituciones. Quién sabe lo que nos deparará todo esto, lo que sí sabemos es que el cielo de nuestras vidas sigue nublado. Todavía hace muy mal tiempo por aquí.

Lejos de vivir mejor, cada vez estamos más solos, más rotos, más enfrentados los unos contra los otros. El paro y la privatización de los servicios públicos galopan desbocados y sin jinete. Los bancos y las empresas multinacionales ganan más dinero que nunca mientras los mileuristas, lejos de ser una vergüenza, se convierten en auténticos afortunados. Por si esto fuese poco, hace apenas un mes nos cayó encima la Ley Mordaza, un inventazo para poner fuera de circulación todo lo que no sea la política de los políticos.

Como ves, razones no nos faltan para abrir de nuevo nuestra caja de herramientas. Esta vez será en San Sebastian, del 24 al 28 de marzo de 2015. Cuatro días repletos de presentaciones y talleres dedicados a pensar nuevas maneras de actuar en este contexto de crisis generalizada. Vendremos acompañados de un buen número de amigos, representantes locales e internacionales del activismo creativo más destacado de los últimos años. Y no pensamos irnos de allí hasta tener un buen puñado de ideas con las que acabar con el Mal otra vez. ¿Te apuntas?

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INVITADOS:

Gan Golan (EEUU),  G.I.L.A. Grupo de Intervención de Lavapiés (Madrid), Enmedio  (Barcelona),  My Dad’s Strip Club (Inglaterra)  Andrew Boyd (EEUU) Enrique Flores (Madrid) The Laboratory of Insurrectionary Imagination (Reino Unido / Francia) Flone (Barcelona)

#SinMordaza

10873488_380030322165641_3207981172344397555_oMiles de personas protestan en las calles de muchas ciudades españolas contra la ley orgánica de protección de la seguridad ciudadana, también conocida como ley mordaza. ¿Que por qué protesta tanta gente contra una ley? Échale un vistazo a alguno de los puntos que incluye:

  1. Tomar una foto o grabación de la policía de 600 a 30,000 € de multa.
  2. Desobediencia pacífica a la autoridad de 600 a 30,000 € de multa.
  3. Ocupar bancos como medio de protesta de 600 a 30,000 € de multa.
  4. No autorizar una protesta de 600 a 30,000 € de multa.
  5. Realizar asambleas o reuniones en espacios públicos de 100 a 600 € de multa.
  6. Impedir o detener un desalojo de 600 a 30,000 € de multa.

Eso es, lo has adivinado, todo lo que hace Enmedio es ahora ilegal. Como comprenderás, no podíamos quedarnos  con la boca cerrada, por eso organizamos esta intervención fotográfica. Bocas alegres, bocas sonrientes, bocas abiertas y llenas de gozo, bocas que ni se callan, ni les harán callar. Bocas #SinMordaza.

Leo David 10015030_380030335498973_4201549664702702898_o988834_380030368832303_7663792983745308811_n IMG_20141221_111622951 ebjedfga10818376_380030405498966_120958022534164929_o 10860919_380030325498974_2871215280392708947_o 10865728_380030338832306_3058891398658520251_o 10869759_380030408832299_4957098556063312614_o 10872914_380030398832300_6341596456955583921_o Enmedio_Babyblock

Tenemos que crear una cultura que nos saque de la cultura neoliberal (entrevista Degrowth 2014)

De qué está hecha la cultura del neoliberalismo, qué otra cultura puede llegar a plantarle cara, de qué valores estaría hecha esa nueva cultura. Estas preguntas y otras cuantas más definen el marco de la entrevista que le hicieron los chicos de Challenge Yasuni a Leónidas Martín, miembro de Enmedio, durante el encuentro Degrowth 2014 (Leipzig). La dirección corre a cargo de Stella Veciana y el realizador es Dan Norton.

Los 4×4 de Enmedio: Activismo y humor

Cartel Activismo y humor

Activismo y humor

Técnicas de comedia aplicadas al activismo social.

El activismo social tiene un problema: es aburrido. Muchos y muchas activistas piensan que la risa no tiene cabida en esos asuntos sociales tan serios con los que tratan. Pero se equivocan. La risa, cuando está bien afinada, puede ser la herramienta idónea para enfrentar cualquier conflicto social, por dramático que este sea. Riéndonos hacemos desaparecer la tensión y sentimos alivio de inmediato, justo lo que uno necesita cuando se encuentra en una situación difícil. Por eso te ofrecemos este taller, porque estamos convencidos de que conocer en profundidad algunos recursos cómicos te ayudará a trasformar cualquier acto de protesta en un acto realmente liberador. Y porque queremos pasar un rato divertido contigo, ¡qué carajo!

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Impartido por: Leónidas Martín, miembro de Enmedio.

  • Fechas: Sábado 19 y domingo 20 de julio
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  • Horarios: Sábado de 10 a 14h y de 16 a 20. Domingo de 10.30 a 14h.
  • Inscripciones: Rellena este formulario
  • Fecha límite de inscripción: Miércoles 16 de julio.
    Al día siguiente se informará a los preinscritos de si han sido seleccionados.
    Es imprescindible poder asistir a las dos sesiones.
  • Plazas limitadas.

Activismo y Ficción (Metrópolis, TVE 2)

 

Realizado por Leónidas Martín y Núria Campabadal.
Música: Filastine
Grafismo: David Morgado
Material de archivo:
Deep Dish TV, Bob Jaroc y Andy Ward, Scott Robinson, Rob Vanalkemade, Glenn Gabel, Núria Vila, Friends of Freedom and Justice BILIN.
Agradecimientos:
Enmedio; Not an Alternative! Jason Jones; Anja Steidinger; Oriana Eliçabe; Vanesa Varela; David Proto; Scott Robinson; Mark Read; Albert Clemente; Democracy Now; Arkham Comics.

El asunto primordial de la ficción ha sido, es y será siempre la emoción, las creencias y los valores de los seres humanos. Los proyectos incluidos en este programa cumplen a raja tabla esta condición. Pero lo hacen a su manera. Si los realistas franceses del siglo XIX proponían pintar lo que se veía, estas experiencias a caballo entre la ficción y el activismo social proponen hacer lo que se ve. Es como si dijesen: estamos cansados de mirar, ahora queremos vivir la imagen.
Superbarrio, por ejemplo, no es más que eso, un hombre cualquiera que tras perder su trabajo y su casa en la ciudad de México, decide convertirse en su propio personaje: un luchador enmascarado capaz de enfrentarse a los responsables políticos de la especulación urbanística. Lo mismo sucede con Unemployed Man, un guión de cómic escrito por un par de chicos que, cansados de sufrir la crisis económica, deciden convertirla en una historieta repleta de superheroes sociales. Personajes ficticios que rápidamente abandonan las páginas del cómic para aparecer en las manifestaciones y campamentos contra la crisis capitalista a lo largo y ancho de los Estados Unidos.
Las experiencias artísticas contenidas en este Activismo y Ficción, más que intentar convencer al espectador para que acepte lo que muestran, lo que hacen es encantarlo, hipnotizarlo incluso, para que suspenda la incredulidad y pase a involucrarse en el conflicto social narrado por ellas. Este es el caso de los Palestina Avatar, ese grupo de jóvenes palestinos que conmocionaron a medio mundo apareciendo en una colonia de Gaza manifestándose contra la ocupación del ejercito israelí disfrazados de Na´vi, los personajes buenos de la película Avatar. Esos chicos se convierten en ficción para ocupar nuestras pantallas y despertar en nosotros el deseo de cambiar este mundo. Lo mismo hace el Reverendo Billy y su Iglesia contra el consumo, que tras apropiarse de la figura de esos reverendos lunáticos que ocupan una gran parte del horario televisivo americano, logran convertir muchos de los relatos y mitologías cristianas en verdaderas flechas contra la sociedad del consumo.
Si las ficciones son proyecciones delirantes nacidas en el espacio que queda entre el autor y el que las recibe, los proyectos incluidos en este programa se centran claramente en el que las recibe: el espectador. Esta figura está entendida aquí de manera mucho más libre de lo que suelen pensar algunas corrientes críticas, para los autores de estos proyectos una imagen nunca podrá representarlo todo, por eso Anonymous realiza esta especie de ejercicio de posesión y se adueña de un rostro y un cuerpo que no le pertenecen, para operar bajo su apariencia y añadir así aquello que siempre le faltará a la imagen: la acción.

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