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Bellas vallas (Leónidas Martín)

Autor: Leónidas Martín

Desde el día de su inauguración, las ventanas del gimnasio de mi barrio han servido de punto de encuentro para los vecinos. Están a pie de calle, son grandes y en sus anchas repisas nos hemos sentado muchos de nosotros a lo largo de estos años, sobre todo los paquistaníes que viven en las calles aledañas. Digo «nos hemos sentado», así en pretérito perfecto, porque desde que el ayuntamiento de Barcelona instaló en ellas unas placas metálicas muy grandes, allí ya no se sienta nadie. Se acabaron las reuniones y las charlas improvisadas. «¡Circulen!»

Al decir «placas metálicas» puede que hayas pensado en una de esas vallas de hierro que impiden el acceso a algún sitio, o uno de esos carretes de alambre de espino que se ven a menudo en las fronteras. Nada que ver con eso. Las placas de metal que han instalado en mi gimnasio son bonitas. Las ha diseñado un arquitecto joven, uno de los muchos arquitectos jóvenes que trabajan para el Ayuntamiento, y están perfectamente integradas en la estructura del edificio. El cristal, el saliente y las placas se complementan entre sí como si de una sinfonía de Franz Joseph Haydn se tratase. De hecho, estoy seguro de que si alguien pasa hoy por ahí, alguien que no sepa cómo eran y para qué servían antes esas ventanas, jamás notará nada extraño. Y esto es lo interesante.

Es cierto que la movilidad en el espacio de una ciudad nunca se ha dado con libertad; la arquitectura y el diseño urbanístico la han dirigido siempre. Pero, a diferencia de las vallas, las rejas y los muros que en el pasado acotaban y definían la movilidad de las personas, el mobiliario urbano contemporáneo lo hace sin que se note. Antes, regular los comportamientos de los cuerpos en el espacio, indicarles qué debían hacer y cómo debían hacerlo, requería de elementos muy visibles. Hoy, sin embargo, parece que ese adoctrinamiento requiere de todo lo contrario: que no se vea, que sin destacar lo más mínimo, sin apenas alterar el paisaje cumpla su propósito represivo. O incluso lo mejore.

Desde luego esto no es siempre así, sigue habiendo lugares donde los elementos urbanísticos destinados al control de los cuerpos en el espacio son plenamente manifiestos. No hay más que echar un ojo a la frontera sur de Europa para darse cuenta de ello. En Ceuta, por ejemplo, los muros y los alambres de espino no están ocultos bajo ninguna bella forma; más bien todo lo contrario. En estos lugares los elementos urbanísticos son muy visibles, deben serlo. De su visibilidad depende en gran medida su efectividad. Un inmigrante dispuesto a entrar en Europa sin papeles debe ver con claridad los impedimentos materiales con los que se va a topar, las cosas que obstruirán su entrada. Se supone que verlos hará que se lo piense dos veces.

Pero mi texto no está localizado en esos lugares. De lo que yo hablo aquí es de esos otros sitios adonde van a parar los inmigrantes una vez que han cruzado las fronteras. Me refiero a esas ciudades a las que llegan buscando su futuro prometido; en concreto, esas ciudades que viven de exportar su imagen como si de una marca comercial se tratara. Ciudades como Barcelona, París o Londres. En estos lugares los dispositivos que dictan comportamientos en el entorno sí que deben pasar desapercibidos. Así, integrándose en el entramado visual de la propia ciudad sin que apenas se perciban, es como logran fortalecer los valores estéticos y morales asociados a esa ciudad, mientras ocultan su función principal, la de dirigir la movilidad de la gente.

La placas instaladas en las ventanas de mi gimnasio no son, ni mucho menos, el único ejemplo de este mobiliario urbano diseñado para evitar situaciones y comportamientos sociales indeseados. Las ciudades-marca están repletas de estos elementos: pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, evitan que las personas se acomoden en un emplazamiento público; rejas elaboradas en forja con gran maestría y que evitan el acceso a cualquier área restringida; refinados pinchos que logran evitar que alguien se tumbe allí donde no debe; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado… Un sin fin de diseños urbanísticos que, tal y como sucedía en La carta robada de Poe, están a la vista de cualquiera y, sin embargo, pasan desapercibidos. Nos topamos con ellos mil veces, pero no los vemos o, al menos, no advertimos la verdadera finalidad que esconden.

A simple vista, estos elementos pueden parecer irrelevantes, pequeñas piezas urbanas que no merecen mayor consideración. Sin embargo, a mi modo de ver estos fragmentos representan, aún ocultándolo, el espíritu del modelo económico y político que los ha creado: el espíritu del mercado. Un espíritu que lo pone todo en movimiento (personas, ciudades, países, obras de arte…) bajo el criterio de una única ley: sacar el mayor provecho económico posible de cualquier actividad humana. Este espíritu está en todas partes, nos afecta a todos nosotros y a todo lo que nos rodea. Los propios inmigrantes que citábamos más arriba llegan hasta aquí empujados por ese espíritu. Él es quien los ha puesto en movimiento, la fuerza que les ha empujado a saltar los muros y sortear vallas de espino. «Movimiento» no significa aquí libertad, ni mucho menos. Todo movimiento que provoca el espíritu del mercado debe ser conducido y se ha de dar siempre bajo las reglas que él impone. De lo contrario, esa movilidad podría desviarse y terminar alcanzando otro objetivo distinto al del consumo, y ése es un riesgo que el mercado no puede correr. En este sentido, las placas metálicas de mi gimnasio o cualquier otro de estos elementos urbanísticos son la grasa que ayuda a perfeccionar el condicionamiento impuesto por el espíritu del mercado.

Y es que el comportamiento de los ciudadanos, así como la identidad de una ciudad, no es algo que venga dado. Más bien son sus propios actos y las modificaciones que estos actos ocasionan en el tejido social los que crean los comportamientos. Estas acciones y estos comportamientos podrían, a priori, ser infinitos. Limitarlos, hacer que respondan a un determinado espíritu, requiere de mucha creatividad. Justo aquí es donde entra en juego el rol del artista, ¿o acaso no ha sido ésa siempre su tarea, la de dotar de contenido racional a algo que no tiene lógica ni orden preexistentes? («Enseñarle a la Naturaleza cuál es su sitio», decía Oscar Wilde). No es de extrañar, pues, que sean los artistas, los arquitectos, los diseñadores los encargados de traducir en formas (en mobiliario urbano en este caso) la ley única del comercio y sus objetivos. Lo hacen porque es lo que saben hacer, así es como ganan su dinero. Pero también lo hacen porque están más preocupados por las formas, por aquellos aspectos que atañen al arte mismo, que por los usos derivados de su obra. Y lo hacen también por otra razón más.

En el mundo en el que nos ha tocado vivir, cada uno de nosotros se enfrenta solo a la sociedad. Sin intermediarios. Como un extraño entre extraños. Esto alienta un «yo» lleno de orgullo que a ratos se cree todopoderoso. Pero también alienta un «yo» que se inclina a los pies de cualquier efigie que se cruza por su camino. Un «yo» dispuesto a comerse el mundo, pero vencido por el miedo y la soledad. Por eso el joven arquitecto diseña esas placas metálicas que después instala el Ayuntamiento en las ventanas de mi gimnasio, porque se siente perdido en un jeroglífico que no entiende. Ese joven arquitecto ve la vida como la ven los personajes de las novelas de Kafka. No sabe quién decide las cosas, ni a quién dirigirse en busca de justicia o ayuda. Para él, vivir es dejarse arrastrar por una fuerza misteriosa cuyo poder y tamaño es tan grande que le revela toda su impotencia. Desde ahí es desde donde este joven arquitecto diseña las placas metálicas que sirven para evitar que se reúnan los inmigrantes en la calle.

Cada vez que voy a darme un baño en la piscina del gimnasio me hago la misma pregunta: ¿Cómo sería un arte que rompiese este maldito estatu estético que impide el encuentro? Un arte abierto a una concepción dinámica de la vida, donde nuestro entorno se crease en relación directa con unos comportamientos en constante cambio. ¿Cómo sería un arte que plantase cara a los modos de comportamiento establecidos y fuese capaz de abrir nuevos modos de vida, esos que andamos buscando hace tiempo? ¿Y cómo un diseño urbanístico que, en vez de maquillar la represión, organizase nuestro mundo en común? Porque eso y no otra cosa es una ciudad: la organización de nuestro mundo en común.

Spain: The Nameless Force Behind the Protests.


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