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Posesión neoliberal (Leónidas Martín)

posesion-88Autor: Leónidas Martín

Querido amigo, sé por lo que estás pasando. El neoliberalismo te tiene poseído y no sabes cómo deshacerte de él. Por si te sirve de consuelo, te diré que no eres el único. El neoliberalismo, más que una ideología o una política, es un espíritu que lo ha poseído todo. Ha poseído al Estado y a todas sus instituciones, y los hospitales, las escuelas, los lugares de trabajo. También nos ha poseído a nosotros. Ha tomado nuestros cuerpos, nuestros deseos e ilusiones, nuestras ideas y nuestros sueños. Y, una vez poseídos, el espíritu del neoliberalismo nos gobierna bajo una única ley: la ley de la competencia.

Competir, competir, competir. Este es el principio universal de nuestros días. Está presente en todas partes. Compiten las empresas, compiten los mercados, compiten los gobiernos, “debemos adoptar unas políticas más competitivas”, dicen; y, por supuesto, nosotros competimos también. La ley de la competencia la llevamos tan dentro que ha llegado a ser parte de nosotros. Por más que nos pese, amigo mío, nos hemos convertido en una especie de pequeña empresa individual dedicada a competir sin descanso con las otras pequeñas empresas individuales que nos rodean: nuestros semejantes. Por eso te sientes hoy tan mal.

Para dejar de sentirte así te aconsejo que no prestes mucha atención a lo que dicen por ahí algunos falsos curanderos. Si el neoliberalismo fuese —tal y como afirman— “algo que se encuentra únicamente ahí fuera”, en el Estado, en los mercados o donde sea, tú ahora no sufrirías tanto, te lo aseguro. Créeme, el neoliberalismo no es una institución, es más bien una actividad paranormal (completamente normalizada y normativizada) que opera a la vez tanto dentro como fuera de nosotros. Así es como dirige nuestros comportamientos, los que tenemos hacia nosotros mismos y los que tenemos hacia los demás. Por eso, cuando un día nos sentimos tan mal como te sientes tú hoy y decidimos que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado y que vamos a plantarle cara a este maldito espíritu, nos resulta muy difícil saber por dónde empezar.

Siento decirte que no existen conjuros definitivos, ni antídotos capaces de terminar para siempre con esta posesión. Lo que existen son conductas que, una vez repetidas, crean unos hábitos que debilitan en gran medida a esta fuerza malévola. Siento decirte también que poner en práctica estas conductas no es nada fácil. Si lo intentas, lo más probable es que sientas un miedo atroz, que tus labios zumben como moscas y comiences a oír voces raras en tu cabeza: ecos de un canto fantasmal llegados de la oscuridad más profunda para hacerte reconsiderar tu decisión.

Una de esas voces espectrales que aparece con más frecuencia es aquella que nos induce a pensar que, tomando el Estado y sus instituciones, acabaríamos de golpe y porrazo con la posesión neoliberal. No me gustaría que me malinterpretases; por supuesto que estoy a favor de cualquier incursión institucional de signo contrario a las políticas neoliberales, algo así multiplicaría las posibilidades de enfrentarnos a este espíritu; sin embargo, mucho me temo que no sería suficiente. A un espíritu no se le elimina simplemente con un cambio de política. Eso, sin unas nuevas prácticas de subjetivación, sirve de bien poco. Aunque el espíritu neoliberal se siente mejor cuando los gobiernos fluyen en la dirección del neoliberalismo, es capaz de adaptarse a circunstancias muy adversas. No lo olvides.

Otro hechizo a evitar es el que popularmente se conoce como La gota que colma el vaso. Bajo su influjo uno tiende a pensar que el sujeto no debe hacer nada para desposeerse, que la historia lo hará por él. Más que intentar crear unos nuevos valores que hagan emerger una subjetividad distinta, este embrujo nos sugiere que será el mismo neoliberalismo, mediante sus propias contradicciones internas, quien se encargará de ello. Así, un buen día, de buenas a primeras y sin que nadie sepa muy bien por qué, comenzará una especie de reconquista espiritual que lo cambiará todo. Lo único que necesitamos hacer nosotros, pues, es tomar conciencia de lo que nos sucede y esperar a que se den las condiciones idóneas para nuestra desposesión.

Como te habrás dado cuenta, ambos espejismos desatienden la lección más importante que nos ha enseñado el propio neoliberalismo: poseer es producir una subjetividad. Y eso no se hace únicamente tomando el Estado y aplicando unas políticas económicas distintas. Lo dijo la mismísima Margaret Thatcher: “La economía es sólo un método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma”. Y para cambiar el alma de la gente, amigo mío, para crear un nuevo sujeto, es necesario realizar un trabajo constante en todos y cada uno de los planos de influencia que afectan a ese sujeto. Esa actividad incesante es, precisamente, el espíritu que nos tiene poseídos.

Sí, lo sé, te estoy deprimiendo más de lo que estabas. Tú tan sólo buscabas una manera sencilla de expulsar a ese maldito espíritu de tu cuerpo y yo no hago más que complicarlo todo. Pero no desesperes, traigo buenas noticias también; escucha: si el espíritu que nos posee es capaz de poseerlo todo desde todos los sitios a la vez, la resistencia a este espíritu puede darse también en cualquier parte; en cualquier momento. De hecho, si te fijas con atención, verás que esto sucede ya todos los días. Estamos rodeados de experiencias colectivas que se enfrentan al espíritu del neoliberalismo una y otra vez. El movimiento contra la deuda estudiantil en Estados Unidos (You´re not a Loan) o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) son dos buenos ejemplos de ello; pero no son los únicos, ni los más importantes. Miles de personas con sus pequeñas iniciativas de todo tipo se niegan a diario a convertirse en empresas competitivas, plantándole cara al espíritu del neoliberalismo tanto dentro de ellas (negándose a actuar como una empresa) como para con los otros (negándose a competir). En estas experiencias cotidianas y aisladas se halla la materia prima para la elaboración de un nuevo espíritu, un contra-espíritu capaz de expulsar al espíritu que ahora nos posee. Tan sólo tenemos que trazar líneas de unión entre ellas, y eso pasa inevitablemente por establecer relaciones de cooperación.

Como el neoliberalismo no es algo que se encuentre fijo en un lugar determinado, sino más bien una relación con todo, es imposible librarse de él de modo individual. Cuando lo intentas, el suelo se convierte en cemento mojado y enseguida comprendes que sin la ayuda de los demás no llegarás muy lejos. Salvo, quizá, a sentir desprecio y rencor por aquellos que no lo intentan como tú o, en el peor de los casos, a refugiarte en una identidad compartida (un grupo político, una ideología…) que asegure haberse librado del espíritu neoliberal, cuando en realidad lo único que ha hecho es exportar la competencia al terreno de las “pequeñas comunidades”. Compartir, poner en común, amigo mío, ésa es la clave para desprendernos del espíritu que ahora nos posee. Así es como lograremos ensanchar nuestro contra-espíritu hasta llenarlo todo de unos valores distintos. Desde un partido político hasta lo más profundo de nuestras almas: todo. Occupy Everything, my friend.

Supongo que te estarás preguntando cuáles son esos nuevos valores capaces de ejecutar tal exorcismo. Te diré los que yo pienso que son. Pero recuerda: yo también estoy poseído igual que tú y, como bien sabes, en la posesión no existen certezas absolutas, tan sólo intuiciones. Dicho esto, el primer valor a destacar creo que sería la cooperación. Es urgente que comencemos a ver al otro como un compañero en vez de como un obstáculo en nuestro camino, sólo así podremos empezar a caminar en la dirección correcta sobre un pavimento firme. En segundo lugar, la capacitación. Nuestro espíritu debe capacitarnos para realizar por nosotros mismos todas aquellas tareas que ahora delegamos en los “expertos”. Por último, creo que la posesión de nuestro contra-espíritu debería significar una experiencia de disfrute distinta a la que nos ofrece el consumo. Una experiencia donde la abundancia del tiempo y las relaciones humanas, junto con el cuidado de la vida colectiva, fuesen la nueva buena vida; una manera distinta de medir la “riqueza”. Te lo puedo decir de otro modo: acabaremos con la posesión neoliberal únicamente si intensificamos al máximo la dimensión común de la experiencia. Realizar algo así, querido amigo, sería crear la obra de arte más bella de la historia. En nuestras manos está conseguirlo. En las tuyas y en las de todos nosotros juntos. Sin dejar de ser lo que somos y sin movernos del sitio que ya ocupamos.

Espero que mis palabras te hayan sido de ayuda, y te deseo una pronta recuperación. Cuídate mucho.

Leónidas Martín.
Junio 2014, Barcelona.

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Este escrito está inspirado en un par de libros que he leído esta semana, muchas conversaciones mantenidas con mi amigo Amador Fdez-Savater y mis compañeros de Enmedio y un par de películas clásicas de terror que me han vuelto a quitar el sueño las pasadas noches. Aquí va la lista:

La nueva razón del mundo, de Chirstian Laval y Pierre Dardot (Gedisa Editorial)
Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, de Michel Foucault (Alianza Editorial)
Posesión infernal (Sam Raimi, 1981)
El Exorcista (William Friedkin, 1973)

Bellas vallas (Leónidas Martín)

Autor: Leónidas Martín

Desde el día de su inauguración, las ventanas del gimnasio de mi barrio han servido de punto de encuentro para los vecinos. Están a pie de calle, son grandes y en sus anchas repisas nos hemos sentado muchos de nosotros a lo largo de estos años, sobre todo los paquistaníes que viven en las calles aledañas. Digo «nos hemos sentado», así en pretérito perfecto, porque desde que el ayuntamiento de Barcelona instaló en ellas unas placas metálicas muy grandes, allí ya no se sienta nadie. Se acabaron las reuniones y las charlas improvisadas. «¡Circulen!»

Al decir «placas metálicas» puede que hayas pensado en una de esas vallas de hierro que impiden el acceso a algún sitio, o uno de esos carretes de alambre de espino que se ven a menudo en las fronteras. Nada que ver con eso. Las placas de metal que han instalado en mi gimnasio son bonitas. Las ha diseñado un arquitecto joven, uno de los muchos arquitectos jóvenes que trabajan para el Ayuntamiento, y están perfectamente integradas en la estructura del edificio. El cristal, el saliente y las placas se complementan entre sí como si de una sinfonía de Franz Joseph Haydn se tratase. De hecho, estoy seguro de que si alguien pasa hoy por ahí, alguien que no sepa cómo eran y para qué servían antes esas ventanas, jamás notará nada extraño. Y esto es lo interesante.

Es cierto que la movilidad en el espacio de una ciudad nunca se ha dado con libertad; la arquitectura y el diseño urbanístico la han dirigido siempre. Pero, a diferencia de las vallas, las rejas y los muros que en el pasado acotaban y definían la movilidad de las personas, el mobiliario urbano contemporáneo lo hace sin que se note. Antes, regular los comportamientos de los cuerpos en el espacio, indicarles qué debían hacer y cómo debían hacerlo, requería de elementos muy visibles. Hoy, sin embargo, parece que ese adoctrinamiento requiere de todo lo contrario: que no se vea, que sin destacar lo más mínimo, sin apenas alterar el paisaje cumpla su propósito represivo. O incluso lo mejore.

Desde luego esto no es siempre así, sigue habiendo lugares donde los elementos urbanísticos destinados al control de los cuerpos en el espacio son plenamente manifiestos. No hay más que echar un ojo a la frontera sur de Europa para darse cuenta de ello. En Ceuta, por ejemplo, los muros y los alambres de espino no están ocultos bajo ninguna bella forma; más bien todo lo contrario. En estos lugares los elementos urbanísticos son muy visibles, deben serlo. De su visibilidad depende en gran medida su efectividad. Un inmigrante dispuesto a entrar en Europa sin papeles debe ver con claridad los impedimentos materiales con los que se va a topar, las cosas que obstruirán su entrada. Se supone que verlos hará que se lo piense dos veces.

Pero mi texto no está localizado en esos lugares. De lo que yo hablo aquí es de esos otros sitios adonde van a parar los inmigrantes una vez que han cruzado las fronteras. Me refiero a esas ciudades a las que llegan buscando su futuro prometido; en concreto, esas ciudades que viven de exportar su imagen como si de una marca comercial se tratara. Ciudades como Barcelona, París o Londres. En estos lugares los dispositivos que dictan comportamientos en el entorno sí que deben pasar desapercibidos. Así, integrándose en el entramado visual de la propia ciudad sin que apenas se perciban, es como logran fortalecer los valores estéticos y morales asociados a esa ciudad, mientras ocultan su función principal, la de dirigir la movilidad de la gente.

La placas instaladas en las ventanas de mi gimnasio no son, ni mucho menos, el único ejemplo de este mobiliario urbano diseñado para evitar situaciones y comportamientos sociales indeseados. Las ciudades-marca están repletas de estos elementos: pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, evitan que las personas se acomoden en un emplazamiento público; rejas elaboradas en forja con gran maestría y que evitan el acceso a cualquier área restringida; refinados pinchos que logran evitar que alguien se tumbe allí donde no debe; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado… Un sin fin de diseños urbanísticos que, tal y como sucedía en La carta robada de Poe, están a la vista de cualquiera y, sin embargo, pasan desapercibidos. Nos topamos con ellos mil veces, pero no los vemos o, al menos, no advertimos la verdadera finalidad que esconden.

A simple vista, estos elementos pueden parecer irrelevantes, pequeñas piezas urbanas que no merecen mayor consideración. Sin embargo, a mi modo de ver estos fragmentos representan, aún ocultándolo, el espíritu del modelo económico y político que los ha creado: el espíritu del mercado. Un espíritu que lo pone todo en movimiento (personas, ciudades, países, obras de arte…) bajo el criterio de una única ley: sacar el mayor provecho económico posible de cualquier actividad humana. Este espíritu está en todas partes, nos afecta a todos nosotros y a todo lo que nos rodea. Los propios inmigrantes que citábamos más arriba llegan hasta aquí empujados por ese espíritu. Él es quien los ha puesto en movimiento, la fuerza que les ha empujado a saltar los muros y sortear vallas de espino. «Movimiento» no significa aquí libertad, ni mucho menos. Todo movimiento que provoca el espíritu del mercado debe ser conducido y se ha de dar siempre bajo las reglas que él impone. De lo contrario, esa movilidad podría desviarse y terminar alcanzando otro objetivo distinto al del consumo, y ése es un riesgo que el mercado no puede correr. En este sentido, las placas metálicas de mi gimnasio o cualquier otro de estos elementos urbanísticos son la grasa que ayuda a perfeccionar el condicionamiento impuesto por el espíritu del mercado.

Y es que el comportamiento de los ciudadanos, así como la identidad de una ciudad, no es algo que venga dado. Más bien son sus propios actos y las modificaciones que estos actos ocasionan en el tejido social los que crean los comportamientos. Estas acciones y estos comportamientos podrían, a priori, ser infinitos. Limitarlos, hacer que respondan a un determinado espíritu, requiere de mucha creatividad. Justo aquí es donde entra en juego el rol del artista, ¿o acaso no ha sido ésa siempre su tarea, la de dotar de contenido racional a algo que no tiene lógica ni orden preexistentes? («Enseñarle a la Naturaleza cuál es su sitio», decía Oscar Wilde). No es de extrañar, pues, que sean los artistas, los arquitectos, los diseñadores los encargados de traducir en formas (en mobiliario urbano en este caso) la ley única del comercio y sus objetivos. Lo hacen porque es lo que saben hacer, así es como ganan su dinero. Pero también lo hacen porque están más preocupados por las formas, por aquellos aspectos que atañen al arte mismo, que por los usos derivados de su obra. Y lo hacen también por otra razón más.

En el mundo en el que nos ha tocado vivir, cada uno de nosotros se enfrenta solo a la sociedad. Sin intermediarios. Como un extraño entre extraños. Esto alienta un «yo» lleno de orgullo que a ratos se cree todopoderoso. Pero también alienta un «yo» que se inclina a los pies de cualquier efigie que se cruza por su camino. Un «yo» dispuesto a comerse el mundo, pero vencido por el miedo y la soledad. Por eso el joven arquitecto diseña esas placas metálicas que después instala el Ayuntamiento en las ventanas de mi gimnasio, porque se siente perdido en un jeroglífico que no entiende. Ese joven arquitecto ve la vida como la ven los personajes de las novelas de Kafka. No sabe quién decide las cosas, ni a quién dirigirse en busca de justicia o ayuda. Para él, vivir es dejarse arrastrar por una fuerza misteriosa cuyo poder y tamaño es tan grande que le revela toda su impotencia. Desde ahí es desde donde este joven arquitecto diseña las placas metálicas que sirven para evitar que se reúnan los inmigrantes en la calle.

Cada vez que voy a darme un baño en la piscina del gimnasio me hago la misma pregunta: ¿Cómo sería un arte que rompiese este maldito estatu estético que impide el encuentro? Un arte abierto a una concepción dinámica de la vida, donde nuestro entorno se crease en relación directa con unos comportamientos en constante cambio. ¿Cómo sería un arte que plantase cara a los modos de comportamiento establecidos y fuese capaz de abrir nuevos modos de vida, esos que andamos buscando hace tiempo? ¿Y cómo un diseño urbanístico que, en vez de maquillar la represión, organizase nuestro mundo en común? Porque eso y no otra cosa es una ciudad: la organización de nuestro mundo en común.

Spain: the nameless force behind the protests

Creative Reports acaba de publicar “Spain: The Nameless Force Behind the Protests”, un artículo escrito por Leónidas Martín, miembro de Enmedio. En él realiza un recorrido por alguno de los últimos acontecimientos políticos donde, bajo su punto de vista, esta fuerza sin nombre se ha despertado con más virulencia. De paso, aprovecha para hablar de alguno de los proyectosde Enmedio. Échale un vistazo, merece la pena.

“With 25 percent of the population unemployed and hundreds evicted from their homes every day, Spain’s economic crisis continues to deepen. Leonidas Martin contextualizes the country’s recent anti-austerity protests in this history of a new activist spirit”

Leer el artículo “Spain: The Nameless Force Behind the Protests” en la página de Creative Reports (Inglés)

 

Política literal y política literaria (sobre ficciones políticas y 15-M)

Autor: Amador Fdez-Savater
Fuente original: Interferencias (El Diario.es)
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Ficiones políticas

Los que estamos aquí, en Tahrir, Sol, Syntagma o Zuccotti, ¿quiénes somos, cómo nos llamamos? Indignados, 99%, la gente de Tahrir… Son algunos nombres de los diferentes nosotros que han hecho su aparición en las plazas. Esos nombres, ¿tienen alguna importancia? Toda una inercia nos lleva a pensar que no, que “sólo son palabras”. Una especie de sustancia diferente a la realidad, una sustancia sin sustancia. Además son palabras extrañas, casi vacías de significado, sin límites o fronteras precisas, ni referentes muy claros, que cualquiera puede atribuirse… En definitiva, sospechosas. Sospechosas para todas las policías interesadas en saber “quién hay detrás” de cada movimiento. Sospechosas (por “metafísicas” y “poéticas”) para todas las tradiciones políticas y sociológicas serias. Sospechosas para el mismo sentido común: “¿cómo van a ser el 99%? Eso es imposible”.

Y sin embargo, aunque estos nombres -flotantes, sin referentes claros, imprecisos, imposibles- no se inscriben en ninguna tradición política explícita y determinada, tienen una larga historia. Hay quien los asocia a la posmodernidad y sus juegos de lenguaje, pero memorias con más alcance remontan su aparición muchos siglos atrás. Señalan de hecho que son consustanciales a la misma política de emancipación. Es decir, que son tan viejos como la acción política, pero a la vez siempre jóvenes en su aparecer. Cada vez que hay prácticas de emancipación, es decir desacuerdo e interrogación radical sobre los modos de vivir juntos, surge uno de esos nombres. Levantando siempre las mismas sospechas de todas las policías, los pensadores serios y el sentido común.

Las palabras son fuerzas materiales. Nos hacen y deshacen. Indignados, 99%, la gente de Tahrir… han sido ingredientes constitutivos de las plazas, absolutamente determinantes para abrirlas como lugares comunes, desplazando las identidades que nos separan cotidianamente. Para abrir espacios de todos y de nadie necesitamos dejar de ser lo que la realidad nos obliga a ser: la fuerza del anonimato. Pero paradójicamente el anonimato no consiste en el rechazo de los nombres, sino más bien en asumir un nombre compartido. Un nombre de cualquiera contra los nombres separadores.

La obra de Jacques Rancière es una invitación muy bella y apremiante a tomarnos en serio las palabras, la efectividad de los actos de palabra, nuestra propia naturaleza como animales poéticos. Para él, acción política y literatura coinciden en un punto: ambas pasan por el poder las ficciones, las metáforas y las historias. La política de emancipación es una política literaria o política-ficción que inventa un nombre o personaje colectivo que no aparece en las cuentas del poder y las desafía (a partir de una situación, agravio o injusticia concreta). Ese nombre no es de nadie en particular, sino que en él caben todos los que no cuentan, no son escuchados, no tienen voz, no deciden y están excluidos del mundo común.

A continuación voy a mezclar mis palabras con las de Rancière para exponer su teoría de la ficción política y luego pensar las potencias y los problemas de algunos “nombres de cualquiera” que han emergido con el movimiento 15-M.

La ficción política: tres operaciones

Según Rancière, una ficción política hace tres operaciones simultáneas: crea un nombre o personaje colectivo, produce nueva realidad e interrumpe la que hay.

El nombre o personaje colectivo no expresa ni refleja un sujeto previo, sino que es la creación de un espacio de subjetivación -esto es, de transformación de los lenguajes, las percepciones y los comportamientos- que simplemente no existía antes. Es decir, ese personaje colectivo no estaba ya contado entre las partes de la sociedad como grupo real, colección de individuos con tales o cuales características, cuerpo objetivable, ni siquiera latente. Existe cuando se manifiesta y se declara a sí mismo como existente, autodenominándose. Por esa razón nunca aparece como una realidad clara y distinta (una cosa, un sujeto o una sustancia), sino más bien como un fantasma: borroso e intermitente, inasignable e incorpóreo, precario y móvil, perturbador e ilegítimo.

Ese nombre o personaje colectivo interrumpe la realidad en tanto que mapa de lo que se puede ver, sentir, hacer y pensar. El marco que determina lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, el sentido y el ruido, lo real y lo irreal, lo legítimo y lo ilegítimo, lo tolerable y lo intolerable. Interrumpe asimismo la realidad entendida como orden de las clasificaciones, las designaciones y las identidades que hacen a las cosas a ser lo que son. La distribución jerárquica de lugares, poderes y funciones: división del todo social en categorías, grupos y subgrupos; asignación de cada cual a una casilla, con un papel y unas capacidades determinadas, según tales o cuales predicados o propiedades (títulos, origen, estatus, rango o riqueza), etc.

Esta realidad (como distribución jerárquica de los lugares) no es menos “ficticia” que la ficción, pero no se reconoce a sí misma como tal. Se hace pasar por lo único que hay y puede haber. Busca siempre fundamentarse y justificarse en un supuesto ser-así de las cosas. Odia los puntos vacíos o polémicos, los restos que no encajan en su distribución de las partes (los elementos flotantes o inasignables).

El personaje colectivo de la ficción política produce nueva realidad porque redefine el mapa de lo posible: no sólo modifica lo que se puede ver, hacer, sentir y pensar acerca de la realidad, sino también quién puede hacerlo. Impugna la distribución jerárquica de lugares y funciones en nombre de las capacidades de cualquiera y la igualdad de las inteligencias. Muestra paisajes inéditos: hace ver cosas que no se veían, pone en relación lo que estaba disperso, hace surgir otras voces y otros temas, otros lenguajes y otros enunciados, otras escalas y otros razonamientos, otras legitimidades y otros hechos. Y ofrece ese paisaje inédito a todos, a cualquiera. Como un don, un regalo, una nueva posibilidad de existencia.

La ficción política interrumpe y crea, crea e interrumpe. Simultáneamente. Es un poder de desclasificación y un poder de creación. Hace lo común deshaciéndolo, deshace lo común y lo rehace.

Encontramos aquí y allá, dispersos en los libros de Rancière, algunos ejemplos históricos que clarifican mucho la noción de ficción política. Vamos a repasar brevemente cuatro: el hombre-ciudadano de la Revolución Francesa, el proletariado, el eslogan “todos somos judíos alemanes” de Mayo del 68 y la consigna “nosotros somos el pueblo” coreada en las manifestaciones de 1989 en Alemania del Este.

Hombre-ciudadano

Seguramente fue el conde Joseph de Maistre, uno de los enemigos más brillantes de la Revolución Francesa, defensor ultramontano del absolutismo monárquico y el Antiguo Régimen, quien captó mejor la naturaleza ficticia de la subversión ilustrada, al declarar: “en el curso de mi vida he visto franceses, italianos, rusos; y hasta sé, gracias a Montesquieu, que uno puede ser un persa. Pero con el hombre nunca me he encontrado; si existe, es en mi total ignorancia”.

Según De Maistre, el hombre-ciudadano -presupuesto y protagonista de la Revolución Francesa- es una nada, una ilusión, un imposible, una abstracción, una quimera, una fábula, una mentira. No se puede ver con los ojos ni tocar con las manos. Para el conde, existen franceses, italianos y rusos, distribuidos a su vez en lugares y funciones según su posición de nacimiento en el Antiguo Régimen (realeza, nobleza, campesinado), todo ello conforme a leyes naturales “de las cuales no se puede decir otra cosa sino que existen porque existen”. Cada cual debe ocupar su lugar y conformarse a él. Ver, sentir, hacer y pensar lo que el lugar autoriza. Reproducir la identidad.

Si De Maistre no ve nada es porque la ficción revolucionaria inventa un espacio que no existía antes, interrumpiendo el orden de las clasificaciones que define la realidad, cuestionando la necesidad de lo necesario y suspendiendo la orden dada a las subjetividades de ser lo que son. El nuevo espacio mental redefine lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, lo tolerable y lo intolerable. Desencaja a los seres y a las cosas de la naturalidad de los lugares propios (origen o condición). Uno ya no es quien es según el lugar y la posición social de nacimiento, sino en tanto que está dotado de razón. En igualdad con el resto de seres humanos. La ficción dibuja y construye así un nuevo “nosotros”, un espacio de subjetivación donde cualquiera puede contarse.

Los revolucionarios franceses deciden “hacer como si” ya no fuesen súbditos del Antiguo Régimen, lo que la realidad les obliga a ser, sino ciudadanos capaces de pensar, decidir, redactar una Constitución y gobernarse. Se redefinen a sí mismos según otra figura de referencia. La capacidad igual de todos para pensar se convierte en la base de una nueva dignidad. “Individuos abstractos”, protesta De Maistre: los hombres-ciudadanos no se ajustan ni dependen de los criterios de competencia, fortuna o respetabilidad que confieren el derecho a decidir en el Antiguo Régimen. Hombres “sin atributos”, es decir, sin las propiedades, los títulos, los honores o las riquezas necesarias para gobernar. Hombres “sin raíces” que ya no están “plantados en el suelo” del origen o la posición social, sino que han sido arrancados a él por la ficción igualitaria.

“Es una locura encargar una sociedad a una asamblea que delibera, porque ninguna Constitución puede ser resultado de una deliberación”. Las Constituciones según De Maistre sólo pueden recoger y transcribir lo que hay, esas leyes “de las cuales no se puede decir otra cosa sino que existen porque existen”. La nueva Constitución revolucionaria será estéril, augura el conde, porque es artificial y contra natura. Asociar derechos a un fantasma, basar toda una sociedad en una nada, está destinado al peor de los fracasos. Es una rebelión imposible contra lo dado: la revolución como “acto satánico”. Pero la historia de los últimos dos siglos -todo lo que ha implicado como efecto la ficción política del hombre-ciudadano- muestra bien claro que las ficciones políticas producen realidad y generan efectos que transforman el mundo de abajo a arriba, trastornando todos los ordenamientos supuestamente naturales y eternos. Las fábulas son cosas serias.

Proletariado

Ranciére cuenta dos historias para resumir en qué consiste para él la ficción política proletaria. La primera es la reunión en 1792 de nueve trabajadores en una taberna de Londres con una idea común: toda persona adulta en posesión de razón tiene la capacidad (y debe por tanto tener el derecho) de elegir a los miembros del Parlamento. Para luchar por ello, esos nueve trabajadores constituyen una “sociedad de correspondencia” cuya primera regla reza así: “que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. E.P. Thompson, el célebre historiador del movimiento obrero, considera esa misma escena como el acontecimiento inaugural de la formación de la clase obrera inglesa.

La segunda historia cuenta que, siendo juzgado en 1832 por sedición, el juez pregunta al célebre revolucionario francés Auguste Blanqui por su profesión. “Proletario”, contesta Blanqui. El juez objeta: “pero eso no es una profesión”. Y Blanqui, que tampoco era lo que se entiende por un trabajador proletario, replica fulgurante: “es la profesión de treinta millones de franceses que viven de su trabajo y están sin embargo privados de derechos políticos”.

Ranciére, él mismo historiador del movimiento obrero, explica que ‘proletario’ es un término que viene de la Antigua Roma donde servía para designar a la multitud de los que se dedicaban a la pura y simple reproducción. Arrancada a su contexto, esa palabra antigua viaja en el tiempo para nombrar, no una forma de “cultura” o de ethos colectivo que de pronto cobra voz, sino un espacio de subjetivación donde cualquiera (Blanqui incluido) puede ingresar. No un grupo social determinado, un sector específico o una parte del todo, sino más bien “la parte de los sin parte” que perturba el mapa de lo posible. Un espacio que no preexiste, sino que se crea y manifiesta en el conflicto y la interrupción de la realidad. No una sustancia: un acontecimiento.

Proletario es el nombre de la emancipación posible de la humanidad entera. “Una clase que ya no es una clase”, dice Marx, “sino la disolución de todas las clases”. “No una clase social particular”, explica Mao, “sino simplemente los amigos de la Revolución”. Un nombre vacío que representa la igualdad de cualquiera con cualquiera. Una nada en la que caben todos.

La ficción política proletaria interrumpe la desigualdad jerárquica inscrita en el reparto capitalista de lo sensible, resumida perfectamente en esta frase de Taylor, el inventor de la cadena de montaje: “los trabajadores son una mezcla de orangután y robot”. Es decir, los que trabajan con sus manos no pueden pensar, los productores son autómatas y animales que necesitan a la clase dominante para organizarse y hacer su trabajo. Los proletarios del siglo XIX deciden “hacer como si” no fuesen la mezcla de orangután y robot que la realidad les obligaba a ser, sino personas iguales a las demás en inteligencia y facultades, capaces de leer, pensar, escribir y autoorganizar su trabajo.

Así, la ficción proletaria desplaza los cuerpos fuera de los lugares asignados, capacitando para hacer lo que era imposible y al mismo tiempo estaba prohibido. Cambia el destino de los lugares dados: por ejemplo resignifica las fábricas como espacios de organización, debate y acción política, no sólo de trabajo sometido, mudo y alienante. Hace ver lo que se quería ocultar y hace escuchar como razones lo que sólo se percibía como sufrimiento físico. Y altera y modifica para siempre el mapa de la realidad: el trabajo no será más un tema privado entre el patrón y el trabajador, sino un asunto público y colectivo donde se juega la definición que una sociedad se hace de la justicia.

“Todos somos judíos alemanes”

Mediados de mayo del 68. El gobierno francés impide regresar a París desde Alemania a uno de los líderes del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, nacido en Francia pero con pasaporte alemán y de padres judíos. Los políticos y la prensa conservadora se ceban con él: es un elemento peligroso y, para más inri, “un judío alemán”. Enseguida se organizan manifestaciones de solidaridad donde se corea el siguiente eslogan: “todos somos judíos alemanes”. Se trata de lo que Ranciére denomina un “enunciado imposible” o una “identificación imposible”. Está claro que los que lo gritan en las calles no son judíos alemanes, sino que asumen el estereotipo estigmatizante del enemigo resignificándolo como nombre colectivo, sin ninguna confusión posible con un grupo sociológico o una identidad real. ¿Qué realidad interrumpe ese enunciado imposible? Identificándonos con lo que el poder excluye, nos des-identificamos del poder. Identificándonos con quien no debemos, nos des-identificamos de quien somos. En este caso, “un buen francés”. Y nos re-identificamos con nuevos posibles en otro espacio de subjetivación donde cualquiera puede contarse sin tener que pedir permiso a nadie ni pasar ningún filtro de identidad.

“Nosotros somos el pueblo”

Es el grito-consigna de la revuelta de los alemanes del Este contra la dictadura soviética en 1989. Se empieza a corear en las “manifestaciones de los lunes” en Leipzig y pronto se extiende por toda Alemania del Este. ¿Qué se afirma al gritarlo? Al menos dos cosas. Por un lado, “no somos lo que el Estado soviético dice que somos (agentes de la CIA o hooligans), sino gente cualquiera, tú mismo si lo deseas”. Por otro, “el pueblo no es lo que decís que es, ese objeto pasivo y mudo que el Estado representaría, sino algo distinto”. Desde la cúpula del Estado se contesta: “miraos, no sois el pueblo, sólo sois una minoría (sospechosa). ¿Cómo unos cuantos miles de personas en la calle se pueden arrogar el derecho de representar a los millones que no lo hacen?” La operación que hace ese nombre colectivo (el más clásico entre los clásicos: el pueblo) es abrir una distancia con respecto a la representación misma y sus “nombres separadores” (con los que se clasifica, estigmatiza y criminaliza). Y en esa distancia acoge otras posibilidades, otras legitimidades, otras voces y otras razones. Crea el espacio para un pueblo fantástico, que no aparece en ningún censo ni estadística, pero que al mismo tiempo tira abajo los muros y transforma la realidad.

Desdoblamientos

Según Rancière, el efecto de la política-ficción (o de la ficción política) es el desdoblamiento: uno se divide en dos. Mediante la ficción nos des-incorporamos (abandonamos un cuerpo) y nos re-incorporamos (a un campo nuevo de posibilidades). Hacemos “como si” fuésemos algo distinto de lo que somos y de ese modo generamos efectos de realidad. La ficción es una fuerza material desde el momento en que creemos en ella y nos organizamos en consecuencia.

Cada cuerpo que se convierte en actor de uno de estos personajes colectivos experimenta interiormente ese desdoblamiento. El conflicto atraviesa y divide a cada cual. Vivimos dos vidas a un tiempo. Uno es italiano, inglés o ruso, pero también un ser humano capaz de pensar y redactar una Constitución. Un cuerpo sometido a un trabajo alienante y mudo, pero también un proletario capaz de leer y escribir. Un francés, pero también un “judío alemán” solidario con los que no caben en Francia. Seres dobles, que ya no están sólo “a lo suyo”, es decir lo que les toca hacer y pensar según su lugar, sino abiertos a paisajes inéditos, conexiones improbables, otras capacidades. Seres anfibios, dice Rancière, que viven “entre” distintas identidades, emborronando las fronteras entre clases y saberes.

A través de la ficción nos sustraemos de la comunidad como lugar obligatorio de pertenencia y nos inscribimos en comunidades azarosas o aleatorias, porque no se dan entre quienes comparten tales propiedades o cuales predicados, sino entre las singularidades cualquiera, imposibles de anticipar, que se sienten interpeladas. Comunidades sensibles, no definidas por una identidad común sino por una sensibilidad compartida. Comunidades fuera de lugar y, precisamente por ello, capaces de incorporarse en cualquier lugar. No tanto un sujeto político sólido y con sede permanente, como espectros que tienen sus momentos y lugares de aparición.

La ficción es la potencia de humanización por excelencia: si los seres humanos no somos simplemente un “producto necesario” de las determinaciones biológicas y sociales, sino que tenemos la capacidad de hacernos un cuerpo nuevo, la ficción actualiza y verifica esa potencia, interrumpiendo los automatismos, haciéndonos insumisos a nuestro destino escrito en los genes, los apellidos, el lugar de nacimiento o la condición social.

Política literal y política literaria

“Todo eso es imposible”. Siempre hay una voz que lo declara. Los revolucionarios franceses dicen “somos hombres” y De Maistre responde: “no existe tal cosa, es una locura”. Blanqui proclama “mi profesión es proletario” y el juez objeta: “eso no es una profesión”. Los alemanes corean “nosotros somos el pueblo” y el Estado soviético replica: “nada de eso, sólo sois una minoría, ¿es que no lo veis?” Pero una y otra vez no se ve, se ve otra cosa, se ve doble.

Ese desacuerdo no sólo se da entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, como podía pensarse de los ejemplos previos, sino en el interior mismo del pensamiento crítico y las prácticas de emancipación. Porque también la emancipación se ha pensado y se piensa como afirmación de una identidad (de clase, nacional, cultural, étnica, sexual). Es lo que podríamos llamar “política literal”. La política literal dice: “somos lo que somos, tomemos conciencia, reivindiquemos lo nuestro, lo propio”. Política pedagógica, que opone un saber que (nos) falta a la ignorancia organizada de lo que somos. Política de la libre expresión, que opone el desarrollo de una identidad a la represión que la inhibe.

Pero la emancipación puede pensarse de otra manera: somos y no somos lo que somos. La política literaria no “expresa” una situación, una cultura o un modo de vida, sino que disocia las apariencias de la realidad, lo que somos y lo que podemos. A través de las ficciones nos volvemos capaces de acciones prohibidas o imposibles para nuestra identidad, origen o condición. No reivindicamos un trozo más grande del pastel (el que nos toca según tal o cual identidad), sino que planteamos algunas preguntas que cuestionan la naturaleza misma del pastel. No afirmamos lo propio, sino más bien lo impropio: compartido y transversal, de todos y de nadie. La política-ficción es este desdoblamiento que pone un mundo en otro, esta “guerra de los mundos” que recrea incesantemente un mismo y único mundo, un mundo común.

Así puede entenderse la polémica de Rancière contra el marxismo de Althusser o la sociología crítica de Bourdieu: la política para Rancière no pasa por adquirir un saber que nos falta y la ciencia posee, ni tampoco por encontrar una conciencia propia, correcta y adecuada a la propia identidad, sino por desidentificarse de una cultura y una identidad dadas mediante un proceso de subjetivación. Las palabras y las apariencias no son aquí “reflejo” o “máscara” de la realidad (según las usemos bien o mal), sino una fuerza material que puede llevarnos más allá de las determinaciones que nos constituyen, más allá de nuestro destino. El saber que emancipa no es tanto el que describe adecuadamente la realidad, como el que redescribe la experiencia común. Y los nombres políticos no son la expresión del interés de un grupo social concreto, sino el nombre de un cuestionamiento del reparto social de los papeles que nos interpela a todos.

Ficciones 15-M

Lo que quisiera a partir de aquí es repasar algunos enunciados que emergen con el movimiento 15-M como ficciones inclusivas y políticas. Me doy cuenta de que el orden del texto sugiere que lo que viene a continuación es una especie de “aplicación” de la teoría de Ranciére a algunos casos concretos. Pero casi podría decir lo contrario: son estos ejemplos vividos en primera persona los que me han permitido entender interiormente las reflexiones del filósofo. En realidad se trata de un encuentro, como siempre que acontece el pensamiento, entre lo que leemos, lo que vivimos y lo que inventamos por nuestra cuenta, sin saber muy bien qué poliniza qué.

Desde el primer día, las plazas tomadas del 15-M se propusieron como espacios de apertura constante: no un gesto de separación o una trinchera, sino la invitación a cualquiera a encontrarse, pensar y organizarse juntos para hacernos preguntas y buscar respuestas (precisamente porque se admite que nadie las tiene). Invitar no es una operación sencilla: hay que confiar en el desconocido, saber acoger, tener algo que ofrecer, estar dispuesto a dejarse alterar por lo que el otro tiene que traer, permitir al otro reapropiarse el espacio y reconfigurarlo a su gusto, etc. En esa preocupación por el otro que no está ya aquí, entre nosotros, residía una parte importante de la tensión creativa de las acampadas. La consigna de “respeto” que circulaba con tanta fuerza nombraba la exigencia y el desafío de elaborar una convivencia entre diferentes y desconocidos, poniendo siempre en primer plano lo que une y no lo que separa (siglas, violencia, lenguajes y comportamientos excluyentes). Lo más difícil hoy en día cuando el otro se nos aparece repetidamente como un obstáculo o una amenaza.

Para invitar al otro a pensar y desafiar juntos al poder necesitamos dejar de ser quienes somos, porque “en tanto que” lo que la realidad nos obliga a ser sólo puede haber choque, relación instrumental o desigualdad, pero no encuentro o composición horizontal. Las ficciones políticas crean terreno común, nos permiten dejar de ser lo que somos y encontrarnos “en tanto que” otra cosa, un nosotros abierto e incluyente. Indignados, personas, 99%, Sol o 15-M son los nombres o personajes colectivos a través de los cuales se ha desarreglado el orden de las clasificaciones que organiza el escenario político local como un tablero de ajedrez (PSOE/PP, izquierda/derecha, las dos Españas), para poder así autoconvocarnos en tanto que 99% de personas afectadas por la estafa política y económica de la crisis.

Indignados

Al principio funcionó más como una etiqueta mediática que como un nombre propio. No recuerdo que circulara o prendiese demasiado en las plazas. Pero eso cambió más tarde, cuando la gente identificada con el 15-M se reapropió del término (otro episodio más del toma y daca constante de resignificaciones de imágenes y palabras entre el poder y la gente cualquiera).

¿Qué realidad interrumpe esta ficción? Indignados no se define con respecto al trabajo: los indignados no son los trabajadores, ni siquiera los precarios o los parados. Tampoco se define con respecto a un marco nacional: los indignados no son “los ciudadanos” ni siquiera “el pueblo”. La desidentificación opera aquí con respecto a las formas de representación tradicional: sindicatos, para los trabajadores; partidos políticos, para el pueblo y los ciudadanos.

Indignados dispone un nosotros muy abierto, definido por una acción y una actitud. Cualquiera puede sentirse indignado, cualquiera puede percibir como intolerable el estado de cosas, cualquiera puede rechazar ser una mercancía en manos de políticos y banqueros. La indignación no remite a una identidad sociológica o ideológica (“estos” o “aquellos”), sino a una decisión subjetiva, potencialmente accesible a cualquiera.

Se critica el nombre de indignados porque evoca una protesta sin pensamiento ni construcción, cuando el movimiento 15-M no se agota en el rechazo o el grito (como han interpretado, desde muy lejos, algunos ilustres intelectuales y opinadores). Unos pocos días después de tomar la plaza, no se podía decir que estábamos allí sólo gritando nuestra indignación contra nadie, sino también por la belleza y la potencia de estar juntos, desplegando un formidable pensamiento práctico y situado, reinventando las formas de hacernos cargo en común de lo común. La pregunta que se plantea entonces es: ¿están las palabras cargadas irremediablemente de sus significados previos o las podemos hacer decir otras cosas, asociándolas a otras prácticas y otros contextos, incluso desplegando en ellas otros significados (la dignidad que encierra la palabra indignados por ejemplo)?

Personas

Al comienzo de la acampada, se dio un debate en varios grupos y comisiones sobre si debíamos denominarnos personas o ciudadanos. Mucha gente consideraba la palabra “personas” más adecuada y eficaz en la situación abierta. De hecho, el primer texto que se lanzó desde la plaza de Sol decía: “los que estamos aquí no somos colectivos ni organizaciones, sino personas que han venido libremente…”.

Como dicen los amigos de Onda Precaria, la palabra personas “dejaba atrás las siglas, las ideologías, pero también las identidades prefijadas (obreros, ciudadanos…) y permitía interpelar a muchos. Permitía volver a mirarse a los ojos y confiar en el otro, porque allí estaba en Sol, codo a codo conmigo y con el de más allá, contra políticos y banqueros, para que las personas no fueran tratadas como mercancías. Al llamarnos personas, hacíamos tabla rasa y nos identificábamos como iguales: era como decir ‘no me importa de dónde vengas, no te pediré ninguna credencial, sé que eres como yo’”.

Vacía de color y peso político, “personas” podía cargarse por ello mismo de una potencia inédita y circular como una palabra creíble. Indicaba el deseo de otro comienzo, de otro punto de partida por fuera de la política desprestigiada de los políticos.

“Personas” recoge al mismo tiempo la confianza en lo personal, una de las pocas dimensiones de la vida contemporánea que aún merece nuestra estima. Es el atractivo de la intimidad, donde -a pesar de los mil cálculos y estrategias que la atraviesan- aún sentimos que el otro se nos muestra sincera y espontáneamente, de forma sencilla y directa, sin temor al juicio ni agenda oculta. El mismo empuje de las redes sociales le debe algo a esto: la conexión se da uno a uno, persona a persona. En las redes sociales la intimidad sale además del ámbito afectivo inmediato y se hace pública, desdibujándose las fronteras público/privado, amigo/desconocido.

Estas formas de conexión uno a uno ya se habían activado políticamente en el pasado. Si por ejemplo confiamos en la convocatoria anónima que nos llamó a protestar frente a las sedes del PP dos días después del atentado terrorista del 11-M en 2004, fue precisamente porque no la firmaba ninguna organización política y nos llegaba reenviada por numerosos amigos. Como no nos movía una identidad o una ideología, sino una afectación sensible y en primera persona por lo que estaba ocurriendo, sólo una convocatoria al mismo tiempo anónima y personal podía galvanizar la protesta.

En el 15-M la “intimidad” no sólo se hace pública, sino que se encarna en calles y cuerpos. Durante las semanas de acampada, el grado de exposición personal en las intervenciones públicas era asombroso, se compartían las preocupaciones e inclinaciones más profundas como si hubiesen caído por un momento la vergüenza y el pudor que no dejan compartir normalmente lo más íntimo con desconocidos. En las asambleas se aplaudían mucho (en silencio, con las manos) las intervenciones más personales: por ejemplo las que balbuceaban y tanteaban para encontrar sus propias palabras. Las aspas de rechazo se levantaban enseguida contra los discursos más automáticos, más codificados, menos afectados por la situación.

Se ha pensado la acción política con el esquema de lo publico y lo privado, pero hoy quizá podríamos repensarla según lo íntimo y lo común. Lo íntimo no es lo privado, todo lo contrario. Es a la vez lo más propio y lo más impropio -transversal, tuyo y mío, de todos y de nadie. Qué sorpresa escuchar de pronto al otro decir exactamente lo que yo pienso en una asamblea, expresar en público lo que a mi me pasa. El filósofo Santiago López Petit habla a este respecto de la “interioridad común” como motor de las nuevas politizaciones anónimas. Lo que yo me digo a mi mismo en soledad - mi verdad- resuena y circula inesperadamente como una verdad colectiva y compartida con otros muchos (a quienes ni siquiera conozco). Como verdad común que funda un nuevo nosotros.

Por último, el uso de la palabra “personas” me recuerda a la historia de Ulises y el cíclope Polifemo. En determinado momento Polifemo le pregunta a Ulises su nombre y Ulises responde: “mi nombre es Nadie; Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos”. Esa astucia le permitirá escapar junto a sus compañeros después de herir a Polifemo en su único ojo: los demás cíclopes se burlan de su hermano cuando les pide ayuda porque ha sido atacado por “Nadie”.

El poder es siempre una máquina de estereotipar: nombrar, encasillar, separar, estigmatizar, criminalizar. En el caso del 15-M, los estereotipos como “anti-sistema” o “perroflautas” han tratado de distinguir entre “la gente normal” y “los que protestan”: los sospechosos. Romper lo común. Pero el 15-M ha inventado mil formas de pinchar los estereotipos, desde el humor que ridiculiza y vacía las imágenes del miedo hasta la invitación constante a cualquiera a acercarse a ver con sus propios ojos la realidad que se estaba construyendo en las plazas, reproponiéndose a sí mismo una y otra vez como espacio de cualquiera.

Cuando los cíclopes mediáticos y políticos preguntan al 15-M: “¿cuál es tu nombre?”, responder “somos personas” ha sido otra manera de escapar. Personas es un nombre vacío en el que cabe cualquiera, una nada que nos incluye a todos. La palabra personas proviene curiosamente de “máscara”: la máscara que usaban antiguamente los actores de teatro para dar vida a sus personajes. Las ficciones políticas son nombres colectivos y máscaras que nos permiten a la vez hacernos invisibles al poder y accesibles para los demás.

Somos el 99%

En la acampada de Sol una pancarta dice: “somos todos”. Un enunciado muy parecido se convierte luego en el lema central del movimiento estadounidense Occupy: “somos el 99%”. De rebote, en ese campo de resonancias que es el movimiento global de las plazas, el lema del 99% se empieza a usar también en España. “Somos el 99%” es sin duda uno de esos “enunciados imposibles” de que habla Rancière. Una afirmación paradójica e imposible (“mentira” desde un punto de vista objetivo y literal) según la cual una minoría en la calle dice ser la mayoría, todos.

El enunciado recibe las mismas críticas que aquel “nosotros somos el pueblo” y por las mismas razones: “no sois el 99%, sino una minoría muy concreta (y sospechosa)”. Para remachar el argumento se comparan siempre las cifras de asistentes a manifestaciones y las de votantes en las urnas electorales, como diciendo “esto es lo que sois de verdad, tantos, menos que los que aceptan la representación”. Aquí de nuevo chocan las dos políticas: literal y literaria. La política literal piensa aquí la realidad según un esquema de todo y partes, de partes y partidos, de mayorías y minorías, de proporciones aritméticas y geométricas. Todo ello expresado perfectamente en los gráficos de los resultados electorales, una persona un voto, los distintos colores representando a las partes/partidos, etc.

Pero como explica Rancière, algo pasa precisamente cuando no salen las cuentas. La política literaria desdobla la realidad. Desarregla el esquema del todo y las partes añadiendo una parte suplementaria: la parte de los sin parte. No un espacio donde se habla por todos, sino donde se habla para todos. Que no interpela a estos o aquellos, sino que parte de preguntas y problemas transversales que pueden afectar a gente muy distinta, como por ejemplo un desahucio -por citar uno de los puntos de politización del 15M- puede afectar a una persona religiosa o a un laica, de derechas o de izquierdas, monárquica o republicana.

Aunque una lectura enfatiza la oposición que establece entre el 1% que acapara la riqueza y la decisión política frente al 99% de desposeídos, la fuerza del lema no me parece tanto cuantitativa o descriptiva, como literaria y performativa. Somos el 99% significa “nuestro hacer y decir se dirige indistintamente a todos”, implica voluntad de apertura, pregunta y preocupación por los que no están ya entre nosotros, problematización del confort autorreferente de las identidades, confianza en la inteligencia igual de los desconocidos, en la capacidad de cualquiera para hacerse cargo de los asuntos comunes. Y las palabras tiene efectos prácticos.

Durante los primeros días de la ocupación de la plaza de Zuccotti, Occupy Wall Street era un espacio habitado casi exclusivamente por activistas y militantes políticos. Fue en ese momento cuando el lema del 99% se empezó a extender, empujado en un primer instante por algunas personas que deseaban abrir la situación. Mucha gente distinta se sintió interpelada por la consigna y se acercó a Zuccotti. Los lenguajes y comportamientos políticos más autorreferenciales y excluyentes tuvieron que modificarse para acoger a los desconocidos que llegaban. Y así la consigna del 99% transformó materialmente la situación.

Sol

Cuando a principios de agosto de 2011 las autoridades decidieron desmantelar los restos del campamento de Sol y arrancaron la placa que el 15-M había colocado bajo la estatua del caballo de Carlos III (que decía “dormíamos, despertamos”), miles de personas se autoconvocaron inmediatamente en manifestaciones de protesta que pusieron en jaque un despliegue policial inédito. Sol es un espacio muy importante para los madrileños vinculados al 15-M, en el que meses después del campamento se siguen realizando todo tipo de reuniones, asambleas y concentraciones. Pero al mismo tiempo Sol es también un espacio simbólico y metáfora de metáforas: por ejemplo, kilómetro cero, el “nuevo comienzo” que para Hannah Arendt define lo propio de la política; los lemas “ensólate”, “ensolación” y sus mil variantes, que remiten al espíritu, la energía y la emoción que se vivía en el campamento, relacionada con el pasaje de la impotencia a la potencia, de la competencia a la cooperación, del cinismo a la confianza; la imagen del “despertar”, no sólo como un despertar de las conciencias, sino también como despertar de la pesadilla del individualismo, de los cuerpos anestesiados y blindados a lo que tenemos en común, etc.

La ficción política de Sol evoca un posible ya realizado: el pequeño mundo y la pequeña ciudad que se construyeron en la plaza durante tres semanas, un “taller de democracia al aire libre” (como dijo alguien en una asamblea) donde experimentar modos de participación común en los asuntos comunes. Un espacio no sólo de protesta y denuncia, sino de organización de la vida colectiva: espacio habitable, participado y de cualquiera (“cabemos todos, os necesitamos a todos” dice un vídeo sobre el campamento de Sol recogiendo un sentir muy común). Experiencia de protagonismo y poder hacer, de toma colectiva de la palabra, contra las jerarquías instituidas del saber y el monopolio privado de la decisión política. Experiencia de libertad, no tanto como posibilidad de escoger entre opciones dadas, sino de reinventar colectivamente las reglas de juego. Experiencia de hacer mucho con poco, de otra idea del lujo o la riqueza, ya no asociada al consumo o al dinero, sino a las relaciones y a otra experiencia del tiempo. Experiencia de lo común y redescubrimiento del otro como cómplice frente al “sálvese quien pueda” imperante en la vida normal… Un posible ya realizado, pero que la ficción Sol no sólo mantiene en el recuerdo, sino que nos convoca a actualizar, retomar y desarrollar.

15-M

A última hora me doy cuenta de que podríamos pensar el mismo nombre 15-M como personaje colectivo.

La fecha no indica tanto una identidad, como más bien un corte, un umbral, un punto de no retorno que interrumpe el tiempo homogéneo de la repetición. Asumir una fecha como nombre de un movimiento implica el reconocimiento de que el “nosotros” que se abre es más del orden del acontecimiento que de la identidad. Es decir, como explica Santiago López Petit, que “no preexistía, no estaba latente, sino que ha surgido en el mismo momento que hemos tomado las plazas. Por esto es un nosotros abierto, abierto a todo el que quiere entrar y formar parte de él”. 15-M es un nombre que acoge a todo aquel que se sienta interpelado y tocado por lo que arrancó ese día.

Al mismo tiempo hay quien señala que aceptar la fecha como un nombre colectivo implica el riesgo de quedar aferrados a una imagen detenida y cristalizada, anclados a un origen. Como si el acontecimiento fuera el que fue y no admitiera nuevas versiones ni actualizaciones. El movimiento quedaría de ese modo preso en un bucle identitario: sólo es 15-M si repite los haceres y decires que se reconocen como 15-M. Una forma de negarse a sí mismo como movimiento, como proceso, como experimento sin modelo (ni siquiera él mismo).

Un nosotros abierto. Las plazas no establecieron nunca una frontera clara entre dentro y fuera, sino que más bien alentaban una circulación permanente. Pero eso no significa que el 15-M sea un espacio neutral. Un espacio de cualquiera no es un espacio plano. El 15-M hace y dice cosas. Se define por aquello que hace y dice. Una práctica, no una identidad. Pero su hacer y decir no tiene interlocutores predefinidos: “estos” o “aquellos” (la izquierda, los movimientos sociales, etc.), sino (potencialmente) cualquiera. La capacidad de mantener viva la interpelación a cualquiera es una prueba constante, material y concreta. Que pasa tanto por los lenguajes y las estéticas, como por los tiempos o las formas organizativas de la acción política.

Después de abandonar las plazas, el 15-M se convirtió en una especie de súper-héroe colectivo que aparecía inesperadamente allí donde se cometía una injusticia. Esa leyenda tenía que ver con la intervención de muchas personas que habían pasado por las plazas en el bloqueo de desahucios o redadas racistas de la policía en los barrios. ¿Eran intervenciones del 15-M? Imposible de decir. Lo que aparecía y desaparecía así era un nuevo clima social que aprovechaba, atravesaba y enriquecía muchas veces estructuras previas para actuar. ¿Qué significa que el 15-M sea un clima? Que no sólo es un movimiento o una estructura organizada compuesta de asambleas y comisiones, sino también otro estado mental y otra disposición colectiva hacia la realidad, marcada por la experiencia empoderadora de las plazas y diseminada por la sociedad entera.

El nombre 15-M se debate en esa tensión. Como clima, es un nombre de cualquiera. Difuso, reapropiable y abierto. Como organización, es un nombre que se refiere a una realidad delimitada: siglas que conviven o compiten con otras siglas, con un adentro y un afuera.

Ficción e identidad

“Nosotros no es un lugar al que se pertenece, sino un espacio al que se ingresa para construirlo”, dice el filósofo Diego Tatián. Identidad política e identidad sociológica no coinciden. Es más: la identidad política supone una determinada ruptura con la identidad sociológica. Dejar de ser lo que la realidad nos obliga a ser, abandonar los lugares a los que simplemente pertenecemos, desdoblarnos. La identidad política es más bien un espacio que se inventa. Entre cualquiera que comparta, no tales o cuales predicados, sino ciertas preguntas, principios o búsquedas. Más una sensibilidad que un mismo lugar en el casillero sociológico. La identidad política es una identidad no identitaria, sino abierta, inacabada, en construcción permanente. Lo que a lo largo de este texto hemos llamado una ficción. La acción política pasa por estas “fábulas”, estas “palabras mal empleadas”, estos “imposibles” que ponen tan nerviosas a las policías de la sociedad y el pensamiento.

Pero la ficción política vive siempre al borde de su desaparición: la cristalización identitaria. El fantasma queda entonces encerrado en un lugar, una estructura, un bando, un sujeto-autor. Se materializa pesadamente en un cuerpo representable. La parte de los sin parte se convierte en un segmento identificable de la sociedad que ya no interpela a cualquiera. Un lugar de borde duro y hostil con el afuera, homogéneo hacia dentro, que excluye las anomalías y desprecia la idea de una inteligencia igual de todos.

Así, el hombre-ciudadano considera que las mujeres, los negros o los proletarios no caben, porque no son tan hombres-ciudadanos como los demás. El proletariado localiza elementos sospechosos que conviene depurar para preservar la pureza: artesanos, pequeño-burgueses, lumpen. Se alzan voces desde el 99% que hablan de rebajar el “porcentaje” porque “se nos puede meter cualquiera” y es preferible que “sólo estemos los más militantes”. En Sol se grita “esta es nuestra plaza” contra los peregrinos que circulan por ella cuando el Papa visita Madrid en verano de 2011, convirtiendo de nuevo el espacio de cualquiera en un espacio propio, en una propiedad con un propietario.

Identidad y ficción, sustancia y acontecimiento, política literal y política literaria. No hay fórmula para inclinar de un lado la balanza definitivamente. Sólo podemos construir y reconstruir, contra los lugares en los que nos clava el destino y las razones que los justifican, la confianza en las capacidades de cualquiera para darse un cuerpo nuevo. Una y otra vez, una y otra vez.

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*Este texto se terminó de escribir en julio de 2012.


Algunas referencias:

Jacques Rancière, La lección de Althusser (Galerna, 1975)

-Los nombres de la historia (Nueva Visión, 1992)

-El desacuerdo (Nueva Visión, 1996)

-Política, policía, democracia. Santiago de Chile (Arces-Lom, 2006)

-Et tant pis pour las gens fatigués (Editions Amsterdam, 2009)

-Momentos políticos (Clave intelectual, 2011)

Joseph de Maistre, Consideraciones sobre Francia (Tecnos, 1990)

Charlotte Nordmann, Bourdieu/Rancière, la política entre sociología y filosofía (Nueva Visión, 2010)

Amador Fernández-Savater, “Una revolución de personas”, “La República del 99%” y otros textos sobre el 15-M en Público y eldiario.es

Santiago López Petit, “Desbordar las plazas. Una estrategia de objetivos”

Ángel Luis Lara, “Occupy Wall Street o la bendita metamorfosis” y otros textos sobre los movimientos de las plazas

Onda Precaria, “Abecedario sonoro IV. “Somos personas que hemos venido libre y voluntariamente…”

Revista de Espai en Blanc nº 5-6: La fuerza del anonimato (Bellaterra, 2009)

Máscaras, ficciones, nombres colectivos… reportaje sobre activismo y ficción, por Leónidas Martín Saura y Núria Campabadal

La imagen del 99%, mayday en Nueva York (2012), por Leónidas Martín Saura

 

Y, sobre todo, las conversaciones con los amigos del 15-M, especialmente en este caso Patricia, Carolina, Álvaro, Luis, Leo, Guillermo, Juan y Luisa. ¡Mil gracias!

Una semana en Mordor

Por: Leónidas Martín

15M: Cuando las cabezas no saben qué hacer, hay que recurrir a los cuerpos.(Gandalf)

Todo empezó la semana pasada, el mismo día que el 15M celebraba su primer aniversario. De buenas a primeras, un grupo variado de hobbits indignados abandonamos el campamento de plaza Cataluña -llámale Hobbitón si quieres-, y nos dirigimos hacia Mordor, las dos torres negras de La Caixa situadas en la avenida Diagonal de Barcelona. La travesía por la Tierra media de la clase media, fue larga y ardua, no pocos peligros nos asaltaron.
Lo primero que hicimos al llegar a las puertas de Mordor, fue organizar un juicio; un juicio popular contra la banca. Se le acusaba de estafar a la gente corriente, hobbits de a pie, como tú y como yo, de expulsarles de sus casas, de dejarles sin trabajo y sin futuro. Varios fueron los testimonios presentados: un jubilado que sufre corralito, un estudiante de la universidad pública que para seguir estudiando ha pedido un crédito, cuatro miembros de una familia que desde hace un mes no tienen donde caerse muertos… ¿El veredicto? Culpable. Muy culpable. ¿Y la pena? Cacerolazo a la banca. Ruido día y noche sin cesar, hasta que el ojo del Mal quede definitivamente sellado. ¡Occupy Mordor! Nos quedamos aquí, pues.

16M: El coraje se encuentra en sitios insólitos. (Gandalf)

¿Que cómo es Mordor? Mordor es oscuro, tenebroso, da muy mal rollo. No hay término élfico, en lengua Ent o de los hombres para describir este horror. Estar allí, a los pies de La Caixa, armado tan sólo con una cacerola, no es algo que uno elegiría como fiesta de cumpleaños, te lo aseguro. En esas dos torres habitan las fuerzas del Mal, los agentes financieros que nos han traído esta crisis. Esta estafa. Los hobbits que han dormido aquí aseguran que nunca antes habían habitado lugar tan inhóspito. Toda la noche la han pasado rodeados de Orcos d´Escuadra, vigilados por el ojo incansable de Nazgul, el helicóptero de Sauron.
Con los primeros rayos de sol, a eso de las 8 de la mañana, han llegado refuerzos y avituallamiento: agua y alimentos, sacos de dormir, paraguas y también cacerolas. Eso ha sido lo mejor: las cacerolas, que no han dejado de sonar desde ese momento hasta bien entrada la noche. Toda la mañana, toda la tarde, cientos y cientos de personas haciendo ruido contra la banca.
Hermano, acércate, este sitio empieza a no ser tan terrorífico.

17M: No habrá amanecer para los hombres. (Saruman)

Saurón no se ha quedado de brazos cruzados, claro, ¿cómo iba a tolerar que un puñado de hobbits, seres insignificantes, acampásemos a nuestras anchas en pleno corazón de Mordor? Hoy, a eso de las cinco de la madrugada, en el momento más oscuro de la noche, los Orcos d´Escuadra han desmontado el campamento.
No ha habido detenidos. Frodo, Sam, todos seguimos aquí; y las cacerolas siguen sonando más fuerte que nunca, y también las farolas, los semáforos, las barandillas…, por arte de magia todo metal es ahora ruido, «la fuerza del metal», dice Aragorn.
Aparecen las primeras pancartas: «Ladrones», «Culpables», «Rescatad a las personas y no a los bancos». La comunidad de la cacerola lejos de verse debilitada por el desalojo, se ha multiplicado por dos. Son las ocho de la tarde, formamos un corrillo y empieza la asamblea, nuestro concilio particular. Miro a mi alrededor y estamos todos: hobbits, elfos, parados, estudiantes, ents, jubilados, trabajadores precarios, todos.
Me pregunto cómo acabará esto. A saber. «Ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos», me dijo una vez Gandarf.

18M: Donde la vista falla, la tierra puede traernos algún rumor. (Aragorn)

Nos despertamos con el sonido mortecino de un Smartphone. Ring, ring, riiiing… Línea directa con el infierno. A cada tono el suelo tiembla bajo nuestros pies. Alguien descuelga por fin:

-¿Quién es?
-Soy Saurón en cuerpo y sin alma.

Esto pinta mal, hermano, pero que muy mal.

-Escúchame bien, no lo pienso repetir dos veces. Todo aquél que publique algo, cualquier cosa, acerca del cacerolazo hobbit, conocerá el poder de Mordor en sus propias carnes. Retiraré mi publicidad de todo medio de comunicación que ose mencionar este suceso, ¿entendido?

¿Qué te pasa? ¿A qué viene esa cara? ¿Acaso creías que señalar a Mordor como responsable de nuestras miserias no iba a traer consecuencias? El poder de Sauron es grande, hermano, muy grande. Más de lo que piensas. CaixaBank es acreedor de unos medios de comunicación cada día más y más endeudados, y ahora ha llegado el momento de utilizar esa baza a su favor. Si alguno de ellos abre la boca, quebrará y nunca más volverá a levantar cabeza. Así de sencillo. ¿Qué harías tú si estuvieras en su pellejo? ¿Te arriesgarías?
Silencio absoluto. Que nadie abra la boca. Los hobbits y su cacerolas no existen.
Pero, sin embargo, todo el mundo nos ve. Los habitantes de Facebook, los de Twitter, y los miles y miles de coches que pasan por la Diagonal cada día.
Por la noche, durante el concilio, un elfo alto y rubio tiene una idea genial: «No cortemos el tráfico. Dejemos circular a los coches. Cuantos más coches pasen, más gente sabrá lo que aquí está sucediendo. Convirtámoslos en nuestro medio de comunicación.».
Dicho y hecho. ¡Qué listos son los Elfos!

19M: No todo lo que es oro reluce, ni toda la gente errante anda perdida. (Aragorn)

«Si a ti también te roban, toca el pito», esa pancarta fue lo primero que vi al día siguiente, y lo segundo, cientos de coches pitando sin parar. Si el ruido de las cacerolas era estrepitoso, las cacerolas más los pitidos, ni te cuento. Te juro que por un momento pensé que se iban a derrumbar todos los paraísos fiscales del mundo. Clank-clank-clank. Piii-piii-piii. ¡Tiembla Mordor, tiembla!
Por si fuera poco, el jefe de prensa de Artur Mas (un orco de los de antes), había enviado un tweet en el que tildaba de Fill de puta a todos los hobbits que andaban manifestándose a los pies de Mordor. Pocos minutos después borró el mensaje de su cuenta, pero ya era demasiado tarde, todos lo habíamos leído. Te puedes imaginar la reacción: los pitidos se multiplicaron por cien. Mordor se convirtió en un auténtico Pitódromo, ¡Piii-Piii-Piii-Piiiiiiiiiiii…!
A La Caixa le traen sin cuidado Mas y sus orcos, para ella son sólo criaturas que sirven como soldados, poco más. Lo que a la Caixa le mantenía intranquila de verdad, era algo que por entonces los hobbits todavía desconocíamos. En apenas tres días, el martes 22 de mayo, se iba a celebrar en sus torres negras la reunión anual del consejo de administración, un auténtico concilio del Mal, y eso, por supuesto, no podía coincidir con nuestro cacerolazo.
Al enterarme salté de alegría, ¡menudo regalo nos brindaba el enemigo!, y es que como bien dijo Gandarlf: «la magia nunca llega tarde, tampoco temprano. La magia llega cuando llega el momento». Y parecía que nuestro momento estaba a punto de llegar, tan sólo teníamos que aguantar hasta el martes, tres días nada más. Suena fácil, lo sé, pero no te lleves a engaño, todavía faltaba resistir a un domingo entero, y eso siempre causa muchas bajas.

20M: Que las estrellas brillen para ti hasta el final del camino. (Gildor)

Domingo y además nublado. Misión imposible. Cuando salí del metro esperaba ver un grupo muy reducido de hobbits, los más tenaces, y juntos a ellos unos pocos elfos de esos todoterreno, nada más. Pero no fue así. Para mi sorpresa y la de mis compañeros, tras seis días de cacerolazo seguidos, la comunidad de la cacerola se mantenía casi intacta. Además, si antes eran muchos los coches que pitaban a la banca cuando pasaban por Mordor, ahora eran prácticamente todos. Algunos incluso traían preparada la cacerola de casa y al pasar por las torres negras bajaban sus ventanillas y la golpeaban con fuerza, «¡banqueros a la cárcel!».
La prensa continuaba sin decir ni mu y, sin embargo, aquí seguíamos nosotros, más vivos que nunca. «Ya casi lo hemos logrado», me repetía una y otra vez mientras golpeaba mi cacerola con fuerza. El martes está a la vuelta de la esquina y todo el sector de la enseñanaza saldrá a manifestarse por las calles. Está confirmado: guarderías, colegios, institutos y universidad, en huelga contra los recortes. Si conseguimos que vengan hasta Mordor y que hagan ruido con nosotros, tumbaremos estas jodidas torres.
A eso de las nueve, las cacerolas dejaron de sonar. Los pitidos en cambio no cesaron en toda la noche.

21M: ¡Mi tesoro! (Golum)

Hoy todo el mundo habla de mañana. Mañana es el gran día. Mañana.
Una hobbit muy simpática se ha fabricado un sello y está imprimiendo #lacaixaesmordor en cientos de billetes. Parece como si ya nadie tuviera miedo de estar aquí, como si nos hubiésemos olvidado de que estamos en Mordor, ese lugar que hace tan sólo una semana tanto nos atemorizaba. El abuelo del corralito cuyo testimonio escuchamos el primer día, sonríe ahora como un niño a punto de comerse su pastel preferido. Y el estudiante endeudado también. Todos sabemos que la batalla por la Tierra Media no ha hecho más que comenzar, y que muchos peligros nos acechan todavía (todos los cuentos buenos vienen siempre cargados de oscuridad y peligro), pero nadie quiere hablar de eso ahora.
Hemos llegado lejos, mucho más lejos de lo que imaginamos cuando echamos a caminar y dejamos atrás la plaza Cataluña. Nos merecemos celebrarlo, eso es lo único que importa hoy.
Un montón de cosas extrañas me esperan en los lindes del bosque capitalista. Cosas buenas y malas, lo sé; algo dentro de mi me llama a descubrirlas, y ya no hay vuelta atrás. A todos los que me han acompañado esta semana en Mordor, les digo lo mismo que Frodo le dijo a Sam al final del camino: «Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas».

22M: Sólo atravesando la noche se llega a la mañana. (J.R.R. Tolkien)

Hasta la persona mas pequeña puede cambiar el curso del futuro. Esa es la lección principal del Señor de los Anillos.

¡Vamos!

El deseo como campo de batalla (Ana Chicote)

Reseña del libro Primeros apuntes para una Teoría de La Jovencita, de Tiqqun, por Ana Chicote.

“Nuestra disposición a deshacernos en relación con otros constituye la oportunidad de llegar a ser humanos. Que otro me deshaga es una necesidad primaria, una angustia, claro está, pero también una oportunidad: la de ser interpelada, reclamada, atada a lo que no soy, pero también movilizada, exhortada a actuar, interpelarme a mí misma en otro lugar y, de ese modo, abandonar el “yo” autosuficiente considerado como una especie de posesión.” Judith Butler (Dar cuenta de sí mismo, violencia ética y responsabilidad)

Este libro de Acuarela Libros tiene la virtud de llegar en un momento idóneo. Si algo ha puesto en evidencia la crisis del capitalismo salvaje es lo que Richard Sennett vaticinaba en 1998 al final de La corrosión del carácter: “Un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón profunda para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad”.

Primeros materiales para UNA TEORÍA DE LA JOVENCITA es una crítica feroz de cómo un sistema basado en el mercado ha colonizado lo más íntimo e idiosincrásico del ser humano: la subjetividad, lo íntimo, las emociones, las pulsiones, el deseo singular, la misma capacidad de amar. El control de los ciudadanos ya no se ejerce desde un “afuera”, sino desde dentro de los propios seres humanos, que asumen el control de sí mismos para adaptarse a un deseo expropiado: la publicidad y la ciencia médica nos dicen en qué consiste biológica, genética y socialmente el amor, y el mercado nos lo vende para que lo consumamos. Se trata de la interiorización de la lógica capitalista en lo que parecía un reducto inconquistable de “autenticidad”, de rebelión contra el poder social.

La figura de “la Jovencita” encarna este deseo expropiado, alienado. A Tiqqun no le interesa describir quiénes son los sujetos que se adaptan a este modelo ideal de individuo, sino las prácticas que consisten en lo que ellos llaman el “proceso de jovencitización” o el convertirse en Jovencita: el deseo ensimismado, el deseo vacío, el deseo indiferente al otro, cuerpos reducidos a meros continentes que no conectan con su “intimidad” ni con la de otro. La Jovencita no está necesariamente adscrita a un cuerpo de mujer -aunque algunos de sus rasgos se asocien paradigmáticamente a la “feminidad” y por esto quizá sus autores hayan convenido en elegirla-, porque que todos somos consumidores de formas de vida atractivas (productos de marketing), nos obsesionamos por la juventud y la salud, nos esforzamos por adaptar el propio cuerpo a los cánones de belleza y a los usos amorosos de nuestra época, nos desvelamos por nuestra apariencia, odiamos la soledad y rechazamos lo que hay de trágico el ser humano (siempre hay que pensar positivamente), tememos al compromiso, pues esto implica la renuncia y el cierre de otras oportunidades, tememos el encuentro con lo diferente y singular (lo que no se adapta a la garantía de lo conocido), vivimos en la inmediatez y redefinición permanentes, etc.

Aunque el asunto de este libro tiene precedentes históricos (el análisis del narcisismo consumista y de la sociedad del espectáculo, la crítica feminista al poder que se extiende hasta lo privado), su interés o su novedad radica en que no es un ensayo sociológico al uso. Con un lenguaje abstracto entre lo poético y lo filosófico, que alterna el tono grave con el irónico y en ocasiones humorístico, no se propone analizar con detalle las condiciones sociales e históricas en que uno se convierte en un cuerpo-valor de cambio y tampoco sigue un discurso lineal. Escrito con citas dispersas de diversa procedencia (desde autores como Klossowski, Gombrowicz o Proust, hasta artículos de revistas femeninas, pasando por reflexiones de cosecha propia), configura una especie de prisma que desde sus distintas caras describe de forma sugerente cómo la Jovencita experimenta cotidianamente lo que los autores llaman la “nuda vida”: la vida vacía, la vida sin sentido porque nunca se compromete con nada, nunca se detiene auténticamente en nada fuera de sí misma.

La Jovencita es una “modesta empresa de depuración” de todo lo que no contribuye a la circulación del deseo mercantil vendible: la negatividad, la soledad, la enfermedad, la fealdad, el peligro, el compromiso, la muerte… Sin embargo, si, como afirman sus autores, “lo que le queda de humanidad es la causa de su sufrimiento” -una imperfección, por tanto, que también hay que erradicar-, ahí podría residir también la posibilidad de resistencia: “Sólo en el sufrimiento es amable la Jovencita. Salta a la vista aquí una potencia subversiva del trauma”. El sufrimiento puede interpretarse entonces como un síntoma de lo que no se adapta, aquello que “deshace” la fantasía de ser sujetos omnipotentes.

Cómo se convierte uno en objeto de deseo tiene que ver también con los “afectos estándar”, con lo que se supone que debemos sentir, cómo se supone que debemos preparar a nuestros cuerpos, moldearlos para que tengan una vida afectiva y sensual adecuada. Esta es, fundamentalmente, la segunda parte del libro titulada “Hombres-máquina: modo de empleo”, una ampliación del concepto de Jovencita. Los hombres-máquina son autómatas emocionales que responden al dictado de la nueva ciencia médica, de corte biologicista-determinista: “vosotros, vuestras alegrías y vuestras penas, vuestros recuerdos y vuestras ambiciones, vuestro sentido de la identidad y del libre albedrío, todo esto no es en realidad más que el comportamiento de una vasta reunión de células nerviosas y de las moléculas que están asociadas a ellas. Como habría podido formularlo la Alicia de Lewis Carrol: “¡usted no es más que un paquete de neuronas!”. Esta ideología científica dictamina que el amor es una “simple reacción química” y ofrece prótesis para nuestros cuerpos desfallecientes (como por ejemplo el viagra): “La humanidad futura debe ser funcional y funcionar en todos sus aspectos, incluso si a veces opone resistencia. Cada disfunción representa una falta de eficacia que debe ser corregida. Empalmarse cuando toca o desaparecer”.

Se trata de una ciencia médica que ha ocupado el lugar de la vieja moral para convertirse en un “moralismo fisiológico de masas”: “todos bellos, todos bio”. “El Biopoder está disponible en cremas, píldoras y aerosoles”. “He aquí el tiempo de la farmacología cosmética”. Es un deber moral estar sano, si uno no cuida de su cuerpo y enferma será porque lo habrá querido y deberá responsabilizarse individualmente de su enfermedad. De nuevo la ilusión del individuo autosuficiente y omnipotente que nos vende la publicidad (como si no nos enfermara el aire que respiramos, la comida que tomamos o los trabajos que desempeñamos). Sin duda, las nuevas reformas sanitarias irán por este camino, encarnando una suerte de “darwinismo social-mercantil” en el que sobrevivirán los fuertes. “Habrá de un lado la comunidad de «sanos» y del otro lado los «enfermos». Prestando atención al Nietzsche más dudoso, la primera huirá de la segunda como de la peste.”

Los cuerpos convertidos en mercancías, repite Tiqqun. El “yo” -afectos, pulsiones, deseos- considerado como propiedad, expuesto en un escaparate e intercambiado por otra “cosa” que conserve o aumente mi posesión. “El hombre convertido en cosa considera sus sensaciones con un curioso desapego: nada le pertenece exceptuando las cosas y solamente puede desear las cosas, o a los otros en la medida en que ellos mismos son cosas”. Sin embargo, lo que caracteriza la humanidad que hay en nosotros es la capacidad de que lo desconocido, de que lo otro, lo distinto, nos cuestione y nos “deshaga” -como dice Butler en la cita con la que comenzaba este texto-, con el riesgo, la angustia, el sufrimiento que eso implica para nuestro “yo soberano”, pero también como una oportunidad que nos moviliza, nos cuestiona y nos cambia.

Este ensayo es sobre todo una crítica a esas formas de vida sometidas, mecanizadas. Solo en las últimas páginas se hace un llamamiento a la emancipación de nuestros “cuerpos deseantes” para “comenzar a concebir la posibilidad de comunidades”. “La comunidad (…) significa: realizar el potencial de insurrección y de invención de los mundos subyacentes a todo vínculo verdadero entre seres humanos”. Quizás lo que se echa de menos en el libro es el desarrollo de la idea de estas comunidades posibles, la descripción, en paralelo a la crítica de las figuras de la Jovencita o de los Hombres-máquina, de experiencias liberadoras de vínculo y deseo, de otras formas de relación entre los seres humanos, por eso el carácter de denuncia se hace, en ocasiones, difícil de asumir. No obstante, es precisamente la claridad con que perfila el comportamiento cotidiano de ese “estar en el mundo sin estar” (que por cotidiano pasa desapercibido, oculto bajo una “normalidad” acrítica) y la ligereza del discurso hecho a base de fragmentos lo que invita a seguir con la lectura y lo que constituye su mayor acierto.

Cada sociedad construye o perfila a los ciudadanos ideales capaces de vivir en ella ejerciendo una cantidad menor o mayor de violencia sobre los sujetos para que se adapten a ella. La violencia que se ejerce en la sociedad del “capitalismo cool” (como lo denominan algunos) no viene dada tanto por las armas o por la imposición de normas sociales represivas, como por la seducción. Si en el capitalismo de las finanzas es el valor abstracto el que se pone en circulación permanente y no tanto el dinero concreto y real que podemos contar en nuestros bolsillos, en las relaciones humanas los seres humanos solo lo son en tanto que portadores de una serie de valores que una sociedad basada en el consumo favorece y premia, cuerpos convertidos en monedas de cambio, todos iguales bajo la apariencia de “marcas distintas”. Ya no se trata solo de que consumamos un producto, sino de moldear nuestras emociones, nuestras reacciones, nuestras decisiones, codificándolas como “adecuadas” e “inadecuadas” para cosificarnos como formas de vida que, paradójicamente, se nos pretende vender. Pero cuando el sufrimiento que esa violencia silenciosa y cotidiana ejerce se hace insoportable, cuando escuchamos al ser humano que grita bajo esas “máscaras sin rostro”, que ya no quiere hablar más “a través de la voz de otros”, cuando la palabra y el cuerpo se reconcilian, ahí comienza la libertad.

El gordo de Megaupload y otras películas

Por Leónidas Martín Saura

Hace unos días empecé a ver una colección buenísima de películas japonesas de ciencia ficción. Estaban todas realizadas en la década de los cincuenta, con muy poco presupuesto; los efectos especiales lo eran no tanto por su ímproba sofisticación como por lo mucho que —obviamente— se notaban. Encontré estas películas un día por casualidad mientras buscaba otra cosa en la Red, colgadas en una página muy rara. De las seis, había visto ya tres de ellas y me habían gustado mucho, con todos esos monstruos de plastilina y los escenarios de cartón piedra. Me encontraba ya completamente enganchado cuando van y, de pronto, cierran Megaupload.
Desde ese momento las he buscado por todos los rincones de internet. Nada. Tampoco las venden en las tiendas, ni las pasan en ninguna sala de cine, ni centro cultural que yo conozca. Muy a mi pesar, he ido poco a poco dándolas por perdidas; parece que ahora me toca probar nuevas experiencias audiovisuales, y en eso estoy. Ayer, por ejemplo, vi la televisión, ya sabéis, Urdangarín, SGAE, los trajes de Camps y todo eso. Durante todo el Telediario no dejé ni un segundo de pensar en el monstruo aquel de los rayos intermitentes: ¿lograrían finalmente acabar con él? El único relato televisivo que atrajo un poco mi atención fue ese que han construido alrededor de la figura de Kim Dotcom, el chico entradito en carnes creador de Megaupload. Digo lo de «entradito en carnes» porque esta característica física de Dotcom es parte del storytelling que acompaña a su noticia. Una noticia emitida por todos los canales de televisión del mundo, una y mil veces, y cuyo relato podría resumirse así: un gordinflón sin escrúpulos que se aprovecha de la gente común, como tú y como yo, para forrarse de pasta, comprarse mansiones, coches caros y alguna que otra pistola también. Menos mal que el F.B.I. pasaba por ahí y nos ha salvado la vida de nuevo.
Esto sí que es ciencia ficción de la buena —pensé.
Según cuentan, lo que ha hecho el gordito de Megaupload es algo intolerable, un acto tiránico y despótico; lo peor que alguien puede llegar a hacer jamás. Quizá tengan razón, quién sabe; sin embargo, ¿no es eso lo que hace cualquier empresario capitalista, incluidos, por supuesto, todos aquellos que ahora condenan a Dotcom? Siempre que aparece una nueva demanda social (acceder a la cultura sin intermediarios, por ejemplo), ¿no aparece también siempre un tío como el director de Megaupload y monta la infraestructura capaz de responder a dicha demanda a cambio de dinero? ¿Qué hay de raro en ello? A mí me parece algo casi natural en el mundo en el que vivimos. Un mundo en el que todo se ha convertido en mercancía, y la cultura más.
Los que se rasgan las vestiduras y apoyan la operación policial contra Megaupload dicen hacerlo en nombre de la cultura, pero eso no es verdad. Lo hacen en nombre de la propiedad intelectual, que no es lo mismo. Para comprobar esto que digo no tienes más que preguntarte si Megaupload ha interrumpido en algún momento la transmisión cultural, o sea, aquello que permite a la cultura reproducirse y seguir viva. ¿A qué no lo ha hecho? Todo lo contrario. Gracias a Megaupload, yo he visto, por ejemplo, algunas películas frikis japonesas que antes no sabía ni que existían. Otra cosa bien distinta es cómo ha afectado esto a los negocios apoyados en la propiedad intelectual, la del Copyright, la que se sostiene sobre el principio de «Todos los derechos reservados». Para estos negocios es verdad que Megaupload significaba un inconveniente, un obstáculo es su camino hacia las mansiones, los coches caros y las armas. Por eso se lo han cargado.
Si hablas con los que defienden esta intervención del F.B.I., que, por cierto, para llevarse a cabo ha necesitado saltarse muchas de las garantías del Estado de derecho como son la privacidad del usuario, o la soberanía jurídica nacional; si hablas —decía— con alguno de ellos, te dirán que el fin justifica los medios, que lo más importante ahora, lo que está por encima de todo, es detener «el asalto pirata que sufren los creadores». Quien así opina lo hace por dos razones. Una, porque es un mentiroso, o dos, porque está muy mal informado y confunde crear con poseer.
El autor es aquél que crea un bien cultural, pero eso no quiere decir que ese bien cultural le pertenezca. Los bienes culturales sólo pertenecen a la humanidad. Para crear un bien cultural, todo autor necesita del conocimiento común acumulado en la cultura. Si es un director de cine necesita ver otras películas; escuchar otras composiciones si es un músico; leer otras libros si es un escritor. Ésa es la fuente de la que mana su nueva creación, sin ella nadie puede llegar a crear nada. En términos culturales, todo lo que se escapa a esta lógica, carece de sentido. ¿Os imagináis a Einstein guardándose para él solo la fórmula de la relatividad, o prohibiendo su uso a según qué personas?
Defender, como yo defiendo, esta definición de cultura, no significa, ni mucho menos, abolir el reconocimiento. Otro error habitual presente en los discursos de aquellos que han cerrado Megaupload. Todo autor debe ser reconocido por su trabajo, «el que no es agradecido, no es bien nacido», decía mi madre. Es deber de la comunidad reconocer siempre a aquél que con su esfuerzo aporta algo beneficioso para ella. Ese reconocimiento puede —y debe— ser de muchos tipos, no únicamente económico, como defiende la actual legislación de la propiedad intelectual, aunque es verdad que éste, el económico, hay que tenerlo muy en cuenta. Por eso es importante ir pensando en nuevos modelos económicos adaptados a las condiciones sociales y tecnológicas de nuestra época. Algo que se torna muy difícil si la ley lo prohíbe en defensa del mantenimiento de un sistema obsoleto.
Yo no apoyo a Megaupload ni a su orondo director, tampoco apruebo su modelo de negocio. Para mí, Megaupload no es más que otro ejemplo de la condición tan miserable en la que se encuentra la cultura de nuestros días. Es evidente que mientras continuemos tratándola como una mercancía, cientos de Kim Dotcom (o gente mucho peor) seguirán apareciendo por todas partes. Es inevitable. Como también lo es el hecho de que los 180 millones de usuarios que estábamos registrados en Megaupload, más todos los otros que usaban a diario sus servidores de manera gratuita, volvamos a utilizar cada nuevo sistema de intercambio de archivos que aparezca. ¿Por qué? Porque no nos queda otro remedio, sencillamente por eso. Porque intercambiar cultura no es un capricho, es una necesidad humana además de la condición única por la que la cultura pervive. Todo el mundo sabe que ahora disponemos de una tecnología ideal para ello y no estamos dispuestos a renunciar a eso. Al menos, no sin protestar.
Ya me gustaría a mí que un día no fuese una empresa privada la que ofreciese la capacidad tecnológica de intercambiar cultura. Claro que molaría que fuese una Institución pública, y que lo hiciese porque hubiera comprendido que la cultura es un bien común, y que para seguir viva necesita moverse sin restricciones, libremente, fuera de la lógica del mercado. Eso no estaría mal, nada mal. Pero creer que algo así pueda suceder hoy es ciencia ficción. El presente es la Ley Sinde, La S.O.P.A, el cierre de Megaupload y todo lo que sea necesario para sostener un sistema de propiedad intelectual que ya no se tiene en pie, que está obsoleto. Así podrán por un tiempo frenar —e incluso detener— la potencia cultural latente en las tecnologías de nuestro presente, pero esa potencia terminará abriéndose paso, se desplegará les guste o no. Eso es algo que sabemos todos: los que han cerrado Megaupload, los que apuestan por la cultura libre y yo, que quiero ver esas tres películas japonesas que me faltan.

Mantra de la revuelta (Franco Berardi)

El 15 de febrero de 2003, cien millones de personas marcharon por las calles del mundo por la paz, exigiendo que la guerra contra Irak no devastara de forma permanente la faz del mundo. Al día siguiente el presidente Bush dijo que no le importaba nada toda esa gente (yo no necesito de “focus groups”) y comenzó la guerra. Sabemos cuál fue el resultado.

Después de esa fecha el movimiento se disolvió, ya que era un movimiento ético; el movimiento de la gente de bien que en el mundo rechaza la violencia de la globalización capitalista y la violencia de la guerra.

El 15 de octubre en buena parte del mundo salió a las calles un movimiento igualmente amplio. Aquellos que dirigen las organizaciones que mantienen depauperadas a las personas sonríen nerviosamente y dicen que están de acuerdo con quienes se enfadan ante la crisis, siempre y cuando lo expresen cortésmente. Están nerviosos porque saben que este movimiento no se disolverá, por la sencilla razón de que el levantamiento no tiene únicamente razones éticas o ideológicas, sino que se basa en la materialidad de un estado de precariedad, de explotación, de empobrecimiento creciente. Y de rabia.

La rabia a veces alimenta la mente, a veces se manifiesta como psicopatía. Es sin embargo inútil predicar a los enojados, porque eso los enoja más. Aunque no sobran razones para escuchar a la razón, en tanto la violencia financiera está produciendo una rabia psicopática.

Un día antes del evento del 16, en una entrevista publicada por un periódico llamado “La Stampa”, declaré que en mi opinión lo mejor era que la manifestación en Roma no tuviera enfrentamientos, para hacer posible que la experiencia terminara en acampada. Las cosas no resultaron así, pero no creo en absoluto que la movilización haya sido un fracaso sólo porque no terminó como yo esperaba.

Un incontable número de personas se ha manifestado en contra del capitalismo financiero que intenta descargar su crisis sobre la sociedad. Hasta hace un mes, las personas veían la miseria y la devastación producida por las políticas del neoliberalismo como un fenómeno natural; inevitable como las lluvias de otoño. En el transcurso de unas pocas semanas el rechazo del liberalismo y del financierismo se ha colocado en el conocimiento de una parte decisiva de la población. Un número creciente de personas, de mil maneras diferentes, manifestó su enojo; a veces incluso desde la autoderrota, ya que muchos pensaron que el suicidio es mejor que la humillación y la miseria.

He leído que algunos se quejan de que la rabia le estorba al movimiento de la Piazza San Giovanni y a sus carrozas de colores. Pero el movimiento no es un juego en el que se deba seguir un guión. El guión está en constante cambio y el movimiento no es un sacerdote ni un juez. El movimiento es un médico. El médico no juzga la enfermedad, la cura.

Quien esté sólo dispuesto a salir a las calles cuando las cosas estén ordenadas y no haya peligro de revolverse con los violentos, será mejor que en los próximos diez años permanezca en casa. Sin embargo, no esperen sentirse mejor por quedarse en casa; la violencia llegará allí también. Ni siquiera a manos de la policía o de los fascistas; sino a manos de la pobreza, del desempleo y de la depresión. Y puede incluso que también de la mano de los agentes de la justicia.

Por lo tanto, es mejor prepararse para lo inesperado. Es mejor saber que la violencia infinita del capitalismo financiero en su etapa agonizante produce psicopatía, así como racismo, fascismo, autolesiones y suicidio. ¿No le gusta el espectáculo? Es una pena, porque no se puede cambiar de canal.

El Presidente de la República dice que es inadmisible que se rompan las ventanas de los bancos y que se queme un camión en marcha a toda velocidad, como un carrusel asesino. Sin embargo, el presidente cree que es admisible tener como Ministro a un hombre juzgado por sus ligas con la mafia; tan es así que le firma la nómina, aunque a regañadientes. El Presidente de la República considera admisible que un Parlamento comprado con el dinero de un sinvergüenza siga legislando sobre la piel de la sociedad italiana; tan es así que no disuelve las Cámaras corruptas. El Presidente de la República considera que es admisible aprobar leyes que destruyen los contratos colectivos; tan es así que las firma. Por lo tanto, me importa un bledo lo que el Presidente considere inaceptable.

Camino entre los psicópatas y los violentos por la sencilla razón de que la enfermedad se agudiza si la sufrimos todos. Les pregunto a unos y a otros, sin tanta vuelta: ¿creen que quemar bancos terminará con la dictadura de las finanzas? La dictadura de las finanzas no está en los bancos; sino en el ciberespacio, en los algoritmos y en el software.

La dictadura de las finanzas está en la mente de todos aquellos que no pueden imaginar una vida libre de las formas del consumismo y la televisión.

Camino entre las personas a quienes la rabia ha vuelto irrazonables, y les pregunto: ¿creen que el movimiento puede ganar la batalla entrando en la trampa de la violencia? No somos un ejército de profesionales dispuestos a matar, y esa disputa violenta se la tendríamos que ganar a los profesionales de la guerra.

Pero, como he dicho, sé que estas palabras no tendrán un efecto mayor que aquellas con las que se predica a los pájaros.

Lo sé, pero sostengo lo que digo. Lo digo y lo repito, porque sé que en los próximos años vamos a ver mucho más que un par de bancos con vidrios rotos o de camiones en llamas. La violencia está destinada a extenderse por todas partes. Y habrá violencia sin pies ni cabeza; de quienes pierden su empleo, de aquellos que no pueden enviar a sus hijos a la escuela, e incluso la violencia de aquellos que no tienen nada que comer.

¿Por qué deberían escucharme a mí, los que odian a un sistema tan odioso que es sobre todo odioso no acabarlo de una vez?

Mi deber no es aislar a los violentos; mi deber como intelectual, como activista y pensador proletario es encontrar una salida. Sin embargo, para buscar una salida debo estar donde el sufrimiento es mayor, donde la violencia está al máximo, a tal grado que se manifiesta en sordera, en psicopatía, en auto-destrucción. Debo acompañar a la locura suicida en su recorrido manteniendo el espíritu claro y la visión clara ante el hecho de que aquí no hay otro culpable que no sea la sistemática rapiña.

Nuestro deber es inventar una forma más eficaz de la violencia, e inventarla rápido; antes de la próxima reunión del G20, cuando en Niza se reúnan los hambreadores. En esta ocasión no los persigamos, no vayamos a Niza por enésima vez para expresar nuestra rabia impotente. Vayamos a miles de lugares en Europa, a las estaciones, a las plazas, a las escuelas, a los grandes almacenes y bancos, y activemos los megáfonos humanos. Una niña o un anciano jubilado gritarán las razones de la humanidad defraudada, y cientos a su alrededor repetirán sus palabras, para que otros las repitamos en un mantra colectivo, en una ola de toma de conciencia y solidaridad que encierre a los hambreadores en su remolino y se lleve su poder sobre nuestras vidas.

Un mantra de millones de personas derribará los muros de Jericó, mucho más eficazmente que un piquete o que un cóctel molotov.

#OccupyWallStreet o la bendita metamorfosis (Ángel Luis Lara)

“Venimos para quedarnos”. El mensaje es exhibido por una simpática señora de unos setenta años. No es una joven e irrendenta activista. Es, simplemente, una señora de setenta años. La acampada del movimiento #OccupyWallStreet en el corazón del distrito financiero neoyorquino supera las tres semanas de existencia y ya no es la misma. Desde que arrancara el pasado diecisiete de septiembre se ha transformado. En sentido inverso a lo que le sucediera al Gregorio Samsa de Kafka, la metamorfosis se ha producido desde el ser extraño a la persona común. Como si las lluvias torrenciales caídas en Nueva York la semana pasada hubieran ayudado a enjuagar la inercia inicial hacia lo identitario, el lastre de lo ideológico, la supremacía de los significantes y la lógica activista tout court. #OccupyWallStreet ya no es el mismo movimiento. Sin embargo, su existencia se debe en gran medida a la decidida obstinación de los apenas doscientos activistas que han mantenido el campamento contra viento y marea desde su inicio. La metamorfosis de #OccupyWallStreet posee una naturaleza eminentemente incluyente: todos y todas formamos parte de ella. También la mayoría de los que compartimos pesimismo en las calles del distrito financiero de Nueva York ante el evidente fracaso inicial de la convocatoria el pasado diecisiete de septiembre: lejos de irnos a casa y de abandonar el barco, cada uno y cada una ha aportado su granito de arena como ha sabido, como ha podido y como ha aprendido durante estas semanas. Ese es el milagroso efecto del 15M y de los movimientos en el Mediterráneo: nos hemos imbuido de una extraña y maravillosa energía, una especie de determinación colectiva que no nos abandona. Estamos aprendiendo que, a diferencia de los partidos o las instituciones, los movimientos no tienen miedo a las transformaciones, a los cambios o a los gerundios. Ser movimiento es estar en movimiento. Sabíamos que se trataba de romper la burbuja inicial, de cambiar. Parece que, poco a poco, entre todos y todas lo vamos consiguiendo: hace unos días decenas de miles de personas tomaron el sur de Manhattan al grito de #OccupyWallStreet!. El pasado mes de julio el colectivo de cultural jammers Adbusters lanzaba la convocatoria y vaticinaba que veintemil personas tomarían Wall Street. Nos equivocamos estrepitosamente aquellos que subestimamos sus previsiones. Adbusters tenía razón, a pesar de Adbusters. No ha sido en la fecha prevista, pero ha ocurrido tres semanas después.
Tras el diecisiete de septiembre proponíamos un relato parcial de los inicios del movimiento y de la problemática disonancia observada entre lo esperado y lo realmente acontencido aquel día en Nueva York. Lo que sigue son nuevas notas de viaje. Tal vez ayuden a trazar mapas actuales del movimiento y de sus mutaciones. Entre límites probables y potencias posibles. Entre decidida obstinación y bendita metamorfosis.

Movimiento y efecto mariposa

Es cierto que uno no cambia si no está dispuesto a cambiar. Ocurre a veces, sin embargo, que elementos fortuitos y azarosos modifican hasta tal punto la coyuntura que habitamos que no nos queda más remedio que cambiar. Si además hablamos de un proceso abierto e indeterminado, como es el caso del movimiento #OccupyWallStreet, el dibujo necesariamente caótico que va trazando con su devenir subraya la relevancia de lo azaroso. Ese es el principio que orienta el denominado efecto mariposa: “dadas unas condiciones iniciales de un determinado sistema caótico, la más mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione en formas completamente diferentes” (Wikipedia). Mientras los partidos y las instituciones se llevan mal con el azar, los movimientos sociales lo convocan constantemente. En este sentido, #OccupyWalStreet ha vivido una especie de efecto mariposa. La aparición de un input externo ha producido una importante variación que ha modificado su suerte: al igual que sucediera en Madrid y Barcelona con el movimiento 15M, la policía se ha aliado involuntariamente con #OccupyWallStreet y le ha dado vida de manera determinante. Las imágenes de los centenares de arrestos indiscriminados e injustificados, así como la dureza y la violencia exhibida por las fuerzas policiales en su relación con el movimiento, se han replicado masivamente en Internet y en medios de comunicación, afectando a los sectores más progresistas de la sociedad estadounidense y generando la aparición de un reseñable campo de empatía. El contraste entre la violencia policial y el carácter decididamente pacífico de #OccupyWallStreet ha funcionado como un campo magnético que ha atrapado no sólo la atención sobre el movimiento, sino también los afectos. Ni uno solo de los responsables del desastre económico desatado desde Wall Street ha sido detenido y procesado. Casi novecientas personas han sido arrestadas desde que el movimiento ocupara Liberty Plaza el pasado diecisiete de septiembre. El contraste se ha hecho sencillamente insoportable para mucha gente.
En realidad, ese contraste ha desembocado en una cadena sucesiva de inputs que están en la base del crecimiento y de la positiva evolución del movimiento. La secuencia es sencilla: la violencia policial injustificada atrae a los media, que atraen a algunos personajes públicos con influencia en importantes sectores de la opinión pública local y mundial (Michael Moore, Susan Sarandon, Tim Robins), lo que intensifica el interés de los media, lo que desemboca en que, finalmente, la izquierda le conceda importancia al movimiento y quiera asociarse a él. Bingo. Ya no estamos solos. No sólo todo el mundo nos está mirando, sino que muchos no se conforman con mirar y quieren participar activamente: error en el código fuente del activismo tout court y del nos-otros que hasta ahora había definido y conformado el movimiento. El proceso reclama la abolición de la diferencia entre el nos y el otros. No hay un adentro y un afuera. Somos el 99%. Todos cabemos en #OccupyWallStreet. No se trata de una sentencia definitoria, sino de una posibilidad real. Ese es ahora el gran reto.

Argonautas en Liberty Plaza: ¿una vez en el Kula, siempre en el Kula?

Mientras el movimiento era solamente cosa de activistas la ocupación de Liberty Plaza estaba poblada fundamentalmente por Argonautas: Nueva York no está en el Pacífico Sur, pero #OccupyWallStreet descansaba en una lógica muy parecida a la que Bronislaw Malinowski describiera en 1922 en su clásico Los Argonautas del Pacífico Sur, en el que daba cuenta de las formas de intercambio entre los pobladores de la provincia neoguineana de Milne Bay. Según el célebre antropólogo polaco, la institución fundamental de ese intercambio era el Kula, una práctica de interacción social que descansaba en el trueque de objetos sin valor de uso alguno. Esa carencia de utilidad como base de las interacciones parecía haberse transportado por arte de magia hasta Liberty Plaza. Era algo que llamaba poderosamente la atención en los primeros días de acampada. Más allá de las actividades concretas de logística, proliferaban prácticas y lenguajes que, en realidad, nadie estaba muy seguro de que sirvieran realmente para algo. Como en el Kula, lo que los activistas poníamos en juego era una suerte de ritual que, lejos de disolvernos, acentuaba nuestros lenguajes, nuestras estéticas y nuestro sentido particular. Afortunadamente, esa lógica se ha visto limitada por la llegada masiva de personas y de diferencias, lo que parece estar contribuyendo decisivamente al debilitamiento del ritual activista, orientando necesariamente el movimiento hacia la producción de espacios operativos y de herramientas útiles para la participación activa de todos y todas. Es un proceso lento, plagado de problemas y de tensiones, pero ya se han dado los primeros pasos. Han aparecido mesas de información, foros públicos, pequeñas asambleas, tablones de anuncios. Valores de uso concretos. Herramientas. Bye bye Kula, hello people.
Quizá lo más interesante del proceso es que ha sido simplemente una frase la que se ha constituido en el elemento más decisivo de la derrota del orden Kula: “We are the 99%”. Jesús Ibáñez mantenía que el orden social es siempre del orden del decir. La hegemonía de la frase “We are the 99%” en el conjunto de los eslóganes del movimiento ha modificado la suerte de éste por lo menos en dos direcciones: por un lado, ha funcionado como un enunciado evidentemente incluyente que ha hecho que la gente común se sienta interpelada y se acerque al movimiento; por otro lado, nos ha obligado necesariamente a abrirnos y a devenir ese 99% que declaramos ser. Se trata de una frase reversible: We are the 99% ha conectado hacia afuera y ha modificado hacia adentro. Ahora, cuando alguien exhibe un comportamiento sectario, reproduce un lenguaje ideológico o hace una propuesta excluyente, basta con decirle “no, es que somos el 99% de la gente”. Es muy probable que sigamos sin convencerle, mucho menos que consigamos que deponga su actitud, pero lo que sí es incuestionable es que ahora está en fuera de juego. La semántica determinando la materialidad de las prácticas. ¿El mundo al revés? No, puro sentido común. Puro sentido hacia lo común.

El nieto de César Vallejo en Wall Street

No obstante, el fin de la supremacía del orden Kula y de las lógicas con escaso valor de uso no ha arrastrado consigo el cierto desorden que a ratos emerge en Liberty Plaza, dificultando notablemente los procesos incluyentes y de participación en el movimiento. Hay una anécdota que ilustra esta decisiva dificultad por encima de otras. Una de las noches que nos dieron las tantas entre la charla, la lluvia torrencial y la conspiración, o sea, el respirar juntos, unos pocos acabamos entre cervezas en el O’Hara’s, un pub cercano en el que uno tiene siempre la sensación de haber entrado en el set de rodaje de The Wire y que en cualquier momento se va a topar con el bueno de McNulty y el ínclito Moreland ahogando en alcohol sus miserias y sus frustraciones. Allí, sentado en la barra y borracho como una cuba, encontramos a un chico muy joven, solo y desolado, a todas luces parte de los heróicos y pasados por agua acampados en Liberty Plaza. Al preguntarle inquietos por su estado de ánimo y lo evidente de su soledad, el joven nos contó que se había sumado al movimiento porque quería ser poeta. Tras leer en Internet que en el campamento de #OccupyWallStreet existía una asamblea de poetas, lo que es efectivamente cierto, no lo había dudado ni un instante y había cogido su saco de dormir y sus poemas y se había instalado en Liberty Plaza desafiando a las autoridades, a las lluvias ingentes de esos días y a los fríos nocturnos. Después de que evocáramos inevitablemente al gran Vallejo (“Wall Street madrugada de jueves un otoño con aguacero”), el chico continuó su amargado relato: llevaba cinco días con sus cinco noches recorriendo la plaza como alma en pena preguntando sin cesar por la famosa asamblea de poetas, sin haber podido encontrar interlocución alguna capaz de orientarle sobre la dichosa asamblea. Quedamos desolados. Si el movimiento no estaba siendo capaz de ayudar a un joven en su deseo de ser poeta, algo estábamos haciendo rematada y dramáticamente mal.
Ese tipo de desorganización, quizá difícil de evitar en una experiencia de ocupación de un espacio público tan precaria como la del campamento de Liberty Plaza, puede estar dificultando relativamente la integración de la gente en la dinámica del movimiento. Parte del problema seguramente tenga una naturaleza cultural: entre los amigos y las amigas españolas que estamos viviendo juntos #OccupyWallStreet no deja de llamarnos la atención la dificultad que encuentran los estadounidenses para hacer sociedad, para componer en común. Es una sensación muy parecida a la que genera la serie Treme: todos los personajes son sujetos de una suerte de insubordinación molecular y cotidiana, pero al final siempre acaban solos y sin poder afrontar sus problemas en colectivo. Es, muy probablemente, una violenta consecuencia antropológica de la desestructuración social originada por décadas de extremo neoliberalismo, ligada estrechamente a la profunda atomización que caracteriza la vida social en Estados Unidos. Desde este prisma, resulta evidente por qué entre muchos de los participantes en #OccupyWallStreet se observa una tendencia a concebir el sentido de la experiencia en Liberty Plaza como un acto de resistencia: seguramente pueden imaginar fácilmente la posibilidad de defender una plaza tomada, pero quizá tengan dificultades para concebir la creación de un mundo dentro de ella, no digamos la idea de que la plaza se pueda disolver para empapar toda la ciudad. Desde este punto de vista, no es de extrañar que el movimiento se defina explicitamente en su página web como un movimiento de resistencia (“Occupy Wall Street is leaderless resistance movement (…) The resistance continues at Liberty Square”). Houston, tenemos un problema.

Izquierda y opinión pública

A veces, cuando uno escucha a alguno de los activistas que pernoctan en la plaza o conversa con alguno de los jóvenes que componen el comité de cocina o el media center, no puede evitar tener la sensación de estar frente a uno de los personajes de Muchachada Nui: el mítico Cabeza de viejo, cuerpo de joven. Una aparente y relativa predisposición hacia la repetición de lo existente relcionada seguramente con dos de las diferencias sustanciales entre #OccupyWallStreet y el 15M.
La primera de esas diferencias es que mientras que el movimiento en España demuestra unos niveles reseñables de desconfianza y de rechazo hacia lo instituido, el movimiento en Nueva York reconoce la alianza con las instituciones de la izquierda como una clave sustancial de su estrategia. Es cierto que la situación en España y el contexto estadounidense tienen poco en común en este sentido, pero no es menos cierto que en una coyuntura local tan dura como la actual, hecha de Tea Party y de extrema apatía generalizada, el hecho de que #OccupyWallStreet esté consiguiendo movilizar el disenso y obligando a la izquierda a recomponerse, es ya en sí mismo una conquista de un mérito incuestionable.
La segunda de las diferencias entre #OccupyWallStreet y la fenomenología asociada al 15M viene determinada por el contraste entre un movimiento que hace del anonimato su herramienta más potente y otro que convierte la presencia de personajes públicos en una de sus bazas más significativas. Mientras que en la Puerta del Sol de Madrid ni se reclamaba ni se veía necesaria la presencia de personajes famosos, no se puede entender el impulso que ha tomado #OccupyWallStreet sin la presencia de personalidades como Michael Moore, Susan Sarandon, Tim Robins o Naomi Klein. En el fondo, y a pesar del “We are the 99%”, lo que subyace es una cierta incapacidad por parte del movimiento para desactivar la categoría de opinión pública a la hora de pensar a la gente. La centralidad de los personajes famosos como representaciones del movimiento no sólo podría ser susceptible de colocar a la gente en el papel de público, sino que seguramente puede resultar problemático a la hora de desaprender definitivamente la supuesta existencia de un adentro y de un afuera de Liberty Plaza. Si no somos capaces de desprendernos por completo de esa dicotomía, por mucha simpatía que seamos capaces de generar, corremos el riesgo de concebir a las personas como espectadores. Hace unos días un amigo me decía: “nos hemos ganado a la gente”. Yo me acordé de Fernando Gaviria, un ex-guerrillero brasileño que en uno de sus libros cuenta una anecdota muy interesante: en medio de un viaje clandestino a Río de Janeiro, un taxista le reconoció y le dijo: “yo sé quién es usted y le admiro mucho. Ustedes son como los astronautas, hacen cosas que todos sabemos que hay que hacer, pero que ninguno nos atrevemos a hacer”. Gaviria entendió inmediatamente que si la gente los veía como astronautas, ya habían perdido. Seguidamente abandonó la guerrilla.

De lo conquistado

Sin embargo, y pese a que los viajes al espacio puedan constituir un peligro posible para el movimiento neoyorquino, afortunadamente todavía no hemos visto ningún astronauta en Liberty Plaza. Nada de lo que allí sucede implica la necesidad de un atrevimiento desmedido e impracticable. Conversaciones, bailes, asambleas, juegos para niños, picnics improvisados sobre la acera, talleres y reuniones constituyen actividades participables por el común de los mortales. Como decía un amigo hace unos días a voz en grito y subido a una de las jardineras de la plaza: “no tenemos que convencer a la gente, nosotros somos la gente”. “El 99%”, le contestó un señor mayor que aplaudía sus palabras.
Pese al cúmulo de límites con los que seguramente contamos, #OccupyWallStreet ya no es el mismo movimiento que arrancó durante el verano. Mucho menos aquella cita paseada por unos pocos cientos de activistas el pasado diecisiete de septiembre. Ahora el movimiento es de las personas. Más de los gerundios que de los adjetivos. Su máximo logro es el hecho mismo de su existencia: Liberty Plaza representa la reconquita de la sociabilidad, la posibilidad de poner en común, el bloqueo de la soledad. Por eso lo primero que uno percibe al entrar en la plaza es una suerte de alegría contagiosa, una emoción difícil de explicar. Algunos neoyorquinos han comenzado a llamarlo “el milagro de estar juntos”. Eso ya no es la indignación, es mucho más. Eso ya es otra cosa.

Politizaciones en el ciberespacio (Margarita Padilla)

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Qué se juega en el ciberespacio

No es fácil comprender Internet, porque Internet es recursiva. Es al mismo tiempo un producto y su propio medio de producción. Es tan abstracta como el código y tan concreta como una infraestructura de telecomunicaciones (global y de propósito universal). Es tan artefactual, con ordenadores, cables o satélites claramente identificables, como simbólica, pues permite la construcción de nuevas realidades materiales y virtuales que no podrían producirse de otro modo.

Internet es un asunto complejo. Lo fue en sus orígenes y lo sigue siendo ahora. Sus capas no paran de soportar nuevos desarrollos. Por citar algunos de actualidad: en la capa física, la pasarela entre Internet y telefonía; en la capa lógica, el software como servicio, y en la capa de los contenidos, las redes sociales. La complejidad de Internet no es un asunto solo técnico (aunque también). Es una complejidad política, en tanto que su origen es fruto de una alianza monstruosa que desestabiliza a todos los bandos implicados.

Como todo el mundo sabe, a principios de los sesenta la Rand Corporation, una fábrica de ideas vinculada al complejo militar industrial y de la seguridad y la defensa de los Estados Unidos, puso encima de la mesa el problema de cómo mantener las comunicaciones en una hipotética guerra nuclear. Como respuesta a este insólito problema, surgió el delirante concepto de una red que anula el centro y da a los nodos dos cualidades: inteligencia (para tomar buenas decisiones) y autonomía (para llevarlas a cabo).

En los años sesenta ya había redes (telegrafía, telefonía, radio), pero eran centralizadas y jerárquicas. La industria no estaba interesada en poner patas arriba su concepto de red, que tan bien estaba funcionando, y la flipante propuesta de una red sin autoridad central fue dando tumbos hasta que llegó a las universidades. Las universidades no eran solo catedráticos, departamentos y planes de estudio. También estaban los chicos: una tecno-élite que participaba de la contracultura individualista libertaria (en un mundo de fuertes bloques geopolíticos) y que vio ahí la oportunidad de crear desde cero un nuevo mundo libre: el ciberespacio. Los chicos asumieron el encargo de la Rand Corporation y le entregaron una red a prueba de bombas. Pero por la noche habían trabajado fuera del guion. Tenían el conocimiento y tenían la voluntad, así que incrustaron en Internet desarrollos nocturnos, contraculturales, para las personas, que respondían a sus propias imágenes de lo que debía ser un mundo nuevo. Surgieron el correo electrónico, los grupos de noticias…

En resumen, Internet es fruto de la confluencia entre la gran ciencia propia de la posguerra (la ciencia de las bombas atómicas) y la contracultura individualista libertaria de las universidades norteamericanas de los años sesenta y setenta. Una alianza monstruosa entre poder y contrapoder, con la autoexclusión inicial de la industria.

Esta alianza produjo y sigue produciendo cambios (inestables) en la arquitectura de la realidad, cambios que a su vez pueden generar nuevos y mayores cambios. Recursividad. La industria presenciará estupefacta la proliferación de nuevos y abundantes bienes inmateriales, para cuya gestión y acumulación no tiene mecanismos apropiados, y se dividirá entre los que quieren hacer de Internet otra televisión y los que quieren hacer la Web 2.0. El poder político tendrá que lidiar con un nuevo (ciber)espacio abierto y flexible, ingobernable para cualquier autoridad central, y cuyas leyes internas no termina de entender; verá surgir una nueva esfera público-privada y se pondrá a temblar. Y los movimientos sociales se quedarán perplejos por la abstracción del ciberespacio y por la ambigüedad de la voluntad hacker, que lucha, sí, pero a su manera: sin nostalgia por una comunidad política; haciendo del conocimiento compartido el garante de la libertad; haciendo lo común a base de individualismo, lo horizontal a base de meritocracia…

Pero esto no está terminado. Internet es recursiva e impura. Su arquitectura es su política. Y está inacabada. Se construye y reconstruye en tiempo real en una espiral de oleadas, de bucles y contrabucles, unos bajo la hegemonía de industrias y poderes políticos, y otros propulsados por luchas que dibujan distintas (e incluso contradictorias) imágenes de igualdad y de libertad.

El disfrute de los bienes inmateriales

La revolución digital está poniendo en el mundo un nuevo conjunto de recursos: los bienes inmateriales. Aplicando las lógicas del viejo mundo capitalista, esto solo, de por sí, ya va a desencadenar una lucha por su control y su explotación, igual que cuando se descubre un nuevo pozo de petróleo o un nuevo virus.

Sin embargo, ese nuevo conjunto de bienes inmateriales, que son a la vez medios de producción y productos de consumo, no se rige por las leyes del viejo mundo capitalista: son bienes que no se desgastan, pueden ser míos y tuyos al mismo tiempo, los podemos producir tú y yo en cooperación sin mando, se multiplican a coste cero y cuanto más se usan más crecen. Ni más ni menos, la revolución digital ha puesto en el mundo la posibilidad de una nueva abundancia ¡y sin necesidad de repartirla![1]
La posibilidad de una nueva abundancia va a desencadenar una lucha por su control y su explotación. Es lo que está ocurriendo en la actualidad, dentro y fuera de Internet. Pero esa lucha ya no funciona exactamente según las lógicas del viejo mundo capitalista.

En el pacto social acordado por la burguesía y la clase obrera de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, los derechos sociales quedaron vinculados a la figura del obrero y las libertades democráticas a la figura del ciudadano. Los derechos de autor, completamente insignificantes para este pacto, quedaron fuera de la negociación, como derechos pequeñoburgueses prácticamente irrelevantes.

A la vuelta de sesenta años, el pacto social se está hundiendo y, coincidiendo con este hundimiento, nuevas luchas por el acceso y disfrute de esta nueva abundancia van y vuelven desde el ciberespacio a la calle y viceversa, enfrentándose, atacando y resistiendo contra la imposición de una escasez artificial, gestionada por una alianza entre estados y corporaciones de la industria del entretenimiento y de la cultura, que pretenden legitimarla bajo el cínico discurso de los derechos de autor.

En conversaciones con amigos he oído decir que las luchas en Internet son cortinas de humo para distraer de lo verdaderamente importante: la lucha contra la precariedad laboral y en defensa de lo público. No coincido con esta valoración. La lucha por el disfrute de los bienes inmateriales es tan importante como la que más. Incluso iría más lejos. Una juventud que da por perdida toda capacidad de negociación respecto a los derechos laborales, que asume la precariedad como el suelo que le toca pisar, parece decir: «De acuerdo con los trabajos temporales; de acuerdo con olvidar la jubilación…, pero a cambio de una vida libre y conectada. Precariedad, vale, pero ¡libre y conectada!». Esta parece ser una frontera entre lo tolerable y lo intolerable.

La libertad como derecho (económico)

La lucha por el disfrute de una nueva abundancia (economía) y la lucha contra la censura (política) van de la mano. Copyright y censura son lo mismo. Los cambios en la arquitectura de la realidad están uniendo de nuevo lo que el viejo mundo capitalista quiso separar: la economía (la fábrica y el sindicato) y la política (el parlamento y el partido).

Los derechos de autor, tal y como ahora están gestionados, son la coartada de las corporaciones para mantener su enriquecimiento y su poder. Debido a que los derechos de autor son, en parte, derechos económicos, la lucha por la libertad de acceso a la nueva abundancia es a la vez una lucha económica (contra la escasez artificial) y política (por el reconocimiento de la libertad en el ciberespacio). Como en el ciberespacio todavía no hay ningún derecho reconocido, la lucha contra la censura busca refugio en el viejo garantismo y se enroca en el derecho a la libertad de información y de prensa.

Si en la actualidad hay movimientos sociales, sin duda el movimiento por la libre circulación de las personas (papeles para todos) y el movimiento por la cultura libre (socialización de los derechos de autor) son dos de los más importantes, y están más relacionados entre sí de lo que pueda parecer a simple vista.

Una nueva esfera público-privada

El movimiento por la cultura libre no solo está en lucha abierta por el derecho al acceso y disfrute de la nueva abundancia producida colectivamente, sino que además está transformando las maneras de luchar. El kit del luchador (herramientas, conocimientos y prácticas) está cambiando, y el papel de las vanguardias también.

Pero el desarrollo de las nuevas tecnologías comunicativas no solo ha abierto un nuevo frente para la lucha contra la acumulación y las desigualdades. No es tan simple. También ha cambiado la «normalidad», el día a día de las generaciones conectadas.

No todos los cambios en la «normalidad» son conquistas. Muchas veces son procesos recursivos inacabados, mezcla de distintos intereses políticos, industriales y sociales, en alianzas monstruosas entre distintas instancias de poder y distintos agenciamientos de emancipación y construcción subjetiva.

Remedios Zafra, ciberfeminista, se refiere a los cambios en la «normalidad» de la vida conectada de esta manera:[2]

Los cambios de los que estoy hablando tratan sobre nuestros días conectados a Internet. No se caen las torres, no hay rugidos de la banca, no hay guerras de petróleo ni muertes físicas. No hay una imagen épica que simbolice el cambio al que aludo. Es como una gota sobre una piedra. Es como la acción de los universos simbólicos sobre los cuerpos. Lenta, pero crucial.

Para esta autora, los cambios en la «normalidad» consisten en una nueva articulación entre lo público y lo privado, en la conformación de una nueva esfera público-privada online:

Hoy conviven viejos y nuevos modelos de organización espacial y política de nuestros tiempos y lugares propios, donde la implicación personal y crítica resultaría más necesaria que nunca. Pasa además que acontece una transformación determinante en la esfera privada y doméstica: la Red se instala en mi casa. […] La Red vincula el espacio privado de muchas maneras diferentes con el mundo exterior y la esfera pública, […] y en este entramado […] ocurren oportunidades de acción colectiva y social limitadas antes al «afuera del umbral». Lo privado se funde literalmente con lo público, y entonces lo político se incrementa, […] porque esa combinación entre cuarto propio, soledad, anonimato e intersección público-privada… tiene potencia subversiva.

Según Zafra, al entrar el ordenador en las casas, y más concretamente en los dormitorios (el espacio privado por excelencia), se forma una red de espacios privados conectados que traspasa el umbral y pasa a ser espacio público. Es la potencia del «cuarto propio conectado». Lo que fueron los «garajes» pre-Silicon Valley respecto a la revolución tecnológica lo serían los cuartos propios conectados respecto a la revolución de la esfera público-privada.

Lo privado se funde literalmente con lo público. Economía y política se funden también. Lo político se incrementa. El kit del luchador y el papel de las vanguardias cambian. La implicación personal y crítica es más necesaria que nunca.

El propósito de este artículo es preguntarse cómo se expresa todo esto en una Red ingobernable incluso para aquellos que han escrito su código, y ambigua por naturaleza. Y vamos a hacerlo al hilo de cuatro experiencias: WikiLeaks, Anonymous, Hacktivistas y La cena del miedo.

WikiLeaks

El 28 de noviembre de 2010, WikiLeaks filtra a la prensa internacional (The Guardian, The New York Times, Le Monde, El País y Der Spiegel) una colección de 251.187 cables o comunicaciones entre el Departamento de Estado estadounidense y sus embajadas por todo el mundo. Es la mayor filtración de documentos secretos de la historia, que afectan a un gran número de países, entre ellos España.

Coincidiendo con la filtración de los cables, WikiLeaks empieza a sufrir un ataque distribuido de denegación de servicio (DDoS). El hacker de alias Jester («bufón» en español) dice en su Twitter que es el responsable del ataque. Para eludirlo, el 30 de noviembre WikiLeaks se traslada a los servidores de Amazon EC2, de computación en la nube.

El 1 de diciembre Amazon, ante las presiones del senador estadounidense Joe Lieberman, deja de dar servicio a WikiLeaks, lo cual en la práctica supone eliminar su existencia en Internet, o al menos intentarlo.

El día 2 de diciembre EveryDNS, empresa proveedora de nombres en Internet, rescinde su contrato con WikiLeaks, lo que supone borrarle el nombre. A las pocas horas, WikiLeaks encuentra refugio en un servidor francés que el Partido Pirata suizo tiene contratado con la empresa OVH, y el 3 de diciembre vuelve a estar accesible bajo el dominio wikileaks.ch, su nuevo nombre, también propiedad del Partido Pirata suizo.

El ministro francés de Industria, Energía y Economía Digital, Eric Besson, pide a OVH que corte el servicio a WikiLeaks. OVH se dirige a los tribunales para que aclaren la legalidad o ilegalidad de WikiLeaks, pero los tribunales dicen que no es competencia suya. Todo esto el mismo 3 de diciembre. Ese mismo día se lleva a cabo una reforma de ley en Estados Unidos conocida como el Acta SHIELD (Securing Human Intelligence and Enforcing Lawful Dissemination), una modificación del Acta de espionaje que prohíbe la publicación de información clasificada sobre secretos cifrados o comunicaciones internacionales de inteligencia.

El día 4 de diciembre PayPal cancela la cuenta con la que WikiLeaks obtenía donaciones: aduce que no están permitidas «actividades que defiendan, promuevan, faciliten o induzcan a otros a participar en actividades ilegales». Mientras tanto, simpatizantes no coordinados entre sí han creado más de mil espejos (mirrors, copias en Internet) de WikiLeaks para garantizar su existencia.

El 6 de diciembre, MasterCard retira su sistema como medio de donaciones a WikiLeaks. Ese día, el banco suizo PostFinance también le bloquea la posibilidad de donaciones o pagos. El 7 de diciembre Visa le retira la capacidad de hacer donaciones o pagos.

A todo esto, la opinión pública se echa las manos a la cabeza: los cables filtrados por WikiLeaks muestran que los gobiernos gobiernan a base de secretos, con graves ocultamientos a la ciudadanía. La respuesta de los gobiernos es aliarse con los gigantes económicos y tumbar su web sin ninguna orden judicial. Esto supone un ataque tan grande a la libertad de expresión que hace tambalearse todo el estado de derecho. Lo que está en juego en esta guerra es la libertad de información y, por extensión, la libertad de expresión y la propia democracia. El debate, si es que lo hay, se sitúa en si la libertad de expresión tendría que tener algún límite en aras de la seguridad.

Periodismo postpolítico

Este análisis, siendo muy justo y razonable, no deja de ser curioso. Periodismo de investigación y filtraciones ha habido desde que la prensa es prensa. Escándalos por corrupción, lo mismo. Además, los cables no revelan verdaderos secretos ni ponen en riesgo la seguridad. Solo confirman con pruebas tangibles lo que la opinión pública ya sospechaba de antemano. Y, por otra parte, el fenómeno WikiLeaks no puede atribuirse solo a los efectos de hacer pública una información oculta, ya que por ejemplo respecto a la crisis financiera siempre hemos sabido cómo y por qué se desencadenó, sin que ello haya tenido los mismos efectos. Entonces ¿cuál es la singularidad de WikiLeaks?

Aunque WikiLeaks comparte características con los periódicos, no es exactamente lo mismo que un papel de periódico pegado en Internet. El dispositivo «prensa», tal como lo conocemos hoy, surgió muy ligado a unas formas concretas de democracia.

David de Ugarte habla de ello en El poder de las redes:[3]

Es difícil entender hoy el cambio que supusieron las agencias de noticias para la democracia. Al principio la novedad consistió en que permitieron incorporar noticias nacionales y globales a la prensa local en un momento en que la alfabetización crecía tanto por necesidades productivas (las máquinas requerían cada vez más habilidades de manejo de los obreros) como por la acción educativa del propio movimiento sindical y asociativo. Pero al incorporar a la prensa popular (y no solo a la «burguesa», inaccesible para la mayoría de las personas tanto por sus costes como por su lenguaje) asuntos nacionales e internacionales, hasta entonces reducto de las cancillerías y la élite, la política exterior y «de Estado» pasó a formar parte de aquello sobre lo que cualquier ciudadano medio, independientemente de su clase social, tenía una opinión. Los argumentos del sufragio censitario se hacían obsoletos porque la información y la opinión abarcaban ahora al conjunto de la ciudadanía.

No hay más que mirar las secciones de un periódico (internacional, nacional, local, etcétera), las líneas editoriales (izquierda, derecha, centro) y los contenidos (mezcla de información, opinión y propaganda) para ver que son un calco de la distribución de poder del viejo mundo capitalista y sus democracias. Pero WikiLeaks es transnacional. No se ajusta bien a las casillas de izquierda y derecha. Desafía tanto a los Estados Unidos como a los enemigos de los Estados Unidos. Con sus filtraciones no pretende tumbar a un gobierno para colocar a otro más afín a su línea política. Y filtra información, pero no la analiza. WikiLeaks no es simplemente lo antiguo que se recicla para usar Internet como un amplificador. Es una nueva constelación que vuelve locas a las viejas brújulas.

Felix Stalder, en «Por qué las instituciones sufren para conservar sus secretos»,[4] a propósito de WikiLeaks, expone cómo están cambiando las estructuras mediáticas:

La desregulación de los medios de comunicación y la concentración de los grupos de prensa y de comunicación han participado en el declive del espacio público en tanto arena democrática. Las presiones, tanto económicas como políticas, han llevado a las redacciones a privilegiar las informaciones livianas (soft news), centradas en los modos de vida o dándole importancia a los comentarios, en detrimento de las investigaciones sobres los asuntos públicos. […] Los blogs y el «periodismo ciudadano» aparecieron durante un tiempo como el relevo de estructuras mediáticas obsoletas. Aunque el cambio anunciado no se ha producido, la esfera pública experimenta, sin embargo, una lenta transformación. Actores diferentes surgen y enriquecen la oferta. Los riesgos jurídicos inherentes a la difusión de contenidos sensibles se subcontratan: uno no revela por sí mismo una información peligrosa, pero analiza la que revela uno y otro sitio. […] La producción de las investigaciones periodísticas se reorganiza, y encuentra así un nuevo aliento, sobre todo porque, desde hace poco, goza de nuevas fuentes de financiamiento. […] En este esquema, las diversas tareas que caracterizan al periodista de investigación −la protección de las fuentes, la búsqueda documentaria, la recolección, el recorte y la puesta en perspectiva de informaciones, la ayuda para la comprensión y la difusión− están repartidas entre varios asociados con modelos económicos diferentes (empresa comercial, asociación sin ánimo de lucro, redes) que trabajan juntos para hacer llegar la historia a la esfera pública.

Contrainformación en el siglo xxi

Cuando pregunto sobre si WikiLeaks está ocupando el espacio de la contrainformación, txarlie, hacktivista, hace el siguiente análisis:

A finales de los noventa la comunicación pública estaba controlada por los medios de comunicación, que no eran ni la mitad de los actuales. Un periodismo cerrado e inaccesible que creaba un silencio en torno a los discursos y las prácticas de cualquier altermundismo. En ese caldo de cultivo nacen Nodo50 y posteriormente la red Indymedia, que intentan suplir ese déficit mediante activismo y tecnología: «Don’t hate the media, be the media».

En el 2003 estalla la revolución blogger, especialmente gracias a Blogspot. Cualquiera en Internet puede (en aquel momento parecía más bien debe) tener un blog. Comienza la crisis del periodismo y la saturación de información. Los Indymedia y similares sobreviven de la misma forma que los periódicos, gracias a sus usuarios históricos. En esta era, el problema ya no es llevar tu voz, sino ser capaz de tener el impacto mediático.

Más o menos en 2006 más de la mitad de los blogs han cerrado. Es lógico: los blogs son una herramienta para el que escribe, no una necesidad real de la audiencia. Si no tienes nada que escribir, ¿qué sentido tiene tener un blog? Arranca el concepto de periodismo ciudadano: no esperes a que llegue un periódico, cuéntalo tú. Portales como meneame.net surgen para intentar cribar entre tantos contenidos ciudadanos. Ese año nace WikiLeaks, porque saben que hay secretos que no pueden ponerse en un blog. Necesitan un espacio no tan cerrado como cryptome.org (la red de revelación de secretos más antigua) y donde una vez filtrado un material los «periodistas ciudadanos» puedan analizarlo y comentarlo.

Nos vamos a 2008. Los medios llegan tarde y encuentran en los meneame.net la fuente para rellenar noticias a base de contratar becarios. Además, se hacen muy permeables a las acciones o campañas de los movimientos sociales, aunque con un discurso pobre, infantilizando cualquier contenido. Sin embargo el internauta estaba en otro sitio. Ya tiene cuenta en Facebook y experimenta con Twitter. La información corre de boca en boca, o de muro en muro o de twitt en twitt. Para estar informado solo tienes que mirar tu página, y lo importante es quién es tu «amigo» o a quién «sigues». WikiLeaks comienza a publicar las primeras filtraciones importantes e incluso reciben su primera orden judicial de cierre, que les hace famosos ante la mayoría de los hacktivistas de todo el mundo.

En el año 2010 se abre la era open disclosure, un fenómeno basado en dos potencias: la incapacidad de realizar una censura efectiva en un mundo digital y el efecto Streisand. WikiLeaks las conoce y las potencia. Sabe que Amazon no es un sitio seguro como hosting, aunque no tiene pruebas de ello. Por eso lo usa, para que Amazon elija su bando. Los bancos no son simples intermediarios y Suiza es famosa por defender a sus clientes, aunque sean criminales. Por eso la cuenta de Assange tiene que estar ahí. Quiere verificar si le van a cerrar la cuenta, y lo hacen. Ahora Suiza ya no es famosa por defender a sus clientes, sino por defender criminales.

La resistencia ante esto tiene que ser doble: por un lado hosting con orientación política (o respeto escrupuloso de la ley, que también es política), por el otro cientos de mirrors (espejos) semidomésticos. El problema es que los medios de contrainformación tradicional en estos cuatro años no han demostrado que les interese WikiLeaks. Igual que los medios tradicionales.

La contrainformación hoy es publicar aquello que van a querer ocultar y poder analizarlo para que la ciudadanía lo entienda. Los colectivos no necesitan de un Indymedia para decir lo que hacen. Para eso ya están los blogs. Como estrategia para ganar visibilidad, el modelo portal está en claro retroceso.

La gente no se va a leer los cables enteros, de igual forma que no se van a leer la Ley de Economía Sostenible entera. No es problema. Si no puedes ser WikiLeaks, tienes que ser un intermediario que sea capaz de destacar información y llevarla a la ciudadanía. Esa es la contrainformación del siglo xxi. O revelas secretos o los analizas. WikiLeaks no necesita de los portales de contrainformación. Es al revés. Nodo50, Kaos en la Red, Rebelión, LaHaine, A las Barricadas, Klinamen, Insurgente, etcétera, tienen que leer los cables, darles contexto y generar discurso. Ya no pueden ser un simple hub (concentrador) de todo un movimiento que ni existe ni avanza unido. No necesitamos portales, necesitamos analistas. Y, además, analistas que sean capaces de complejizar y no infantilizar. Mensajes claros pero profundos. Si no tienes información interesante, estás fuera.

Atendiendo a la abundancia del bien inmaterial «información», txarlie saca del kit del luchador los portales de contrainformación clásica y mete la capacidad de hacer análisis complejos no infantilizados.

Confusión deliberada

En el viejo mundo capitalista la libertad de prensa es un derecho garantizado. En la nueva esfera público-privada online todavía no hay ningún derecho reconocido. Esta indefinición permite dislocar el sistema con sus propios mecanismos: enrocarse en el derecho a la libertad de prensa para denunciar la violación de este derecho.

Una estrategia así de ambigua no puede tener éxito si se reivindica como antisistema. En WikiLeaks no hay nada antisistema, aunque sea una bomba para el sistema. Su meta es profundizar la libertad de expresión. Su programa es liberal: no importan las ideas, sino la libertad para expresarlas (aunque en WikiLeaks no se expresan ideas). Su aparataje es mainstream (Amazon, PayPal, Visa, MasterCard, banca suiza, etcétera). Sus alianzas son grandes grupos de comunicación (The Guardian, The New York Times, Le Monde, El País y Der Spiegel)…

La paradoja de desafiar el sistema operativo del viejo capitalismo democrático jugando con sus propias reglas se proyecta en la propia personalidad escurridiza de Julian Assange: un personaje que mola y no mola a la vez, que pagará con un coste personal muy alto su osadía y que condensa en primera persona todo lo que, desde la vieja lógica, solo puede verse como contradicción: ¿Tenemos que defender a un tipo que se enfrenta a una acusación de violación? ¿WikiLeaks puede exigir transparencia operando desde el secreto? ¿Por qué se alía (quizás buscando denuncia, quizás buscando autoprotección) con periódicos que forman parte de las tramas de poder que quiere denunciar y les brinda el negocio de las exclusivas? ¿Tenemos que apoyar un proyecto centralizado y personalista que distorsiona el carácter descentralizado y colaborativo de Internet?

Julian Assange mete en el kit del luchador el anonimato en primera persona.[5] Anonimato en tanto que no sabemos si es héroe o demonio; y en primera persona en tanto que se expone en un primerísimo plano bajo los focos y así protege y oculta lo que hay detrás.

Dispositivos inacabados

¿Tiene sentido jugarse el físico por filtrar información, así en general, y «nada más»?

Recapitulando lo expuesto hasta ahora tendríamos que: la prensa puso la política al alcance del ciudadano. Posteriormente, con su desregulación y su concentración ha participado en el declive del espacio público en tanto que arena democrática. La investigación periodística se está reorganizando hacia un modelo en el que las tareas se reparten entre nodos que cooperan (pero no necesariamente coordinados) para hacer llegar la información a la esfera pública. La gente no se va a leer los cables enteros. No es problema. Si no puedes ser WikiLeaks tienes que ser un intermediario capaz de destacar información y llevarla a la ciudadanía. Esa es la contrainformación del siglo xxi.

Es de suponer que WikiLeaks no es un autómata, que analiza qué cables filtrar, en qué momento… Es de suponer que sus análisis estén impregnados de una política. Pero esta política no es explícita. WikiLeaks apuesta por un dispositivo inacabado cuyo sentido tiene que ser completado por otros nodos de la red. Como dispositivo inacabado, sus promotores renuncian al control (curioso dispositivo: muy personalista y centralizado y a la vez cede parte del control). Ofrece acceso neutral (igual a izquierdas y derechas) a un bien inmaterial abundante: la información. Como información inacabada que es, distintas redes pueden construir distintos (y antagónicos) significados para los cables. WikiLeaks me ofrece algo que puedo añadir a lo mío sin que lo mío deje de ser lo mío. Hace abundante la información. Contribuye al común renunciando al control. Y cuanto más se renuncia al control, más común es lo común.

Insisto: ¿es eso una locura? ¿Qué grupo de acción política haría una cosa semejante, tan política pero tan poco explícita?

A pesar de su centralismo, WikiLeaks es una tremenda apuesta por la Red. Ofrece un modelo que puede proliferar: WikiLeaks locales, WikiLeaks temáticos… Evidencia la importancia de los conocimientos técnicos y de los saberes profesionales, desde periodistas o matemáticos hasta el soldado Bradley Manning. Interpela el papel de las vanguardias y saca del kit del luchador los discursos totalmente plenos y acabados y el miedo a perder el control.

WikiLeaks presupone inteligencia y autonomía en los nodos, y los nodos han apoyado a WikLeaks de dos maneras: con la creación de mirrors y con ataques a los que le han atacado. Cada solidaridad, a su vez, es una acción inacabada que tomará sentido según la red por la que transite.

Anonymous

El 6 de diciembre de 2010, en defensa de WikiLeaks, Anonymous lanza una Operation Payback (un ciberataque Operación Venganza) contra PostFinance y PayPal por su bloqueo a las cuentas de WikiLeaks. Anonymous explica que la #payback es contra las leyes del ACTA (Anti-Counterfeiting Trade Agreement o «Acuerdo Comercial Anti-Falsificación»), la censura en Internet y el copyright. WikiLeaks manifiesta que no está ni a favor ni en contra de los ataques cibernéticos en su defensa, pero que estos son la expresión de una parte de la opinión pública.

El 9 de diciembre Twitter cancela la cuenta de Anonymous y Facebook elimina la página de la Operation Payback. El 10 de diciembre Anonymous modifica su estrategia de ataques a las corporaciones que han bloqueado a WikiLeaks y, en su lucha digital para proteger la libertad de información en Internet, decide centrar sus esfuerzos en divulgar las filtraciones.

Discurso genérico

¿Cuál es el programa que organiza las acciones de Anonymous? Lo exponen en su famosa carta:

Anonymous no es siempre el mismo grupo de personas. […] Anonymous es una idea viva. Anonymous es una idea que puede ser editada, actualizada o cambiada a su antojo. No somos una organización terrorista como quieren hacerle creer los gobiernos, los demagogos y los medios de comunicación. En este momento Anonymous está centrado en una campaña pacífica para la Libertad de Expresión. Le pedimos al mundo que nos apoye, no por nosotros, sino por su propio beneficio. Cuando los gobiernos controlan la libertad, le están controlando a usted. Internet es el último bastión de la libertad en este mundo en constante evolución técnica. Internet es capaz de conectar a todos. Cuando estamos conectados somos fuertes. Cuando somos fuertes, tenemos el poder. Cuando tenemos el poder somos capaces de hacer lo imposible. Es por esto que el gobierno se está movilizando contra WikiLeaks. Esto es lo que temen. Nunca se olvide de esto: temen nuestro poder cuando nos unimos.

El mensaje es simple: libertad de expresión. ¿Demasiado simple?

WikiLeaks define así su misión: The broader principles on which our work is based are the defence of freedom of speech and media publishing, the improvement of our common historical record and the support of the rights of all people to create new history. We derive these principles from the Universal Declaration of Human Rights.

Y Hacktivistas se autodefine como un espacio para coordinar nuestras acciones a nivel global, debatir estrategias, compartir recursos y sincronizar movimientos de creación y resistencia hacia una sociedad libre con unas tecnologías libres.

«Libertad» es la palabra comodín que circula por unos y otros espacios. Una palabra clave genérica, pero quizás está todo tan claro que no se necesita más. En el lenguaje, los distintos grupos no parecen esforzarse mucho en desmarcarse unos de otros, a pesar de lo cual no hay hada de genérico. Cada experiencia es singular. Hay diferencias, pero no hay bloques.

¿Es más importante lo que se hace y cómo se hace que las palabras que se usan para hablar sobre ello? ¿El uso de palabras genéricas, comodín, sin marca (porque tienen todas las marcas) y por tanto anónimas («derechos humanos», «todos», «gobiernos», «libertad de expresión», «protesta pacífica», «sociedad libre», «desobediencia civil»…) es una manera de sortear la crisis de palabras?[6]

Estas experiencias meten en el kit del luchador unas pocas palabras genéricas de uso común y sacan el lenguaje identitario con el que las líneas políticas buscan desmarcarse unas de otras.

Dinámicas de botellón

En su carta, los Anonymous añaden: Nuestro pasado no es nuestro presente. Estamos aquí para luchar por todos. En efecto, su pasado no es su presente. Anonymous surge de 4chan.org, un foro orientado a la publicación de imágenes en vez de texto, un sitio en Internet poblado de frikis adictos a las descargas de películas, los videojuegos, los cómics y las charlas por IRC que ha sido calificado por algún medio como «la máquina del odio de Internet», llena de «hackers con esteroides» y «terroristas caseros» no solo por sus bromas y humor negro sino también por sus ciberataques. En esta subcultura bizarra y oscura, cuya actividad raya lo ilegal y lo socialmente reprobable y para la que no hay nada sagrado o prohibido (salvo la pornografía infantil), se va «enjambrando» gente que para defender la libertad en Internet necesita espacios temporales cambiantes donde ser completamente anónimos. Son los anon.

A finales de 2007, mediante un vídeo los anon convocan un ataque a las webs de la Iglesia de la Cienciología, que estaba arruinando a una familia que se había salido de la secta. ¿Por qué van contra la Iglesia de la Cienciología? Porque, al no tener asambleas, su mejor herramienta para generar consensos es utilizar el consenso social ya establecido. Y, desde entonces, persiguen abusos de poder.

Anonymous no es una organización, no tiene estructura ni dirigentes. Es solo gente que actúa a su aire, desde su cuarto propio conectado, aunque a veces también autoconvocan acciones en la calle, como la protesta en Madrid en la última gala de la entrega de los premios Goya (2011).

Sabemos mucho sobre cómo se organiza la gente cuando hay estabilidad. Pero ¿qué pasa cuando gran parte de la sociedad se convierte en un cúmulo de dispersiones de individuos móviles en espacios anónimos? ¿Cómo podemos comprender ahí la autoorganización?

Una de las respuestas es el swarm (enjambre). El swarming es una forma de autoorganización en tiempo real: personas y grupos que coordinan espontáneamente sus acciones sin darse ni recibir órdenes. Se trata de un patrón de ataque: unidades dispersas de una red de pequeñas fuerzas (y quizás algunas grandes) convergen en un mismo blanco desde direcciones múltiples. El objetivo primordial consiste en mantener presión sostenida. Las redes de swarm deben ser capaces de unirse rápida y ágilmente contra un mismo objetivo (nodos autónomos e inteligentes), y después romperse y dispersarse, pero quedar preparadas para reagruparse y emprender una nueva presión. Es una autoorganización en tiempo real que parece surgir de la nada, pero que es reconocible porque se mueve de una forma más o menos rítmica.

En la Indianopedia de Las Indias Electrónicas se diferencia entre guerra, el paradigma de la lucha militante, y swarming, la forma específica del conflicto en la nueva esfera público-privada: multiagente y multicanal, y asociado a formas de resistencia civil más o menos no violenta.

Para los estudiosos de este patrón y para las interpretaciones mercantiles, los elementos clave del swarm son la comunicación y la información. Los teléfonos móviles e Internet permiten generar redes de contacto casi instantáneas, y tanto las redes sociales como los blogs han facilitado este proceso enormemente. Información y comunicación serían las claves de estas «dinámicas de botellón».

El swarming mete en el kit del luchador la conectividad alta, el entrenamiento para mantener microcomunicaciones asiduas, y la acción ágil en tiempo real.

Autoorganización en tiempo real

Pero para otros pensadores, más filósofos o políticos, información y comunicación por sí solas nunca podrán hacer swarming si no hay otros dos elementos más: un horizonte compartido y el intercambio de acontecimientos y de afecto.

El horizonte compartido (estético, ético, filosófico y/o metafísico) da a los que hacen swarming la capacidad de reconocerse entre sí como pertenecientes al mismo universo referencial, aunque estén dispersos y sean móviles. Es algo así como una «creación de mundos».

Y el intercambio de acontecimientos y de afecto es un flujo que va lanzando todo el tiempo pistas que, aunque cambian constantemente, al ser reinterpretadas permiten orientar la actuación en el mundo compartido.

Así, la diferencia entre autoorganización en tiempo real y la actividad de las grandes empresas que luchan por crear mundos de percepción estética y afecto dirigidos a productores y consumidores, con el objetivo de reunirlos en lo que aparentemente son unas comunidades coordinadas bajo las condiciones dispersas de la vida contemporánea no estribaría tanto en la capacidad de informar y comunicar, sino en la potencia que tiene la autoorganización de crear mundos mejores, más ricos y extensos, mundos con impulso expansivo que caminan al encuentro de amigos que aún no conocen, que buscan nuevas relaciones no instrumentales, que van en busca de la alteridad para anudar el lazo que aún no existe.

Si esto es así, sería crucial pensar de qué está hecho un horizonte compartido. ¿De estéticas? ¿De ideas? ¿De narraciones? ¿De imágenes? ¿De palabras? ¿De anonimato? Habría que fijarse en qué horizontes se están proyectando desde las luchas, y si estos pueden ser verdaderamente compartidos. La libertad, ese comodín genérico, está resultando ser un buen horizonte compartido.

Pero tenemos otra pregunta: ¿cómo se hace un horizonte compartido? Para algunos autores (filósofos o políticos) un horizonte compartido se construye paciente y deliberadamente con el tiempo. Puede ser cierto, pero el tránsito que va desde 4chan hasta Anonymous ¿es una construcción paciente y deliberada? ¿De quién? ¿Qué vanguardia se metería en 4chan (no como mirones sino como verdaderos anon) solo por ver si esta construcción tiene lugar? ¿Alguien estaba construyendo el swarming 11-M paciente y deliberadamente? ¿Todos lo estábamos haciendo? ¿Cómo?

A estas alturas está claro que las acciones de los anon son políticas: denuncia, escrache, ataque a los que niegan las libertades. Constatar esta evidencia no tiene ningún mérito. Pero imaginemos 4chan hace unos años. ¿Quién, desde lo político, habría dado dos duros por ese foro? Para valorar de veras, y no solo instrumentalmente como espacios receptores de propaganda, esas dinámicas de botellón, de enjambre, tan ambiguas, oscuras y en parte reprobables, hay que estar dispuesto a participar de un horizonte común poblado de amigos indeseables o, como dicen otros, de alianzas monstruosas.

Anonymous mete en el kit del luchador las dinámicas de botellón y ¿saca las dinámicas asamblearias?

Alianzas monstruosas

En un blog de rpp.com.pe, alguien que dice haber estado en Anonymous escribe:

Los anonymous dicen que están luchando por la libertad en Internet, hecho que apoyo desde este blog. Sin embargo, yo sé que detrás de toda esta lucha la motivación real es hacer algo «épico», inspirado en películas como El club de la lucha o V de vendetta. Me parece que los anonymous se ven a sí mismos como los antihéroes del mundo cibernético.

Y aunque muchos piensen que los cómics, las series de televisión, las películas de ciencia ficción son cosas de niños, presten más atención, porque detrás de todo esto hay una gran carga política, la cual pregona la lucha por la libertad.

Los anonymous no son los chicos buenos de la película. Como en el Club de la lucha, siguen sus vidas normales pero tienen otra vida oculta, en la que luchan desde la oscuridad. Es gente que muy a pesar de estar batallando a favor de un ideal, en el fondo se están divirtiendo más que nadie con todo esto. Es como la película que siempre quisieron vivir, ahora son más fuertes que hace años y, lo más importante, los medios les estamos prestando atención a sus acciones.

¡La industria del entretenimiento produciendo cómics, series de televisión y películas comerciales cuyas imágenes son reapropiadas para la lucha en contra de la propia industria! ¡Los anon enmascarados con la V de vendetta desgañitándose en la entrega de los Goya contra la industria cinematográfica!

Leónidas Martín Saura se ha interesado por la potencia subversiva de las imágenes que produce la propia industria del entretenimiento: películas, videoclips, anuncios publicitarios…

Según Martín Saura, hay acontecimientos que están a medio camino entre la imagen y el activismo: toman una imagen, la interpretan y actúan en consecuencia. En otras palabras, hacen existir la imagen. En esos acontecimientos, el espectador no es una figura pasiva, sino que toma la imagen como un dispositivo inacabado y la interpreta activamente. No solo la interpreta, sino que la malinterpreta y de esa «malinterpretación» surge una posibilidad de subversión.

Esa subversión pasa por identificarse completamente y sin distancia con algunas de las imágenes cliché que el mercado ofrece, por ejemplo, en películas como Matrix, Avatar o V de vendetta. Esa identificación hace existir la imagen, atraviesa el cliché y sirve para crear efectos de reconocimiento y empatía, y para intercambiar afectos. El uso de esas imágenes aligera la seriedad de la política y trasciende los marcos de referencia clásicos (izquierda y derecha), haciéndolos más abiertos e incluyentes y ampliando el horizonte compartido.

Anonymous tiene amigos indeseables (la industria y sus imágenes épico-masculinas) y eso los convierte a ellos en indeseables (para otros): demasiada turbiedad, demasiadas impurezas, demasiada testosterona. Demasiada confusión entre la gamberrada, la desobediencia civil y el «vandalismo» y los «disturbios» en Internet.

WikiLeaks y Anonymous meten en el kit del luchador la capacidad de alianzas monstruosas (con la prensa sesgada y claudicante, con la industria del cine…), lo cual no significa ofrecer amistad a cualquier indeseable. Cada alianza monstruosa tiene que permitir una «malinterpretación».

Lo político se incrementa

Desde el 23 de diciembre de 2010, en España los ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS) son delito. Pero Anonymous no es España. Y además, más allá de la legalidad está el asunto de la legitimidad. Los que se oponen a este tipo de ataques sostienen argumentos éticos y tácticos: no se debe defender la libertad de expresión atacando la libertad de expresión de otros; los ataques pueden provocar una mayor y peor regulación de Internet, y, sobre todo, criminalizan las causas que pretenden apoyar. La cuestión es dirimir si estos ataques son desobediencia civil o «vandalismo» y «disturbios» en Internet.

A propósito de esta polémica, el 17 de diciembre Richard Stallman publicó en The Guardian un artículo a favor de la legitimidad de estas acciones:

Las protestas de Anonymous en la Red en apoyo a WikiLeaks son el equivalente en Internet de una manifestación multitudinaria. Se trata de gente que busca una forma de protestar en un espacio digital. Internet no puede funcionar si hay multitudes que bloquean las webs, de igual manera que una ciudad no puede funcionar si sus calles están siempre llenas de manifestantes. Pero antes de precipitarse a pedir que castiguen a los que llevan a cabo estas protestas en la Red, hay que plantearse por qué protestan: en Internet, los usuarios no tienen derechos. Como ha demostrado el caso de WikiLeaks, lo que hacemos en la Red, lo hacemos mientras nos lo permiten.

En el mundo físico, tenemos derecho a imprimir y vender libros. Si alguien quiere impedirlo, tiene que acudir a los tribunales. Sin embargo, para montar una web necesitamos adquirir un dominio a una empresa, un proveedor de servicios de Internet y a menudo una compañía de hosting; todas ellas pueden recibir presiones para cerrar nuestra web. En Estados Unidos, ninguna ley regula esta situación precaria. Es más, existen contratos que estipulan que hemos autorizado a estas empresas a funcionar de esta manera como algo habitual. Es como si todos viviéramos en habitaciones alquiladas y los dueños pudieran desahuciarnos en cualquier momento.

El hilo argumental de Stallman es muy claro: en Internet no hay derechos ni garantías. Estamos en precario. Esto es lo que ha demostrado el caso WikiLeaks. Si un día PayPal decide cortar su contrato con Wikipedia, por poner un ejemplo, ya no podremos dar dinero a ese proyecto: lo que hacemos en la Red, lo hacemos mientras nos lo permiten.

Además, Stallman argumenta que es un error denominar [a estas acciones] hacking (un juego de inteligencia y habilidad) o cracking (penetrar sistemas de seguridad). Tampoco se puede denominar a estas protestas como ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS).

Para comprender por qué Stallman niega que estas acciones sean ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS) tendríamos que entrar en detalles técnicos muy relevantes sobre qué hacen exactamente los anon desde sus cuartos propios conectados. Richard Stallman mete en el kit del luchador los conocimientos técnicos precisos y el detalle, ambos imprescindibles para comprender una acción (y argumentar a favor o en contra) cuando esta está mediada por la tecnología.

El plan B

El asunto WikiLeaks es una película sobre cómo funcionan las cosas en Internet cuando hay estado de excepción: como en Internet no hay derechos, lo que hacemos lo hacemos mientras nos lo permiten (Amazon, EveryDNS, Visa, MasterCard, PayPal…, más los respectivos gobiernos).

La apuesta decidida de parte de la industria por la Web 2.0 (Google, Youtube, Facebook, Twitter, etcétera) ha creado la ficción de que lo que hacemos ahora está garantizado. Falso. Está habiendo y habrá más estados de excepción. En los estados de excepción toman valor el software libre y las empresas con orientación política (o con neutralidad política, lo cual ya es una orientación).

Es recurrente el debate sobre si se debería crear una Web 2.0 alternativa. Mi opinión es que no, puesto que la Web 2.0 no opera en la excepción sino en la normalidad (mezcla de distintos intereses políticos, industriales y sociales, muchas veces en alianzas monstruosas entre distintas formas de poder y distintos agenciamientos de emancipación y construcción subjetiva). En la normalidad no tiene sentido un Facebook alternativo sino un Facebook tal y como es: dispositivo inacabado, impuro, anonimato en primera persona, etcétera.

Pero tener ascensor en la vivienda y usarlo con normalidad no significa eliminar la escalera, que está para las excepciones (apagones, incendios…). El software libre y las empresas con orientación política son la escalera: algo que hay que cuidar y mantener en buen estado por si acaso, sabiendo que el «por si acaso» tarde o temprano llegará.

El gobierno de Egipto no apagó WikiLeaks: ¡apagó Internet entera! ¿Y qué hicieron los hackers activistas? Si en Egipto hay teléfono, pensaron, sigue habiendo posibilidad de conectarse por módem (como se hacía antes de la ADSL). Los teléfonos modernos pueden funcionar como módems, pero hay que saber hacerlo. ¿Cómo podemos enseñar a los egipcios a conectarse a Internet por su teléfono móvil si no tenemos Internet para explicárselo? Por fax. Vamos a enviar fax masivos, indiscriminados, a todos los faxes de Egipto posibles. Como tirar una octavilla, solo que llega a los faxes. ¿Y adónde se van a conectar con sus móviles? A unos servidores que hemos montado específicamente para esto, y que hemos convertido en proveedores de Internet. Pero las conexiones por teléfono tienen poco ancho de banda. ¿Van a servir para algo? Sí, si en lugar de utilizar entornos gráficos volvemos a la línea de comandos. Vamos a poner también en los fax las instrucciones para chatear por línea de comandos. Ellos que nos digan por chat qué está pasando. Nosotros difundiremos eso y les explicaremos qué está pasando fuera. ¿Y no habrá represión? Anonimizaremos estas conexiones para que no pueda haberla.

Hackers activistas de todo el mundo pudieron montar en tiempo real este dispositivo de emergencia porque tienen cuatro cosas: conocimientos, recursos, autoorganización en tiempo real y un horizonte compartido.

Los hackers activistas meten en el kit del luchador el software libre, el conocimiento para aplicarlo, los recursos para implantarlo, todas las tecnologías habidas y por haber, por obsoletas que parezcan, la creatividad en tiempo real para combinarlo todo y un horizonte compartido que incluye a todos (en este caso a todos los egipcios), aunque alguno de ese «todos» sea indeseable.

Pero los conocimientos y los recursos no caen del cielo. Cuestan tiempo, dinero y voluntad. Muchos hackers activistas, como opción a su propia precariedad, están montado «empresas» con orientación política. Como ejemplos, guifi.net, lorea.org y oiga.me.

Empresas con orientación política

Guifi.net es una red de telecomunicaciones pública formada mediante la agregación de tramos de red propiedad de sus usuarios. Es una infraestructura pública de titularidad privada y operación compartida que se ha constituido en operadora de telecomunicaciones. Guifi.net es el plan B para tener «Internet privada» si hay un apagón de Internet. Quizás en España no ocurra nunca, pero eso no quita valor a guifi.net, que ensaya un modelo económico distribuido de propiedad sobre la infraestructura de telecomunicaciones y está acumulando una gran cantidad de conocimientos técnicos, organizativos, legales y operativos que se pueden transferir a lugares donde el apagón es más probable. Si vives en un ático, aunque no entiendas bien bien para qué, plantéate contactar con guifi.net y financiar e instalar una antena.

Lorea.org se autodefine como un semillero de redes sociales sobre un campo de experimentación federado. Su objetivo es crear una organización nodal distribuida, federada y segura. Es un proyecto militante, sin ánimo de lucro, que trabaja en la confección de algo tipo Facebook pero con seguridad en las comunicaciones (encriptación para evitar escuchas) y distribuido en semillas federadas (cada grupo gestiona su semilla en su propio servidor, pero todas las semillas se autoconectan en una red más grande). Lorea.org ya es operativa, aunque su desarrollo continúa (no tan rápido como sería de desear debido a la falta de recursos). Como es un software libre y distribuido, en sí mismo es como un Facebook en red. Lorea.org como software y guifi.net como hardware proporcionarían un plan B bastante confortable en caso de apagón de Internet. Si perteneces a un colectivo, plantéate aprender a usar Lorea como medio de comunicación interno-externo y ofrecerle apoyo económico.

Oiga.me es una una plataforma para la comunicación directa de la ciudadanía con sus representantes. Ahora, cuando una entidad organiza una campaña de presión, recoge firmas o adhesiones en un formulario ya cerrado, «acumula» las firmas (la fuerza, la representatividad) y con esa acumulación se presenta ante su oponente. Oiga.me quiere cambiar este modelo: alguien propone una campaña pero el dispositivo no le va a permitir «acumular» la representatividad ni tener la hegemonía del discurso, ya que cada persona enviará su protesta directamente a los oponentes y la escribirá y formulará con sus propias palabras y argumentaciones, es decir, cada persona tendrá que terminar de definir la campaña. Con oiga.me, la asociación aLabs quiere reutilizar la experiencia colectiva del activismo hacker y ofrecerla como servicio para una participación ciudadana directa. En la actualidad, el modelo técnico-social está en fase de definición. Está por ver si las entidades que organizan campañas aceptarán contribuir y financiar este modelo inacabado que les propone renunciar a parte del control. ¿Hasta qué punto oiga.me tiene que ser un dispositivo inacabado? La nueva esfera público-privada que se forma por la conexión de los cuartos propios, ¿en qué cambia el modelo «campaña política»? Si perteneces a una asociación, plantéate debatir con aLabs el modelo social para oiga.me.

¿Cuál es el valor político de estas «empresas»? ¿Cómo son sostenidas afectiva y económicamente por sus redes naturales? ¿Cuánta devastación (política) supondría su muerte por depresión, falta de viabilidad, dificultades de todo tipo?

Las «empresas» con orientación política no son solo planes B: producen, conservan y difunden el conocimiento técnico; disponen y proveen de recursos físicos y simbólicos; permiten abolir la división entre trabajo y militancia; atesoran conocimiento organizativo y operacional. Son la evolución natural para un hacking activista que se hace mayor. Un magnífico plan A.

WikiLeaks mete en el kit del luchador las empresas con orientación política o con neutralidad política. En su caso, el Partido Pirata sueco y OVH Francia. Pero ¡ojo!, esas empresas no tienen por qué ser forzosamente «empresas» militantes. Ya hemos hablado de alianzas monstruosas entre distintas formas de poder y distintos agenciamientos de emancipación. Cada acontecimiento, cada excepción revelará su quién es quién.

Hacktivistas

Hacktivistas es una plataforma tecnopolítica para el activismo en Internet que surge de la comunidad de hacklabs en el hackmeeting de 2008, justo cuando WikiLeaks filtra un documento del ACTA.

El ACTA es una respuesta de la industria mundial al incremento de los bienes falsificados y obras protegidas por copyright pirateadas en el mercado global. Aunque el ámbito del ACTA es amplio, e incluye desde la falsificación de bienes físicos a la distribución en Internet y las tecnologías de la información, es en Internet donde Hacktivistas (y muchos otros) ven venir el enésimo ataque de las corporaciones mundiales de la industria del entretenimiento a las libertades de acceso a los bienes inmateriales. Y se autoorganizan para absorberlo.

Desde 2007, las negociaciones del ACTA se llevan en secreto, pero se sabe que el objetivo de la industria es que los gobiernos aprueben leyes a su favor. ¿Puede un grupo de chavales pensar que se va a enfrentar con éxito a la gran industria global? Bueno, los chavales no son tontos. Analizan la situación, interpretan el plan del adversario, prevén el curso de los acontecimientos, valoran las fuerzas propias y diseñan una estrategia y una táctica.

¿Qué van a hacer? Sitúan el ámbito de su lucha: España. El gobierno de Zapatero está débil y debe favores al mundo de la cultura, que lo ha posicionado donde está (recordemos el «No a la Guerra»). España va a asumir la presidencia de Europa en el primer semestre de 2010. En primer lugar, se trata de impedir que España apruebe leyes a favor de la industria del entretenimiento antes del 1 de enero de 2010. Y, en segundo lugar, se trata de impedir que España utilice la presidencia europea para colarlas en Europa.

Por estas fechas, aunque unas pocas noticias publicadas en prensa no son suficientes para demostrar esta trama, Hacktivistas tiene la seguridad de haber situado bien su estrategia. Ha sido en diciembre de 2010, con la filtración de los más de doscientos cincuenta mil cables en WikiLeaks, cuando se han hecho públicas las evidencias de que el gobierno de los Estados Unidos ha estado presionando al gobierno español para que aprobara leyes a favor de la industria (una de las cuales ha sido la ley Sinde).

Pero ¿qué podían hacer contra todo esto? Iokese y apardo, hacktivistas, hablando de los inicios, me contaron:

Construimos una red para luchar contra los gigantes. Trazamos un plan a tres años. El plan no era vencer; sabíamos que no podíamos vencer. El plan era que cuando todas estas leyes se aprobaran estuvieran ya totalmente deslegitimadas y listas para la desobediencia social civil masiva. Y empezamos a trabajar como si pudiéramos conseguirlo.

A día de hoy podemos decir que el plan ha sido un éxito: la ley Sinde tumbada varias veces y colada a finales de 2010, totalmente deslegitimada antes de tener un reglamento. Por enmedio, el ministro Molina se tiene que pirar, Xmailer contra Telecom, patadón a Redtel, etcétera.

Naturalmente, esto no se debe exclusivamente a la acción de Hacktivistas. Es la lucha de un movimiento social que cruza de la izquierda a la derecha, y viceversa, y que es capaz de alianzas monstruosas. Iokese y apardo cuentan:

Tuvimos que crear una conexión de confianza fuerte con otras redes estratégicas que nos iban a permitir llegar a donde nosotros no podríamos llegar. Somos buenos para la comunicación, la agitación y la organización de acciones rápidas y potentes. Pero hacen falta interlocutores, negociadores y otro tipo de actores sociales que sean capaces de tocar otras teclas. Nosotros no somos gente para ir a negociar a los ministerios. Para eso hay otros actores que lo pueden hacer mucho mejor. Y confiamos en ellos.

Hacktivismo copyleft

Hacktivistas se autodefine como hacktivismo copyleft. Esto significa abrir el código: en Hacktivistas todo es público y accesible. La plataforma se coordina mediante una lista de correo electrónico a la que cualquier persona, literalmente cualquiera, puede suscribirse. De vez en cuando se celebran reuniones por IRC. En un wiki público se anotan las discusiones y los acuerdos. Con estos recursos online, más el trabajo de los grupos de afinidad y algunos encuentros presenciales, se analiza la situación y se organizan las campañas y las acciones.

Su actividad es incesante. Como muestra, mencionaremos el fake «Si eres legal, eres legal» y el Xmailer contra el paquete Telecom.

En julio de 2008 se publicó en el BOE el concurso para la campaña del Ministerio de Cultura contra las redes P2P «Si eres legal, eres legal», con un presupuesto de 1.948.000 €. La respuesta de Hacktivistas fue un google-bombing, método para colocar una página web en los primeros lugares en Google. Se diseñó una réplica, una página web paralela con contenido veraz y a favor de la cultura libre. Hacktivistas consiguió situar su página muy por encima de la del Ministerio de Cultura, de manera que cuanta más propaganda hacía el ministerio de su lema «Si eres legal, eres legal», más visitas obtenía la página de la contracampaña en defensa de la cultura libre.¡Casi dos millones de euros de dinero público tirados a la basura! La visibilidad y legitimidad de «los ilegales» fue tan grande que el Ministerio de Cultura tuvo que plegarse a un cara a cara argumental, en la prensa mainstream, para dar explicaciones del porqué de su ensañamiento contra esos «ilegales».

El 6 de mayo de 2009 el Parlamento Europeo iba a votar el paquete legislativo conocido como paquete Telecom, pero la presión ciudadana evitó de nuevo la aprobación de las leyes que iban a hacer de Internet otra televisión.

El paquete Telecom es un conjunto de directivas europeas para regular los servicios y redes de comunicaciones electrónicas, es decir, las infraestructuras y aplicaciones necesarias para transportar señales. En 2007 la Comisión presentó una propuesta para modificarlas. Lo que se presentaba como una simple y conveniente homogeneización de las distintas normas y leyes de cada país respecto a las telecomunicaciones e Internet, en realidad era una alianza de tres de los lobbies más fuertes del mundo: el político, el de las telecomunicaciones y el de los derechos de autor, que modelaron el paquete según sus intereses con el objeto de acabar con la neutralidad en la red y con Internet tal y como la conocemos.

Una red neutral es aquella que permite una comunicación de punto a punto independientemente de su contenido. La neutralidad en la Red no es directamente un asunto de privacidad o de censura (aunque al final lo termina siendo), sino de igualdad de oportunidades. Mi operadora de banda ancha me tiene que dar el mismo ancho de banda independientemente del uso que yo le dé, incluyendo si lo uso para descargar P2P.

Una explicación técnica sobre la neutralidad de la Red excede el propósito de este artículo (aunque de nuevo los detalles técnicos son muy relevantes), pero, simplificando, si Internet deja de ser una red neutral eso equivaldría a convertirla en una televisión.

La comunidad internauta europea se movilizó contra el paquete Telecom con una estrategia clara: parar a los europarlamentarios, cada uno a los suyos y todos a los de todos, y hacerles considerar el coste político de aprobar este paquete. Hacktivistas diseñó el software Xmailer, un pequeño código informático compatible con cualquier web que permite rellenar un formulario para enviar un correo electrónico a una lista de destinatarios, en este caso los europarlamentarios.

El poco sectarismo de los internautas, así como el hecho de que puedes poner Xmailer en tu web (algo que puedo añadir a lo mío sin que lo mío deje de ser lo mío), permitió que este dispositivo de comunicación persona a persona (ciudadano a eurodiputado) enviara más de 200.000 correos electrónicos de ciudadanos/as europeos/as a sus máximos representantes en las primeras cuarenta y ocho horas de campaña. Iokese y apardo recuerdan: Los parlamentarios europeos nos decían que dejáramos de enviarles mails, y nosotros les decíamos: «Nosotros no os estamos enviando ningún mail. No somos nosotros, es la gente».

Hacktivistas mandó un mensaje contundente a los lobbies de la industria cultural, a las entidades de gestión y a los políticos españoles y europeos que colaboran en el saqueo de los bienes comunes: El P2P vino para quedarse. Ni siquiera comprendéis el problema al que os enfrentáis. La realidad os pondrá en vuestro sitio, y la caché de Internet recordará siempre vuestras vergüenzas.

Así opera Hacktivistas. Todas sus acciones se anuncian con antelación. Incluso se comunican a la policía. Todo lo que hacen es legal, público y abierto. Sacan del kit del luchador el miedo a ser vigilados y el miedo a abrir el código, y meten la transparencia como estrategia de crecimiento y el hacking a la legalidad como estrategia para evitar la represión y sus consecuencias reactivas.

Libre circulación

Hacktivistas es muy distinto de Anonymous. Hacktivistas es diurno, da la cara, no cruza el filo de la legalidad… Anonymous es nocturno, lleva máscara, pisa el filo de la legalidad… Y sin embargo el recorrido de ida y vuelta entre uno y otro es muy corto, de manera que algunos hacktivistas pueden estar entrando y saliendo de Anonymous y viceversa. Sin coste, sin problemas.

Según Juan Urrutia, una de las características de las redes distribuidas es el bajo coste de la disidencia:[7]

Para ser tu propio dueño has tenido que renunciar a las pautas de tu grupo, las propias de la red a la que perteneces, y abandonarte en la malla de otro, puesto que no hay, dada la ontología presentada, un vacío de redes. […] Las TIC permiten la generación de una amplia red distribuida que funciona autónomamente pero que, a diferencia de otras identidades colectivas, permite la disidencia a bajo coste con consecuencias interesantes. […] [En las] redes distribuidas, al ser muy tupidas, las distintas identidades sociales de los subgrupos están muy cercanas y cuesta poco pasarse de una a otra, llegando así a entender a los demás.

Es decir, en una red distribuida ser un disidente de poca monta (de rebajas, dice el autor) tiene un coste muy bajo, debido a que el propio grupo tolera de buen grado la «reinserción» después de la disidencia.

Hacktivistas y Anonymous son muy distintos entre sí, pero hay circulación entre uno y otro. Comparemos esta circulación (que permite el intercambio de acontecimientos y afectos) con la organización de los bloques en las contracumbres: en la manifestación no puedes estar a la vez en el bloque azul y en el bloque rosa. Tienes que elegir. Pero sí puedes estar a la vez en Hacktivistas y en Anonymous, en primer lugar porque la virtualidad es el mundo de la abundancia y en segundo lugar porque está cambiando el significado y la manera de «estar», disminuyendo la importancia de «pertenecer» y aumentando la importancia de «comparecer» (soy anon en tanto que comparezco en el foro, en el IRC, en las operaciones…, no en tanto que pertenezco a un supuesto grupo que en realidad no existe).

Hacktivistas y Anonymous meten en el kit del luchador la disidencia de poca monta. La cuestión estriba en si este «entender a los demás» del que habla Juan Urrutia, efecto del bajo coste de la disidencia, es una debilidad o una fortaleza. (¿Quiénes son los demás? ¿Hasta qué punto hay que entenderlos?).

Podríamos citar muchos casos de colaboración entre discrepantes (e incluso entre adversarios). Por repetido no deja de sorprenderme cada vez que veo en el blog de Enrique Dans un link Hacktivistas, u oigo a amigos hacktivistas aceptar sin problemas que hay gente mejor que ellos para ir a negociar a los ministerios. Horizontes comunes que incluyen amigos indeseables, entre los que circulan acontecimientos y afecto.

La ley Sinde

A finales de 2009 se conocieron las intenciones del gobierno de aprobar la ley Sinde. En este artículo no hay espacio para un análisis de esta ley. Brevemente, su objetivo es permitir que una comisión dependiente del Ministerio de Cultura tenga la potestad de cerrar páginas web que de acuerdo a su propio criterio vulneren los derechos de propiedad intelectual, previa autorización de los Juzgados Centrales de lo Contencioso-Administrativo. El juez autoriza, pero no instruye.

Esta ley, que si se aplicara rigurosamente implicaría el cierre de Google, es una chapuza que confunde enlaces, dominios, P2P, páginas de descargas, etcétera. Evidencia que quienes legislan no tienen ni idea de aquello sobre lo que legislan y ha sido criticada desde todas las esquinas de Internet:

Se trata de una ley sin límites claros, ya que para aplicarla no necesariamente se tiene que probar que ha habido daño, sino que basta con que haya una posibilidad de causar daño (la existencia de enlaces a contenido con copyright, por ejemplo). Invierte la carga de la prueba, ya que si cierran tu web tienes que abrir un proceso en la Audiencia Nacional (el sitio donde se juzga a los terroristas y a los piratas somalíes) para que reabran tu web. No son los que te denuncian los que tienen que demostrar el delito, sino que eres tú el que debes demostrar tu inocencia. Está sobredimensionada: si los contenidos «infractores» no se encuentran en España (porque la empresa de hosting está en otro estado o la persona reside fuera), entonces ¡se podrá bloquear todo el dominio o incluso toda la IP en cuestión!

La Ley Sinde se considera un ataque a las garantías para ejercer la libertad de expresión porque abre la puerta al cierre de webs por vía administrativa (es decir, por un organismo del gobierno) y no por la vía judicial, lo cual vulnera un derecho y una libertad fundamental en España, la libertad de expresión, y supone una bofetada al sistema jurídico español. Por si esto no fuera suficiente, en diciembre de 2010 las filtraciones de WikiLeaks revelaron que se gestó y redactó con fuertes presiones de lobbies estadounidenses representantes de las industrias audiovisuales (es decir, los estudios y las discográficas). Los cables demuestran cómo desde el año 2004 el gobierno norteamericano ha presionado al gobierno español y ha dictado una agenda represiva para que el Ministerio de Cultura acabe con la libertad en Internet en favor de la industria del entretenimiento.

Como tantos y tantos otros, Hacktivistas no ha parado de luchar contra esa ley. Y en la actualidad, una vez aprobada, se ha centrado en divulgar recomendaciones para saltársela, algo factible, ya que la arquitectura de Internet está diseñada para evitar el control: Da igual lo que intenten, siempre habrá una vía para saltarlo.

Autogestión por capas

A la política de la emancipación le gusta mucho la autogestión. Sin embargo, la autogestión total, como ideal al que tender, en una complejidad tan alta como la actual termina ocupando todo el tiempo y consumiendo toda la energía, y colapsa.

Si la autogestión termina por ocupar todos nuestros tiempos de emancipación (algo habitual cuando se busca la coherencia política) de poco vale, porque se hace impracticable. Entonces ¿sería necesario modular la autogestión según cada situación y abandonar el ideal asambleario? ¿Sería emancipador combinar capas de autogestión con capas de delegación? ¿Qué tipo de horizontalidad destilan WikiLeaks, Anonymous, Hacktivistas? ¿Qué tipo de delegación?

En los tres casos parece haber un núcleo (core) que asume la iniciativa, diseña dispositivos inacabados y los libera renunciando, en todo o en parte, al control. Sea como sea, estas experiencias no lanzan las machaconas llamadas a la participación y a la implicación. Diseñan dispositivos en los que la participación va de suyo, que no es lo mismo.

Tal vez el papel de una vanguardia en el nuevo espacio público-privado sea el diseño y la implementación de dispositivos para que otros tomen las decisiones y actúen. Una especie de mandar obedeciendo que renuncia al control, soporta amistades indeseables y cree en la inteligencia y en la autonomía de todos los nodos.

La cena del miedo

A principios de enero de 2011 Amador Fernández-Savater, editor copyleft vinculado a la cultura libre, recibe una invitación de la ministra de Cultura para participar el viernes día 7 de enero en una cena con figuras relevantes de la industria cultural española y charlar sobre la ley Sinde, las descargas P2P y todo eso.

Después de la cena, el 12 de enero publica en uno de tantos blogs lo que vivió, lo que escuchó y lo que pensó esos días. Su conclusión es simple: Es el miedo quien gobierna, el miedo conservador a la crisis de los modelos dominantes, el miedo reactivo a la gente (sobre todo a la gente joven), el miedo a la rebelión de los públicos, a la Red y al futuro desconocido.

El post, titulado La cena del miedo (mi reunión con la ministra González Sinde),14 alcanza una visibilidad inaudita: centenares de comentarios, enlaces, reenvíos, twitteos, retwitteos, meneos, shares… y muchas discusiones y conversaciones por mail y de viva voz, e incluso una respuesta de la ministra en El País unos días más tarde.

¿Qué es lo que funcionó en ese post que cruzó fronteras ideológicas y corporativas, tocó en un punto común a gente de todos los colores políticos y apolíticos y de múltiples perfiles sociológicos, y suscitó una enorme confianza y creencia en la veracidad de la palabra personal? Amador Fernández-Savater, preguntado al respecto, expone algunas claves:

Antes de escribir el post tenía mil dudas. En particular, porque creo que hay amigos que me pedían que les fabricara un arma, un arma para la guerra contra la ley Sinde a la que ellos están entregados en cuerpo y alma (dicho sea de paso, una de las pocas guerras en las que veo a gente implicada en cuerpo y alma).

Pero yo tenía que escribir algo de lo que estuviese satisfecho personalmente y de lo que pudiera hacerme cargo. No me satisface el modelo-denuncia porque es todo lo contrario de esa nueva sensibilidad (crítica) que exploro junto a otros desde el 11-M y que entre otras muchas cosas pasa por: hablar como uno más, como uno cualquiera, para así poder hablar a cualquiera y con cualquiera; rehuir todo lo posible la crítica frontal; hablar en nombre propio, no esconderme detrás de un «nosotros», y no buscar una posición de superioridad sino un problema compartido (incluso, si es posible, con el adversario).

Escribí el texto con esas claves y de ellas resulta un efecto de ambigüedad. Al compartir el borrador algunos amigos me dijeron: «No está claro dónde estás, con quién estás, contra quién estás, a favor de qué estás». Estaba de acuerdo, pero para mí la cuestión era valorar si esa ambigüedad era una debilidad o una fuerza. Así que lo que ha podido funcionar en el texto es paradójico: una posición ambigua, pero firme y determinada.

Los amigos más metidos en la guerra me dijeron que al texto le faltaba concreción. Le faltaba punta. Se iba por las nubes. No desenmascaraba a nadie. Olvidaba denunciar qué hacía allí esa gente reunida en la cena. No gritaba. Pero yo creo que el modelo-denuncia roza peligrosamente la propaganda. Y pensé: Confiemos en la inteligencia de cualquiera. No opongamos propaganda a la propaganda, porque la propaganda en sí misma es embrutecedora (sirva a la causa a la que sirva). No pensemos en el público como un rebaño que hay que azuzar. No desestimemos su capacidad para descifrar e interpretar activamente un texto.

Así que el tono «moderado» del texto no fue para salvar mi culo, sino que yo creo que solo un discurso así puede hoy morder verdaderamente la realidad. Pero esto no es fácil de ver. Yo mismo soy el primero que dudaba. No tenía las cosas claras. Solo un «presentimiento».

Y bueno, desde luego me pregunto qué es hoy un discurso crítico. Daniel Blanchard explica maravillosamente que un discurso crítico es aquel «capaz de imantar, captar, amplificar innumerables voces dispersas», y eso ocurre cuando «el movimiento que lo impulsa entra en resonancia con el movimiento que revela en lo real; es decir, cuando surge y se forma como análogo a la crisis de lo real». Después de publicar el post, los amigos (primero decepcionados) advirtieron enseguida con entusiasmo absoluto cómo el texto estallaba en todas direcciones. Poner un espejo fue más demoledor que «dar caña». Lo que parecía «menos» (crítico) al final fue «más». Lo que parecía menos ruidoso, al final fue más efectivo. Tenemos que repensar y reinventar cómo entramos hoy en resonancia con la crisis de lo real.

Esta valoración del autor no es plenamente aceptada entre sus redes de confianza. Fernández-Savater hace hincapié en compartir un problema con el adversario, que en este caso es el miedo: miedo de la industria a perder sus privilegios y miedo de todos (incluidos los autores) a la incertidumbre económica y la precariedad. Pero otros amigos creen que lo que hizo que tanta gente se reconociera en este post no es tanto ese problema compartido como una división clara entre «ellos» y «nosotros» perfilada con la imagen del búnker: ellos asustados dentro del búnker y un afuera difuso en el que estamos «todos».

En todo caso, la cena del miedo saca del kit del luchador el modelo-denuncia que sólo convence a los ya convencidos, y mete la veracidad que se desprende al hablar en nombre propio (en primera persona) y la apertura a un nosotros que cualquiera pueda habitar.

Una complejidad política

La cena del miedo cierra el itinerario de las experiencias elegidas. Muestra cómo Internet no es solo un soporte para nuevos tipos de agregaciones (Anonymous, Hacktivistas), ni es solo un canal de comunicación (WikiLeaks). Internet es ya en sí misma una organización, unitaria (como las organizaciones obreras en los viejos tiempos) ¿y tal vez política?

La complejidad de Internet no es solo un asunto técnico: es una complejidad política. La Red en sí misma es, recursivamente, a la vez el contexto y la coyuntura, a la vez el campo de batalla y a la vez la organización para transformar ese contexto en pro de más libertad (como viejo y nuevo derecho económico).

Internet ha cambiado la arquitectura de la realidad, y toda arquitectura es una política. La Red es ingobernable y está hecha de nodos inteligentes y autónomos. De la interconexión de estos nodos surge una nueva esfera público-privada en la que, solo por estar (publicar un post, comentarlo, enlazarlo, reenviarlo, twittearlo y retwittearlo, menearlo, compartirlo…), ya se hace política. Pero ¿qué política? Es el sueño de la «participación» elevado a la máxima potencia, solo que esta «participación» es irrepresentable e ingobernable. Irrepresentable e ingobernable significa que no funciona exactamente según las reglas de las viejas democracias capitalistas. Significa que el kit del luchador (herramientas, conocimientos y prácticas) está cambiando y el papel de las vanguardias también.

Todo uso instrumental de Internet está condenado de antemano al fracaso. Los nodos no perdonan a los que les niegan la inteligencia, a los que les convierten en espectadores de una nueva televisión, por más que esta televisión sintonice el canal de la denuncia radical. Si antaño se podían redactar muy buenas octavillas sin conocer el funcionamiento de la ciclostil, eso ahora ya no es posible, porque la octavilla y la ciclostil son (recursivamente) la misma cosa. El kit del militante debe reforzarse con nuevos conocimientos tan políticos como en su día lo fueron los cursos de alfabetización que los anarcosindicalistas impartían entre los círculos obreros. Tecno-política. Pero con la diferencia de que Internet no se estudia ni se aprende. Internet se hace, con otros, en red. Y, al hacerse, se piensa.

Internet se hace, deshace y rehace en tiempo real en un torbellino de bucles y contrabucles. Los mercados, la industria, los gobiernos… se pasan el día pensando y haciendo Internet, al igual que WikiLeaks, Anonymous, Hacktivistas y cualquiera (de mil maneras diversas y con distintas e incluso contradictorias imágenes de igualdad y de libertad) la hacen y rehacen luchando desde una nueva esfera público-privada por la socialización de los bienes inmateriales y el acceso a la nueva abundancia.

Hacer y pensar. Así como el apagón en Egipto enseña que ninguna tecnología es desechable, por obsoleta que parezca, y que puede volver a ser útil si se reconecta en un dispositivo inacabado que tome sentido en un horizonte compartido, de igual manera en el fondo del viejo kit del luchador hay herramientas, conocimientos y prácticas en desuso pero no desechables, que están a la espera de más y mejores alianzas que reinventen su utilidad. En otras palabras, no se trata de abandonarse a la fascinación de la novedad tecnológica, sino de abordar la cuestión (crucial) de qué es luchar y de cuál debe ser el papel de una vanguardia cuando ya no rigen (solo) las lógicas del viejo mundo capitalista.

Notas

  1. Naturalmente, la producción, conservación y distribución de bienes inmateriales consume energía y otros recursos materiales. Sin embargo, el asunto energético y material de Internet no está encima de la mesa, quizás porque los asuntos relativos a la inmaterialidad son, por el momento, mucho más interesantes.
  2. Zafra, R. Un cuarto propio conectado. Fórcola Ediciones, Madrid, 2010.
  3. De Ugarte, D. El poder de las redes. El Cobre ediciones, Madrid, 2007.
  4. Le Monde Diplomatique», febrero de 2011.
  5. El anonimato en primera persona es un concepto elaborado al calor de la revista Espai en Blanc, núms. 5-6: La fuerza del anonimato (http://www.espaienblanc.net/-Revista-de-Espai-en-Blanc-no-5-6-.html). Ver también «La Web 2.0 y el anonimato en primera persona» (http://www.barcelonametropolis.cat/es/page.asp?id=23&ui=420).
  6. Lo que se llamó el fin de las ideologías es una crisis de palabras en la que todos utilizamos los mismos términos para problemas antagónicos. Daniel Blanchard, antiguo miembro de Socialisme ou Barbarie, ha hecho de la expresión «crisis de palabras» la clave para entender la relación entre el discurso crítico y lo real. En 2009, Espai en Blanc organizó un seminario para abordar este problema (http://www.espaienblanc.net/Materiales-del-seminario-Crisis-de.html).
  7. Urrutia, J. «Lógicas, ontología y disidencia de y en la blogosfera», prólogo al libro de David de Ugarte El poder de las redes (El Cobre ediciones, Madrid, 2007).

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Texto incluido en el número 9-10-11 de la revista de Espai en Blanc: El impasse de lo político

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