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Bellas Vallas (o cómo subvertir con nuestros cuerpos el diseño urbano de las ciudades-marca)

Nueva edición del taller ‘Bellas Vallas (o cómo subvertir con nuestros cuerpos el diseño urbano de las ciudades-marca)’. En esta ocasión, se trata de una edición internacional, la mayoría de los asistentes proceden de otros países, por lo que el taller se imparte en inglés. Esta condición internacional –y el impuesto revolucionario que aplicamos sobre ella– nos permite ofrecer el taller gratis a todos los locales que desean apuntarse.

DÍA 1

Para extraer el capital espacial de las ciudades-marca lo primero que se necesita es delimitar el espacio. El funcionamiento de esta delimitación del espacio es precisamente lo que nos hemos propuesto hackear en este taller. Decimos “hackear” porque es la lógica del hacker la que intentamos aplicar aquí, esa que se pregunta qué puedo hacerle hacer a esta cosa. Y de momento nos va bastante bien. Ya en la primera sesión empiezan a salir modos de intervención de lo más sugestivos. Seguimos.

*Gracias a Guillermo Enforma de DeB vaN deE por su valiosa aportación en esta sesión.

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DÍAS 2 y 3

Segunda y espléndida sesión del taller. Si ayer nos dedicamos a entender qué es eso de las bellas vallas en general, cómo funcionan, cómo restringen nuestra movilidad en el espacio urbano, cómo ayudan a crear eso que llamamos ciudades-marca; hoy, lo que hemos hecho es estudiar con detenimiento aquellas que tenemos más cerca, las que ocupan las calles de Barcelona.

Son muchísimas: refinados pinchos que evitan que alguien se tumbe allí donde no debe; pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, obstaculizan el acceso a cualquier área restringida; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado; rejas de forja elaboradas con gran maestría; superficies de cemento inclinadas; bancos, sillas y asientos separados a conciencia –a mala conciencia–… La lista es infinita.

De nuestro estudio, un par de conclusiones podemos destacar. La primera, que la violencia inscrita en la materialidad de todos y cada uno de estos dispositivos pasa desapercibida para la gran mayoría de personas. Eso se debe a lo que en este taller llamamos el factor estético o, dicho de otro modo, la belleza inscrita en estos elementos urbanos que hace que baje su apariencia represiva mientras aumenta la efectividad de sus propósitos. La segunda, que estas bellas vallas no se contentan con delimitar el espacio de la ciudad. Lo que persiguen más bien es transformarlo en un medio por el que llevar a cabo todo tipo de operaciones de captura y exclusión. En este sentido, su propósito final no es más que el de renovar el gesto inmemorial de la imposición de una soberanía sobre un territorio determinado. La soberanía en este caso es la del capitalismo, y el territorio ocupado, nuestras vidas.

Vistas así, las bellas vallas no difieren mucho de esas otras que vemos elevarse alrededor de los inmigrantes y refugiados allí donde quiera que vayan. Es por esto por lo que nos hemos puesto como objetivo para la tercera sesión del taller enlazar, como sea, la hostilidad y amenaza con que se prohibe hoy la libre circulación de las personas en las fronteras de los Estados-nación con esta otra que sufrimos a diario el interior de las ciudades-marca. Dar con un gesto, una imagen, algo que pueda vincular unas vallas con las otras.

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DÍA 4
Final del taller. Acción en la calle.

Las bellas vallas o, dicho de otro modo, los diseños urbanos destinados a controlar la movilidad de las personas en las ciudades, no entran en oposición con esas otras vallas llenas de pinchos y cuchillas que se alzan hoy por toda Europa. Lo que hay aquí es más bien la creación de un continuo que va de la muralla más maciza a la delimitación más etérea. Sus diferencias son de grado y no de naturaleza. En algunas zonas del mundo el capitalismo necesita checkpoints, muros de vigilancia y vallas electrificadas; en otras, sin embargo, requiere de todo lo contrario: síntesis estéticas que restrinjan nuestros movimientos sin que a penas nos demos cuenta de ello. Estetización de las limitaciones del espacio. Bellas vallas.

En la última sesión del taller nos propusimos encontrar un elemento visual que sirviese para mostrar esta relación. Así es como dimos con la manta térmica, esa manta que usan los refugiados cuando ya no tienen donde refugiarse. Pensamos que sus reflejos dorados y plateados nos ayudarían a hacer visible estos dispositivos casi invisibles, y a denunciar sus efectivos modos de controlar la movilidad. Como muchos de los asistentes al taller procedían de entornos relacionados con el teatro y la danza, la intervención cobró una gran apariencia escénica. Podría decirse que lo que hicimos al final fue una especie de coreografía que, a modo de exorcismo, revela la funcionalidad represiva de estos diseños urbanos y enfrenta la lógica perversa oculta bajo sus frías formas.

Dos cosas importantes hemos aprendido en este taller. La primera es que el poder se basa hoy principalmente en controlar los flujos de las personas (dónde y cómo podemos o no circular); la segunda, que la virtualización del cercado, su delimitación estilizada y casi imperceptible, sirve de gran ayuda a la hora de imponer dicho poder. Esta colección de fotografías que aquí os presento no son más que una pequeña muestra de su perniciosa operatividad, así como un humilde intento por hackearla.

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*Fotografías tomadas por Candela Sol (¡eres un sol!)
*Gracias al Equip Antic Teatre Barcelona por acogernos con tanta amabilidad y a la Accademia dell’Arte por su colaboración.

 

 

#Cologne4every1 (Otra intervención contra el racismo en Alemania)

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Desde los sucesos de Nochevieja, Colonia es una ciudad distinta. Del Refugees Welcome a los sprays de defensa agotados en todas las tiendas de la región. La noche más oscura comienza a desplegar su manto sobre Alemania. El lobo fascista, agazapado durante décadas bajo la colcha neoliberal, asoma de nuevo las orejas. “¡Fuera extranjeros!, ¡Cerremos las fronteras!”, sus primeros aullidos asustan a cualquiera.

Llegamos invitados por el departamento de Intermedia de la Universidad de Colonia. Un amplio grupo de estudiantes nos espera en el aula llenos de curiosidad, son jóvenes y no parecen muy interesados en la política. No importa, al fin y al cabo la política poco puede hacer frente a los problemas sociales a los que hoy nos enfrentamos. Más que política lo que hoy necesitamos es estilo, actitud, y eso es algo que a estos chicos no les falta. Estilo para cortocircuitar el inconsciente colectivo que nos hace odiar al otro, y actitud para desactivar la maldita red neuronal que no nos permite vivir juntos. Hacer algo así será siempre más parecido al trabajo de un artista que al de un politólogo.

Por mucho hartazgo que dicen sentir respecto a los acontecimientos de la pasada nochevieja –y el zafio tratamiento de los medios de comunicación–, todos los asistentes a nuestro taller parecen compartir un mismo sentimiento: que el miedo no se apodere de nosotras. Tenemos que demostrar que Colonia es una ciudad de acogida, dicen, y no una que reacciona con violencia porque tiene miedo. Las palabras más repetidas a lo largo del día son “bienvenida”, “respeto” y “tolerancia”. De ellas y de la marca que dejan en nuestras cabezas cuando se pronuncian es de donde sacamos la idea para la intervención que realizamos en la plaza de la catedral (la misma plaza donde sucedieron las agresiones de nochevieja).

Podría decirse que lo que hicimos fue una imagen de bienvenida colectiva. Una postal humana llena de respeto y tolerancia. Una colección de estampas que buscan acallar el aullido del lobo y el sentido común que lo hace fuerte. De producción sencilla y capaz de adaptarse a muchas situaciones distintas, nuestro dispositivo fotográfico logró ocupar el espacio mediático y las redes sociales con un mensaje claro y muy distinto al de estos días atrás. En vez de “Fuera inmigrantes”, una sonrisa amable; en vez odio y terror, un saludo fraterno desde Colonia, una ciudad de y para todos. #Cologne4every1

Más imágenes de la intervención

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A un abrazo de distancia (un dispositivo contra el miedo)

Captura de pantalla 2016-01-12 a la(s) 13.33.23Nos invitó el departamento de arquitectura, nuevos medios y diseño de la Universität der Künste de Berlin, querían que ayudásemos a sus alumnos a pensar los conflictos sociales que sufren y a diseñar estrategias colectivas capaces de enfrentarlos. Tools for activism llamaron al encuentro y, como era en Alemania y nosotras estamos muy interesadas en influir todo lo que podamos por aquellas tierras, no dudamos ni un segundo en aceptar la invitación.

Llegamos tres días después de los sucesos de Colonia, en pleno shock social por la multitudinaria agresión sexual en la plaza de la catedral durante la celebración de la nochevieja. Al salir del avión, 13 grados bajo cero nos abofetean la cara sin contemplación. La nieve abundante y los charcos de barro forman manchones grises que brillan como los ojos de un lobo en la oscuridad del bosque. Carteles con instrucciones, advertencias de todo tipo, controles de seguridad, más que un aeropuerto este lugar parece una fábrica dedicada a la producción de un raro y siniestro metal. Nos piden el pasaporte otra vez, ¿qué hacéis aquí?, ¿a qué habéis venido? Pasamos. En el pavimento de las calles encharcadas y resbaladizas, se reflejan irregularmente las luces de las vallas publicitarias, fragmentos de un mundo distante. Bienvenidos a Berlín.

De camino a la universidad, la gente por la calle camina deprisa, con rumbo fijo y la cabeza escondida tras una bufanda, un gorro, una capucha. En el metro nadie habla con nadie, nadie mira a nadie, ¿estarán todos manteniendo el brazo de distancia aconsejado por la alcaldesa de Colonia tras los sucesos del otro día? En clase, las cosas no son muy distintas, los casi 30 estudiantes que nos aguardan tampoco parecen muy cercanos. Nada nuevo bajo el sol. Hace ya tiempo que los alumnos de cualquier universidad europea actúan más como clientes que como alumnos. En apenas una década, han pasado a ser auténticos representantes del destino individualizado. Sin tiempo alguno que perder, su interés se limita ahora al plan de futuro que ellos mismos se trazan, un plan que perseguirán cueste lo que cueste, pasando por encima de quien haga falta. Buenos días a todos, estamos muy contentos de estar aquí.

Comenzamos con un par de dinámicas para romper el hielo; cualquier hielo. Salen bastante bien, mejor de lo que esperábamos. Con la primera averiguamos las capacidades colectivas reunidas en la sala, muchas y muy diversas; con la segunda detectamos alguno de los problemas sociales que más preocupan a los asistentes. Tampoco aquí hay demasiadas sorpresas: el aumento desbocado de los alquileres, los mini-jobs y demás contratos basura, la privatización de los espacios públicos, y el miedo, que enseguida se alza como la preocupación principal de la sala. Miedo a la crisis económica, miedo a la pobreza que sube desde el sur, miedo a la inmigración y a los refugiados, miedo a lo que sucedió el otro día en Colonia, miedo a no poder expresar lo que siento. Miedo. Alemania es un país lleno de frío y de miedo. Sobre lo primero, poco podemos hacer (¡todo el mundo se queja del mal tiempo pero nadie hace nunca nada por cambiarlo!); sobre lo segundo, nos ponemos manos a la obra.

Miedos hay muchos, pero todos tienen algo en común: la irrupción de un elemento desconocido en un mundo reconocible, algo que nos asusta porque creemos que nos puede hacer daño. En el intenso y acalorado debate, una cosa queda clara y es que la política occidental se asienta, cada vez más, en el miedo. De unos años a esta parte, todo parece abocarnos a él: las amenazas económicas, la inseguridad laboral, los atentados. Llevamos el miedo tan integrado que toda la experiencia de lo real está atravesada por él. Tenemos miedo a todo lo que viene a perturbar el orden de la representación de la realidad, una realidad que ya sólo se reduce a nosotros mismos, nuestro yo, esa pequeña y extraña propiedad privada. Todo lo demás se torna amenaza, sobretodo el otro, ese que no soy yo y que, como dijo la alcaldesa de Colonia, debe permanecer siempre a un brazo de distancia de nosotros como mínimo. Precisamente comentando este suceso es cuando una de las chicas más jóvenes del grupo dice: “lo de la otra noche en Colonia a mí me produce inseguridad. Mi miedo es inseguridad. Inseguridad ante lo extraño, ante lo que no es como yo. La inseguridad es lo que me hace desconfiar, y cuando desconfío busco protección y seguridad. Como sea”. Sus palabras hacen hondas en las aguas cerebrales de todos los que las escuchamos. Esta chica ha descrito de maravilla un sentimiento compartido por todos, señal inequívoca de que hemos dado con algo interesante: el miedo es inseguridad de lo que no soy yo, la inseguridad se hace desconfianza y la desconfianza anhelo de seguridad, cualquier tipo de seguridad, no importa lo coercitiva que esta sea. ¡Lo tenemos!, manos a la obra.

De todos los materiales que probamos, los cartones reflectantes son los que al final más nos convencen. Tras varias pruebas de ensamblajes, logramos dar con un sencillo modo de pliegues para transformarlos en máscaras. No sé si es que andamos todos demasiado influenciados por el reciente estreno de El despertar de la fuerza o qué, el caso es que las máscaras tienen un aire a las de los malos de Star Wars: máscaras-espejos que reflejan la cara de aquél que las mira. Hecho. Primer objetivo alcanzado. El siguiente es diseñar la acción que llevaremos a cabo con ellas. Afuera en la calle la nieve está ahora tan oscura que parece carbón, perfecta alegoría del espíritu social al que queremos plantar cara con nuestras máscaras. A estas alturas del proceso y sin haberlo decidido de manera oficial, ya todos nos referimos a él como “A un abrazo de distancia”, ligero détournement del susodicho consejo de la alcaldesa.

Escribir el guión nos lleva poco tiempo. No es muy complicado. Primero, nos trasladamos hasta la entrada del recinto donde tiene lugar un acto cultural multitudinario y, una vez allí, instalamos nuestro particular control de seguridad. Se trata de un control muy sencillo, basta con unas cintas adhesivas con las que acotar el espacio, unas tarjetas de identificación falsas y unas cuantas octavillas llenas de instrucciones. El objetivo que perseguimos con esta instalación es doble: por un lado, probar hasta qué punto tenemos interiorizado el miedo, y qué estamos dispuestos a hacer en nombre de la seguridad. Por otro, dividir y clasificar a la gente en dos grupos de personas diferenciados: los sospechosos y los libres de sospecha. Para ello empleamos un par de pegatinas de distinto color. Eso es todo. Estamos listos para rematar la jugada.

Una vez que la gente se encuentra en el interior de la sala, irrumpimos por megafonía con una serie de instrucciones. Mientras tanto, los falsos agentes de seguridad se dedican a separar a las personas señaladas y formar con ellas un par de filas enfrentadas. Es entonces cuando repartimos las máscaras-espejos entre la fila de los sospechosos. Estos se las colocan en la cara, ocultando sus rostros, a la vez que indicamos a los de la otra fila que avancen lentamente hacia los que tienen enfrente. Conforme se acercan, los espejos les devuelven el reflejo de su propia rostro: los otros son ahora ellos mismos, o mejor dicho, su reflejo. Una vez situados uno frente al otro, la voz por megafonía les recuerda la advertencia de la alcaldesa de Colonia ligeramente modificada: “estáis a un abrazo de distancia”, dice. Y entonces se apaga la luz.

La sala permanece a oscuras un tiempo y cuando vuelve la luz observamos que las reacciones de la gente han sido muchas y muy distintas. Los hay que han aprovechado ese tiempo para abrazarse, y también los que han rehuido por completo de cualquier contacto; hay gente con caras de felicidad y gente que se ha emocionado tanto que se ha puesto a llorar. El ambiente de la sala es ahora muy distinto a cuando llegamos. Nosotros también somos distintos. Se acabó eso de profes y alumnos, ahora somos un grupo de gente dotados de una herramienta con la que enfrentar el miedo cada vez que lo sintamos. Donde sea. Juntos.

De camino al aeropuerto, el noticiero local anuncia una concentración de extrema derecha en la plaza de la catedral de Colonia. El lema de su protesta: Rapefugees Out! (¡Fuera refugiados violadores!). Parece que vamos a darle uso a nuestras máscaras. Diseñar dispositivos contra el miedo es una de las tareas activistas más urgentes de nuestros días. Despegamos justo cuando empiezan a caer los primeros copos de una nueva nevada. Blanco sobre negro otra vez. Hasta la vista Alemania. Volveremos a vernos pronto.

Dicen que no caben pero las vamos a meter (una nueva acción con la PAH)

Nos lo hemos pasado en grande; muy grande. Andábamos con ganas de calle y lo de esta mañana nos ha sentado de maravilla. Primero la sede de Ciudadanos, después la del PP y la del PSC, la de todos los partidos que dicen que las propuestas de la PAH, ‪#‎Las5delaPAH‬, no caben en sus programas. Dicen que no caben pero las vamos a meter. Mirad.

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Hemos diseñado un manual de instrucciones para que tú también puedas construir un cinco gigante y llevar #las5delaPAH allá donde quieras. Descárgatelas aquí

Cómo acabar con el Mal (25-28 marzo, Donostia)

Cómo acabar con el Mal otra vez

Volvemos a la carga. Aquí llega la segunda edición de Cómo acabar con el Mal, nuestro encuentro internacional de activismo creativo. ¿O es que pensabas que para acabar con el Mal bastaba con dar un solo golpe? De eso nada, monada. Para acabar con el Mal hay que ser impertinente, insistir una y otra vez. Las veces que haga falta.

Si asististe a la primera edición recordarás lo bien que lo pasamos y las cosas tan grandes que hicimos. Cosas como los Reflectantes contra el Mal o la Fiesta en Bankia, acciones consideradas hoy ya auténticos clásicos del artivismo internacional. Sin embargo, mucho ha llovido desde entonces hasta hoy: las plazas vuelven a estar sin gente, y las protestas en la calle parecen haber dado paso a una intensa carrera de fondo hacia la conquista de las instituciones. Quién sabe lo que nos deparará todo esto, lo que sí sabemos es que el cielo de nuestras vidas sigue nublado. Todavía hace muy mal tiempo por aquí.

Lejos de vivir mejor, cada vez estamos más solos, más rotos, más enfrentados los unos contra los otros. El paro y la privatización de los servicios públicos galopan desbocados y sin jinete. Los bancos y las empresas multinacionales ganan más dinero que nunca mientras los mileuristas, lejos de ser una vergüenza, se convierten en auténticos afortunados. Por si esto fuese poco, hace apenas un mes nos cayó encima la Ley Mordaza, un inventazo para poner fuera de circulación todo lo que no sea la política de los políticos.

Como ves, razones no nos faltan para abrir de nuevo nuestra caja de herramientas. Esta vez será en San Sebastian, del 24 al 28 de marzo de 2015. Cuatro días repletos de presentaciones y talleres dedicados a pensar nuevas maneras de actuar en este contexto de crisis generalizada. Vendremos acompañados de un buen número de amigos, representantes locales e internacionales del activismo creativo más destacado de los últimos años. Y no pensamos irnos de allí hasta tener un buen puñado de ideas con las que acabar con el Mal otra vez. ¿Te apuntas?

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INVITADOS:

Gan Golan (EEUU),  G.I.L.A. Grupo de Intervención de Lavapiés (Madrid), Enmedio  (Barcelona),  My Dad’s Strip Club (Inglaterra)  Andrew Boyd (EEUU) Enrique Flores (Madrid) The Laboratory of Insurrectionary Imagination (Reino Unido / Francia) Flone (Barcelona)

Empoderando al ciudadano (Matadero, Madrid)

El pasado sábado estuvimos en el Matadero de Madrid participando junto a Zemos98, Zoohaus y Basurama en “Empoderando al ciudadano”, un encuentro organizado por Pedagogías Invisibles. El objetivo del encuentro era estudiar y aprender algunas tácticas y estrategias educativas empleadas hoy por diversos colectivos implicados en la transformación social. Algo más que necesario en los tiempos que corren.

Las presentaciones iniciales estuvieron bien, conocer de primera mano cómo se lo montan algunos colectivos para llevar a cabo procesos culturales cooperativos, es algo de lo que uno siempre aprende mucho. Pero lo mejor vino con el debate de después. Escuchar en tantas voces distintas cómo la lógica de mercado se ha ido incorporando a la educación y las nefastas consecuencias de esta incorporación, fue de lo más revelador (además de triste).

Quedó claro que el descentramiento de la educación hacia los valores de competitividad y de mercado no se da con facilidad, que encuentra resistencia en todos aquellos profes y estudiantes que, como la mayoría de los que estábamos reunidos allí, entienden la educación como una finalidad emancipadora. Pero, también quedó claro que, por mucho que nos opongamos, todos terminamos al final en ese maldito callejón sin salida. ¿Cómo nos arrastra el neoliberalismo hasta allí?, esto nos preguntamos recurrentemente a lo largo de la sesión y no dimos con una única respuesta. Lo hace de muchas maneras, por ejemplo estimulando el interés personal y cercenando cualquier lazo social. Interiorizando como credo personal aquello que decía Rambo en sus películas: “Esta guerra es mía”, que no es otra cosa que una traducción libre del famoso “There is no such thing as society” (No existe tal cosa como la sociedad) de la señorita Thatcher.

En “Empoderando al ciudadano” nos repetimos varias veces los unos a los otros que no es así, que la sociedad sí que existe y que la educación juega un papel importantísimo en su construcción y mantenimiento. También nos dijimos estar dispuestos a luchar por ella y que, en este sentido, la cuestión de los valores ocupa una posición central. Ha llegado el momento de transmitir unos valores opuestos a la competencia, unos valores que nos acerquen a la cooperación, que nos despierten del sueño de la “libertad personal” y nos vuelvan a situar de pies en el suelo de lo social. Es hora de hacer de la cultura y de la política una única y misma cosa indivisible. Algo que nos ayude a vivir mejor. Ojalá las pequeñas prácticas de Enmedio sirvan de inspiración en esta heroica tarea.

#SinMordaza

10873488_380030322165641_3207981172344397555_oMiles de personas protestan en las calles de muchas ciudades españolas contra la ley orgánica de protección de la seguridad ciudadana, también conocida como ley mordaza. ¿Que por qué protesta tanta gente contra una ley? Échale un vistazo a alguno de los puntos que incluye:

  1. Tomar una foto o grabación de la policía de 600 a 30,000 € de multa.
  2. Desobediencia pacífica a la autoridad de 600 a 30,000 € de multa.
  3. Ocupar bancos como medio de protesta de 600 a 30,000 € de multa.
  4. No autorizar una protesta de 600 a 30,000 € de multa.
  5. Realizar asambleas o reuniones en espacios públicos de 100 a 600 € de multa.
  6. Impedir o detener un desalojo de 600 a 30,000 € de multa.

Eso es, lo has adivinado, todo lo que hace Enmedio es ahora ilegal. Como comprenderás, no podíamos quedarnos  con la boca cerrada, por eso organizamos esta intervención fotográfica. Bocas alegres, bocas sonrientes, bocas abiertas y llenas de gozo, bocas que ni se callan, ni les harán callar. Bocas #SinMordaza.

Leo David 10015030_380030335498973_4201549664702702898_o988834_380030368832303_7663792983745308811_n IMG_20141221_111622951 ebjedfga10818376_380030405498966_120958022534164929_o 10860919_380030325498974_2871215280392708947_o 10865728_380030338832306_3058891398658520251_o 10869759_380030408832299_4957098556063312614_o 10872914_380030398832300_6341596456955583921_o Enmedio_Babyblock

Tenemos que crear una cultura que nos saque de la cultura neoliberal (entrevista Degrowth 2014)

De qué está hecha la cultura del neoliberalismo, qué otra cultura puede llegar a plantarle cara, de qué valores estaría hecha esa nueva cultura. Estas preguntas y otras cuantas más definen el marco de la entrevista que le hicieron los chicos de Challenge Yasuni a Leónidas Martín, miembro de Enmedio, durante el encuentro Degrowth 2014 (Leipzig). La dirección corre a cargo de Stella Veciana y el realizador es Dan Norton.

Bellas vallas (Leónidas Martín)

Autor: Leónidas Martín

Desde el día de su inauguración, las ventanas del gimnasio de mi barrio han servido de punto de encuentro para los vecinos. Están a pie de calle, son grandes y en sus anchas repisas nos hemos sentado muchos de nosotros a lo largo de estos años, sobre todo los paquistaníes que viven en las calles aledañas. Digo «nos hemos sentado», así en pretérito perfecto, porque desde que el ayuntamiento de Barcelona instaló en ellas unas placas metálicas muy grandes, allí ya no se sienta nadie. Se acabaron las reuniones y las charlas improvisadas. «¡Circulen!»

Al decir «placas metálicas» puede que hayas pensado en una de esas vallas de hierro que impiden el acceso a algún sitio, o uno de esos carretes de alambre de espino que se ven a menudo en las fronteras. Nada que ver con eso. Las placas de metal que han instalado en mi gimnasio son bonitas. Las ha diseñado un arquitecto joven, uno de los muchos arquitectos jóvenes que trabajan para el Ayuntamiento, y están perfectamente integradas en la estructura del edificio. El cristal, el saliente y las placas se complementan entre sí como si de una sinfonía de Franz Joseph Haydn se tratase. De hecho, estoy seguro de que si alguien pasa hoy por ahí, alguien que no sepa cómo eran y para qué servían antes esas ventanas, jamás notará nada extraño. Y esto es lo interesante.

Es cierto que la movilidad en el espacio de una ciudad nunca se ha dado con libertad; la arquitectura y el diseño urbanístico la han dirigido siempre. Pero, a diferencia de las vallas, las rejas y los muros que en el pasado acotaban y definían la movilidad de las personas, el mobiliario urbano contemporáneo lo hace sin que se note. Antes, regular los comportamientos de los cuerpos en el espacio, indicarles qué debían hacer y cómo debían hacerlo, requería de elementos muy visibles. Hoy, sin embargo, parece que ese adoctrinamiento requiere de todo lo contrario: que no se vea, que sin destacar lo más mínimo, sin apenas alterar el paisaje cumpla su propósito represivo. O incluso lo mejore.

Desde luego esto no es siempre así, sigue habiendo lugares donde los elementos urbanísticos destinados al control de los cuerpos en el espacio son plenamente manifiestos. No hay más que echar un ojo a la frontera sur de Europa para darse cuenta de ello. En Ceuta, por ejemplo, los muros y los alambres de espino no están ocultos bajo ninguna bella forma; más bien todo lo contrario. En estos lugares los elementos urbanísticos son muy visibles, deben serlo. De su visibilidad depende en gran medida su efectividad. Un inmigrante dispuesto a entrar en Europa sin papeles debe ver con claridad los impedimentos materiales con los que se va a topar, las cosas que obstruirán su entrada. Se supone que verlos hará que se lo piense dos veces.

Pero mi texto no está localizado en esos lugares. De lo que yo hablo aquí es de esos otros sitios adonde van a parar los inmigrantes una vez que han cruzado las fronteras. Me refiero a esas ciudades a las que llegan buscando su futuro prometido; en concreto, esas ciudades que viven de exportar su imagen como si de una marca comercial se tratara. Ciudades como Barcelona, París o Londres. En estos lugares los dispositivos que dictan comportamientos en el entorno sí que deben pasar desapercibidos. Así, integrándose en el entramado visual de la propia ciudad sin que apenas se perciban, es como logran fortalecer los valores estéticos y morales asociados a esa ciudad, mientras ocultan su función principal, la de dirigir la movilidad de la gente.

La placas instaladas en las ventanas de mi gimnasio no son, ni mucho menos, el único ejemplo de este mobiliario urbano diseñado para evitar situaciones y comportamientos sociales indeseados. Las ciudades-marca están repletas de estos elementos: pequeños setos y arbustos que, colocados estratégicamente, evitan que las personas se acomoden en un emplazamiento público; rejas elaboradas en forja con gran maestría y que evitan el acceso a cualquier área restringida; refinados pinchos que logran evitar que alguien se tumbe allí donde no debe; formas geométricas hechas de materiales nobles y situadas en las esquinas para eludir cualquier acomodo no deseado… Un sin fin de diseños urbanísticos que, tal y como sucedía en La carta robada de Poe, están a la vista de cualquiera y, sin embargo, pasan desapercibidos. Nos topamos con ellos mil veces, pero no los vemos o, al menos, no advertimos la verdadera finalidad que esconden.

A simple vista, estos elementos pueden parecer irrelevantes, pequeñas piezas urbanas que no merecen mayor consideración. Sin embargo, a mi modo de ver estos fragmentos representan, aún ocultándolo, el espíritu del modelo económico y político que los ha creado: el espíritu del mercado. Un espíritu que lo pone todo en movimiento (personas, ciudades, países, obras de arte…) bajo el criterio de una única ley: sacar el mayor provecho económico posible de cualquier actividad humana. Este espíritu está en todas partes, nos afecta a todos nosotros y a todo lo que nos rodea. Los propios inmigrantes que citábamos más arriba llegan hasta aquí empujados por ese espíritu. Él es quien los ha puesto en movimiento, la fuerza que les ha empujado a saltar los muros y sortear vallas de espino. «Movimiento» no significa aquí libertad, ni mucho menos. Todo movimiento que provoca el espíritu del mercado debe ser conducido y se ha de dar siempre bajo las reglas que él impone. De lo contrario, esa movilidad podría desviarse y terminar alcanzando otro objetivo distinto al del consumo, y ése es un riesgo que el mercado no puede correr. En este sentido, las placas metálicas de mi gimnasio o cualquier otro de estos elementos urbanísticos son la grasa que ayuda a perfeccionar el condicionamiento impuesto por el espíritu del mercado.

Y es que el comportamiento de los ciudadanos, así como la identidad de una ciudad, no es algo que venga dado. Más bien son sus propios actos y las modificaciones que estos actos ocasionan en el tejido social los que crean los comportamientos. Estas acciones y estos comportamientos podrían, a priori, ser infinitos. Limitarlos, hacer que respondan a un determinado espíritu, requiere de mucha creatividad. Justo aquí es donde entra en juego el rol del artista, ¿o acaso no ha sido ésa siempre su tarea, la de dotar de contenido racional a algo que no tiene lógica ni orden preexistentes? («Enseñarle a la Naturaleza cuál es su sitio», decía Oscar Wilde). No es de extrañar, pues, que sean los artistas, los arquitectos, los diseñadores los encargados de traducir en formas (en mobiliario urbano en este caso) la ley única del comercio y sus objetivos. Lo hacen porque es lo que saben hacer, así es como ganan su dinero. Pero también lo hacen porque están más preocupados por las formas, por aquellos aspectos que atañen al arte mismo, que por los usos derivados de su obra. Y lo hacen también por otra razón más.

En el mundo en el que nos ha tocado vivir, cada uno de nosotros se enfrenta solo a la sociedad. Sin intermediarios. Como un extraño entre extraños. Esto alienta un «yo» lleno de orgullo que a ratos se cree todopoderoso. Pero también alienta un «yo» que se inclina a los pies de cualquier efigie que se cruza por su camino. Un «yo» dispuesto a comerse el mundo, pero vencido por el miedo y la soledad. Por eso el joven arquitecto diseña esas placas metálicas que después instala el Ayuntamiento en las ventanas de mi gimnasio, porque se siente perdido en un jeroglífico que no entiende. Ese joven arquitecto ve la vida como la ven los personajes de las novelas de Kafka. No sabe quién decide las cosas, ni a quién dirigirse en busca de justicia o ayuda. Para él, vivir es dejarse arrastrar por una fuerza misteriosa cuyo poder y tamaño es tan grande que le revela toda su impotencia. Desde ahí es desde donde este joven arquitecto diseña las placas metálicas que sirven para evitar que se reúnan los inmigrantes en la calle.

Cada vez que voy a darme un baño en la piscina del gimnasio me hago la misma pregunta: ¿Cómo sería un arte que rompiese este maldito estatu estético que impide el encuentro? Un arte abierto a una concepción dinámica de la vida, donde nuestro entorno se crease en relación directa con unos comportamientos en constante cambio. ¿Cómo sería un arte que plantase cara a los modos de comportamiento establecidos y fuese capaz de abrir nuevos modos de vida, esos que andamos buscando hace tiempo? ¿Y cómo un diseño urbanístico que, en vez de maquillar la represión, organizase nuestro mundo en común? Porque eso y no otra cosa es una ciudad: la organización de nuestro mundo en común.

Los talleres 4×4 de Enmedio: Activismo y Ficción

Flyers-Todos-DEMO

Plazas agotadas.
(Informaremos de nuevas ediciones pronto)

La ficción y el activismo social tienen mucho en común. Una novela, una película o un videojuego transforman la realidad interviniendo en las creencias y en los valores humanos. Una manifestación o una campaña política también. Para hacerlo, ambas emplean todo lo que tienen a su alcance: el cuerpo, la imagen, la palabra.
En este taller analizaremos algunos recursos y procedimientos empleados en la producción de ficciones (voces narrativas, técnicas de guión y actuación, storytelling, tipos de conflicto, construcción de personajes…), y estudiaremos su posible aplicación en el activismo social.

El taller lo imparte Leónidas Martín (miembro de Enmedio) y es totalmente gratuito. Eso sí, las plazas son limitadas, ¡corre!