15M

No somos números

La Platafroma de Afectados por la Hipoteca (PAH) lo venía anunciando desde hacía un tiempo: «Si Caixa Catalunya no responde a las 321 solicitudes de dación en pago presentadas, tendrán guerra». Dicho y hecho. Ayer 10 de enero, a las cinco de la tarde en punto, cientos de personas se congregaban en la vía Laietana de Barcelona frente a la puerta del edificio central de Caixa Catalunya. Enmedio también estuvimos allí –¿cómo íbamos a perdernos algo así?– y llevamos con nosotros la última producción de nuestro Taller de Acción Fotográfica (TAF!): la colección de postales «No somos números».
Se nota que estas postales están pensadas específicamente para acciones como ésta. En menos de media hora teníamos ya cientos de ellas repletas de mensajes personales dedicados a Caixa Catalunya, la entidad que más gente desahucia por aquí. «Ladrones», «Nos estáis quitando la vida», «Un día seréis juzgados», cosas así decían.
Una vez que tuvimos todas las postales listas las pegamos allí donde más se veían, en la puerta principal del banco, y de paso pegamos también unos cuantos retratos gigantes de personas afectadas por esta misma entidad bancaria. A juzgar por los periódicos de la mañana nuestra acción gustó mucho a los periodistas allí congregados, todos publicaron las fotos que queríamos. ¿Qué más podemos decir? Nos encanta que los planes salgan bien.

* No somos números es parte de “How much do I owe you”, una exposición en Nueva York dedicada al dinero y la deuda.
Más información aquí.

Fotos: Oriana Eliçabe, Fotomovimiento.org y Consuelo Bautista.

Política literal y política literaria (sobre ficciones políticas y 15-M)

Autor: Amador Fdez-Savater
Fuente original: Interferencias (El Diario.es)
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Ficiones políticas

Los que estamos aquí, en Tahrir, Sol, Syntagma o Zuccotti, ¿quiénes somos, cómo nos llamamos? Indignados, 99%, la gente de Tahrir… Son algunos nombres de los diferentes nosotros que han hecho su aparición en las plazas. Esos nombres, ¿tienen alguna importancia? Toda una inercia nos lleva a pensar que no, que “sólo son palabras”. Una especie de sustancia diferente a la realidad, una sustancia sin sustancia. Además son palabras extrañas, casi vacías de significado, sin límites o fronteras precisas, ni referentes muy claros, que cualquiera puede atribuirse… En definitiva, sospechosas. Sospechosas para todas las policías interesadas en saber “quién hay detrás” de cada movimiento. Sospechosas (por “metafísicas” y “poéticas”) para todas las tradiciones políticas y sociológicas serias. Sospechosas para el mismo sentido común: “¿cómo van a ser el 99%? Eso es imposible”.

Y sin embargo, aunque estos nombres -flotantes, sin referentes claros, imprecisos, imposibles- no se inscriben en ninguna tradición política explícita y determinada, tienen una larga historia. Hay quien los asocia a la posmodernidad y sus juegos de lenguaje, pero memorias con más alcance remontan su aparición muchos siglos atrás. Señalan de hecho que son consustanciales a la misma política de emancipación. Es decir, que son tan viejos como la acción política, pero a la vez siempre jóvenes en su aparecer. Cada vez que hay prácticas de emancipación, es decir desacuerdo e interrogación radical sobre los modos de vivir juntos, surge uno de esos nombres. Levantando siempre las mismas sospechas de todas las policías, los pensadores serios y el sentido común.

Las palabras son fuerzas materiales. Nos hacen y deshacen. Indignados, 99%, la gente de Tahrir… han sido ingredientes constitutivos de las plazas, absolutamente determinantes para abrirlas como lugares comunes, desplazando las identidades que nos separan cotidianamente. Para abrir espacios de todos y de nadie necesitamos dejar de ser lo que la realidad nos obliga a ser: la fuerza del anonimato. Pero paradójicamente el anonimato no consiste en el rechazo de los nombres, sino más bien en asumir un nombre compartido. Un nombre de cualquiera contra los nombres separadores.

La obra de Jacques Rancière es una invitación muy bella y apremiante a tomarnos en serio las palabras, la efectividad de los actos de palabra, nuestra propia naturaleza como animales poéticos. Para él, acción política y literatura coinciden en un punto: ambas pasan por el poder las ficciones, las metáforas y las historias. La política de emancipación es una política literaria o política-ficción que inventa un nombre o personaje colectivo que no aparece en las cuentas del poder y las desafía (a partir de una situación, agravio o injusticia concreta). Ese nombre no es de nadie en particular, sino que en él caben todos los que no cuentan, no son escuchados, no tienen voz, no deciden y están excluidos del mundo común.

A continuación voy a mezclar mis palabras con las de Rancière para exponer su teoría de la ficción política y luego pensar las potencias y los problemas de algunos “nombres de cualquiera” que han emergido con el movimiento 15-M.

La ficción política: tres operaciones

Según Rancière, una ficción política hace tres operaciones simultáneas: crea un nombre o personaje colectivo, produce nueva realidad e interrumpe la que hay.

El nombre o personaje colectivo no expresa ni refleja un sujeto previo, sino que es la creación de un espacio de subjetivación -esto es, de transformación de los lenguajes, las percepciones y los comportamientos- que simplemente no existía antes. Es decir, ese personaje colectivo no estaba ya contado entre las partes de la sociedad como grupo real, colección de individuos con tales o cuales características, cuerpo objetivable, ni siquiera latente. Existe cuando se manifiesta y se declara a sí mismo como existente, autodenominándose. Por esa razón nunca aparece como una realidad clara y distinta (una cosa, un sujeto o una sustancia), sino más bien como un fantasma: borroso e intermitente, inasignable e incorpóreo, precario y móvil, perturbador e ilegítimo.

Ese nombre o personaje colectivo interrumpe la realidad en tanto que mapa de lo que se puede ver, sentir, hacer y pensar. El marco que determina lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, el sentido y el ruido, lo real y lo irreal, lo legítimo y lo ilegítimo, lo tolerable y lo intolerable. Interrumpe asimismo la realidad entendida como orden de las clasificaciones, las designaciones y las identidades que hacen a las cosas a ser lo que son. La distribución jerárquica de lugares, poderes y funciones: división del todo social en categorías, grupos y subgrupos; asignación de cada cual a una casilla, con un papel y unas capacidades determinadas, según tales o cuales predicados o propiedades (títulos, origen, estatus, rango o riqueza), etc.

Esta realidad (como distribución jerárquica de los lugares) no es menos “ficticia” que la ficción, pero no se reconoce a sí misma como tal. Se hace pasar por lo único que hay y puede haber. Busca siempre fundamentarse y justificarse en un supuesto ser-así de las cosas. Odia los puntos vacíos o polémicos, los restos que no encajan en su distribución de las partes (los elementos flotantes o inasignables).

El personaje colectivo de la ficción política produce nueva realidad porque redefine el mapa de lo posible: no sólo modifica lo que se puede ver, hacer, sentir y pensar acerca de la realidad, sino también quién puede hacerlo. Impugna la distribución jerárquica de lugares y funciones en nombre de las capacidades de cualquiera y la igualdad de las inteligencias. Muestra paisajes inéditos: hace ver cosas que no se veían, pone en relación lo que estaba disperso, hace surgir otras voces y otros temas, otros lenguajes y otros enunciados, otras escalas y otros razonamientos, otras legitimidades y otros hechos. Y ofrece ese paisaje inédito a todos, a cualquiera. Como un don, un regalo, una nueva posibilidad de existencia.

La ficción política interrumpe y crea, crea e interrumpe. Simultáneamente. Es un poder de desclasificación y un poder de creación. Hace lo común deshaciéndolo, deshace lo común y lo rehace.

Encontramos aquí y allá, dispersos en los libros de Rancière, algunos ejemplos históricos que clarifican mucho la noción de ficción política. Vamos a repasar brevemente cuatro: el hombre-ciudadano de la Revolución Francesa, el proletariado, el eslogan “todos somos judíos alemanes” de Mayo del 68 y la consigna “nosotros somos el pueblo” coreada en las manifestaciones de 1989 en Alemania del Este.

Hombre-ciudadano

Seguramente fue el conde Joseph de Maistre, uno de los enemigos más brillantes de la Revolución Francesa, defensor ultramontano del absolutismo monárquico y el Antiguo Régimen, quien captó mejor la naturaleza ficticia de la subversión ilustrada, al declarar: “en el curso de mi vida he visto franceses, italianos, rusos; y hasta sé, gracias a Montesquieu, que uno puede ser un persa. Pero con el hombre nunca me he encontrado; si existe, es en mi total ignorancia”.

Según De Maistre, el hombre-ciudadano -presupuesto y protagonista de la Revolución Francesa- es una nada, una ilusión, un imposible, una abstracción, una quimera, una fábula, una mentira. No se puede ver con los ojos ni tocar con las manos. Para el conde, existen franceses, italianos y rusos, distribuidos a su vez en lugares y funciones según su posición de nacimiento en el Antiguo Régimen (realeza, nobleza, campesinado), todo ello conforme a leyes naturales “de las cuales no se puede decir otra cosa sino que existen porque existen”. Cada cual debe ocupar su lugar y conformarse a él. Ver, sentir, hacer y pensar lo que el lugar autoriza. Reproducir la identidad.

Si De Maistre no ve nada es porque la ficción revolucionaria inventa un espacio que no existía antes, interrumpiendo el orden de las clasificaciones que define la realidad, cuestionando la necesidad de lo necesario y suspendiendo la orden dada a las subjetividades de ser lo que son. El nuevo espacio mental redefine lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, lo tolerable y lo intolerable. Desencaja a los seres y a las cosas de la naturalidad de los lugares propios (origen o condición). Uno ya no es quien es según el lugar y la posición social de nacimiento, sino en tanto que está dotado de razón. En igualdad con el resto de seres humanos. La ficción dibuja y construye así un nuevo “nosotros”, un espacio de subjetivación donde cualquiera puede contarse.

Los revolucionarios franceses deciden “hacer como si” ya no fuesen súbditos del Antiguo Régimen, lo que la realidad les obliga a ser, sino ciudadanos capaces de pensar, decidir, redactar una Constitución y gobernarse. Se redefinen a sí mismos según otra figura de referencia. La capacidad igual de todos para pensar se convierte en la base de una nueva dignidad. “Individuos abstractos”, protesta De Maistre: los hombres-ciudadanos no se ajustan ni dependen de los criterios de competencia, fortuna o respetabilidad que confieren el derecho a decidir en el Antiguo Régimen. Hombres “sin atributos”, es decir, sin las propiedades, los títulos, los honores o las riquezas necesarias para gobernar. Hombres “sin raíces” que ya no están “plantados en el suelo” del origen o la posición social, sino que han sido arrancados a él por la ficción igualitaria.

“Es una locura encargar una sociedad a una asamblea que delibera, porque ninguna Constitución puede ser resultado de una deliberación”. Las Constituciones según De Maistre sólo pueden recoger y transcribir lo que hay, esas leyes “de las cuales no se puede decir otra cosa sino que existen porque existen”. La nueva Constitución revolucionaria será estéril, augura el conde, porque es artificial y contra natura. Asociar derechos a un fantasma, basar toda una sociedad en una nada, está destinado al peor de los fracasos. Es una rebelión imposible contra lo dado: la revolución como “acto satánico”. Pero la historia de los últimos dos siglos -todo lo que ha implicado como efecto la ficción política del hombre-ciudadano- muestra bien claro que las ficciones políticas producen realidad y generan efectos que transforman el mundo de abajo a arriba, trastornando todos los ordenamientos supuestamente naturales y eternos. Las fábulas son cosas serias.

Proletariado

Ranciére cuenta dos historias para resumir en qué consiste para él la ficción política proletaria. La primera es la reunión en 1792 de nueve trabajadores en una taberna de Londres con una idea común: toda persona adulta en posesión de razón tiene la capacidad (y debe por tanto tener el derecho) de elegir a los miembros del Parlamento. Para luchar por ello, esos nueve trabajadores constituyen una “sociedad de correspondencia” cuya primera regla reza así: “que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. E.P. Thompson, el célebre historiador del movimiento obrero, considera esa misma escena como el acontecimiento inaugural de la formación de la clase obrera inglesa.

La segunda historia cuenta que, siendo juzgado en 1832 por sedición, el juez pregunta al célebre revolucionario francés Auguste Blanqui por su profesión. “Proletario”, contesta Blanqui. El juez objeta: “pero eso no es una profesión”. Y Blanqui, que tampoco era lo que se entiende por un trabajador proletario, replica fulgurante: “es la profesión de treinta millones de franceses que viven de su trabajo y están sin embargo privados de derechos políticos”.

Ranciére, él mismo historiador del movimiento obrero, explica que ‘proletario’ es un término que viene de la Antigua Roma donde servía para designar a la multitud de los que se dedicaban a la pura y simple reproducción. Arrancada a su contexto, esa palabra antigua viaja en el tiempo para nombrar, no una forma de “cultura” o de ethos colectivo que de pronto cobra voz, sino un espacio de subjetivación donde cualquiera (Blanqui incluido) puede ingresar. No un grupo social determinado, un sector específico o una parte del todo, sino más bien “la parte de los sin parte” que perturba el mapa de lo posible. Un espacio que no preexiste, sino que se crea y manifiesta en el conflicto y la interrupción de la realidad. No una sustancia: un acontecimiento.

Proletario es el nombre de la emancipación posible de la humanidad entera. “Una clase que ya no es una clase”, dice Marx, “sino la disolución de todas las clases”. “No una clase social particular”, explica Mao, “sino simplemente los amigos de la Revolución”. Un nombre vacío que representa la igualdad de cualquiera con cualquiera. Una nada en la que caben todos.

La ficción política proletaria interrumpe la desigualdad jerárquica inscrita en el reparto capitalista de lo sensible, resumida perfectamente en esta frase de Taylor, el inventor de la cadena de montaje: “los trabajadores son una mezcla de orangután y robot”. Es decir, los que trabajan con sus manos no pueden pensar, los productores son autómatas y animales que necesitan a la clase dominante para organizarse y hacer su trabajo. Los proletarios del siglo XIX deciden “hacer como si” no fuesen la mezcla de orangután y robot que la realidad les obligaba a ser, sino personas iguales a las demás en inteligencia y facultades, capaces de leer, pensar, escribir y autoorganizar su trabajo.

Así, la ficción proletaria desplaza los cuerpos fuera de los lugares asignados, capacitando para hacer lo que era imposible y al mismo tiempo estaba prohibido. Cambia el destino de los lugares dados: por ejemplo resignifica las fábricas como espacios de organización, debate y acción política, no sólo de trabajo sometido, mudo y alienante. Hace ver lo que se quería ocultar y hace escuchar como razones lo que sólo se percibía como sufrimiento físico. Y altera y modifica para siempre el mapa de la realidad: el trabajo no será más un tema privado entre el patrón y el trabajador, sino un asunto público y colectivo donde se juega la definición que una sociedad se hace de la justicia.

“Todos somos judíos alemanes”

Mediados de mayo del 68. El gobierno francés impide regresar a París desde Alemania a uno de los líderes del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, nacido en Francia pero con pasaporte alemán y de padres judíos. Los políticos y la prensa conservadora se ceban con él: es un elemento peligroso y, para más inri, “un judío alemán”. Enseguida se organizan manifestaciones de solidaridad donde se corea el siguiente eslogan: “todos somos judíos alemanes”. Se trata de lo que Ranciére denomina un “enunciado imposible” o una “identificación imposible”. Está claro que los que lo gritan en las calles no son judíos alemanes, sino que asumen el estereotipo estigmatizante del enemigo resignificándolo como nombre colectivo, sin ninguna confusión posible con un grupo sociológico o una identidad real. ¿Qué realidad interrumpe ese enunciado imposible? Identificándonos con lo que el poder excluye, nos des-identificamos del poder. Identificándonos con quien no debemos, nos des-identificamos de quien somos. En este caso, “un buen francés”. Y nos re-identificamos con nuevos posibles en otro espacio de subjetivación donde cualquiera puede contarse sin tener que pedir permiso a nadie ni pasar ningún filtro de identidad.

“Nosotros somos el pueblo”

Es el grito-consigna de la revuelta de los alemanes del Este contra la dictadura soviética en 1989. Se empieza a corear en las “manifestaciones de los lunes” en Leipzig y pronto se extiende por toda Alemania del Este. ¿Qué se afirma al gritarlo? Al menos dos cosas. Por un lado, “no somos lo que el Estado soviético dice que somos (agentes de la CIA o hooligans), sino gente cualquiera, tú mismo si lo deseas”. Por otro, “el pueblo no es lo que decís que es, ese objeto pasivo y mudo que el Estado representaría, sino algo distinto”. Desde la cúpula del Estado se contesta: “miraos, no sois el pueblo, sólo sois una minoría (sospechosa). ¿Cómo unos cuantos miles de personas en la calle se pueden arrogar el derecho de representar a los millones que no lo hacen?” La operación que hace ese nombre colectivo (el más clásico entre los clásicos: el pueblo) es abrir una distancia con respecto a la representación misma y sus “nombres separadores” (con los que se clasifica, estigmatiza y criminaliza). Y en esa distancia acoge otras posibilidades, otras legitimidades, otras voces y otras razones. Crea el espacio para un pueblo fantástico, que no aparece en ningún censo ni estadística, pero que al mismo tiempo tira abajo los muros y transforma la realidad.

Desdoblamientos

Según Rancière, el efecto de la política-ficción (o de la ficción política) es el desdoblamiento: uno se divide en dos. Mediante la ficción nos des-incorporamos (abandonamos un cuerpo) y nos re-incorporamos (a un campo nuevo de posibilidades). Hacemos “como si” fuésemos algo distinto de lo que somos y de ese modo generamos efectos de realidad. La ficción es una fuerza material desde el momento en que creemos en ella y nos organizamos en consecuencia.

Cada cuerpo que se convierte en actor de uno de estos personajes colectivos experimenta interiormente ese desdoblamiento. El conflicto atraviesa y divide a cada cual. Vivimos dos vidas a un tiempo. Uno es italiano, inglés o ruso, pero también un ser humano capaz de pensar y redactar una Constitución. Un cuerpo sometido a un trabajo alienante y mudo, pero también un proletario capaz de leer y escribir. Un francés, pero también un “judío alemán” solidario con los que no caben en Francia. Seres dobles, que ya no están sólo “a lo suyo”, es decir lo que les toca hacer y pensar según su lugar, sino abiertos a paisajes inéditos, conexiones improbables, otras capacidades. Seres anfibios, dice Rancière, que viven “entre” distintas identidades, emborronando las fronteras entre clases y saberes.

A través de la ficción nos sustraemos de la comunidad como lugar obligatorio de pertenencia y nos inscribimos en comunidades azarosas o aleatorias, porque no se dan entre quienes comparten tales propiedades o cuales predicados, sino entre las singularidades cualquiera, imposibles de anticipar, que se sienten interpeladas. Comunidades sensibles, no definidas por una identidad común sino por una sensibilidad compartida. Comunidades fuera de lugar y, precisamente por ello, capaces de incorporarse en cualquier lugar. No tanto un sujeto político sólido y con sede permanente, como espectros que tienen sus momentos y lugares de aparición.

La ficción es la potencia de humanización por excelencia: si los seres humanos no somos simplemente un “producto necesario” de las determinaciones biológicas y sociales, sino que tenemos la capacidad de hacernos un cuerpo nuevo, la ficción actualiza y verifica esa potencia, interrumpiendo los automatismos, haciéndonos insumisos a nuestro destino escrito en los genes, los apellidos, el lugar de nacimiento o la condición social.

Política literal y política literaria

“Todo eso es imposible”. Siempre hay una voz que lo declara. Los revolucionarios franceses dicen “somos hombres” y De Maistre responde: “no existe tal cosa, es una locura”. Blanqui proclama “mi profesión es proletario” y el juez objeta: “eso no es una profesión”. Los alemanes corean “nosotros somos el pueblo” y el Estado soviético replica: “nada de eso, sólo sois una minoría, ¿es que no lo veis?” Pero una y otra vez no se ve, se ve otra cosa, se ve doble.

Ese desacuerdo no sólo se da entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, como podía pensarse de los ejemplos previos, sino en el interior mismo del pensamiento crítico y las prácticas de emancipación. Porque también la emancipación se ha pensado y se piensa como afirmación de una identidad (de clase, nacional, cultural, étnica, sexual). Es lo que podríamos llamar “política literal”. La política literal dice: “somos lo que somos, tomemos conciencia, reivindiquemos lo nuestro, lo propio”. Política pedagógica, que opone un saber que (nos) falta a la ignorancia organizada de lo que somos. Política de la libre expresión, que opone el desarrollo de una identidad a la represión que la inhibe.

Pero la emancipación puede pensarse de otra manera: somos y no somos lo que somos. La política literaria no “expresa” una situación, una cultura o un modo de vida, sino que disocia las apariencias de la realidad, lo que somos y lo que podemos. A través de las ficciones nos volvemos capaces de acciones prohibidas o imposibles para nuestra identidad, origen o condición. No reivindicamos un trozo más grande del pastel (el que nos toca según tal o cual identidad), sino que planteamos algunas preguntas que cuestionan la naturaleza misma del pastel. No afirmamos lo propio, sino más bien lo impropio: compartido y transversal, de todos y de nadie. La política-ficción es este desdoblamiento que pone un mundo en otro, esta “guerra de los mundos” que recrea incesantemente un mismo y único mundo, un mundo común.

Así puede entenderse la polémica de Rancière contra el marxismo de Althusser o la sociología crítica de Bourdieu: la política para Rancière no pasa por adquirir un saber que nos falta y la ciencia posee, ni tampoco por encontrar una conciencia propia, correcta y adecuada a la propia identidad, sino por desidentificarse de una cultura y una identidad dadas mediante un proceso de subjetivación. Las palabras y las apariencias no son aquí “reflejo” o “máscara” de la realidad (según las usemos bien o mal), sino una fuerza material que puede llevarnos más allá de las determinaciones que nos constituyen, más allá de nuestro destino. El saber que emancipa no es tanto el que describe adecuadamente la realidad, como el que redescribe la experiencia común. Y los nombres políticos no son la expresión del interés de un grupo social concreto, sino el nombre de un cuestionamiento del reparto social de los papeles que nos interpela a todos.

Ficciones 15-M

Lo que quisiera a partir de aquí es repasar algunos enunciados que emergen con el movimiento 15-M como ficciones inclusivas y políticas. Me doy cuenta de que el orden del texto sugiere que lo que viene a continuación es una especie de “aplicación” de la teoría de Ranciére a algunos casos concretos. Pero casi podría decir lo contrario: son estos ejemplos vividos en primera persona los que me han permitido entender interiormente las reflexiones del filósofo. En realidad se trata de un encuentro, como siempre que acontece el pensamiento, entre lo que leemos, lo que vivimos y lo que inventamos por nuestra cuenta, sin saber muy bien qué poliniza qué.

Desde el primer día, las plazas tomadas del 15-M se propusieron como espacios de apertura constante: no un gesto de separación o una trinchera, sino la invitación a cualquiera a encontrarse, pensar y organizarse juntos para hacernos preguntas y buscar respuestas (precisamente porque se admite que nadie las tiene). Invitar no es una operación sencilla: hay que confiar en el desconocido, saber acoger, tener algo que ofrecer, estar dispuesto a dejarse alterar por lo que el otro tiene que traer, permitir al otro reapropiarse el espacio y reconfigurarlo a su gusto, etc. En esa preocupación por el otro que no está ya aquí, entre nosotros, residía una parte importante de la tensión creativa de las acampadas. La consigna de “respeto” que circulaba con tanta fuerza nombraba la exigencia y el desafío de elaborar una convivencia entre diferentes y desconocidos, poniendo siempre en primer plano lo que une y no lo que separa (siglas, violencia, lenguajes y comportamientos excluyentes). Lo más difícil hoy en día cuando el otro se nos aparece repetidamente como un obstáculo o una amenaza.

Para invitar al otro a pensar y desafiar juntos al poder necesitamos dejar de ser quienes somos, porque “en tanto que” lo que la realidad nos obliga a ser sólo puede haber choque, relación instrumental o desigualdad, pero no encuentro o composición horizontal. Las ficciones políticas crean terreno común, nos permiten dejar de ser lo que somos y encontrarnos “en tanto que” otra cosa, un nosotros abierto e incluyente. Indignados, personas, 99%, Sol o 15-M son los nombres o personajes colectivos a través de los cuales se ha desarreglado el orden de las clasificaciones que organiza el escenario político local como un tablero de ajedrez (PSOE/PP, izquierda/derecha, las dos Españas), para poder así autoconvocarnos en tanto que 99% de personas afectadas por la estafa política y económica de la crisis.

Indignados

Al principio funcionó más como una etiqueta mediática que como un nombre propio. No recuerdo que circulara o prendiese demasiado en las plazas. Pero eso cambió más tarde, cuando la gente identificada con el 15-M se reapropió del término (otro episodio más del toma y daca constante de resignificaciones de imágenes y palabras entre el poder y la gente cualquiera).

¿Qué realidad interrumpe esta ficción? Indignados no se define con respecto al trabajo: los indignados no son los trabajadores, ni siquiera los precarios o los parados. Tampoco se define con respecto a un marco nacional: los indignados no son “los ciudadanos” ni siquiera “el pueblo”. La desidentificación opera aquí con respecto a las formas de representación tradicional: sindicatos, para los trabajadores; partidos políticos, para el pueblo y los ciudadanos.

Indignados dispone un nosotros muy abierto, definido por una acción y una actitud. Cualquiera puede sentirse indignado, cualquiera puede percibir como intolerable el estado de cosas, cualquiera puede rechazar ser una mercancía en manos de políticos y banqueros. La indignación no remite a una identidad sociológica o ideológica (“estos” o “aquellos”), sino a una decisión subjetiva, potencialmente accesible a cualquiera.

Se critica el nombre de indignados porque evoca una protesta sin pensamiento ni construcción, cuando el movimiento 15-M no se agota en el rechazo o el grito (como han interpretado, desde muy lejos, algunos ilustres intelectuales y opinadores). Unos pocos días después de tomar la plaza, no se podía decir que estábamos allí sólo gritando nuestra indignación contra nadie, sino también por la belleza y la potencia de estar juntos, desplegando un formidable pensamiento práctico y situado, reinventando las formas de hacernos cargo en común de lo común. La pregunta que se plantea entonces es: ¿están las palabras cargadas irremediablemente de sus significados previos o las podemos hacer decir otras cosas, asociándolas a otras prácticas y otros contextos, incluso desplegando en ellas otros significados (la dignidad que encierra la palabra indignados por ejemplo)?

Personas

Al comienzo de la acampada, se dio un debate en varios grupos y comisiones sobre si debíamos denominarnos personas o ciudadanos. Mucha gente consideraba la palabra “personas” más adecuada y eficaz en la situación abierta. De hecho, el primer texto que se lanzó desde la plaza de Sol decía: “los que estamos aquí no somos colectivos ni organizaciones, sino personas que han venido libremente…”.

Como dicen los amigos de Onda Precaria, la palabra personas “dejaba atrás las siglas, las ideologías, pero también las identidades prefijadas (obreros, ciudadanos…) y permitía interpelar a muchos. Permitía volver a mirarse a los ojos y confiar en el otro, porque allí estaba en Sol, codo a codo conmigo y con el de más allá, contra políticos y banqueros, para que las personas no fueran tratadas como mercancías. Al llamarnos personas, hacíamos tabla rasa y nos identificábamos como iguales: era como decir ‘no me importa de dónde vengas, no te pediré ninguna credencial, sé que eres como yo’”.

Vacía de color y peso político, “personas” podía cargarse por ello mismo de una potencia inédita y circular como una palabra creíble. Indicaba el deseo de otro comienzo, de otro punto de partida por fuera de la política desprestigiada de los políticos.

“Personas” recoge al mismo tiempo la confianza en lo personal, una de las pocas dimensiones de la vida contemporánea que aún merece nuestra estima. Es el atractivo de la intimidad, donde -a pesar de los mil cálculos y estrategias que la atraviesan- aún sentimos que el otro se nos muestra sincera y espontáneamente, de forma sencilla y directa, sin temor al juicio ni agenda oculta. El mismo empuje de las redes sociales le debe algo a esto: la conexión se da uno a uno, persona a persona. En las redes sociales la intimidad sale además del ámbito afectivo inmediato y se hace pública, desdibujándose las fronteras público/privado, amigo/desconocido.

Estas formas de conexión uno a uno ya se habían activado políticamente en el pasado. Si por ejemplo confiamos en la convocatoria anónima que nos llamó a protestar frente a las sedes del PP dos días después del atentado terrorista del 11-M en 2004, fue precisamente porque no la firmaba ninguna organización política y nos llegaba reenviada por numerosos amigos. Como no nos movía una identidad o una ideología, sino una afectación sensible y en primera persona por lo que estaba ocurriendo, sólo una convocatoria al mismo tiempo anónima y personal podía galvanizar la protesta.

En el 15-M la “intimidad” no sólo se hace pública, sino que se encarna en calles y cuerpos. Durante las semanas de acampada, el grado de exposición personal en las intervenciones públicas era asombroso, se compartían las preocupaciones e inclinaciones más profundas como si hubiesen caído por un momento la vergüenza y el pudor que no dejan compartir normalmente lo más íntimo con desconocidos. En las asambleas se aplaudían mucho (en silencio, con las manos) las intervenciones más personales: por ejemplo las que balbuceaban y tanteaban para encontrar sus propias palabras. Las aspas de rechazo se levantaban enseguida contra los discursos más automáticos, más codificados, menos afectados por la situación.

Se ha pensado la acción política con el esquema de lo publico y lo privado, pero hoy quizá podríamos repensarla según lo íntimo y lo común. Lo íntimo no es lo privado, todo lo contrario. Es a la vez lo más propio y lo más impropio -transversal, tuyo y mío, de todos y de nadie. Qué sorpresa escuchar de pronto al otro decir exactamente lo que yo pienso en una asamblea, expresar en público lo que a mi me pasa. El filósofo Santiago López Petit habla a este respecto de la “interioridad común” como motor de las nuevas politizaciones anónimas. Lo que yo me digo a mi mismo en soledad - mi verdad- resuena y circula inesperadamente como una verdad colectiva y compartida con otros muchos (a quienes ni siquiera conozco). Como verdad común que funda un nuevo nosotros.

Por último, el uso de la palabra “personas” me recuerda a la historia de Ulises y el cíclope Polifemo. En determinado momento Polifemo le pregunta a Ulises su nombre y Ulises responde: “mi nombre es Nadie; Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos”. Esa astucia le permitirá escapar junto a sus compañeros después de herir a Polifemo en su único ojo: los demás cíclopes se burlan de su hermano cuando les pide ayuda porque ha sido atacado por “Nadie”.

El poder es siempre una máquina de estereotipar: nombrar, encasillar, separar, estigmatizar, criminalizar. En el caso del 15-M, los estereotipos como “anti-sistema” o “perroflautas” han tratado de distinguir entre “la gente normal” y “los que protestan”: los sospechosos. Romper lo común. Pero el 15-M ha inventado mil formas de pinchar los estereotipos, desde el humor que ridiculiza y vacía las imágenes del miedo hasta la invitación constante a cualquiera a acercarse a ver con sus propios ojos la realidad que se estaba construyendo en las plazas, reproponiéndose a sí mismo una y otra vez como espacio de cualquiera.

Cuando los cíclopes mediáticos y políticos preguntan al 15-M: “¿cuál es tu nombre?”, responder “somos personas” ha sido otra manera de escapar. Personas es un nombre vacío en el que cabe cualquiera, una nada que nos incluye a todos. La palabra personas proviene curiosamente de “máscara”: la máscara que usaban antiguamente los actores de teatro para dar vida a sus personajes. Las ficciones políticas son nombres colectivos y máscaras que nos permiten a la vez hacernos invisibles al poder y accesibles para los demás.

Somos el 99%

En la acampada de Sol una pancarta dice: “somos todos”. Un enunciado muy parecido se convierte luego en el lema central del movimiento estadounidense Occupy: “somos el 99%”. De rebote, en ese campo de resonancias que es el movimiento global de las plazas, el lema del 99% se empieza a usar también en España. “Somos el 99%” es sin duda uno de esos “enunciados imposibles” de que habla Rancière. Una afirmación paradójica e imposible (“mentira” desde un punto de vista objetivo y literal) según la cual una minoría en la calle dice ser la mayoría, todos.

El enunciado recibe las mismas críticas que aquel “nosotros somos el pueblo” y por las mismas razones: “no sois el 99%, sino una minoría muy concreta (y sospechosa)”. Para remachar el argumento se comparan siempre las cifras de asistentes a manifestaciones y las de votantes en las urnas electorales, como diciendo “esto es lo que sois de verdad, tantos, menos que los que aceptan la representación”. Aquí de nuevo chocan las dos políticas: literal y literaria. La política literal piensa aquí la realidad según un esquema de todo y partes, de partes y partidos, de mayorías y minorías, de proporciones aritméticas y geométricas. Todo ello expresado perfectamente en los gráficos de los resultados electorales, una persona un voto, los distintos colores representando a las partes/partidos, etc.

Pero como explica Rancière, algo pasa precisamente cuando no salen las cuentas. La política literaria desdobla la realidad. Desarregla el esquema del todo y las partes añadiendo una parte suplementaria: la parte de los sin parte. No un espacio donde se habla por todos, sino donde se habla para todos. Que no interpela a estos o aquellos, sino que parte de preguntas y problemas transversales que pueden afectar a gente muy distinta, como por ejemplo un desahucio -por citar uno de los puntos de politización del 15M- puede afectar a una persona religiosa o a un laica, de derechas o de izquierdas, monárquica o republicana.

Aunque una lectura enfatiza la oposición que establece entre el 1% que acapara la riqueza y la decisión política frente al 99% de desposeídos, la fuerza del lema no me parece tanto cuantitativa o descriptiva, como literaria y performativa. Somos el 99% significa “nuestro hacer y decir se dirige indistintamente a todos”, implica voluntad de apertura, pregunta y preocupación por los que no están ya entre nosotros, problematización del confort autorreferente de las identidades, confianza en la inteligencia igual de los desconocidos, en la capacidad de cualquiera para hacerse cargo de los asuntos comunes. Y las palabras tiene efectos prácticos.

Durante los primeros días de la ocupación de la plaza de Zuccotti, Occupy Wall Street era un espacio habitado casi exclusivamente por activistas y militantes políticos. Fue en ese momento cuando el lema del 99% se empezó a extender, empujado en un primer instante por algunas personas que deseaban abrir la situación. Mucha gente distinta se sintió interpelada por la consigna y se acercó a Zuccotti. Los lenguajes y comportamientos políticos más autorreferenciales y excluyentes tuvieron que modificarse para acoger a los desconocidos que llegaban. Y así la consigna del 99% transformó materialmente la situación.

Sol

Cuando a principios de agosto de 2011 las autoridades decidieron desmantelar los restos del campamento de Sol y arrancaron la placa que el 15-M había colocado bajo la estatua del caballo de Carlos III (que decía “dormíamos, despertamos”), miles de personas se autoconvocaron inmediatamente en manifestaciones de protesta que pusieron en jaque un despliegue policial inédito. Sol es un espacio muy importante para los madrileños vinculados al 15-M, en el que meses después del campamento se siguen realizando todo tipo de reuniones, asambleas y concentraciones. Pero al mismo tiempo Sol es también un espacio simbólico y metáfora de metáforas: por ejemplo, kilómetro cero, el “nuevo comienzo” que para Hannah Arendt define lo propio de la política; los lemas “ensólate”, “ensolación” y sus mil variantes, que remiten al espíritu, la energía y la emoción que se vivía en el campamento, relacionada con el pasaje de la impotencia a la potencia, de la competencia a la cooperación, del cinismo a la confianza; la imagen del “despertar”, no sólo como un despertar de las conciencias, sino también como despertar de la pesadilla del individualismo, de los cuerpos anestesiados y blindados a lo que tenemos en común, etc.

La ficción política de Sol evoca un posible ya realizado: el pequeño mundo y la pequeña ciudad que se construyeron en la plaza durante tres semanas, un “taller de democracia al aire libre” (como dijo alguien en una asamblea) donde experimentar modos de participación común en los asuntos comunes. Un espacio no sólo de protesta y denuncia, sino de organización de la vida colectiva: espacio habitable, participado y de cualquiera (“cabemos todos, os necesitamos a todos” dice un vídeo sobre el campamento de Sol recogiendo un sentir muy común). Experiencia de protagonismo y poder hacer, de toma colectiva de la palabra, contra las jerarquías instituidas del saber y el monopolio privado de la decisión política. Experiencia de libertad, no tanto como posibilidad de escoger entre opciones dadas, sino de reinventar colectivamente las reglas de juego. Experiencia de hacer mucho con poco, de otra idea del lujo o la riqueza, ya no asociada al consumo o al dinero, sino a las relaciones y a otra experiencia del tiempo. Experiencia de lo común y redescubrimiento del otro como cómplice frente al “sálvese quien pueda” imperante en la vida normal… Un posible ya realizado, pero que la ficción Sol no sólo mantiene en el recuerdo, sino que nos convoca a actualizar, retomar y desarrollar.

15-M

A última hora me doy cuenta de que podríamos pensar el mismo nombre 15-M como personaje colectivo.

La fecha no indica tanto una identidad, como más bien un corte, un umbral, un punto de no retorno que interrumpe el tiempo homogéneo de la repetición. Asumir una fecha como nombre de un movimiento implica el reconocimiento de que el “nosotros” que se abre es más del orden del acontecimiento que de la identidad. Es decir, como explica Santiago López Petit, que “no preexistía, no estaba latente, sino que ha surgido en el mismo momento que hemos tomado las plazas. Por esto es un nosotros abierto, abierto a todo el que quiere entrar y formar parte de él”. 15-M es un nombre que acoge a todo aquel que se sienta interpelado y tocado por lo que arrancó ese día.

Al mismo tiempo hay quien señala que aceptar la fecha como un nombre colectivo implica el riesgo de quedar aferrados a una imagen detenida y cristalizada, anclados a un origen. Como si el acontecimiento fuera el que fue y no admitiera nuevas versiones ni actualizaciones. El movimiento quedaría de ese modo preso en un bucle identitario: sólo es 15-M si repite los haceres y decires que se reconocen como 15-M. Una forma de negarse a sí mismo como movimiento, como proceso, como experimento sin modelo (ni siquiera él mismo).

Un nosotros abierto. Las plazas no establecieron nunca una frontera clara entre dentro y fuera, sino que más bien alentaban una circulación permanente. Pero eso no significa que el 15-M sea un espacio neutral. Un espacio de cualquiera no es un espacio plano. El 15-M hace y dice cosas. Se define por aquello que hace y dice. Una práctica, no una identidad. Pero su hacer y decir no tiene interlocutores predefinidos: “estos” o “aquellos” (la izquierda, los movimientos sociales, etc.), sino (potencialmente) cualquiera. La capacidad de mantener viva la interpelación a cualquiera es una prueba constante, material y concreta. Que pasa tanto por los lenguajes y las estéticas, como por los tiempos o las formas organizativas de la acción política.

Después de abandonar las plazas, el 15-M se convirtió en una especie de súper-héroe colectivo que aparecía inesperadamente allí donde se cometía una injusticia. Esa leyenda tenía que ver con la intervención de muchas personas que habían pasado por las plazas en el bloqueo de desahucios o redadas racistas de la policía en los barrios. ¿Eran intervenciones del 15-M? Imposible de decir. Lo que aparecía y desaparecía así era un nuevo clima social que aprovechaba, atravesaba y enriquecía muchas veces estructuras previas para actuar. ¿Qué significa que el 15-M sea un clima? Que no sólo es un movimiento o una estructura organizada compuesta de asambleas y comisiones, sino también otro estado mental y otra disposición colectiva hacia la realidad, marcada por la experiencia empoderadora de las plazas y diseminada por la sociedad entera.

El nombre 15-M se debate en esa tensión. Como clima, es un nombre de cualquiera. Difuso, reapropiable y abierto. Como organización, es un nombre que se refiere a una realidad delimitada: siglas que conviven o compiten con otras siglas, con un adentro y un afuera.

Ficción e identidad

“Nosotros no es un lugar al que se pertenece, sino un espacio al que se ingresa para construirlo”, dice el filósofo Diego Tatián. Identidad política e identidad sociológica no coinciden. Es más: la identidad política supone una determinada ruptura con la identidad sociológica. Dejar de ser lo que la realidad nos obliga a ser, abandonar los lugares a los que simplemente pertenecemos, desdoblarnos. La identidad política es más bien un espacio que se inventa. Entre cualquiera que comparta, no tales o cuales predicados, sino ciertas preguntas, principios o búsquedas. Más una sensibilidad que un mismo lugar en el casillero sociológico. La identidad política es una identidad no identitaria, sino abierta, inacabada, en construcción permanente. Lo que a lo largo de este texto hemos llamado una ficción. La acción política pasa por estas “fábulas”, estas “palabras mal empleadas”, estos “imposibles” que ponen tan nerviosas a las policías de la sociedad y el pensamiento.

Pero la ficción política vive siempre al borde de su desaparición: la cristalización identitaria. El fantasma queda entonces encerrado en un lugar, una estructura, un bando, un sujeto-autor. Se materializa pesadamente en un cuerpo representable. La parte de los sin parte se convierte en un segmento identificable de la sociedad que ya no interpela a cualquiera. Un lugar de borde duro y hostil con el afuera, homogéneo hacia dentro, que excluye las anomalías y desprecia la idea de una inteligencia igual de todos.

Así, el hombre-ciudadano considera que las mujeres, los negros o los proletarios no caben, porque no son tan hombres-ciudadanos como los demás. El proletariado localiza elementos sospechosos que conviene depurar para preservar la pureza: artesanos, pequeño-burgueses, lumpen. Se alzan voces desde el 99% que hablan de rebajar el “porcentaje” porque “se nos puede meter cualquiera” y es preferible que “sólo estemos los más militantes”. En Sol se grita “esta es nuestra plaza” contra los peregrinos que circulan por ella cuando el Papa visita Madrid en verano de 2011, convirtiendo de nuevo el espacio de cualquiera en un espacio propio, en una propiedad con un propietario.

Identidad y ficción, sustancia y acontecimiento, política literal y política literaria. No hay fórmula para inclinar de un lado la balanza definitivamente. Sólo podemos construir y reconstruir, contra los lugares en los que nos clava el destino y las razones que los justifican, la confianza en las capacidades de cualquiera para darse un cuerpo nuevo. Una y otra vez, una y otra vez.

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*Este texto se terminó de escribir en julio de 2012.


Algunas referencias:

Jacques Rancière, La lección de Althusser (Galerna, 1975)

-Los nombres de la historia (Nueva Visión, 1992)

-El desacuerdo (Nueva Visión, 1996)

-Política, policía, democracia. Santiago de Chile (Arces-Lom, 2006)

-Et tant pis pour las gens fatigués (Editions Amsterdam, 2009)

-Momentos políticos (Clave intelectual, 2011)

Joseph de Maistre, Consideraciones sobre Francia (Tecnos, 1990)

Charlotte Nordmann, Bourdieu/Rancière, la política entre sociología y filosofía (Nueva Visión, 2010)

Amador Fernández-Savater, “Una revolución de personas”, “La República del 99%” y otros textos sobre el 15-M en Público y eldiario.es

Santiago López Petit, “Desbordar las plazas. Una estrategia de objetivos”

Ángel Luis Lara, “Occupy Wall Street o la bendita metamorfosis” y otros textos sobre los movimientos de las plazas

Onda Precaria, “Abecedario sonoro IV. “Somos personas que hemos venido libre y voluntariamente…”

Revista de Espai en Blanc nº 5-6: La fuerza del anonimato (Bellaterra, 2009)

Máscaras, ficciones, nombres colectivos… reportaje sobre activismo y ficción, por Leónidas Martín Saura y Núria Campabadal

La imagen del 99%, mayday en Nueva York (2012), por Leónidas Martín Saura

 

Y, sobre todo, las conversaciones con los amigos del 15-M, especialmente en este caso Patricia, Carolina, Álvaro, Luis, Leo, Guillermo, Juan y Luisa. ¡Mil gracias!

Cientos de personas posan en la primera sesión del Photocall #25S

Hemos sacado el Photocall #25S a la calle por primera vez, y no veas cómo ha triunfado. Cientos de personas ante nuestras cámaras diciendo porqué van a ir a rodear el Congreso el próximo 25 de septiembre. Échale un vistazo a la galería de fotos, te va a gustar.
Atención: Si al mirar estas fotografías sientes que te has perdido algo grande, que tú también deberías aparecer posando ahí, no desesperes, estás de suerte. Hemos decidido seguir sacando el Photocall a la calle hasta que el gobierno dimita en pleno.

El 25S y la oreja del burro

Autor: Leónidas Martín Saura

La primera vez que leí algo sobre el 25S fue una proclama publicada en Facebook titulada Ocupa el Congreso. La firmaba una tal Plataforma ¡En pie!, y recuerdo que no me gustó mucho. Demasiado tendenciosa para mi gusto. Me costó verme reflejado entre tanta consigna ideológica y tanto programa político. En vez de Ocupar el Congreso, yo le hubiese llamado algo así como Desocupar el Congreso, ¿o acaso hay alguien interesado en entrar ahí y tomar el Poder? Yo no. Lo que yo quiero es arrancárselo de las manos a aquellos que lo tienen atrapado y liberarlo, dejarlo suelto por ahí, sin dueño. Para que sea de todos.
Sin embargo, aún siendo esta mi postura, no dudé ni un segundo en darle al botón de Participar.

Provocar la dimisión del Gobierno para iniciar un nuevo proceso constituyente, me pareció un desafío tan atractivo, tan acertado, que vaciaba de sentido cualquier rencilla ideológica o estilística. Qué más da quién haya tenido la idea primero, ni cómo la ha expresado, lo importante es lo que hagamos con ella a partir de ahora. Entre todos.
En la sociedad-red, la chispa que incendia la llanura puede surgir de cualquier parte. Está demostrado. Lo vimos en el año 2004 cuando, tras el atentado de Al Qaeda en Madrid, un sms anónimo nos incitó a protestar contra las mentiras del PP; y también cuando un par de años después un mail nos invitó a sentarnos en las plazas de toda España para exigir la “vivienda digna para todos” que promete nuestra Constitución. El chispazo puede salir de la habitación de un adolescente, del escritorio de un oficinista, de una plataforma social, o de donde sea, eso es lo de menos. Lo que importa no es cómo ni dónde nace una idea, sino cómo crece.

Tras aquél primer manifiesto, lo siguiente que apareció sobre el 25S fue otro evento en Facebook. Éste sí que me gustó. Tan sólo habían transcurrido unas horas desde la publicación del primero y la cosa presentaba ya cambios considerables. En vez de ocupar el Congreso, esta nueva iniciativa llamaba a rodearlo: “El 25S rodeamos el Congreso hasta que dimitan. Punto.”, así de tajantes se mostraban en su comunicado, y respecto a la pregunta sobre la organización, esto es lo que respondían: “Si quieres saber quién organiza este evento no tienes más que mirarte al espejo. Somos gente corriente, gente como tú. Estamos en el paro, nos han quitado la paga, no llegamos a final de mes; los bancos nos han estafado y no podemos hacer frente a la hipoteca, ni al copago, ni al nuevo IVA; somos trabajadoras, estudiantes, autónomos, funcionarias; somos el 99%, los de abajo. Y estamos hartos. Punto.”
Preguntar quién es el que organiza un acontecimiento como el 25S, no tiene sentido. Como no lo tiene tampoco preguntar quién fue el autor del primer sms del 2004, o del mail aquél que originó el Movimiento por una vivienda digna. Alguien lo envió primero, de eso no cabe duda, pero, ¿acaso cambia algo saber quién fue? No. Como tampoco cambia nada saber quién fue el primero que plantó su tienda en la plaza del Sol, ni el que se inventó el hashtag #Spanishrevolution.
Preguntarse por esas cosas es no comprender nuestro presente.

Y sin embargo, lanzarnos a formar parte de algo que no está organizado, nos sigue dando miedo. Y es comprensible. Esta nueva condición política abre ante nosotros un paisaje social completamente desconocido. ¿Sabes qué decía mi abuelo?, “a burro desconocido, mejor no le toques la oreja”, eso decía. Quizá por eso, todo lo relacionado con el 25S se tiñó de miedo durante las primeras semanas. Este sentimiento llegó a impregnarlo todo: las redes sociales, las asambleas populares… “¿Quién está detrás de todo esto?”, se preguntaba la gente. Algunos, los más temerosos, creyeron ver allí el fantasma de la extrema derecha; otros, algunas asambleas, decidieron desvincularse del acontecimiento, precisamente por ser incapaces de dar respuesta a esta cuestión. La cuestión del nombre.

Seguimos negándonos a aceptar que un acontecimiento pueda suceder sin que que nadie lo organice. Y eso a pesar de que los hechos no hacen más que demostrarnos lo contrario. Todavía pensamos que para cambiar las cosas tenemos que ser alguien, por eso nos ponemos nombres. Sin embargo, si uno observa con detenimiento los nombres que hemos ido adquiriendo en los últimos años, nos daremos cuenta de que son muy distintos a los que representaban a las organizaciones políticas del pasado. La Unión General de Trabajadores definía claramente quién entraba ahí y quién no: si no eras trabajador, te quedabas fuera, así de sencillo. Hoy la cosa se complica: Indignados, 15M, 99%, son nombres demasiado genéricos como para representar a alguien en particular (un indignado puede ser todo aquél que se indigna). Es difícil dar con los límites de su propia pertenencia. De hecho, estos apelativos a mi me parecen más bien máscaras, caretas que cualquiera puede usar para irrumpir públicamente. El 25S es el ejemplo más reciente de esta cadena: no responde tanto una organización o a una identidad, sino a una manera de hacernos visibles. ¿Quiénes?, muy fácil: todo el que quiera.

Hace una semana, tras unas cuantas deliberaciones, la asambleas que antes se habían mostrado reacias a participar en este acontecimiento, cambiaron de opinión. Lo hicieron tras resolver las dudas acerca de la organización del 25S, que ahora pasaba a estar en manos de la Coordinadora 25S, una plataforma social creada por esas mismas asambleas.
Bien, ningún problema. Si la creación de otra coordinadora ayuda a mucha gente a acudir al acontecimiento 25S y hacerlo realidad, pues adelante. No seré yo quien ponga palos a esa rueda. Sin embargo, creo conveniente recalcar el hecho de que el 25S es y será un acontecimiento anónimo.
Mal nos iría si ahora nos creyésemos a pie juntillas eso de que lo organiza la Plataforma 25S. ¿De verdad crees que una propuesta como la de rodear el Congreso saldría adelante si no existiese un clima propicio para ello? Además, imagínate que el Poder pudiese identificar a un claro organizador de algo tan fuerte como la dimisión de un Gobierno, eso sería fatal. Un desafío social tan potente sólo puede funcionar si permanecemos en un espacio abierto, inclusivo. Un espacio donde cualquiera pueda sentirse interpelado.

A menos de un mes del 25S, y ya con todas las dudas disipadas, las propuestas para ese día se han multiplicado por mil. Una de las que ha acaparado mayor atención ha sido Marea Destituyente: “Ciudadanos anónimos como tú que estamos hartos de la situación actual”, así se definen en su web. Las grandes diferencias entre las propuestas aparecidas recientemente, evidencia el hecho de que el 25S no es una estructura organizativa; ni tampoco un movimiento social. El 25S, como el 15M, como Occupy, es más bien una especie de viento que atraviesa la sociedad, y a su paso cambia de nombre y sorprende a cada cuál en un lugar distinto. Precisamente eso, su condición anónima y deslocalizada, es lo que le otorga capacidad para hacer cosas inimaginables, como derrocar un Gobierno. También es lo que le ha permitido sobrevivir a la manipulación mediática y a los chantajes políticos hasta ahora.

El objetivo del 25S es grande: forzar la dimisión del Gobierno y escribir después una nueva Constitución. Eso requiere organización. Todo sistema social la requiere. Lo que yo propongo es que no nos apresuremos, que vayamos con calma, no vaya a ser que por culpa de las prisas elijamos un modelo de organización que no responda a nuestro presente, uno de esos basados en la identidad y la pertenencia que tanto daño causaron en el pasado. Quedarse con lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse vivo pero no vivir. Tomémonos, pues, todo el tiempo que sea necesario hasta dar con un modelo de organización capaz de interpelar a cualquiera. Los ingredientes los tenemos, los hemos empleado mil veces en las plazas: respeto, horizontalidad, inteligencia colectiva, creatividad y capacidad de sorprender. Ahora sólo nos falta inventar la receta.
Algo me dice que al final, vamos a tener que tocarle la oreja al burro ese que decía mi abuelo.

15M: los desahucios no son números, tienen cara y ojos (acción del TAF! y la PAH)

El 15 de mayo (15M) el TAF! se unió al llamamiento de acciones descentralizadas para celebrar el aniversario del 15M. Y qué más descentralización para nosotras que la de irnos a Terrassa, ¡a 30 km de Barcelona! ;-)

La PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) de Terrassa nos invitó a realizar una intervención conjunta,  tomar las fotos de los afectados, las mismas que ya habíamos utilizado en aquella intervención en la plaza del MACBA, y pegarlas esta vez en el lugar donde siempre quisimos pegarlas: en la fachada de los bancos responasables de los desahucios. Este fue siempre nuestro objetivo principal, desde el principio del taller, y al final lo hemos logrado. Los protagonistas de las fotos (afectados todos), con el apoyo de la PAH, han dejado su propio retrato en las cristales de las entidades responsables de sus miserias. Los afectados encarándose a los bancos, literalmente.

En el plano artístico, hemos de decir que esta acción resultó ser un poco más caótica que la anterior, pero no nos importa. La intervención en sí misma, cobra mucho más sentido cuando el espacio elegido está directamente relacionado con el conflicto social retratado en las fotografías. Y ahí sí que hilamos fino.

Con esta intervención pusimos caras (literalmente hablando) a aquellos que los bancos consideran números, a las personas que no pueden hacer frente a las deudas. Todas esas familias que los bancos hipotecaron en pleno auge de la burbuja inmobiliaria y que ahora quieren condenar a la miseria, privándoles de sus casas y manteniendo sus deudas de por vida.
¡Pues va a ser que no!

AVISO:
Nuestras intervenciones no son tan colosales como las que realizan los bancos ;-) pero son, sin duda, mucho más populares.
Nuestra tarea principal es la de buscar modos de intervención capaces de afectar a la realidad de manera creativa. Y creo que poco a poco lo vamos consiguiendo.
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Terrassa, 15 de Mayo de 2012.

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Aquí podéis ver más fotos:

Fiesta Cierra-Bankia

¡Que empiecen los recortes a los bancos!

En el 2012 Bankia se declara en bancarrota y, acto seguido, le pide al Gobierno de España 23000 millones de euros. El Gobierno acepta y esa misma semana recorta 20.000 millones en Sanidad y Educación. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que eso que llaman crisis era, en realidad, una estafa. No veas el cabreo que nos entró. Por eso organizamos esta fiesta, porque no hay nada como una fiesta para quitarse el cabreo.

Invitamos a un montón de gente, nos pusimos nuestras mejores galas y fuimos hasta la sucursal de Bankia más cercana. Allí esperamos escondidos hasta que una cliente llegó y cerró su cuenta. En ese momento aparecimos por sorpresa y lo celebramos por todo lo alto. Música, cava a raudales, confetti… La ya ex-cliente acabó saliendo en volandas por la puerta, no se lo podía creer. De esto hicimos un video y lo publicamos en internet. En menos de 24 horas tuvo más de 250000 visitas. «Cierra Bankia» lo llamamos, y exactamente eso es lo que empezó a hacer mucha gente: cerrar sus cuentas en Bankia. Algunos con fiesta incluida.

Una semana en Mordor

Por: Leónidas Martín

15M: Cuando las cabezas no saben qué hacer, hay que recurrir a los cuerpos.(Gandalf)

Todo empezó la semana pasada, el mismo día que el 15M celebraba su primer aniversario. De buenas a primeras, un grupo variado de hobbits indignados abandonamos el campamento de plaza Cataluña -llámale Hobbitón si quieres-, y nos dirigimos hacia Mordor, las dos torres negras de La Caixa situadas en la avenida Diagonal de Barcelona. La travesía por la Tierra media de la clase media, fue larga y ardua, no pocos peligros nos asaltaron.
Lo primero que hicimos al llegar a las puertas de Mordor, fue organizar un juicio; un juicio popular contra la banca. Se le acusaba de estafar a la gente corriente, hobbits de a pie, como tú y como yo, de expulsarles de sus casas, de dejarles sin trabajo y sin futuro. Varios fueron los testimonios presentados: un jubilado que sufre corralito, un estudiante de la universidad pública que para seguir estudiando ha pedido un crédito, cuatro miembros de una familia que desde hace un mes no tienen donde caerse muertos… ¿El veredicto? Culpable. Muy culpable. ¿Y la pena? Cacerolazo a la banca. Ruido día y noche sin cesar, hasta que el ojo del Mal quede definitivamente sellado. ¡Occupy Mordor! Nos quedamos aquí, pues.

16M: El coraje se encuentra en sitios insólitos. (Gandalf)

¿Que cómo es Mordor? Mordor es oscuro, tenebroso, da muy mal rollo. No hay término élfico, en lengua Ent o de los hombres para describir este horror. Estar allí, a los pies de La Caixa, armado tan sólo con una cacerola, no es algo que uno elegiría como fiesta de cumpleaños, te lo aseguro. En esas dos torres habitan las fuerzas del Mal, los agentes financieros que nos han traído esta crisis. Esta estafa. Los hobbits que han dormido aquí aseguran que nunca antes habían habitado lugar tan inhóspito. Toda la noche la han pasado rodeados de Orcos d´Escuadra, vigilados por el ojo incansable de Nazgul, el helicóptero de Sauron.
Con los primeros rayos de sol, a eso de las 8 de la mañana, han llegado refuerzos y avituallamiento: agua y alimentos, sacos de dormir, paraguas y también cacerolas. Eso ha sido lo mejor: las cacerolas, que no han dejado de sonar desde ese momento hasta bien entrada la noche. Toda la mañana, toda la tarde, cientos y cientos de personas haciendo ruido contra la banca.
Hermano, acércate, este sitio empieza a no ser tan terrorífico.

17M: No habrá amanecer para los hombres. (Saruman)

Saurón no se ha quedado de brazos cruzados, claro, ¿cómo iba a tolerar que un puñado de hobbits, seres insignificantes, acampásemos a nuestras anchas en pleno corazón de Mordor? Hoy, a eso de las cinco de la madrugada, en el momento más oscuro de la noche, los Orcos d´Escuadra han desmontado el campamento.
No ha habido detenidos. Frodo, Sam, todos seguimos aquí; y las cacerolas siguen sonando más fuerte que nunca, y también las farolas, los semáforos, las barandillas…, por arte de magia todo metal es ahora ruido, «la fuerza del metal», dice Aragorn.
Aparecen las primeras pancartas: «Ladrones», «Culpables», «Rescatad a las personas y no a los bancos». La comunidad de la cacerola lejos de verse debilitada por el desalojo, se ha multiplicado por dos. Son las ocho de la tarde, formamos un corrillo y empieza la asamblea, nuestro concilio particular. Miro a mi alrededor y estamos todos: hobbits, elfos, parados, estudiantes, ents, jubilados, trabajadores precarios, todos.
Me pregunto cómo acabará esto. A saber. «Ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos», me dijo una vez Gandarf.

18M: Donde la vista falla, la tierra puede traernos algún rumor. (Aragorn)

Nos despertamos con el sonido mortecino de un Smartphone. Ring, ring, riiiing… Línea directa con el infierno. A cada tono el suelo tiembla bajo nuestros pies. Alguien descuelga por fin:

-¿Quién es?
-Soy Saurón en cuerpo y sin alma.

Esto pinta mal, hermano, pero que muy mal.

-Escúchame bien, no lo pienso repetir dos veces. Todo aquél que publique algo, cualquier cosa, acerca del cacerolazo hobbit, conocerá el poder de Mordor en sus propias carnes. Retiraré mi publicidad de todo medio de comunicación que ose mencionar este suceso, ¿entendido?

¿Qué te pasa? ¿A qué viene esa cara? ¿Acaso creías que señalar a Mordor como responsable de nuestras miserias no iba a traer consecuencias? El poder de Sauron es grande, hermano, muy grande. Más de lo que piensas. CaixaBank es acreedor de unos medios de comunicación cada día más y más endeudados, y ahora ha llegado el momento de utilizar esa baza a su favor. Si alguno de ellos abre la boca, quebrará y nunca más volverá a levantar cabeza. Así de sencillo. ¿Qué harías tú si estuvieras en su pellejo? ¿Te arriesgarías?
Silencio absoluto. Que nadie abra la boca. Los hobbits y su cacerolas no existen.
Pero, sin embargo, todo el mundo nos ve. Los habitantes de Facebook, los de Twitter, y los miles y miles de coches que pasan por la Diagonal cada día.
Por la noche, durante el concilio, un elfo alto y rubio tiene una idea genial: «No cortemos el tráfico. Dejemos circular a los coches. Cuantos más coches pasen, más gente sabrá lo que aquí está sucediendo. Convirtámoslos en nuestro medio de comunicación.».
Dicho y hecho. ¡Qué listos son los Elfos!

19M: No todo lo que es oro reluce, ni toda la gente errante anda perdida. (Aragorn)

«Si a ti también te roban, toca el pito», esa pancarta fue lo primero que vi al día siguiente, y lo segundo, cientos de coches pitando sin parar. Si el ruido de las cacerolas era estrepitoso, las cacerolas más los pitidos, ni te cuento. Te juro que por un momento pensé que se iban a derrumbar todos los paraísos fiscales del mundo. Clank-clank-clank. Piii-piii-piii. ¡Tiembla Mordor, tiembla!
Por si fuera poco, el jefe de prensa de Artur Mas (un orco de los de antes), había enviado un tweet en el que tildaba de Fill de puta a todos los hobbits que andaban manifestándose a los pies de Mordor. Pocos minutos después borró el mensaje de su cuenta, pero ya era demasiado tarde, todos lo habíamos leído. Te puedes imaginar la reacción: los pitidos se multiplicaron por cien. Mordor se convirtió en un auténtico Pitódromo, ¡Piii-Piii-Piii-Piiiiiiiiiiii…!
A La Caixa le traen sin cuidado Mas y sus orcos, para ella son sólo criaturas que sirven como soldados, poco más. Lo que a la Caixa le mantenía intranquila de verdad, era algo que por entonces los hobbits todavía desconocíamos. En apenas tres días, el martes 22 de mayo, se iba a celebrar en sus torres negras la reunión anual del consejo de administración, un auténtico concilio del Mal, y eso, por supuesto, no podía coincidir con nuestro cacerolazo.
Al enterarme salté de alegría, ¡menudo regalo nos brindaba el enemigo!, y es que como bien dijo Gandarlf: «la magia nunca llega tarde, tampoco temprano. La magia llega cuando llega el momento». Y parecía que nuestro momento estaba a punto de llegar, tan sólo teníamos que aguantar hasta el martes, tres días nada más. Suena fácil, lo sé, pero no te lleves a engaño, todavía faltaba resistir a un domingo entero, y eso siempre causa muchas bajas.

20M: Que las estrellas brillen para ti hasta el final del camino. (Gildor)

Domingo y además nublado. Misión imposible. Cuando salí del metro esperaba ver un grupo muy reducido de hobbits, los más tenaces, y juntos a ellos unos pocos elfos de esos todoterreno, nada más. Pero no fue así. Para mi sorpresa y la de mis compañeros, tras seis días de cacerolazo seguidos, la comunidad de la cacerola se mantenía casi intacta. Además, si antes eran muchos los coches que pitaban a la banca cuando pasaban por Mordor, ahora eran prácticamente todos. Algunos incluso traían preparada la cacerola de casa y al pasar por las torres negras bajaban sus ventanillas y la golpeaban con fuerza, «¡banqueros a la cárcel!».
La prensa continuaba sin decir ni mu y, sin embargo, aquí seguíamos nosotros, más vivos que nunca. «Ya casi lo hemos logrado», me repetía una y otra vez mientras golpeaba mi cacerola con fuerza. El martes está a la vuelta de la esquina y todo el sector de la enseñanaza saldrá a manifestarse por las calles. Está confirmado: guarderías, colegios, institutos y universidad, en huelga contra los recortes. Si conseguimos que vengan hasta Mordor y que hagan ruido con nosotros, tumbaremos estas jodidas torres.
A eso de las nueve, las cacerolas dejaron de sonar. Los pitidos en cambio no cesaron en toda la noche.

21M: ¡Mi tesoro! (Golum)

Hoy todo el mundo habla de mañana. Mañana es el gran día. Mañana.
Una hobbit muy simpática se ha fabricado un sello y está imprimiendo #lacaixaesmordor en cientos de billetes. Parece como si ya nadie tuviera miedo de estar aquí, como si nos hubiésemos olvidado de que estamos en Mordor, ese lugar que hace tan sólo una semana tanto nos atemorizaba. El abuelo del corralito cuyo testimonio escuchamos el primer día, sonríe ahora como un niño a punto de comerse su pastel preferido. Y el estudiante endeudado también. Todos sabemos que la batalla por la Tierra Media no ha hecho más que comenzar, y que muchos peligros nos acechan todavía (todos los cuentos buenos vienen siempre cargados de oscuridad y peligro), pero nadie quiere hablar de eso ahora.
Hemos llegado lejos, mucho más lejos de lo que imaginamos cuando echamos a caminar y dejamos atrás la plaza Cataluña. Nos merecemos celebrarlo, eso es lo único que importa hoy.
Un montón de cosas extrañas me esperan en los lindes del bosque capitalista. Cosas buenas y malas, lo sé; algo dentro de mi me llama a descubrirlas, y ya no hay vuelta atrás. A todos los que me han acompañado esta semana en Mordor, les digo lo mismo que Frodo le dijo a Sam al final del camino: «Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas».

22M: Sólo atravesando la noche se llega a la mañana. (J.R.R. Tolkien)

Hasta la persona mas pequeña puede cambiar el curso del futuro. Esa es la lección principal del Señor de los Anillos.

¡Vamos!

12M: ¡Los Reflectantes en acción! (fotos)

Fueron tomadas durante la manifestación del 12M en Barcelona, mientras los Reflectantes reflejaban todos y cada uno de los males que encontraban a su paso; todos y cada uno de los causantes de esta estafa que llaman crisis: bancos, empresas transnacionales, gobiernos…
Su grito de guerra favorito: “¡La crisis rebota, rebota y en su culo explota!”. Y es que, así va a ser, para eso han nacido los Reflectantes, para reflejar el Mal contra sí mismo.



¡El 12M únete a los Reflectantes! (taller preparatorio 5 mayo)

El 12M únete a los Reflectantes.

Los talleres post-jornadas Cómo acabar con el Mal han entrado en la recta final. Este sábado 5 de mayo presentaremos las diversas herramientas producidas hasta el momento: trajes fantásticos, Rayos reflectantes, Infalibles inflables, y los globos realizados por el TAF! (Taller de Acción Fotográfica). Ese día también definiremos entre todos las tácticas que emplearemos el 12M. Como ves, el objetivo de este taller es que todo aquél que lo desee pueda apuntarse y formar parte de los Reflectantes. Así que si te gusta la idea y sientes la llamada del rayo, si quieres defender tus derechos y enfrentarte a la crisis con creatividad, no te lo pienses más y ven este sábado a Can Batllò (C/ Constitución 19. Sants), ¡te vas deslumbrar!

Día: Sábado 05 de Mayo
Lugar: Can Batlló
Dirección: Carrer de la Constitución 19, Barrio de Sants.
Mapa: Pincha aquí.
Horario y contenidos:
10:30h – 11.45 Puesta a punto de las herrmientas.
12:00 – 14.15h Presentación pública de las herremientas. Usos y tácticas. Formación de los grupos
14.30h: Comida popular (5€).
15.30 – 17:45h Dinámicas de grupo y sesión de pruebas con las herramientas.
18h-19h: Puesta en común y debate sobre estrategias creativas para el 12-15M.

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Más cosas, los materiales básicos para estas acciones ya están disponibles gracias a Enmedio y la aportación de muchos participantes. No obstante, todo aquello que puedas traer será bienvenido. Aquí va una lista de materiales necesarios.
Cartones grandes. / Cintas Adhesivas de todo tipo. / Llantas de bici. / Tablones finos de madera. / Telas de todo tipo (sábanas de cama, etc.) / Cuerda. / Alambre. / Pintura de todo tipo (plástica, spray, etc.) / Colas y pegamento. / Papeles grandes. / Grapadora y grapas. / Tubos de cartón. / Papel de aluminio. / Todo tipo de cosas plateadas. / Globos grandes.

Fotos del taller pasado:

Si quieres aprender cómo se hace un inflable, mira este vídeo-tutorial y/o bájate este PDF con las instrucciones.

Nada más por el momento, nos vemos el sábado, ¡pásalo!

Reflectantes

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I’ll be your mirror / reflect what you are / in case you don’t know.
The Velvet Underground

Antes de nada, una advertencia: ni los Reflectantes somos superhéroes invencibles, ni nuestro enemigo es ningún supervillano llegado de un planeta raro y lejano. Nada de eso. Los Reflectantes somos gente corriente, personas de la calle como tú y como aquél, como el 99% de la población. Y nuestros enemigos, por mucho que se parezcan a Fu Manchú, y por muchas ansias de dominar el mundo que tengan, son en realidad de carne y hueso. Se les puede vencer.

Por otra parte, superpoderes, lo que se dice superpoderes, tampoco tenemos. No volamos, no tenemos fuerza sobrehumana, somos vulnerables; no hemos mutado a causa de ningún experimento accidentado, ni movemos cosas con la mente; la injusticia, el miedo y el dolor nos afectan igual que a ti.

Lo único que tenemos un poco fuera de lo normal es un traje brillante que nos hemos hecho con papel de aluminio, y un par de herramientas curiosas: el Rayo reflectante y el Infalible inflable. Nada de otro mundo, cosas bien sencillas que tú mismo te puedes fabricar en casa sin mucho esfuerzo, porque de eso va todo esto, de que cualquiera se convierta en Reflectante cuando le llegue la hora, cuando ya no pueda más, se indigne y diga: «¡Basta! Hasta aquí hemos llegado».

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Y es que los Reflectantes, más que un grupo son una técnica creativa que cualquiera puede aplicar. Es muy sencilla, verás, consiste simplemente en reflejar el capitalismo tal y como es, sin trampa ni cartón. Un ejemplo: la crisis económica. Han sido ustedes muy amables por traérmela, pero siento decirles que se han confundido de destinatario, la crisis no es mía, así que la reflejo y se la devuelvo. Muchas gracias. Otro ejemplo: la violencia. Voy a una manifestación y la policía me dispara pelotas de goma, gases lacrimógenos, y me graba con sus cámaras buscando en mí algún culpable de la crisis. Lo dicho, muchas gracias señores pero se confunden ustedes, la violencia viene de su lado, no del mío, y aquí están los reflejos de mi rayo reflectante para demostrárselo.

En este sentido, los Reflectantes somos como una especie de Deus ex machina, un elemento extraño e incoherente que surge en el escenario y resuelve la historia de golpe, rompiendo su lógica interna, como ese oportuno eclipse de las películas que aparece cuando nadie se lo espera y permite la huída del héroe.

Cuando el guión del mercado dice resignación y dolor, cuando dice paro, recesión y pobreza; cuando ante las protestas sociales los gobiernos responden con represión y prohibiciones, y cuando las personas pierden sus trabajos y sus casas para que los bancos no sufran, entonces… ¡rebota, rebota y en su culo explota! Aquí llegan los Reflectantes dispuestos a reflejar el Mal contra sí mismo.

Si quieres saber de verdad cómo actúan los Reflectantes y sus dos herramientas, no te pierdas este vídeo. Te va a gustar.