Autor: Leónidas Martín Saura (Leodecerca)
No es posible poner puertas al campo de la comunicación horizontal interactiva. El genio de la comunicación ya ha salido de la botella del control de los medios y la red se ha convertido en una forma común que tiende a definir nuestra manera de entender el mundo y de actuar dentro de él.
En esa red que hoy es nuestro mundo, las prácticas artísticas tienen un enorme poder de organización social en la medida en que los procesos de socialización y subjetivación dependen de su eficacia para generar procesos de identificación, de inscripción en contextos de comunidad. Lo que está más en juego en las nuevas sociedades del capitalismo avanzado es el proceso mediante el que se va a decidir cuáles son, y cuáles van a ser, los mecanismos y aparatos de subjetivación y socialización que se van a constituir en hegemónicos; cuáles los dispositivos y maquinarias abstractas y molares mediante las que se va a articular la inscripción social de los sujetos, los agenciamientos efectivos mediante los que nos aventuraremos de ahora en adelante al proceso de convertirnos en ciudadanos, miembros de un cuerpo social.
Estamos ante una forma de producción colectiva, socialmente conectada, en la que el trabajo de cada uno de nosotros se produce en colaboración con otros muchos, innumerables. Esa conectividad y la reproducibilidad técnica, ahora ya extendida e infinita, destruyen el carácter privado del objeto artístico.
El arte es, antes que nada, una relación social, y la creación artística es, hoy más que nunca, la producción de la vida social.
El aspecto central de la producción artística contemporánea se extrae de la estrecha relación que ésta comparte con la comunicación y los procesos de colaboración e interaccion que suscita.
Al mismo tiempo, y por otro lado, no debemos olvidarnos de que las modalidades de la actividad creativa anexas a la producción centrarán buena parte del futuro ejercicio artístico y representan, de hecho, la absorción plena de las prácticas culturales y estéticas por parte de las industrias del ocio y el entretenimiento; ello supone una total impostación de su sentido y significado, del sentido y significado que hasta ahora les hemos atribuido, e incluso su debilitamiento creciente como instrumentos de una acción crítica capaz de implementar nuestras expectativas de aumentar los grados de libertad y justicia social, o los de autenticidad en los modos de la comunicación y la experiencia.
Nadie puede negar que el valor estético hoy se convierte en uno de los elementos fundamentales y estimuladores del deseo de producción y del deseo de consumir; toda la producción audiovisual comercial, la publicidad y sus finalidades, son los ejemplos propios de la integración de los dispositivos de la creación en la producción; aún así, gran parte de ese mundo conocido como mundo-del-arte continúa parapetado tras la fórmula de la «excepción cultural», la que presupone una diferencia cualitativa entre trabajo industrial y trabajo artístico; esto es, entre trabajo y arte, y ello aunque haga ya más de un siglo que sabemos que la creación artística, la producción cultural en general, entendida desde ese punto de vista, está subordinada a la producción económica. Mantener tal posición intelectual en nuestros días, en los que las prácticas artísticas tienden a convertirse, como decimos, en uno de los modelos hegemónicos de la producción de la riqueza, es, cuando menos, hipócrita y significa aceptar las estrategias de dominación que impone el capitalismo tardío.
Hoy el arte, como la producción en general, se han transformado en uno solo con la vida: para lo bueno y para la malo. Así es, y desde esta unívoca perspectiva debemos afrontarlo si queremos que el arte tenga una función distinta de la meramente económica.
Resistiendo ante esta realidad, y en relación a los procesos de construcción de la experiencia, a los procesos de subjetivación y socialización, es cuando las prácticas culturales adquieren una nueva responsabilidad de enorme alcance político. Su capacidad para lograr establecer imaginarios posibles e interponer mecanismos y dispositivos que permitan agenciar modalidades críticas en los procesos de construcción de la subjetividad, en los procesos de socialización e individualización, de producción de sujeto y comunidad, mediante sus prácticas artísticas.
Estamos interesados, pues, en desarrollar aquella capacidad política que, mediante la autoproducción de modelos, proporcione nuevas narrativas o nuevos dispositivos intensivos de experiencia e identificación que puedan servir de instrumentos eficaces a la hora de construir procesos de producción de individualidad y comunidad. La respuesta a todos estos nuevos retos, y la manera de interpretarlos, juzgarlos y criticarlos reposa, a partir de ahora, únicamente en la efectividad de su quehacer.
La producción de ideas, imágenes y conocimientos no sólo se efectúa en común -nadie piensa a solas en realidad, todo pensamiento se produce en colaboración con los pensamientos pasados y presentes de otros-, sino que además cada idea o imagen nueva invita y se abre a nuevas colaboraciones. Hoy el arte adquiere un carácter no mensurable, de ahí su tendencia a ser común y compartido; de ahí también se extraen los estilos de vida, las sociedades conectadas bajo intereses y afinidades concretas. Lo que quizá toca ahora preguntarnos es: ¿existe la posibilidad de componer un espacio común en las sociedades conectadas aglutinadas bajo intereses y afinidades concretas?, ¿hay un lugar donde todas esas sociedades conectadas, con sus propias formas, estilos y modos de vida, puedan desarrollar una expresividad común?, o, dicho de otra manera, ¿es posible construir un imaginario común desde esta red de individualidades? Si algo así es posible, sólo las prácticas culturales y, muy especialmente las artísticas, las que están directamente relacionadas con la producción de imagen, de símbolo, de signo, podrían ser capaces de lograrlo; en ellas, y en su capacidad contemporánea de representar el mundo desde una mirada fragmentada y en conexión, recae ahora toda la responsabilidad de un proyecto de este calibre. Ésa, sin duda, es la función que el arte debe comenzar a desarrollar en estas sociedades conectadas, donde se da una mezcla de géneros de información tal que la percepción se unifica en torno a una secuencia de imágenes en la que la virtualidad pasa a ser la realidad, al menos mental, en la que vivimos. De ese conjunto plano e indiferenciado de imágenes, sonidos y textos, extractamos lo que nos concierne o nos impacta en función de quiénes somos y en qué pensamos en cada momento. Al construir nuestro hipertexto con el conjunto de mensajes e imágenes disponibles, creamos un mundo propio que no siempre es comunicable a los demás. Mi hipertexto no es el hipertexto mediático. Y como no hay hipertextos fuera de mi, el gran tema de un mundo saturado de comunicación es la ausencia de códigos comunes de comunicación, lo que puede conducir al autismo de significados. Organizar una respuesta ante tal panorama es, a nuestro parecer, la función del arte en las sociedades conectadas.
La creación, el arte, no es sino la universalidad de las necesidades individuales, las capacidades, los placeres, las fuerzas productivas, etc, creadas a través del intercambio universal. Hoy vivimos un tiempo en el que comenzamos a intuir los frutos de todo ese intercambio. La utilización artística y social de la tecnología por parte de las personas hace posible, hoy más que nunca, la realización absoluta de sus capacidades creadoras.




