Escritos

Hamburgo-G20: La vida en estado de emergencia

Por: Leonidas Martín

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No es el primer estado de emergencia que vivo. Tampoco será el último. Un estado de emergencia muestra siempre el mundo tal y como es; sus límites aparecen entonces tan claros que casi los puedes tocar con los dedos. Aterricé en el aeropuerto de Hamburgo en mitad de un aguacero y lo primero que vi fue un grupo de jóvenes vestidos de negro con bengalas amarillas en la mano. Parecía una procesión de luciérnagas tratando de orientarse entre la lluvia. Les pregunté a dónde debía dirigirme: «Arrivati park», me dijeron. Y allí que me fui. Por la ventanilla del autobús me sorprendió ver la cantidad de furgonetas de policía que nos custodiaban. Las había de todos los colores: azules y blancas de la región de Hamburgo, verdes de Baviera, e incluso grises llegadas desde Austria a modo de refuerzo. También había tanques de agua, unos cincuenta tanques de agua, y helicópteros, varios helicópteros sobrevolando nuestras cabezas sin cesar. Lo que casi no había eran coches particulares. Más tarde me enteré de que muchas empresas habían concedido un par de días libres a sus trabajadores y que los medios de comunicación habían estado incentivando a la gente a salir de la ciudad. «Salgan, disfruten de unas mini vacaciones gracias al G20».

Arrivati park no es el verdadero nombre de este pequeño espacio verde situado en mitad del barrio de Sankt Pauli. Lo acaban de bautizar así unos vecinos de la zona en homenaje a los muchos inmigrantes africanos que llegan a esta ciudad desde Italia. Arrivati está a punto de ser el escenario de unos intensos enfrentamientos con la policía, pero eso yo todavía no lo sé. Lo que sé es que la gente aquí parece contenta, encontrarse siempre alegra. La chica alta y rubia que se encuentra sentada a mi lado mete la mano en su mochila impermeable, saca una bengala —otra bengala— y la enciende con un chisquero. Todos, al unísono, empezamos a hacer ruido con lo que tenemos más a mano: una cacerola, una señal de tráfico, cualquier cosa sirve de instrumento en esta disparatada orquesta. La imagen que forma el denso humo de color rosa abriéndose paso entre la lluvia al ritmo de nuestros improvisados tambores no deja lugar a dudas: lo que nos reúne aquí tiene más que ver con la mitología que con la ideología.

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Me levanto pronto por la mañana y salgo a recorrer la ciudad bajo la lluvia montado en la enorme bicicleta verde que me han prestado. El sillín está tan alto que tengo la sensación de estar deslizándome por el aire, como cuando uno sueña que puede volar pero todavía es demasiado novato como para hacerlo adecuadamente. Aparco la bici en la entrada del Gängeviertel, una manzana de edificios ocupados por artistas y activistas desde hace varios años. Aquí es donde Anja y yo impartiremos el taller Activismo ficción durante los próximos días. La idea del taller es sencilla, consiste en estudiar varias técnicas de ficción para aplicarlas después a las acciones y protestas contra el G20 programadas para estos días en Hamburgo. Despeinado y con las gafas de sol puestas a pesar de la lluvia, el chico que viene a abrirnos la puerta también parece deslizarse por el aire. Todo lo que lleva puesto le va grande: el abrigo, las zapatillas, incluso el pantalón corto de baloncesto. «Guten Morgen», le digo en voz alta para ver si logro hacerle aterrizar en la Tierra. Imposible, este chico no parece recibir ninguna señal del exterior. Para él, la realidad todavía no es la realidad.

La sala donde tiene lugar el taller está llena de pintura acrílica y pantallas de serigrafía. Por el aire circulan aromas difíciles de respirar, estamos en un ambiente tóxico pero no tanto como para morir. Empezamos. «Toda acción activista responde a un conflicto, de la misma manera que lo hace un relato», digo para romper el hielo, y acto seguido les suelto las primeras preguntas: «¿A qué conflicto nos enfrentamos estos días aquí? ¿Cómo vamos a tratarlo?» Tras un montón de buenas intervenciones señalando conflictos relacionados con el G20, uno destaca por encima de todos los demás: La Zona azul. Así es como las autoridades denominan al perímetro geográfico donde aplicarán, a partir de mañana, el estado de emergencia. Un área que abarca desde al aeropuerto hasta el último barrio de Hamburgo. En su interior queda prohibido prácticamente todo, desde circular por las calles a según qué horas hasta reunirse más de tres personas sin haber solicitado un permiso previo. «¿Zona azul? ¿Qué quieren decir con eso de “Zona azul”?», pregunta con sorna una chica morena de rasgos asiáticos que no ha dejado de tomar notas en su cuaderno de espiral durante toda la mañana. «¿Acaso nos están llamando pitufos?». Sus palabras son fuego y nosotros productos inflamables, se incendia la habitación: «¡Eso es! ¡Convirtámonos en pitufos!, ¡pitufeemos la Zona azul!» Que empiecen los preparativos, no hay tiempo que perder, tenemos que avisar a todo el mundo.

Al día siguiente, somos un buen número de pitufos. Llevamos una pancarta que dice «Gente azul contra la Zona azul». Todas las personas que nos cruzamos por el camino pillan el chiste a la primera. Todas menos la policía, claro, que, como es sabido, no acostumbra a pillar los chistes a la primera. Además, esta vez no se lo ponemos nada fácil, ya que cada vez que nos cruzamos con ellos por el camino escondemos las pancartas y cambiamos nuestros gritos de guerra por los de cumpleaños feliz. Puede sonar tonto, y quizá lo sea, pero así es como logramos atravesar un buen número de controles policiales y llegar hasta donde ningún otro grupo de manifestantes ha llegado: hasta el mismo Anfiteatro. Una de las enseñanzas de nuestro taller dice: «No vistas como un activista». Es una táctica que suele funcionar muy bien y hoy ha funcionado de maravilla. Los trajes de pitufo nos han abierto las puertas de este oscuro edifico de metal donde dentro de muy pocas horas tendrá lugar el encuentro del G20. En estas escalinatas es donde los mandatarios se harán su foto inaugural, por eso queríamos llegar hasta aquí, para adelantarnos y pitufear su imagen oficial. Y lo hemos conseguido.

Pro-Smurf demonstrators are seen at Saturday's "Grenzenlose Solidaritaet" ("unlimited solidarity") protest march in Hamburg, Germany.

Hay dos maneras de tomarse un estado de emergencia. Una es la de asustarse y salir a denunciarlo exigiendo el retorno de la normalidad. La otra es la de aprovechar su decreto para vivir de otra manera, para hacer todo lo que uno no puede hacer cuando impera la normalidad. La primera opción está cargada de miedo y de angustia, el miedo y la angustia que provoca siempre la esperanza. La segunda está cargada de una forma singular de libertad. Estos días en Hamburgo siento que en lugar de vientre tengo un tambor de guerra y que mi cuerpo es un proyectil moviéndose por el espacio a toda velocidad. Estoy más cerca del sol que de la tierra. Hago amistades que en otras circunstancias no haría y a cada instante encuentro posibilidades de actuación que hace tiempo daba por muertas. Es como si durante un estado de emergencia uno alcanzase a vivir con más intensidad. Como si fuese entonces, y sólo entonces, cuando uno pudiera percibir toda la inteligencia, toda la sensibilidad y toda la determinación de aquellos que le rodean. Lo dicen todos los supervivientes de una catástrofe: la cercanía a la muerte te da ganas de vivir.

Me despierto con pedazos de confeti en la boca y un fuerte dolor de cabeza. En el espejo compruebo que el hechizo continúa, todavía queda algo de pitufo en mí. Los restos de pintura azul diseminados por todo mi cuerpo y los pinchazos que siento en las plantas de los pies hablan de una noche larga y llena de diversión. Una rave improvisada y salvaje, de esas que nadie sabe cómo empiezan ni cómo van a terminar, es algo que no sucede todos los días. Si además es una rave con más de 20.000 personas dando saltos como locos, mejor será que la aproveches hasta que no te tengas en pie, pues algo así no se repite muchas veces en la vida. Apuesto lo que quieras a que esta fiesta no la viste en la tele. Un encuentro así no pasa por la tele, ni por el flujo continuo de imágenes y comentarios que es tu muro de Facebook. Allí no hay encuentros, allí estamos todos apretujados y solos, como en un centro comercial. Para presenciar un encuentro como el de anoche en Hamburgo tienes que desplazarte hasta el lugar donde acontece. No hay otra manera. Únicamente así, estando, es como puedes notar la fuerza que noté yo anoche, una fuerza que puede con todo, incluso con esta resaca.

Me arrastro hasta el campamento de Altona para desayunar. Un niño de pelo corto y camisa azul de cuadros mira con atención el reloj de la iglesia. Sus ojos, absortos en las finas manillas del reloj, recorren la circunferencia numérica al completo. El tiempo se va, y eso le fascina. Un policía se le acerca y le dice que no puede permanecer ahí parado, que se mueva. El niño levanta la cabeza del reloj y clava sus ojos en la cara redonda del policía. De alguna manera existe un vínculo entre esa cara redonda y el reloj de la iglesia, una relación secreta que el chico acaba de descubrir. Mientras me tomo un té con leche y un bretzel, un hombre de unos cincuenta años procedente de Tesaloniki toma la palabra en la asamblea improvisada que se acaba de formar aquí. Tiene el pelo canoso y lleva puesta una camisa azul clara remangada hasta los codos. Dice que llegó a Hamburgo hace un año y medio, sus palabras son las palabras de la frustración. «Grecia está sufriendo una depresión social», dice con un tono de voz firme y, a continuación, nos explica que la depresión social es mucho peor que la personal: «en la personal, al menos, los amigos pueden echarte una mano». El triunfo de Syriza significó para él la culminación de una derrota. «Antes de las elecciones teníamos el resorte de la protesta. En las calles no estábamos tan solos como lo estuvimos después, cuando los nuestros ganaron las elecciones». Al parecer, en Grecia ya nadie tiene fuerza para nada. Lo único que uno puede hacer hoy allí es esperar. «Esperar a las próximas elecciones, esperar a que alcancemos una mayoría más grande, esperar a que hagan efecto las reformas». La depresión social comienza cuando comprendes que la espera no terminará jamás.

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Estos días en Hamburgo es distinto; aquí nadie espera nada. En un estado de emergencia es absurdo esperar. En un estado de emergencia ni se espera ni se tiene esperanza, en un estado de emergencia se ve el mundo tal cual es, eso es todo. ¿Y sabes cómo es? El mundo es un cristal roto en pedazos. Los pedazos somos nosotros, todos nosotros, los que estamos hoy aquí en Hamburgo y los que te cruzarás mañana en la calle camino del trabajo —que somos los mismos en realidad—. La experiencia de cada uno de nosotros aquí es la misma que tenemos habitualmente en cualquier otro lugar. También aquí somos singularidades con un sentido propio e intransferible. La diferencia es que aquí estamos en una situación de excepción, y eso lo cambia todo. Porque la excepción es, precisamente, el momento donde las singularidades se pueden encontrar. Sucedió en el 15M y también en Occupy: la plaza supuso un corte excepcional en el circuito cerrado de consumo y producción que es hoy la vida de cualquiera. Ese corte fue lo que permitió que nos hablásemos y, lo que es más importante: que juntásemos nuestros cuerpos sin más objetivo que el de estar juntos. No es nada fácil que algo así suceda, pero en Hamburgo ha vuelto a suceder.

Me acerco a echar un ojo a la manifestación convocada por el «Bloque negro». Welcome to Hell, se llama, y no es un chiste. De camino, el color azul y rojo de las sirenas reflejado en los cristales de las casas y en los charcos de agua parece presagiar un oscuro desenlace. Cuando llego, la policía ya está cargando con los tanques de agua y los gases lacrimógenos contra las más de 30.000 personas allí reunidas. Los cinco miembros de una familia acurrucados en la acera observan el espectáculo con la boca abierta. No pueden creer que algo así esté sucediendo en su ciudad. De entre los manifestantes, los más jóvenes se defienden lanzando botellas contra los tanques de agua. Las botellas estallan en mil pedazos como si chocasen con los límites del mundo. La gente corre despavorida por el puerto, el sol tiñe de dorado las grúas de acero. Me siento como el hombre menguante, tengo la sensación de estar encerrado en una caja de regalo junto a un gato que me quiere comer. El ruido de los cascotes resuena con más fuerza cada vez, las furgonetas grises y azules de la policía van y vienen de un lado al otro del puerto con las sirenas encendidas. Chicos y chicas jóvenes, enfundados en sus capuchas negras, pasan a mi lado tramando planes a muy corto plazo: «Vamos hasta el puente», «crucemos la vía». Los periodistas también van de un lado a otro con sus cámaras en la mano. Lo quieren grabar todo, pero eso es imposible, muchas cosas aquí pasan por dentro; por dentro de nuestras cabezas, por dentro de nuestros cuerpos, por donde las cámaras todavía no pueden adentrarse.

Los petardos y las bengalas han esparcido por el aire unas micropartículas que encuentran refugio en los agujeros de mi nariz; ahora todo me huele a pólvora. Cientos de personas asomadas a las ventanas, a las barandillas de los puentes, a cualquier sitio desde el que poder ver lo que está sucediendo. Las grúas del puerto se tiñen ahora de rojo, el sol se despide hasta mañana al ritmo de una sinfonía oscura y pesada. Y la noche llama al fuego. «¡Oye, espera un momento, esto no debería estar pasando!». Me imagino que los eventos de Hamburgo estarán dejando boquiabiertos a todos aquellos que ven la vida como un conjunto de acontecimientos que se suceden de manera ordenada sobre una línea de tiempo perfectamente definida. No debe de ser nada fácil encajar lo que aquí sucede cuando tu relato histórico dice que las grandes manifestaciones contra el neoliberalismo son cosa del pasado y que lo que ahora se lleva son los partidos políticos y la pugna por la representación. Una de las muchas cosas que me está enseñando Hamburgo es que nunca debería uno estar seguro de nada, porque en este mundo tan roto la vida no parece ya responder a ciclos que comienzan y después terminan, ni a fases que acaban por completarse un día. La vida ahora irrumpe a golpes. Golpes que se dan y se reciben. En todas partes, en todo momento. Pequeños trozos de la manifestación de esta tarde se juntan de nuevo en el barrio de Sankt Pauli, nadie tiene ganas de irse a casa, a nadie se le pasa algo así por la cabeza. Lo que queremos todos es que esta noche dure para siempre. Plantarle cara a la noche, a todos los riesgos de la noche, e inundar las calles moviéndonos sigilosos, como un animal que reduce sus pulsaciones para que no le oiga su presa. Los tanques de agua aguardan pacientes al final de la Hein-Hoyer Strasse, las gotas que caen de sus mangueras rompen en el suelo al ritmo de un reloj que indica lo que está por venir. Hay que llegar a mañana aunque sea exhaustos; exhaustos pero contentos.

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Es de día. Una chica rondando los cuarenta, con melena morena y camiseta blanca, mira cabizbaja el periódico de la mañana. Busca entre las noticias del mundo una explicación a su tristeza diaria, pero no parece encontrarla. Deja de leer y se mete en la boca una cucharada de cereales con yogurt y, después, inclina la cabeza hacia el periódico de nuevo, como si quisiera meterse en él y ahogarse en ese mar de mentiras políticas. Desde donde estoy sentado puedo oír el ruido que hacen los cereales al romperse entre sus dientes, parece hielo resquebrajándose por el calor. Lo de anoche fue sólo el principio; hoy es el día de los bloqueos y de las acciones diseminadas por toda la ciudad. El suelo sigue lleno de cristales, pero pronto se reemplazan por frases escritas con tiza de color. Las escriben cientos de niños y niñas que han acudido con sus padres al llamamiento para decorar los pavimentos de la ciudad. Una niña con coletas que parece Pipi Calzaslargas se agacha a mi lado y escribe: «Quiero jugar, quiero vivir». Nunca antes me había identificado tanto con un eslogan.

Habitar estos días la ciudad sitiada de Hamburgo, la ciudad cuyo nombre significa para el mundo entero represión y violencia, exalta en mí una fibra viva. Una sensación de felicidad contagiosa que se propaga por todos los rincones de la ciudad creando un ambiente mucho más habitable que de costumbre. Los panaderos turcos de la esquina regalan lahmacun con limón a todo el que pasa por allí. Muchos vecinos asoman sus equipos de música a la ventana y provocan un sinfín de pequeñas verbenas en la calle. El estado de fútbol del Sankt Pauli ha cedido sus instalaciones para que quien quiera se tome un descanso tumbado en el césped por el que normalmente rueda el balón. La ausencia de coches en la ciudad provoca una calma tal que uno tiene la sensación de que el mundo exterior ha dejado de existir. Pensareis que estoy loco, pero vivir estos días en Hamburgo se me antoja mucho más sostenible que en ningún otro sitio. Y eso a pesar de los 20.000 antidisturbios, los 50 tanques de agua y los 15 helicópteros que tratan de acabar conmigo en cuanto me descuide lo más mínimo. Esta constatación me llega a lo más profundo del corazón, me conmuevo por esta ciudad, por su desgarradora atmósfera de valerosa felicidad y una pregunta se cuela entre los cristales y la música hasta alcanzar el interior de mi cabeza. «¿Qué estamos haciendo todos nosotros aquí?». Es evidente que la respuesta no es el G20 —¿acaso se puede decir algo más sobre el G20 que no se sepa ya?—, ni tampoco cambiar la sociedad, porque ya no hay sociedad. Lo que ahora hay son sólo pedazos de un mundo roto. y cuando algo está roto no se puede cambiar. ¿Qué estamos haciendo, pues, todos nosotros aquí? A veces, las respuestas llegan de la manera más inesperada.

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La tarde cae rendida después de un día ajetreado, la última luz del sol golpea suavemente los adoquines de la acera mientras un cordón policial divide la calle en dos mitades: a un lado, gente; y, al otro lado, gente también. Por el centro de la vía un tanque de agua pasa despacio mostrando arrogante todo su poder, las mangueras todavía gotean. Observo absorto cómo estallaban las gotas en el pavimento dorado y de golpe percibo una fuerza que me llama desde el otro lado de la valla. Alzo la mirada y la veo. Siento como si acabara de salir de otro mundo, de un lugar raro y muy lejano. Los años la han cambiado, pero no tanto como para no reconocerla. Su rostro refleja todavía la niña que habita en su interior. La última vez que la vi fue en Génova, durante las manifestaciones contra el G8, en una situación muy parecida a ésta. De eso hace más de quince años. En aquella época, ella y yo solíamos coincidir en casi todas las manifestaciones anti-globalización y siempre sacábamos un rato para charlar. Nuestro tema favorito era la vida cotidiana. Sentíamos curiosidad por cómo era la vida del otro fuera de la excepción que suponían aquellas manifestaciones. Recuerdo que en una ocasión me dijo que estudiaba arte en la universidad de Munich y que no le gustaba nada la lluvia ni el frío. Cuando el tanque de agua termina por fin de cruzar la calle, ella también me ve a mí. Salto sobre mis pies y agito los brazos con excitación de arriba a abajo. Ella me brinda una de esas sonrisas que siempre me hacían pensar en Huckleberry Finn (de niño, cuando leí el libro por primera vez, le puse cara a Huckleberry y la grabé en mi cerebro para siempre. Ella es sin duda la persona del mundo que más se parece a esa cara). Yo también le sonrío, pero ella gira la cara y vuelve a prestar atención a los movimientos de la policía. ¿Qué pasa?, ¿por qué no me reconoce?, ¿acaso he cambiado tanto? Entonces recuerdo que voy vestido de pitufo. Con tanto acontecimiento intenso lo había olvidado por completo, así es imposible que me reconozca.

Tengo que hacer algo, es imprescindible que haga algo para que me reconozca, para que sepa que todavía sigo aquí, que tampoco he muerto. ¿Pero el qué? Y entonces me viene a la cabeza el gesto que inventamos en Génova para anunciar retirada siempre y cuando la situación se tornaba fea. No me había acordado desde entonces; era un gesto sencillo, consistía tan sólo en alzar los brazos y cruzarlos hasta crear con nuestras manos una especie de pájaro con las alas abiertas en el aire. Tengo que intentarlo. Alzo mis brazos y los cruzo. Ella me mira un segundo y vuelve a apartar la mirada. Lo hago otra vez. Salto y lo hago otra vez. Ella me vuelve a mirar y esta vez inclina la cabeza a un lado, pensativa. Yo salto y agito las alas del pájaro, una vez y otra vez más. Y de pronto su rostro cambia de expresión radicalmente. ¡Me entiende! De pronto, el tiempo entre ella y yo se hace enorme y siento que entro en contacto con un campo de fuerza mucho más amplio que la realidad. Un campo de fuerza donde nadie tiene control sobre nada. Aquí, la fuerza es tan poderosa que me empuja y me empuja más allá de los hechos, hacia la verdadera alma de las cosas. Ahora entiendo por qué estamos todos aquí. Y, entonces, el sonido tosco de un cañón me devuelve de golpe a la realidad. Mientras corro, alcanzo a ver cómo una multitud apabullada se traga de nuevo a la pequeña Huck, quién sabe por cuántos años esta vez.

De camino al aeropuerto, los cristales esparcidos por el suelo se clavan en las ruedas de mi maleta dificultando muchísimo su arrastre. Parece como si tratasen de retenerme, como si de algún modo los cristales supiesen que lo que me espera fuera de Hamburgo es peor a todo lo que podría llegar a sucederme aquí. Una gaviota me mira de reojo cuando paso por su lado y sus ojos dan la razón a los cristales: «No te vayas, ¿acaso no ves que ahí afuera no hay mundo?». Ya en el aeropuerto de Barcelona, y con el destello de las sirenas azules todavía reflejándose en mis pupilas, observo el ajetreo de los turistas peleando por tomar un taxi. Es verdad, aquí afuera no hay mundo, sólo hay mundo cuando juntamos los mundos que llevamos dentro. Paso un par de días recuperándome en casa y después el destino me trae de vuelta a este mismo aeropuerto. ¿Son todas estas personas las mismas que vi aquí hace un par de días? Estoy a punto de tomar mi vuelo cuando escucho mi nombre por megafonía: «Señor Leónidas Martín, preséntese en el mostrador de información». Allí, una señorita muy amable me informa de que he sido seleccionado aleatoriamente para un control de seguridad y que debo acompañarla. Caminamos por un pasillo muy largo hasta una habitación estrecha de paredes blindadas. Allí me esperan dos agentes de policía que, ahora ya sin ninguna amabilidad, me hacen vaciar todo el contenido de mi maleta. Mientras uno de ellos inspecciona a fondo mis pertenencias, el otro me dice que abra las piernas y que suba los brazos. «¿Qué ha ido a hacer usted a Hamburgo?», me pregunta mirándome fijamente a los ojos. La pregunta me hace gracia, es la misma que me había hecho yo unos días antes en mitad del humo y los gases. Me dan ganas de decirle la verdad, que he ido a allí para aprender a vivir en un estado de emergencia. Pero no digo nada. Cruzo los brazos y, mientras él me cachea la entrepierna, yo hago el símbolo del pájaro con mis manos. Aprender a seguir vivo en todos los estados de emergencia que están por venir; como viva sigue la pequeña Huck.

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