Futuros cercanos. Imágenes de lo biopolítico en el cine de ciencia ficción reciente (Iván Pinto Veas)
Autor: Iván Pinto Veas
Fuente original: http://culturacanibal.blogspot.com
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Este texto es una versión extendida del artículo escrito para el dossier de ciencia ficción que escribí para laFuga y fue leído en el marco del IV Coloquio Posnacional de Biopolítica, por expresa invitación de Mario Sobarzo a quien agradezco.
Durante los últimos años han surgido una serie de cintas generosas en metáforas biopolíticas.
Cintas como Código 46 (Winterbottom, 2003), Niños del hombre (Cuarón, 2006) y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Gondry, 2004) tienden a formular preguntas ligadas a la tecnociencia y el porvenir en una línea de narraciones que podemos tildar de narraciones sobre “futuros cercanos” y “probables”. En efecto, el género de ciencia ficción (o anticipación, o ficción especulativa), desde la década del ´60 habría establecido una relación diacrónica y espejeante con su presente, proyectando, por un lado, una evaluación crítica de la modernidad y su conciencia progresiva; por otro, volcando una imagen del exterior (avance territorial, conquista del espacio) hacia el interior (miedo, conciencia, subjetividad): al respecto de lo primero- el síndrome temporal de la ciencia ficción- el crítico cultural Fredric Jameson escribió que las ficciones distópicas de la ciencia ficción, sus viajes temporales nos otorgan “Un mensaje apenas audible desde un futuro que posiblemente no existirá” que hay que aprender a escuchar. Respecto de lo segundo- volcamiento interior- James Ballard, un escritor revolucionario dentro del género, escribió hacia mediados de la década del sesenta que “Los desarrollos más importantes del futuro cercano tendrán lugar no en la Luna o Marte, sino en la Tierra; y es su espacio interior, no exterior, el que debe ser explorado. El único planeta verdaderamente alienígena es la Tierra”. Visto así, las cintas mencionadas parecieran cumplir con ambos objetivos: el ser mensajes de advertencia sobre un futuro probable, y lo segundo, el someter a escrutinio los modos posibles en que la tecnociencia ha avanzado en su relación de dominio con el propio planeta tierra y con el propio hombre (Peter Slöterdijk ha llegado a hablar de “antropotécnicas”). Son metáforas concretas, “realistas”, con reflejos que destellan al presente, un presente extraño, alienado y fuera de sí.
Dividiremos en dos las líneas que cruzan estos filmes, una ligada al paradigma inmunitario y la figura del Estado; la otra a la oposición información/memoria.
Inmunidad
Niños del hombre de Alfonso Cuarón, desde una mezcla de noir y thriller político, nos muestra un mundo desolado, azotado por diversas catástrofes y pandemias, que parecen ser el fruto de la propia explotación humana al mundo, produciendo una inestabilidad general de los ecosistemas y la biósfera. A su vez, por alguna situación de carácter desconocido- una mutación, una venganza de la “naturaleza”- la especie humana es la que se encuentra en extinción, habiéndose transformado en una especie infértil, sin capacidad de procrear. Una parte del mundo parece confirmar todo lo que hoy conocemos como la Europa en decadencia: Estados en guerra con las migraciones, armamentismo, creciente conflictividad desde los movimientos sociales y un sistema de control político que pasa facilmente de la seguridad militar a la médica, estableciendo fronteras claras, excluyentes y policiales entre quienes pueden pasar de una zona “primer mundista” y quienes no.
Pablo Corro escribe aquí al respecto:
“La señora James y Cuarón enfatizan en sus textos que la infertilidad desmorona sicológica y políticamente a las sociedades y que él único recurso del Estado, en este caso el Británico, para preservar la institucionalidad, es imponiendo un régimen autoritario, un orden policial, militar, un sistema de control de las poblaciones que se ejecuta mediante el tratamiento sanitario, sedativo de la ciudadanía angustiada a través del suministro de ansiolíticos y antidepresivos, proporcionando a la gente los elementos médicos necesarios para suicidarse de modo aséptico, y, en relación con los inmigrantes, a través de un programa de persecución y confinamiento de ellos en campos de concentración”.
A Theo lo rapta una celula militante (“Los peces”) con el objetivo de que lo ayuden a trasladar a una mujer negra, y al poco andar del film ya sospechamos que se trata de una mujer embarazada, y sobre la cuál habrán tres opciones, la entrega del cuerpo al Estado, el rescate para ser entregado a un proyecto científico-utópico, apoyado por parte de la célula militante, y tres, ya que dentro de la célula también hay divisiones, la apropiación por parte de la célula armada de la mujer. Será un viejo amigo de Theo, un ex hippie y hoy hacker, retirado en su cabaña desde donde lanza campañas políticas de resistencia, quien lo apoyará para huir de ambos intereses (militantes fanáticos y Estado militar). Como vemos, lo que está en juego en el film de Cuarón es el código de la vida y la lucha por su propiedad.
Por su parte, desde un tono que mezcla melodrama y noir, la anécdota de Código 46 sitúa a Willam investigador privado de situaciones irregulares en un caso de falsificación de “visas” de acceso[1], en una empresa que las fabrica. Llevando a cabo la investigación, protege a la persona inculpada María Gonzalez, una joven infiltrada obrera de la empresa, llevándolo a violar el código 46, código que sanciona las relaciones sexuales y la fornicación entre personas que procedan de genes afines o de la misma matriz de clonación.
El ADN, aquí, es el código que regula tanto la creación como la regulación de la vida, pero así también, vía probabilística el reducir las determinantes a la medida de un ecosistema que aminora e inmuniza las zonas de riesgo (la enfermedad, el accidente), hablamos aquí de una biomedicina hecha para preservar y extender la vida de los seres humanos, complementaria a la estructura del ADN . El ADN, también funcionaría, desde un cierto determinismo psiquiátrico/neurológico, para establecer que sujetos podrían heredar rasgos genéticos de criminalidad o locura: el sistema tendería a auto regular, de este modo, su equilibrio desde el origen, complementando esto con las medidas ligadas a medio ambiente y sanitización de los entornos, pero así también a las medidas de seguridad, que se entrecruzan con virus y drogas de inhibición. Así, recursos biomédicos se encuentran con medidas policiales y doctrinas de seguridad. Al igual que Niños del hombre doctrina Militar se cruza con la Médica, para forjar lo que podríamos llamar una inmunopolítica.
Desde aquí, el mundo de Código 46 estaría dividido en dos: aquellos que viven en un mundo en el cual la tecnociencia ha higienizado la existencia humana, donde todo parece ser un solo gran paisaje, un gran continente a lo largo del globo, en el cual los ciudadanos pueden viajar y circular libremente insertos en interiores transparentes, asépticos, clínicos. La otra parte es aquella que no podría tener acceso a este mundo, por su ubicación territorial, su status económico, sus genes biológicos o incluso sus intereses políticos. Es un tercer mundo, sintomático, excluido, que está en un Afuera simbólico e imaginario, pareciera abarcar justamente la zona de lo real: intemperie, suciedad, corporalidad, subsistencia, naturaleza. Y es justamente contra eso que el sistema debe inmunizarse (en el fondo, una idealización por vía de la negación de un tercer mundo que olvida que su existencia esta dada por vía de la explotación de sus recursos naturales, o incluso, parece haberlos agotado).
Podríamos decir que es un sistema que funcionaría en su globalidad (desde sus barreras fronterizas hasta su asepsia biológica) bajo lo que el filósofo Roberto Espósito ha llamado paradigma inmunitario definido como aquel lugar de incidencia en que los discursos sobre el cuerpo de la modernidad- que cruza lo político, lo económico, lo biológico- establece una “protección negativa”, cruzando el umbral que acaba “negando la vida” obsesionado por la idea de “contagio” en todos los planos (del otro, del virus, la enfermedad). Flavia Costa en su texto Antropotécnicas de la modernidad tardía ha definido el paradigma inmunitario bajo el signo de un cierto Racismo de Estado, una tanatopolítica:
“¿Cómo se ejerce la función de dar muerte en un sistema político centrado en el biopoder? Mediante el racismo biológico y de Estado (…) El racismo biológico al interior de un Estado cumple la función de introducir un corte, una separación en el ámbito de la vida que el poder tomó a su cargo, para –en nombre de la seguridad, de la pureza de la raza, del mejoramiento de la especie, la supervivencia de los más aptos, la selección del más fuerte– poder dar muerte en tanto poder soberano. El racismo reinserta en el campo biopolítico la relación bélica, pero no contra otro Estado, sino como estrategia que la sociedad ejerce sobre sí misma en términos de purificación permanente y normalización”.
Podríamos decir que ambas figuras del Estado presentes tanto en Niños del Hombre y Código 46 cumplen con este requisito inmunitario, aún con diferencias. En Niños del Hombre abundan las imágenes de precarización de los niveles de vida, y la policía, así como las fuerzas militares parecieran cumplir el rol de contención y represión, para evitar un estallido social (es un Estado en guerra, y esa guerra de razas, clases, agrupaciones ideológicas, sujetos excluidos) es visible, violenta, corpórea, y focaliza su fuerza en los pasos de seguridad y la exclusión absoluta de un “tercer mundo” que como olla a presión intenta ingresar al “primero”. Su poder sigue siendo territorial, por sobre todo, y es así como la metáfora de un tono ecologista- cumple un rol central dentro del film. En el caso de Código 46 el estado parece un ente anónimo, más cercano a ese poder enrevesado, ultra rápido, serpéntico que definió Gilles Deleuze como “control” llevado a cabo por un “lenguaje numérico”, “hecho de cifras que marcan el acceso a la información o el rechazo”, más bien se trata de establecer una línea definitiva y excluyente, entre quienes pueden tener acceso al “sistema”- autoinmune, “soft”, ascéptico, clínico- y quienes no; reduciendo y aminorando la “falla” dentro de él. El Estado de Código 46 es hijo directo de las fantasías tecnocientíficas y su poder afirmativo sobre la vida contemporánea.
Memorias.
Volviendo a Código 46, Maria funciona para William de diversas maneras. Es, por un lado, la aparición de algo que no parece estar en el orden de lo simbolizable, una cierta intuición catastrófica, que desarticula su orden y vida social (bajo una idea de amor romántico, parte de la clave melodramática del film), pero que es a su vez la reminiscencia de lo filial, una membrana maternal. Por otro lado funcionaría también como la activadora inclusiva, una infiltrada que tanto llevaría a cabo la utopía posible de la inclusión como resguardaría una cierta idea de lo político, es decir, sería un puente de conexión con el “inconsciente” tercermundista, aquella incompletud por la vía del cual intuimos que este “Primer Mundo” existe a expensas de un afuera, el potencial de una zona excluida y desconocida. Casi todo lo procedente de las promesas tecnocientíficas parecieran apuntar a este “olvido”, William toma un virus de la empatía y Maria también parece tomar drogas de diverso tipo para condicionar un cierto bienestar. Se trataría de una cierta sujeción ligada al control de los procesos neuronales; que, como afirma Schuster, tienen base en un hecho concreto: las metáforas maquínicas y digitales del funcionamiento cerebral que lleva a cabo la neurociencia contemporánea.
En el mundo descrito por Winterbottom la memoria parece funcionar adherida a dispositivos visuales, impresos como archivos dentro de la historia objetivable, resguardada digitalmente dentro de discos duros pertenecientes a un archivo total de información y la cual es posible de borrar o sustituir en el caso de una información que deba ser borrada para la mantención del orden[2], es el caso de lo que sucede al menos dos veces durante el film, primero a Maria, después de la violación del código 46 a quien no sólo se le ha borrado de la memoria el hecho, si no también algunas de sus actividades de infiltraje y a su vez se le ha inyectado un virus de rechazo a William (es decir: neurociencia y biomedicina)- y luego a William quien hacia el final del relato es perdonado y a quien se le borra su experiencia “delictual” ( así también su zona “tercermundista”, su paso por el Afuera, y su experiencia amorosa con Maria) y vuelto a posicionar dentro de su vida normal con su familia y trabajo. Ha sido vuelto a incluir y se le ha inmunizado. Sin embargo en esta segunda vuelta de tuerca del relato Maria no solo es “expulsada” hacia el afuera, si no que, por un lado, llevará al hijo de William- herencia y reminiscencia de lo filial-, y por otro, estará “condenada a su recuerdo”.
Es interesante esta postulación de una memoria orgánica, inconsciente y corporal, idea que también está presente en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos de Michel Gondry en cuanto una resistencia al borramiento de información. Es esa memoria- actual, orgánica- la que hace un tipo de “llamado”- podríamos decir una cierta intuición catastrófica, una pulsión de muerte- que lleva a cometer actos de subversión contra el sistema, la violación de la norma. Y es también donde están alojados algunos residuos de humanidad y precariedad, ciertas fugas del deseo.
Uno de los puntos fuertes de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos quizás consiste en que es el personaje central quien decide ir a borrarse la memoria de un amor reciente, servicio ofrecido por una compañía especializada, que logra ingresar al cerebro, descifrar la información y borrarla. Digo que es un punto fuerte, porque es una metáfora ilustradora de la supuesta “libre elección” propia del soberano consumidor contemporáneo; una que refiere a una cierta voluntad de poderío, y autoconciencia- demarcada- sobre la propia experiencia individual – una cierta conquista individual-, o la búsqueda de ella. Es factible, proyectable, en el sentido inverso: los usuarios de hoy son capaces de “comprar” o acceder a experiencias complejas de inmersión virtual, simulación de mundos inventados a la luz de la fantasía, o incluso comprar un pack de turismo “safari” en la cuál se asegura que se está adquiriendo una “experiencia inolvidable”. En el otro lado de la punta, encontramos al borramiento de la experiencia como una metáfora presente en cuestiones tan distintas como la programación neurolingüística (para borrar ciertos vicios o recuerdos, renacer de nuevo) hasta el archivo volátil de un pendrive que tanto puede borrarse como volver a grabarse una y otra vez. La metáfora es cruenta y posiblemente diga tanto sobre las representaciones contemporáneas de lo mnémico, como los elementos que la amenazan. Pero curiosamente, si ese elemento – el borramiento de la memoria, el control de la mente, la obtención de información- había sido una fantasía realizada durante la guerra fría, las distintas dictaduras del siglo XX que aminoraron las fuerzas enemigas, intentando controlar “la mente” (metáfora Orwelliana presente en 1984, así como también presente en la terapia traumática de a Clockwork Orange de Kubrick de las cuales Código 46 y sus intervenciones neuronales son una extensión), aquí el complot surge del propio usuario- consumidor, es algo que se infringe a sí mismo, y es en el teatro de la memoria, el espacio psíquico- donde una lucha se lleva a cabo, donde el dolor, ligado a una experiencia, lucha por no ser borrado.
Por su parte podríamos decir que la metáfora de Winterbottom en Código 46 es la idea de un poder sobre los cuerpos de carácter invisible, sutil y codificado. Al respecto podríamos oponer las lobotomías quirúrgicas versus el borramiento de cierta data por vía de una operación digitalizada.
Tecnociencia.
Paula Sibilia, en su libro “El hombre postorgánico” ha hablado de la dos líneas dentro del pensamiento científico, una línea prometeica, ligada a la utopía moderna de la liberación, y de la técnica de un medio para ello, y de la línea fáustica, ligada a la previsión, al control y la definición, cuyas características centrales serían su carácter insaciable, y por otro, la utopía de una liberación de la materialidad del cuerpo, un paradigma tecnológico presente en nuestra actualidad desde diversas áreas que van desde las implementaciones de uso mercadotécnico (dispositivos pequeños, incrustaciones) al medicinal (drogas, cirugías).
En Código 46, Eterno resplandor y Niños del hombre la línea fáustica parece haber logrado aparentemente su cometido, y es el programa el que parece regular la existencia cotidiana y parcelada de los individuos. La idea de programa partiría de la base de una dualidad entre una mente que controla y un cuerpo-materia controlable, definible, en definitiva de una vida no solo moldeable, si no calculable. El ADN, metáfora visible de la utopía fáustica estaría en el centro de una idea del saber, un código con manual de instrucciones, un programa que debe ser descifrado, y a su vez controlado. Pero el programa que piensa sus objetos de forma aislada no puede calcular el error, solo dejarlo fuera, minimizando el riesgo de que el sistema colapse. En la base de la ficción de Codigo 46 se encuentra esta metáfora, ya que es desde ese error- incalculable, incuantificable- desde donde el relato se hace posible, y es también en esa cadencia- o inercia- donde reconocemos un hilo donde algo subsiste.
Mientras Niños del Hombre, en una mezcla de noir y thriller político, hace énfasis en una biopolítica futura, donde la lucha social- entre la ciencia, los Estados y los movimientos sociales- está centrada en la preservación de la vida humana misma, Código 46 y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos enfatizan – una desde el noir, la otra desde códigos melodramáticos – la manipulación del recuerdo, la experiencia subjetiva y el archivo digital. Código 46, a su vez engloba ambos intereses e interrogaciones: por un lado, la mirada puesta en la manipulación de la vida y su posible lugar en los modos de gobernar en el futuro (el ADN, encriptado está al centro de la regulación de la vida social, las inmunopolíticas); por otro, la relación entre archivo y recuerdo, manipulación tecnológica y subjetividad. En los tres filmes nos encontramos frente a lo que Costa, nuevamente, llama un dispositivo genético-informacional, un dispositivo que en conjunto con otros (como el imperativo de la salud y el fitness) se encontrarían definiendo aquello que en la contemporaneidad se entiende por tener una “vida” , de acuerdo a ello, el dispositivo genético informacional tendría que ver con:
“Una nueva forma de intervención sobre los cuerpos donde lo que busca ya no es mejorarlo desde afuera, sino de operarlo introduciéndose en él. El cuerpo no es una máquina que tenemos que arreglar, ni tampoco un organismo cuyas funciones pueden ser mejoradas: es un material informado e intercambiable, que puede ser “corregido” y “reprogramado” las veces que sea necesario.”
De este modo, estas cintas presentan imágenes pregnantes, metáforas directas sobre una biopolítica actualmente en curso.
Notas:
[1] En este mundo imaginado, las visas son específicas para cada viajero, instantáneas, desbloqueadas y unitarias; los ciudadanos están divididos entre aquellos que tienen “pase libre” hacia distintas zonas del planeta, y aquellos que por razones de índole política o médica no pueden pasar el cerco
[2] De acuerdo a Laura Schuster en el film se presenta “una tecnocracia futura, donde el control autoritario y la intervención interfiere en el uso personal de la memoria e información, y donde la posibilidad de manipulación se extiende la falta de fiabilidad de todas la memorias personales en el campo de la información objetiva. Incluso más, el film postula una memoria sustituta o arreglada para errores de coherencia diegética…” En: “The Trouble With Memory: Reco(r)ding the Mind in Code 46”,




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