Autor: Maurizio Lazzarato
En dos artículos publicados en esta revista (1) hemos empezado a analizar y construir el concepto de “trabajo inmaterial” desde un punto de vista que podríamos definir, por así decirlo, como “microeconómico”. Si ahora lo consideramos en la globalidad del ciclo de producción, del que es el momento estratégico, nos revelará una serie de características de la producción postaylorista que aún no han sido tomadas en consideración.
En particular, trataremos de mostrar cómo el proceso de valorización tiende a identificarse con el proceso de producción de la comunicación social y cómo los dos momentos (la valorización y la comunicación) tienen inmediatamente una dimensión social y territorial. El concepto de trabajo inmaterial tiene como presupuesto y resultado una ampliación de la “cooperación productiva” que llega a incluir la producción y la reproducción de la comunicación y por ello de su contenido más importante: la subjetividad. Si el fordismo integraba el consumo en el ciclo de reproducción del capital, el posfordismo integra la comunicación.
Desde el punto de vista estrictamente económico el ciclo de reproducción del trabajo inmaterial desplaza a la relación producción/consumo definida tanto por el “círculo virtuoso keynesiano” como por los esquemas de reproducción marxistas del Libro II de El Capital. Ahora bien, más que hablar de vuelco de “la oferta y la demanda”, habría que hablar de una redefinición de la relación producción/consumo. El consumidor está inscrito en la fabricación del producto desde su concepción. El consumidor ya no se limita a “consumir” una mercancía (a destruirla en el acto de consumo). Por el contrario, su consumo debe ser productivo de las condiciones de las nuevas producciones. El consumo es, entonces, sobre todo un consumo de información. El consumo ya no es sólo la “realización” de un producto, sino un verdadero proceso social que por el momento definimos con el término “comunicación”.
LA GRAN INDUSTRIA Y LOS SERVICIOS
Para poner de relieve las nuevas características del “ciclo de producción del trabajo inmaterial” las compararemos con la producción de la gran industria y los servicios. Si el ciclo de la producción inmaterial nos muestra inmediatamente el secreto de la producción postaylorista (a saber, que la comunicación social y la relación social que la constituye se vuelven productivas), es interesante verificar cómo estas nuevas relaciones sociales inervan también la industria y los servicios. Y cómo obligan a reformular y reorganizar además las formas clásicas de la “producción”.
La gran industria
La empresa y la economía posindustriales se basan en el tratamiento de la información. Más que asegurar (como hacía aún la empresa del siglo XIX) el dominio de la cuna de su producto y el control de los mercados de las materias primas (el trabajo incluido), la empresa se estructura de acuerdo con una estrategia de dominio de la desembocadura del proceso de producción: la venta y la relación con el consumidor. Se vuelve más hacia la comercialización y la financiación que hacia la producción. Antes de fabricarse, un producto debe estar vendido (incluso en una industria “pesada” como la industria del automóvil, un coche sólo empieza a producirse una vez que las redes de venta dan la orden). Esta estrategia descansa sobre la producción y el consumo de información. Moviliza importantes estrategias de comunicación y marketing para recoger la información (conocer las tendencias del mercado) y hacerla circular (construir un mercado).
En el modo de producción taylorista/fordista, introduciendo el consumo de masa de mercancías estandarizadas, Ford podía decir aún que “el consumidor podía elegir entre un modelo T5 negro y otro T5 negro”. Hoy, “la mercancía estandard ya no fija las ganancias y la propia industria del automóvil, que fue la iniciadora de la gran serie ‘barata’, querría vanagloriarse de ‘haberse convertido además en el soporte de una neoindustria de la singularización’” (2) y la calidad. Para la mayoría de las empresas, la supervivencia pasa por la búsqueda permanente de nuevas aperturas comerciales que llevan a la definición de gamas de productos cada vez más amplias o diferenciadas. La innovación ya no está subordinada solamente a la racionalización del trabajo, sino también a imperativos comerciales. Parece entonces que la mercancía posindustrial es el resultado de un proceso de creación que implica tanto al productor como al consumidor.
Los servicios
Si de la industria propiamente dicha pasamos a los “servicios” (los grandes servicios bancarios, aseguradoras, etc.), las características del proceso que acabamos de describir aparecen con mayor claridad aún. Para observar este sector de la economía seguiremos los trabajos de Christian du Tertre (3), para quien no estamos a punto de asistir tanto a un ascenso de los servicios, sino más bien a un desarrollo de las “relaciones de servicio”.
La superación de la organización taylorista de los servicios se caracteriza por la integración de la relación entre producción y consumo; para ser más precisos, el consumidor interviene de manera activa en la constitución del producto. El producto “servicio” se convierte en una construcción social y un proceso social de “concepción” e innovación. En los servicios, las tareas de back-office (el trabajo clásico de los servicios) disminuyen, mientras que aumentan las tareas de front-office (las relaciones con los clientes).
Hay pues una movilización de recursos humanos hacia el exterior de la empresa. Du Tertre nos dice que cuanto más se caracteriza como producto inmaterial el producto tratado por la empresa de servicios, más se aleja del modelo industrial de organización de la relación producción/consumo. El cambio de la relación entre consumo y producción tiene consecuencias directas sobre la organización del trabajo taylorista de producción de servicios pues pone en discusión al mismo tiempo el contenido del trabajo y la división del trabajo (la relación concepción/ejecución pierde su carácter unilateral). Si el producto se define con la intervención del consumidor, y por tanto está en evolución permanente, cada vez es más difícil definir las normas de producción de servicios y establecer una medida “objetiva” de la productividad.
El trabajo inmaterial
Todas estas características de la economía posindustrial (presentes tanto en la industria como en el terciario) se ven acentuadas en la forma de la producción “inmaterial” propiamente dicha. La producción audiovisual, la moda, la producción de software, la gestión del territorio, etc., se ven definidas por la relación particular que mantiene la producción con su mercado y sus consumidores. El índice de audiencia y la producción audiovisual, la publicidad y sus “blancos”, son los ejemplos propios de la integración del consumo en la producción. Aquí, el alejamiento del modelo taylorista es máximo.
El trabajo inmaterial se encuentra en el cruce (es la interface) de esta nueva relación producción/consumo. Es el trabajo inmaterial lo que activa y organiza la relación producción/consumo. La activación, tanto de la cooperación productiva como de la relación social con el consumidor, se materializa en y mediante procesos de comunicación. Es el trabajo inmaterial lo que innova continuamente la forma y las condiciones de la comunicación (y por tanto del trabajo y del consumo). Da forma y materializa las necesidades, el imaginario y los gustos del consumidor, y estos productos se convierten a su vez en poderosos productores de necesidades, de imaginarios, de gustos. La particularidad de la mercancía producida por el trabajo inmaterial (dado que su valor de uso consiste esencialmente en su contenido informativo y cultural) reside en el hecho de que no se destruye en el acto de consumo, sino que amplía, transforma, crea el medio ambiente ideológico y cultural del consumidor. No reproduce la capacidad física de la fuerza de trabajo, sino que transforma a su utilizador.
La producción del “exceso” capitalista, la forma de la “autoproducción” del capital asume aquí una nueva configuración. Nos hallamos frente a un vuelco y una dislocación de la dialéctica producción/consumo tal y como la define Marx en la Einleitung [Introducción] a los Grundrisse de 1857.
La “necesidad de consumir, la capacidad de consumir, la pulsión de consumir”, ya no son producidas indirectamente por el objeto (producto), sino directamente por dispositivos específicos que tienden a identificarse con el proceso de constitución de la “comunicación social”. La publicidad es la producción de la “capacidad de consumo, del impulso al consumo, de la necesidad de consumir” que se ha vuelto un “proceso de trabajo”. El trabajo inmaterial produce, en primer lugar, una “relación social” (una relación de innovación, de producción, de consumo) y sólo si logra esta reproducción su actividad tiene un valor económico. Esta actividad muestra de inmediato lo que “ocultaba” la producción material: a saber, que el trabajo no sólo produce mercancías, sino ante todo la relación de capital.
Si la producción es hoy directamente producción de la relación social, la “materia prima” del trabajo inmaterial es la subjetividad y el medio ambiente “ideológico” en el cual esta subjetividad vive y se reproduce. La producción de subjetividad deja entonces de ser tan sólo un instrumento de control social (para la reproducción de las relaciones de mercado) y se vuelve directamente productiva, pues en nuestra sociedad posindustrial su objetivo es construir al consumidor/comunicador. Y construirle “activo”. Los trabajadores inmateriales (todos los que trabajan en la publicidad, en la moda, en el marketing, en la televisión, en la informática, etc) satisfacen una demanda del consumidor y al mismo tiempo la fundan.
Que el trabajo inmaterial produzca al mismo tiempo subjetividad y valor económico demuestra en qué medida la producción capitalista ha invadido la totalidad de la vida y ha roto todas las barreras que no sólo separaban sino que también oponían economía, poder y saber. El proceso de comunicación social (y su contenido principal, la producción de subjetividad) se vuelve aquí directamente productivo porque en cierto modo “produce” la producción. El proceso a través del cual lo “social” (y lo más social que hay, a saber, el lenguaje, la comunicación, etc.) se vuelve “económico”, no ha sido estudiado lo suficiente. En efecto, podemos hallar, por una parte, un análisis de la producción de subjetividad definida como “proceso” constitutivo específico de la “relación consigo mismo” frente a las formas de producción del saber y del poder (como en cierta filosofía francesa posestructuralista), pero que nunca se cruza con las formas de valorización capitalista.
Por otra parte, un amplio análisis de la “forma social de la producción” se ha desarrollado en los años ochenta por parte de los economistas y sociólogos de las “redes” (y antes por parte del posoperaísmo italiano), pero que no integra a la producción de subjetividad como contenido de la valorización. Ahora bien, el modo de producción postaylorista se define precisamente porque pone a trabajar a la subjetividad tanto en la activación de la cooperación productiva como en la producción de los contenidos “culturales” de la mercancía.
EL MODELO ESTÉTICO
Pero ¿cómo se forma el proceso de producción de la comunicación social? ¿Cómo se da la producción de subjetividad en el interior de este proceso? ¿Cómo la producción de subjetividad se vuelve producción del consumidor/comunicador y de su capacidad de consumir y comunicar? ¿Qué papel tiene el trabajo inmaterial en este proceso?
Como ya hemos dicho, nuestra hipótesis es que el proceso de producción de la comunicación tiende a convertirse inmediatamente en proceso de valorización. Si en otro tiempo la comunicación era organizada, fundamentalmente, por el lenguaje (la producción ideológica, literaria/artística y sus instituciones), hoy, asaltada por la producción industrial, es reproducida mediante formas tecnológicas específicas (tecnologías de reproducción del saber, del pensamiento, de la imagen, del sonido, del lenguaje) y mediante formas de organización y management que traen consigo un nuevo modo de producción.
Para tratar de aprehender el proceso de formación de la comunicación social y su subsunción en lo “económico”, utilizaremos, en vez del modelo de la producción “material”, otro que intentará dar cuenta de las formas y contenidos de la producción de los “productos ideológicos”: la “producción estética” (autor/reproducción/recepción). Este modelo permite tomar en consideración algunos elementos particulares que la utilización de las categorías económicas corren el riesgo de oscurecer y que, como veremos, constituyen las “diferencias específicas” del modo de producción postaylorista (4). El modelo de la producción “estética/ideológica” será transformado en un pequeño modelo sociológico, aun con todos los límites y dificultades que tal transformación comporta. Para poder ser utilizado, el modelo autor/reproducción/recepción necesita una doble transformación: en primer lugar, los tres momentos de este proceso de creación deben caracterizarse inmediatamente por su forma social (5); en segundo lugar, los tres momentos deben comprenderse como las articulaciones de un verdadero ciclo de producción.
El “autor” pierde su dimensión individual y se transforma en un proceso de producción organizado industrialmente (con división del trabajo, inversiones, mando, etc.); la “reproducción” se convierte en una reproducción de masa organizada según los imperativos de la rentabilidad; el público (recepción) tiende a convertirse en consumidor/comunicador (6). En este proceso de socialización/subsunción en lo económico de la actividad intelectual el producto “ideológico” tiende a asumir la forma de mercancía. Pero hay que subrayar que la subsunción de este proceso bajo la lógica capitalista y la transformación de sus productos en mercancías no suprimen la especificidad de la producción estética, a saber, la relación de creación entre autor y público.
Las diferencias específicas del ciclo del trabajo inmaterial
A continuación subrayaremos brevemente las diferencias específicas de los momentos que componen el ciclo de producción del trabajo inmaterial (el propio trabajo inmaterial, sus productos “ideológicos/mercancías” y el “público/consumidor”) en relación a las formas clásicas de reproducción del capital:
1) Del trabajo inmaterial como “autor” hay que subrayar la radical autonomía de las sinergias productivas. La actividad del trabajo inmaterial nos obliga a poner en discusión las definiciones clásicas de “trabajo” y “fuerza de trabajo”, pues resulta de una síntesis de diferentes tipos de savoir-faire (el de las actividades intelectuales en lo que atañe al contenido cultural-informativo, el de las actividades manuales para la capacidad de unir creatividad, imaginación y trabajo técnico y manual, el de las actividades empresariales para la capacidad de management, de relaciones sociales y de estructuración de la cooperación social de la que forma parte). El trabajo inmaterial se constituye en formas inmediatamante colectivas y sólo existe, por así decirlo, en forma de redes y flujos. La sumisión a la lógica capitalista de la forma de la cooperación y del “valor de uso” de esa “actividad”, no suprime la autonomía y la independencia de su constitución y su sentido. Por el contrario, abre antagonismos y contradicciones que, por retomar una fórmula marxista, exigen cuando menos una “nueva forma de exposición”.
2) El “producto ideológico” se vuelve a todos los efectos una mercancía. El término “ideológico” no caracteriza aquí al producto como “reflejo” de la realidad, como falsa o verdadera consciencia de la realidad. Los productos ideológicos producen por el contrario nuevos estratos de la realidad, son un crecimiento de la potencia de conocimiento y acción del ser humano. Nuevas maneras de ver, de sentir, que exigen nuevas tecnologías, y nuevas tecnologías que exigen nuevas formas de ver y de sentir. Los productos ideológicos son completamente internos a los procesos de formación de la comunicación social, a saber, son al mismo tiempo los resultados y los presupuestos de este proceso. El conjunto de los productos ideológicos constituye el medio ambiente mental del ser humano. Los productos ideológicos se transforman en mercancías sin perder su especificidad; para ser más precisos, siempre se dirigen a alguien, son “idealmente significantes”, y plantean por ello el problema del “sentido”.
3) El público tiende a volverse el modelo mismo del consumidor (público/cliente). El público (en el sentido de usuario: el lector, el que escucha música, el público de la televisión, etc.) al que se dirige el autor tiene una doble función productiva: en un momento, como aquél a quien se dirige el producto ideológico, y en tanto que tal, es un elemento constitutivo de la “obra”; en otro momento, a través de la recepción mediante la cual el producto “halla un lugar en la vida”, es integrado en la comunicación social, que le hace vivir y evolucionar. Entonces, desde este punto de vista, la recepción es un acto creativo y es parte integrante del producto. La transformación del producto en mercancía no puede suprimir este doble proceso de “creatividad” que debe asumir en cuanto tal y tratar de controlar y someter a sus valores.
4) Los valores y la genealogía de la innovación. Lo que la transformación del producto en mercancía no puede suprimir es entonces el carácter de acontecimiento, el proceso abierto de creación que se instaura entre el trabajo inmaterial y el público, y que es organizado por la comunicación. Si la innovación en la producción inmaterial es introducida por este proceso abierto de creación, el empresario, para alimentar el consumo por el consumo y su perpetua renovación, se verá obligado a tomar de los “valores” que el público/consumidor produce. Estos valores presuponen maneras de ser, modos de existencia, formas de vida que sirven de principio y fundamento a los propios valores.
De estas consideraciones se desprenden dos consecuencias principales:
a) Los valores son “puestos a trabajar”. La transformación del producto ideológico en mercancía desvía el imaginario social que se produce en las formas de vida, pero al mismo tiempo la producción mercantil debe declararse impotente en cuanto a su producción;
b) Sólo las formas de vida (en sus expresiones colectivas y cooperativas) constituyen la fuente de la innovación.
El análisis de los diferentes “momentos” del ciclo del trabajo inmaterial nos permite avanzar la hipótesis de que lo que es “productivo” es el conjunto de la relación social (representada aquí mediante la relación autor-obra-público) según modalidades que ponen en juego el “sentido”. La especificidad de este tipo de “producción” no sólo deja su huella en la “forma” del proceso de producción al establecer una nueva relación entre producción y consumo, sino que plantea además un problema de legitimidad a la apropiación capitalista de este proceso. Esta cooperación no puede predeterminarse en ningún caso por parte de lo económico, pues se trata de la vida misma de la sociedad. Lo económico sólo puede apropiarse de las formas y los productos de esta cooperación, normalizarlos y estandarizarlos.
Los elementos creativos, de innovación, están estrechamente ligados a los valores que tan sólo las formas de vida producen. La creatividad y la productividad en las sociedades posindustriales descansan, por un lado, en la dialéctica entre las formas de vida y los valores que producen, y por otro, en la actividad de los sujetos que las constituyen. La legitimación que el empresario (schumpeteriano) hallaba en su capacidad de innovación se ve privada de su fundamento. Como no produce la forma y el contenido del trabajo inmaterial, tampoco produce la innovación.
A lo económico sólo le queda la posibilidad de gestionar y regular la actividad del trabajo inmaterial y crear dispositivos de control y de creación del público/consumidor a través del control de las tecnologías de la comunicación y la información y de sus procesos de organización.
Creación y trabajo intelectual
Como conclusión, estas breves consideraciones nos permiten poner en discusión el modelo de creación y difusión del trabajo intelectual y superar el concepto de creatividad como expresión de la “individualidad” o como patrimonio de clases “superiores”. Dos modelos, concebidos en el momento en que la producción inmaterial empieza a volverse “productiva”, nos presentan dos modos completamente diferentes de perfilar la relación entre trabajo inmaterial y sociedad.
El primero, el de Simmel, permanece por completo dentro de la división entre trabajo manual e intelectual y nos ofrece una teoría de la creatividad del trabajo intelectual. El segundo, el de Bajtin, al rechazar asumir la división capitalista del trabajo como algo evidente, elabora una teoría de la creatividad social. En efecto, Simmel explica el funcionamiento de la “moda” mediante fenómenos de imitación/distinción regulados y dominados mediante relaciones de clase. De este modo, las capas superiores de las clases medias elaboran la moda y las clases inferiores tratan de imitarla. La moda funciona aquí como una barrera que se levanta sin cesar porque sin cesar es derribada. Lo que es interesante para nosotros es que, según esta concepción, el “trabajo inmaterial” de creación está completamente encerrado en un grupo social y sólo se difunde por imitación.
En el fondo, este modelo acepta la división del trabajo basada en la oposición trabajo manual/intelectual que tiene como finalidad regular y “mistificar” el proceso social de creación e innovación. Aunque este modelo podría tener alguna probabilidad de corresponder a las dinámicas del mercado del trabajo “inmaterial” en el momento del nacimiento del consumo de masa (cuyos efectos anticipa Simmel con mucha inteligencia), ya no puede utilizarse para dar cuenta de la relación entre trabajo inmaterial y consumidor-público en las sociedades posindustriales. Bajtin, por el contrario, define el trabajo inmaterial como superación de la división entre trabajo material / trabajo intelectual y nos muestra la creatividad como proceso social (7).
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Notas:
(1) “Trabajo inmaterial y subjetividad” (con Antonio Negri), en Futur Antérieur, nº 6, 1991 [incluido en este volumen, Brumaria, nº 7, Arte, máquinas, trabajo inmaterial] y “El concepto de trabajo inmaterial: la gran empresa”, en Futur Antérieur, nº 10, 1992.
(2) Yves Clot, “Renouveau d”industrialisme et activité philosophique”, en Futur Antérieur, nº 10, 1992, pág. 22.
(3) Se trata de dos informes que Du Tertre ha presentado hace unos años en el curso de un seminario sobre El concepto de trabajo a inicios del siglo XIX.
(4) Son a la vez los elementos creativos y sociales los que nos llevan a arriesgarnos a usar el “modelo estético”. Es interesante ver cómo podemos ir a parar a este nuevo concepto de trabajo partiendo de la actividad “artística” (los situacionistas) y de la actividad tradicional de fábrica (los posoperaístas italianos) apoyándonos en el concepto muy marxiano de “trabajo vivo”.
(5) Walter Benjamin analizó ya cómo, desde el final del siglo XIX, tanto la “producción artística” como su reproducción y percepción asumieron formas colectivas. No podemos detenernos sobre sus trabajos, que siguen siendo fundamentales para la genealogía del trabajo inmaterial y sus formas de reproducción.
(6) La transformación del público en cliente ya está muy avanzada en EE UU, en donde un porcentaje cada vez mayor de la comercialización se hace mediante la televenta.
(7) No podemos reproducir aquí específicamente la complejidad del modelo de Bajtin. En todo caso, la construcción del ciclo de la producción inmaterial tal y como la hemos presentado se inspira también en sus trabajos (y en los del Círculo de Leningrado) sobre la producción estética [para conocer una aplicación más detallada del modelo de Bajtin a la interpretación del ciclo de la producción inmaterial por parte de Lazzarato, véase “Trabajo autónomo, producción por medio del lenguaje y general intellect”, en este volumen, Brumaria, nº 7, Arte, máquinas, trabajo inmaterial (NdE)].




